
Es evidente que tanto las mujeres como los hombres son actores y productos de la sociedad. En los contextos socioeconómico y técnicos (incluyendo en este último las técnicas de salud y reproducción) tradicionales, las mujeres podían y debían condicionarse a los imperativos de reproducción humana y sociocultural que la sociedad imponía a su sexo.
Esto, sin embargo, nunca llegó a impedirles la elaboración de esferas autónomas de saber y de poder en diversos dominios (entre ellos el económico) y particularmente en lo que hace referencia a la gestión de las relaciones sociales, de la sexualidad y de los conocimientos, capacidades y técnicas en materia de gestión de la salud reproductiva, hasta llegar a veces, (a menudo incluso por medios indirectos) a colocar sus deseos por delante de las obligaciones y represiones a las que ellas debían someterse en nombre de la sociedad. La imagen de la mujer pasiva ante la pesadez del aparato social debe ser por consiguiente suficientemente matizada.
Con todo, si es cierto que la tradición requería principalmente de ellas su fuerza de trabajo, además de como esposa y madre, la modernidad añade a su vez nuevas demandas.
Esta modernidad les pide, por ejemplo, comportarse como agentes económicos y sociales responsables, competentes y exitosos. Es cierto que coloca a su disposición un mayor número de medios y técnicas, principalmente en materias que tienen que ver con la gestión de la salud y la reproducción. Pero la reveindicación y adquisición de los derechos demandadas por la mujer, - (incluyendo aquí los aspectos políticos) - no pueden quedar disociados de las transformaciones globales de la sociedad. Es ya evidente, en particular para las mujeres, que el hecho económico ocupa un lugar central en la sociedad moderna y que es a través del entorno económico que ellas pueden ubicarse en un plano de igualdad con los hombres.
El gestión global de la sociedad pasa por el control de su componente demográfico, cuyo terreno de aplicación es el cuerpo y el alma de la mujer. En la sociedad moderna contemporánea, donde las cuestiones económicas se han convertido en referentes cruciales (tal vez por el hecho mismo de un empobrecimiento que tiene que ver con la finitud del globo), - y donde incluso la componente lúdica (sociedad de consumo, ocio, consenso; preferencia por lo dulce...) tiende también a ser incorporada, se hace indispensable introducir problemática coherente de la mujer en el debate demográfico.