
Las ideologías fundamentalistas (sean religiosas o políticas) han tenido siempre el efecto de utilizar a la mujer para reforzar su poder, asignándole un lugar predominante, si bien dependiente, en el plano financiero, en relación con los hombres, considerados como los pilares y garantes del sostenimiento del orden social existente. En este contexto, el lugar de la mujer es considerado como central dado que ella "garantiza los valores y la tradición", con la única condición de que la mujer cumpla con sus obligaciones tanto para con los hombres como para con la sociedad, ante la cual debe aceptar y asumir su papel subordinado.
Estos sistemas han funcionado durante mucho tiempo y siguen funcionando aún porque la situación de dependencia sobre bases no igualitarias en una relación de poder considerada como feudal (sumisión a cambio de protección) puede presentar a la vez ciertas ventajas desde el punto de vista de la parte sometida (en términos por ejemplo de no-responsabilidad, particularmente cuando no se tienen los medios ni el ansia ni el interés por ejercer las responsabilidades del caso).
De aquí deriva el hecho de que todas las cuestiones que tienen que ver con la sexualidad femenina y con la sexualidad en la sociedad se fundamentan (desde el punto de vista fundamentalista) en un discurso que se articula alrededor de un axioma fundamental que hace de la sexualidad la cuestión central de la sociedad, hasta el punto de enlazarse con lo sagrado y por tanto, de alguna forma, con lo prohibido.
Las mujeres, debido a su capacidad reproductiva, son depositarias de un poder que hay que domeñar y canalizar de acuerdo a los intereses de la sociedad, intereses que ciertamente son definidos por los hombres, que son quienes detentan el poder.
Es por esta razón que conviene limitar los "imponderables" ligados a la composición emocional de la sexualidad tanto entre las mujeres - (por ejemplo, mediante la excisión) como entre los hombres, - (evitando los contactos entre mujeres y hombres, exceptuando aquellos a quienes ellas son destinadas: reclusión, velos...). Cualquiera que sea el origen de estos "imponderables", lo cierto es que se intenta reducirlos en el entorno de la propia vivencia de la mujer: nos referimos al hecho de que no se canaliza el "instinto genésico" masculino sino el femenino. En la medida de que el interés de las sociedades patriarcales pasa por su reforzamiento numérico, la condición de la mujer permanerá subordinada a la de los hombres de los que ella depende, y de ahí la presión a la cual se la somete para que se mantenga casta o se case y sea madre de numerosos hijos hombres.
En este contexto, la autonomía de la mujer en relación con los imperativos políticos y demográficos es nula; su cuerpo viene a convertirse en un instrumento social manipulado por una sociedad patriarcal: toda desviación de las normas de conducta que les son impuestas se considera no solamente como una anormalidad individual (sin entrar en conductas homosexuales directamente calificadas como contra natura) sino sobre todo como una amenaza social que atenta contra el sistema educativo, familiar o cultural y que puede incluso justificar una lapidación (practicada aún, sin ir más lejos en el Pakistán de nuestros días).
Debemos hacer notar, por lo demás, que la incapacidad de la mujer para disponer "convenientemente" (según las normas sociales) de su sexualidad y de su fecundidad es indirectamente sostenida por la debilidad de los hombres a la hora de resistir al poder sexual femenino y que explica de alguna manera la prácticas tendientes a su reclusión. Desde el punto de vista fundamentalista las mujeres son no solamente débiles e incapaces de responsabilidades sociales sino incluso peligrosas (sexualmente hablando) para los hombres, lo que viene a su vez a confirmar la incapacidad de autodominio de estos últimos con respecto a aquéllas: ésta y no otra es la paradoja fundamental de la sociedad patriarcal, que se hace particularmente relevante en el contexto de la modernización de los Estados. Y este punto, desgraciadamente poco discutido, surge como fundamental en la crítica feminista de la ideología fundamentalista.