
La estructura social tradicional sufrió un violento quiebre, que se tradujo tanto en cambios en la composición del núcleo familiar como en la división de tareas al interior del mismo y de la comunidad en general. En primer término es interesante notar que la demanda por mano de obra asalariada reprodujo en las colonias el patrón de división del trabajo occidental, dirigiéndose en un primer momento exclusivamente al reclutamiento de trabajadores de sexo masculino. La migración tuvo un papel primordial en la desintegración de la estructura social tradicional: ésta se caracterizó por la migración de los hombres, mientras las mujeres permanecían en su hogar.
En la región oriental de Costa de Marfil las autoridades coloniales francesas incentivaron a los campesinos locales para que iniciasen cultivos comerciales. Durante la cosecha, la escasez de mano de obra determinó la importación de trabajadores no calificados desde el norte del país y desde los países vecinos. Estos migrantes generalmente dejaron mujeres y niños en sus lugares de origen, cambiando así el peso relativo en la división de tareas por sexo[104] En cambio, en la región central y occidental de Costa de Marfil la política fue favorecer las plantaciones europeas en gran escala, forzando a los campesinos locales no competitivos a migrar o a convertirse en trabajadores asalariados[105]. En Kivu Oriental, Zaire, tanto hombres como mujeres fueron sometidos a trabajos forzados para proveer de alimentos a los trabajadores de las empresas europeas y para construir caminos y acarrear pesos. A los hombres se les asignó para diversos tipos de trabajo asalariado en las plantaciones. Sin embargo, este trabajo no constituía una alternativa viable, ya que sus salarios estaban por debajo del "mínimo vital" de subsistencia. La minería también reclutó trajadores asalariados. Alrededor de 1945, un tercio de los hombres en edad de trabajar se habían ausentado de sus hogares. Los sistemas agrícolas de los pueblos Shi que habitaban esa región, cambiaron con la incorporación al sistema capitalista y la producción de alimentos y otras tareas se fueron delegando cada vez más en las mujeres. Las reservas tradicionales de alimentos no pudieron continuar manteniéndose y los intercambios recíprocos entre las familias del recinto, disminuyeron. La mandioca reemplazó al sorgo y a los frijoles, hasta entonces alimentos de base de la comunidad. Todo esto significó un empobrecimiento de la dieta y de la seguridad alimentaria de estos grupos, que afectó sobre todo la nutrición de los niños pequeños[106].
La preponderancia de los hombres en el reclutamiento de fuerza de trabajo tuvo que ver tanto con el tipo de actividades que éstos estaban llamados a desempeñar dentro del sistema colonial como con el prejucio de los colonialistas respecto al tipo de tareas que eran percibidas como apropiadas para la mujer. Los hombres fueron reclutados para la construcción de caminos y ferrovías, para las empresas mineras y para las plantaciones, aun en lugares donde la agricultura era tradicionalmente dominio femenino. También se educaron y reclutaron hombres para los trabajos de "cuello blanco", dentro de la administración colonial[107]. Los misioneros, por su parte, se encargaron de dar a las niñas una educación tendiente al desempeño de tareas domésticas dentro del hogar, sin considerar su involucramiento en la producción económica. En Zaire a las niñas se les excluyó del aprendizaje del francés, a diferencia de los niños. A nivel de capacitación vocacional, mientras ellas aprendían economía domestica y agricultura doméstica, los niños se preparaban para la agricultura comercial. En 1948 se inició un programa de educación secundaria para los niños, pero en el caso de las niñas el programa se limitó sólo a tres años[108].
Barbara E. Yates[109], en su acucioso trabajo sobre la influencia del colonialismo belga sobre la socialización, educación e inserción laboral de las mujeres del entonces Congo Belga, señala que cuando el Congo Belga proclamó su independencia en 1960, ninguno de los varios cientos de estudiantes congoleses en las dos universidades y media docena de institutos de enseñanza post-secundaria era mujer. Más aún, tamopoco había mujeres entre los 800 graduados de escuelas secundarias. Hace notar esta investigadora que la educación impartida por los misioneros belgas constituyó un poderosos agente de socialización en los valores occidentales más conservadores, sobre todo en relación a la vida familiar y a la ocupación. Los papeles a desempeñar en la sociedad fueron cuidadosamente asignados por sexo y raza: se intentó movilizar a las mujeres fuera de los trabajos en el campo y "modificar su carácter", asimilándolo al considerado ideal para las mujeres blancas de la sociedad europea, ideal que las concebía como "industriosas, dóciles, obedientes, gentiles y pasivas". Durante el período Leopoldiano, algunos misioneros consideraron el leer y escribir como nocivo para las niñas, llegando a afirmar que "algunas mujeres salvajes que habían aprendido a leer luego descuidaban sus hogares". Se preconizó también "el derecho de los padres de familia sobre sus hijos" y "la introducción de más y más propiedad personal mediante el cultivo agrícola". Con este fin se les dió a los hombres semillas, formación y supervisión en las labores agrícolas, encontrándose, para su sorpresa, "con un extraño fenómeno": "los hombres conversos rehusaban trabajar en cultivos tradicionales (hasta entonces dominio femenino), pero si aceptaban hacerlo en los nuevos cultivos europeos, tales como el arroz y las patatas dulces". "No era esto por pereza, como clamaban los misioneros, sino por la inconfortable adopción de roles femeninos", hace notar Yates.
