
Entre pueblos cuya supervivencia depende de la tierra, de su flora y su fauna, la polémica sobre su control y explotación puede resultar explosiva. La tradición Mbala es abundante en historias y conflictos de este tipo que han degenerado en escaramuzas (kutana) sin cuento o graves guerras tribales en las que han tomado parte familias completas, clanes o aldeas enteras. (Torday and Joyce 1905: 405, 415 y 416) ([258]).
De todas aquellas personas que pertenecen a una comunidad determinada, el jefe de la tribu es el más apto para resolver conflictos como los descritos anteriormente. El es sin duda, la autoridad suprema en todos aquellos aspectos que se refieren a la tierra; es el gran administrador y capataz, cuando no el mismo dueño, de los territorios habitados por su pueblo. (Idem: 414)
Reconocido como una de las más importantes prerrogativas concedida a los líderes ([259] (Ver la página 4 del presente trabajo así como Pierpont 1932: 97 y Torday and Joyce 1905:411)), el poder que el Jefe ejerce al respecto se ve permanentemente fortalecido por las enseñanzas que sobre estas lides recibe el consejo de ancianos. Junto a una instrucción de tipo legal que recibe previa a su investidura, al Jefe se le provee también de conocimientos de orden geográfico: por ejemplo, el tamaño y los límites de los parajes que constituyen su territorio. Además, se le dota del conocimiento acerca de las normativas que regulan el cultivo de los campos y la explotación de los animales salvajes que viven en los bosques. (Torday and Joyce 1905: 405 y 411. Pierpont 1932: 97 y 186)
Las enseñanzas que recibe con respecto a dichas áreas le otorgan los suficientes recursos como para administrar su dominio y ejercer su autoridad.
La estatuaria Pindi está ligada al poder del Jefe sobre la tierra. Lo evidencia la etimología de su propia nomenclatura: el término "Pindi" puede ser interpretado no sólo como referencia directa al papel del Jefe, puesto de relieve durante su investidura, sino también como el vocablo con el que se autodenominan los vecinos Mbalas de las regiones septentrionales y occidentales. Estos vecinos fueron, en realidad, los primeros habitantes de la región comprendida entre los ríos Kwilu y Kwango. Según la historia, conforme fueron asentándose provenientes de las tierras del norte de Angola en el siglo XIX, los Jefes Mbalas fueron adquiriendo las tierras hasta entonces ocupadas por descendientes de los Pindi. El concepto mismo de propiedad de la tierra entre los Mbalas está, como resultado de ello, estrechamente ligado al pueblo Pindi (Pierpont 1932: 31 y 186. Torday and Joyce 1907a: 81. Torday and Joyce 1907b: 143. Biebuyck 1985: 161 y 165. Planckaert 1932: 80).
El hecho de que la estatuaria que constituye el núcleo central del tesoro de un Jefe Mbala lleve el nombre de aquellos pueblos de quienes los Mbalas adquirieron las tierras indica (como ya lo propusiera en su día el antropólogo Daniel Biebuyck) que la misma debería ser interpretada como símbolo genuino del poder del Jefe sobre esas tierras (1985: 161 y 165).
Si examinamos la iconografía de los Pindi podríamos darnos cuenta de que el control de la tierra entre los Mbalas está asociada unicamente con el poder político masculino. Mientras que los tambores que tocan los Limba tienen que ver con ciertas áreas de una autoridad señorial que se extiende incluso más allá de los parámetros legales que hemos escrito con anterioridad ([260]), no parece sin embargo que estén directamente relacionados con el poder del Jefe en asuntos relacionados con la tierra: ello implica que deberíamos tal vez hacer hincapié en el estudio de las maternidades Wenyi a la hora de centrar nuestra investigación de las Pindi como emblemas de la supremacía del Jefe sobre su territorio.
Lo corrobora en cierta manera el examen de las funciones que las mujeres desempeñan entre los Mbala como conductoras hereditarias del poder. La sociedad Mbala es matrilineal (Lecomte 1972: 708. Lavachery 1954: 116. Cornet 1972: 92) y la herencia, tanto de bienes como de títulos, queda reconocida a través de la figura de la madre ([261] (Biebuyck 1985: 162)) (Pierpont 1932: 34).
El Jefe debe, pues, su rango y muchas de sus prerrrogativas a la mujer y dicha deuda se formaliza de alguna manera a lo largo de los múltiples actos rituales. A lo largo de su mandato, el Jefe debe recitar, el trascurso de ciertas ceremonias, la lista de quienes le precedieron en el mando: y la persona que, antes de su investidura, le enseña esta lista es normalmente una mujer: cuando es posible, la madre de su predecesor ([262] del estamento dominante) vendrían a ser distinguidas entre los Mbalas como depositarias de un pasado noble.). Daniel Biebuyck nos ofrece (Idem: 23 y Biebuyck 1985: 164 y 165) basándose en esta información, la siguiente caracterización de una Wenyi:
"No hacen ellas sino glorificar el concepto vital del matriarcado, que asegura la continuidad de toda autoridad" (1985: 168).
