
La imagen de la mujer como "productora" de carne de cañón en regímenes dictatoriales o en períodos de guerra sigue generando polémica en el contexto de las teorías que analizan la política demográfica. En las zonas superpobladas se tenderá a esterilizarla por la fuerza o el engaño y en las poco pobladas se intentará negarle el derecho a escoger por ella misma en materia de reporducción. De esta forma se genera una concepción del cuerpo de la mujer como un instrumento político.
En áreas algo más complejas, donde la información sobre el poder se hace más ambivalente, la administración pública se verá muchas veces reducida a bordear políticas y discursos contradictorios.
Para promover un estado moderno, económicamente mejor equilibrado y a ser posible insertado en las relaciones internacionales, el Senegal ha tenido que abocarse (tal vez algo tarde, 1972 y con no pocas reticencias) a la promoción de una política de limitación de natalidad, justificada en términos de programas de Bienestar Familiar, para evitar toparse con el frente compuesto por convicciones religiosas fundamentalistas. La reflexión en términos de "Bienestar Familiar" supone, de cualquier forma, un avance humanista significativo en el debate demográfico.
Tampoco quedan al margen otro tipo de poderes, siempre vivaces, fundados sobre otros criterios aparte del desarrollo económico y el lugar que ocupa su segmento poblacional en el concierto mundial de las naciones. Este tipo de poderes, en el caso concreto de Africa, conforman la famosa "tradición". Y en las áreas de aguda emergencia fundamentalista, la tradición y la religión suelen ir siempre parejas.
Las mujeres, en los países en desarrollo que mantienen problemas demográficos, constituyen el lugar donde se cristalizan las contradiciones de una modernidad que quisiera ser promovida por la Administración, y una tradición que tiende a servir de refugio para los olvidados de dicha modernidad.
Los poderes públicos, bajo cuya responsabilidad se encontraría la integración de su país en el concierto de las naciones bajo la férula de las organizaciones internacionales (primordialmente las financieras) se esfuerzan por predicar un descenso en el crecimiento demográfico. Pero, obligados a jugar con una base nacional de recientes experiencias estatalizantes y a afirmarse frente a otros poderes (principalmente religiosos e incluso feudales) no pueden, por no decir que no se atreven, a adelantar una política clara y directa en este terreno.