La mayor parte de los esfuerzos europeos en el sector agrícola se concentraron en los cultivos comerciales. En esta empresa, los hombres europeos enseñaron a los hombres africanos como cultivar café o cocoa y les proporcionaron apoyo e incentivos[110]Frank Cass & Co. Ltd., Great Britain. . Otro tanto sucedió con el algodón; en Uganda, en 1923, las autoridades europeas a cargo de la política agraria decretaron que los hombres debían plantar algodón en los lugares donde originariamente lo cultivaban las mujeres. Al cabo de una década los hombres dominaban el cultivo y comercialización del algodón y del café y contrataban mano de obra asalariada para llevar a cargo estas tareas. En aquellos lugares donde el algodón era todavía responsabilidad de las mujeres los europeos descuidaron la instrucción agrícola al mismo tiempo que hacían campaña entre los hombres, señalando los beneficios derivados de este cultivo[111]. Esta presión colonial llevó a una reasignación de las tareas agrícolas, en la que los hombres quedaron a cargo de los cultivos de exportación y las mujeres confinadas a las actividades de subsistencia o a los cultivos menos lucrativos.
En las plantaciones el papel de la mujeres se limitó al de mano de obra suplementaria durante los períodos de mayor demanda laboral. Así por ejemplo, en las plantaciones de cocoa del Africa Occidental, el trabajo masculino comprende el desbroce de los bosques y el establecimiento de la plantación, la cosecha y secado, transporte y comercialización. Las mujeres sólo quiebran las vainas y cargan pesos. Un patrón similar se da en el cultivo a gran escala del maní. Los cultivos destinados a generar mayores ingresos o ingresos más seguros se orientaron hacia los hombres. El tabaco, que como el maní genera importantes ingresos, se consignó como un cultivo tipicamente masculino. Por lo contrario el girasol, que no constituye una fuente de ingreso muy segura ya que es facilmente vulnerable a pérdidas por roedores, pájaros y termitas una vez que alcanza su madurez, pasó a ser un cultivo tipicamente femenino [112].
Es decir, si bien la mujer proporciona en la actualidad alrededor del 80% del trabajo involucrado en la producción alimentaria, el dominio colonial marcó su desempeño con un sesgo difícil de borrar. Mientras que a los hombres se les proveyó de métodos agrícolas modernos, las mujeres continuaron utilizando los sistemas de cultivos tradicional y obteniendo menos rendimientos por sus esfuerzos que el hombre. Al mismo tiempo, su labor hubo de realizarse en el contexto de un sistema socio-económico fragmentado y desorganizado: los modos de acceso a los recursos productivos que se veían asegurados en el sistema tradicional, se hicieron desfavorables a la mujer, como ya se ha señalado en el caso del acceso a la tierra. Otro tanto ocurrió con el acceso a la tecnología, a la educación y a la capacitación y con el acceso al crédito, que habitualmente se concede en basa a la garantía que proporcionan los títulos de propiedad sobre la tierra. Como señala FAO[113] las actitudes coloniales introdujeron una distancia entre la productividad agrícola femenina y masculina, distancia que sigue agrandándose. Todos estos impedimentos a la actividad productiva de la mujer tienen una incidencia directa sobre la crisis de alimentos que hoy pesa sobre Africa.
[104] Clignet, citado por E. R. Fapohunda, p. 34, op. cit.
[105] F.R. Fapohunda, p. 34, op. cit.
[106] Schoepf & Schoepf, op. cit p. 108-109
[107] Helen Ware, 1981: Women, Demography and Development. The Australian National University, Canberra
[108] Janet MacGaffey, 1988: Evading Male Control: Women in the Second Economy in Zaire, p. 163, in Patriarchy and Class, op. cit.
[109] Barbara E. Yates: Colonialism,Education and Work: Sex Differentiation in Colonial Zaire, en " Women and Work in Africa",ed by Edna G. Bay, Westview Press/ Boulder, Colorado.
[110] Judy Bryson, 1981 : Women and Agriculture in Sub- Saharan Africa: Implications for Development (an exploratoty study), en " African Women in the Development Porcess, edited by Nici Nelson,
[111] FAO, 1979: p. 127
[112] FAO, 1991: Women and Population in Agricultural and Rural Development in Sub-Saharn Africa. Women in Agricultural Development Nº5, Roma.
[113] FAO, 1979, p.127. op. cit.