De forma similar otro autor, Joseph Cornet, asegura que:
"Mientras la sociedad Mbala es matrilineal, la noción de maternidad simboliza, tal como se representa entre las Wenyi, la autoridad plena de un Jefe". (1972: 168)
Estas dos hipótesis de reflexión, colocadas junto a las conclusiones relativas a la etimología del término "Pindi", sugieren una interpretación de las Wenyi como símbolos del control señorial sobre la tierra (de acuerdo con las hipótesis de Biebuyck y Cornet) tal como viene siendo trasmitido por el conjunto de mujeres que la pueblan a través de la linea que marca el sistema hereditario matrilineal.
Existen un par de elementos adicionales a los que podemos acudir para reforzar el argumento de que la mujer es la fuente del poder masculino sobre la tierra (y cuando no llega a serlo desempeña una función fundamental en este contexto) y que, por lo tanto, son en mucha mayor medida las Wenyi que los Limba quienes simbolizan la autoridad del Jefe. Dichos elementos tienen que ver con la función que desempeña la mujer Mbala, tanto en términos simbólicos como concretos, allí donde la tierra y su cultivo están en juego.
Metafóricamente hablando, la mujer Mbala está directamente relacionada con la tierra. Como dice el proverbio, "la tierra donde crecen las plantas se parece a la madre" (Mudindaambi 1972. Volúmen II, 157).
La comunidad masculina está considerada, por su parte, como la fuerza que hace fértil a las tierras: "el padre es como el Dios que cubre la tierra de plantas" (Idem).
Una vez más se nos muestra al hombre, por muy parecido que sea a las divinidades, como un ser de menor importancia en el esquema global de las cosas: "tampoco se trata de admirar los frutos ni la planta que los da sino la tierra que ha hecho crecer a esta planta y la ha dotado de frutos tan sabrosos"
(Idem).
El fruto y la planta que lo origina forman parte del dominio del hombre; la tierra que rodea sus raices es de la mujer y bajo sus auspicios hay que verla.
La autoridad que ejercen las mujeres en lo que respecta a la tierra se confirma, tal como lo muestran las frases anteriormente mencionadas, en el contexto de no pocos desacuerdos relacionados con su delimitación, cultivo y propiedad. Si se discute, por ejemplo, sobre si deben o no deben cultivarse ciertos terrenos, no es suficiente el parecer del jefe: debe antes consultar con una o varias de las matronas de la tribu (Pierpont 1932: 197).
En muchas ocasiones una única mujer, como única es la tierra, puede decidir el destino de toda una heredad ([263] la página 8 del presente trabajo. ).
[258] El llegar a asumir que, en no pocas ocasiones, los conflictos relacionados con la tierra puedan degenerar en guerra abierta, se evidencia al considerar el hecho mismo de que las relaciones pacíficas entre las diversas aldeas responde, en definitiva, a las alianzas
que genera el respeto mutuo hacia las normas y contratos relacionados con la propiedad de la tierra.
(Biebuyck 1985: 162)
A este respecto Torday y Joyce sostienen que, a principios de Siglo, la ruptura de dichos acuerdos
suponía la causa más frecuente de guerra entre los Mbala. (1905: 415 y 416)
[259] A esto, sin duda, hace referencia la titularidad FUMU MANU: "manu" (o "maanu") significa "tierra". (Mudindaambi 1976: 712). Este derecho sobre la tierra
está considerado como una de las más importantes prerrogativas de los Jefes que viene, además, subrayada
por la presencia del azadón como uno de los diez emblemas de poder que tradicionalmente ha venido manteniendo aquél.
[260] Ver la página 14 del presente trabajo.
[261] El lenguaje Mbala subraya la importancia de la descendencia matrilineal, especialmente en aquellos
asuntos que tienen directamente que ver con el poder político. En este sentido, por ejemplo, el término "leemba" ("tío materno") es utilizado como sinónimo de
"fumu" ("jefe") y sirve también para designar el clan.
(Lecomte 1972: 711 y 712)
En ciertos casos, incluso, daría la impresión de que
"descendencia" y "herencia" no tendrían por qué seguir
necesariamente la norma de la estela matrilineal.
[262] Esto sugiere que las mujeres (o, mejor aún, las mujeres
[263] Norma que tradicionalmente corresponde a los campos de maní (Pierpont 1932: 197)
Para ilustrar la importancia ceremonial del maní, ver