
En la actualidad se podría decir que la población magrebí se compone de imazighen arabizados y de amazighófonos que comparten la profesión de fe islámica, aunque con la salvedad que implica la religiosidad tamazigh. La población tamazighófona es aquélla que tiene conciencia de su identidad cultural y se expresa en su lengua, el tamazigh.
Los nuevos regímenes políticos, conscientes de la dimensión islámica de sus sociedades, promocionaron la cultura árabo-islámica como elemento proveedor de cohesión identitaria nacional, lo cual implicó la marginación de la entidad cultural tamazigh, al no reconocerle un carácter nacional. Tal actitud represiva de la diversidad cultural magrebí se explica por la existencia de tabúes históricos y políticos sobre esa identidad, entendida como algo separatista.
Una referencia histórica fundamental es el Dahir Beréber de 1930 que pretendía aplicar a los imazighen marroquíes una jurisdicción diferente de la de los arabófonos. Tal decreto no fue más que un instrumento al servicio de la etnopolítica de división colonial. Pues no existió la famosa política pro-beréber de Francia, ni existe por parte del tamazighismo militante ninguna voluntad de autonomía política. Por el contrario, la población tamazighófona participó activamente en la lucha por la independencia, tanto en Marruecos como en Argelia. El antiamazighismo está más enraizado en la cultura política argelina, ya que en Marruecos la legitimidad de tipo monárquico tiene un mayor potencial unificador.
El desarrollo del berbero-nacionalismo cabileño impulsó significativamente la acción nacionalista argelina durante los años cuarenta, hasta la llamada crisis berberista de 1949, un conflicto ideológico en el seno del movimiento de liberación nacional que se resolvió con el triunfo de la ideología árabo-islámica, lo cual comportó la exclusión del debate público nacional de la cuestión tamazigh. La crisis de 1949 tuvo el mismo efecto en Argelia que había causado el Dahir Beréber en Marruecos: la imposición del árabo-islamismo como cultura hegemónica.
El principal factor de choque entre el movimiento amazigh y el estado lo constituye la ideología árabo-islámica, cuya oficialización representó en Argelia, por una parte la instauración de una versión oficial del islam represiva de la religiosidad, cuya naturaleza tamazigh implicó un atentado contra el sincretismo religioso practicado por este pueblo. Y, por otra parte, tanto en Argelia como en Marruecos, tal ideología comportó, en su dimensión arabista, una política lingüística nacional unitaria, en detrimento de la característica pluralidad lingüística magrebí.
El árabo-islamismo del estado también ha sido objeto de desafección por parte de los islamistas cuya manifiesta militancia se origina en su reacción al islam oficial, porque éste apoya a regímenes políticos occidentalizantes con un proyecto nacional que ha fracasado. Los movimientos islamistas ofrecen un proyecto alternativo al del estado basado en la islamización de la modernidad, si bien en ambos casos se hace un uso político de la religión. Y, en cuanto a la política de arabización, ha constituido en algunos momentos una respuesta pragmática del estado a las dificultades sociopolíticas y económicas del país. En suma, un freno a la creciente influencia del islamismo.
Islamismo y amazighismo confluyen en su oposición a una misma realidad política, la del autoritarismo del estado argelino y el marroquí. Pero la naturaleza ideológica de su contestación los convierte en movimientos antagónicos que se enfrentan entre sí.
Fue a raíz de la Primavera Cabileña de 1980 cuando tal pugna ideológica se evidenció con mayor claridad. El Movimiento Cultural Beréber que simboliza el empuje de la insurrección popular que estalló en la Cabília, puede considerarse como la fuerza de oposición más importante habida en el país desde los alzamientos que precedieron al nacimiento de la era Bumedián (1965-78), durante la cual el gobierno consiguió mantener acallada la tensión popular existente. El movimiento islamista argelino se sintió particularmente amenazado ante la expresión articulada del reivindicacionismo amazigh, cuyo ideario democrático representaba la antítesis del discurso islamista, hasta entonces el único que atentaba contra el estado.
