
Un proverbio cabileño reza: "la gloria de la mujer son los hijos" . Efectivamente, en las sociedades bereberes las mujeres sólo son reconocidas socialmente a través de la maternidad, único rol social que les está permitido24. Ellas mismas sólo se definen como tales, mostrando, de esta forma, la eficacia de los mecanismos socializadores que les inculcan su inferioridad desde el nacimiento, sólo corregida por la maternidad, esencialmente de varones. Porque la maternidad de hijas es una maternidad a medias: sólo el alumbramiento de hijos varones concede a la madre un estatus social y una estabilidad dentro de su nueva familia25, al reconocerse así el cumplimiento de su parte en el contrato matrimonial: "a través de este hijo participa en la construcción de la que se convierte en su familia definitiva(...). La maternidad de varones es, dentro de este contexto, una maternidad duradera, a diferencia de la maternidad de niñas" (LACOSTE-DUJARDIN, 1993:91).
Su salida de la familia agnática llegado el matrimonio convierte el nacimiento de las niñas en un acontecimiento triste; "las tinieblas invaden la casa, todo está frío" . Este proverbio referente al alumbramiento de féminas no puede ser más explícito: las niñas abandonan su familia en la edad adulta para enriquecer la familia de otros hombres. Este hecho, impuesto por la filiación, deviene fundamental para las relaciones diferenciadas que la madre establece con su prole: el maternalismo exacerbado que caracteriza la relación de una madre y su hijo varón dista mucho de la calidad de la relación entre madre e hija, dado su carácter transitorio y provisional26. Por este motivo, los niños reciben mayores cuidados y mimos por parte de la madre, incluso ante las enfermedades, y las niñas se ven sometidas, desde edades muy tempranas, a un estricto adiestramiento del rol que desempeñarán en el futuro y que debe ser su único objetivo: buena ama de casa y madre de varones: "la corrige más que a su hermano porque hay que enseñarle a resignarse, a ser dócil, darle la "costumbre de aguantar" para el futuro en que se encontrará privada de afección parental en una casa extraña" (LACOSTE-DUJARDIN, 1993:67).
Las niñas son socializadas muy pronto en las tareas del hogar y en las actividades exteriores femeninas (cuidado del rebaño en las cercanías de la casa o trabajos en el pequeño huerto), a la vez que en el cuidado de los niños: "a los seis años, más o menos, una niña es ya considerada capaz de ocuparse temporalmente de un bebé: lo lleva en la espalda cuando está jugando o realiza otras tareas" (AIGNESBERGER, 1996:11). Este aprendizaje se ve reafirmado con la escasa escolarización femenina observada aún hoy día en el medio rural: tanto en Argelia como en Marruecos, el índice de analfabetismo femenino en las zonas rurales ronda el 90%27. Por otro lado, el bajo número de niñas escolarizadas abandonan las aulas con la llegada de la menarquía: comienza el férreo control sobre su persona. Además, la educación reglada es irrelevante para su eficiente actuación en sus roles de madre y esposa.
La práctica imposibilidad de obtener valoración social fuera de la maternidad convierte a esta en revancha ante la autoridad masculina aunque, paradójicamente, la misma estrategia en sí convierte a las madres en cómplices del dominio masculino, al discriminar a sus hijas frente a sus hijos, considerados estos la verdadera riqueza del patrilinaje. Las mujeres-madres se revelan como las guardianas de la tradición, legitimando así, su estatus de inferioridad.