La década de los ochenta ha constituido el período de expresión pública de la cuestión tamazigh, así como el de su politización, porque desde el triunfo nacional de la ideología árabo-islámica, los imazighen se habían refugiado en el culturalismo como estrategia a seguir en su lucha identitaria. Sin embargo, en los años noventa ha tenido lugar la bipolarización de la cuestión identitaria en torno a dos partidos políticos pro-imazighen: el Frente de Fuerzas Socialistas (FFS) y la Agrupación Cultural y Democrática (RCD). La falta de unidad puede mermar fuerza al amazighismo argelino, que representa ideológicamente el mayor contrapeso popular al islamismo. Y ello puede ser decisivo para la vida política del país, sumida en el caos desde que el islamista Frente Islámico de Salvación (FIS) triunfó electoralmente en 1991, a lo que el estado respondió oponiendo la fuerza del poder militar.
En Marruecos la disyuntiva islamismo-amazighismo no posee una tonalidad tan dramática como en el caso argelino, ya que la solidez del régimen hassaniano ha dotado al país de una estabilidad política ejemplar. El renacimiento amazigh que ha tenido lugar tras los acontecimientos de la Cabília se ha manifestado de una forma pacífica y por vía cultural, tal como refleja la efervescencia asociacionista existente en el país. La única voz política del amazighismo marroquí es la del Movimiento Nacional Popular (Movimiento Popular hasta 1986), liderado por Mahjoubi Aherdan, que si bien defiende el reconocimiento oficial de la cultura tamazigh, el origen institucional del partido limita toda contestación a la política del estado.
Pero en los últimos años, Hassan II ha dado muestras de cierta voluntad aperturista que ha beneficiado al reivindicacionismo cultural amazigh. En un discurso radiotelevisado el 20 de agosto de 1994, el monarca anunció la introducción en la enseñanza primaria de los distintos dialectos marroquíes, es decir, de las variedades de la lengua tamazigh. Una decisión que fue calificada por el MCB argelino de iniciativa histórica, que conduciría a rehabilitar la personalidad y la solidaridad magrebíes. Sin embargo, tal medida no se ha materializado y el tamazigh continúa excluido de la enseñanza escolar.
El aperturismo del régimen hacia la consecución de un sistema político democrático es sumamente moderado, si bien la democracia constituye el debate político nacional por excelencia, abanderado por el Partido del Istiqlal (PI), la Unión Socialista de Fuerzas Populares (USFP) y el Partido del Progreso y del Socialismo (PPS), partidos políticos de la oposición al régimen legalmente reconocidos.
Frente al discurso democrático - que es también el discurso velado del amazighismo - se halla el discurso islamista, cuya influencia, aún siendo menor que en Argelia, no es negligible. Hasta mediados de los ochenta el islamismo marroquí tuvo una influencia marginal y poco apoyo popular. La crítica islamista del régimen más notable emerge entonces y proviene de Abdessalam Yassin, el fundador de Justicia y Caridad, una organización de carácter moderado que no supone ninguna amenaza para la estabilidad del régimen.
La propia naturaleza del régimen marroquí, en cuya cúspide se halla la carismática persona del monarca, lo convierte en un poder inmune a la contestación islamista. El pluralismo político y la religiosidad actúan como freno a la monopolización islamista del campo político-religioso. Sin embargo, la postura oficial que niega la existencia de un discurso islamista desafiante no es muy acertada. Porque si bien no existe un islamismo radicalizado a la manera argelina, sí han habido ciertos brotes que han generado tensiones internas, aunque sin amenazar estructuralmente al régimen. Es el caso del atentado islamista en Marraquech en agosto de 1994 , acción que puede ser considerada como un punto de inflexión en la evolución del islamismo marroquí, porque salió a la luz pública la existencia de tal problemática - ampliamente tratada por la prensa del país - , a pesar de que oficialmente se recurrió a la estrategia de culpabilizar al vecino.
Tal vez no existe comparación posible entre la dinámica del islamismo y el amazighismo en Argelia y Marruecos, ya que el marco institucional y el entorno político-religioso en el que se han desarrollado son radicalmente distintos. Pero es innegable que ambos fenómenos existen, y que los respectivos estados deben tenerlos en cuenta en toda proyección de futuro. Pues su manifestación revela la existencia de deficiencias en el sistema político, social y económico vigente que urge sean atendidas.