
Jugábamos mucho con otros niñas y niños. En las noches jugábamos a la escondida entre las vacas y luego íbamos a descansar en una de las casas donde se contaban historias. Llegué a aprender muchísimas de estas historias y podía contárselas a otras niñas tal como las había aprendido, sin cambiar ni una sola palabra, igual como las contaban las madres y abuelas.
Cuando crecí un poco comencé a cuidar los terneros, las cabras y ovejas. Me gustaba asistir a ceremonias y a las ceremonias que se hacían con ocasión de la circuncisión de las niñas.
Alrededor de los 14 años comencé a caminar y a dormir con los Moranes (jóvenes guerreros). Llegué a admirarlos y los seguía día y noche. Ellos también me apreciaban y me convidaban al bosque a comer carne con ellos. Con otras niñas les cantábamos canciones instándoles a ser valientes y a robar tantas vacas como fuese posible de la vecindad. Dormíamos con ellos pero no teníamos relaciones sexuales con ninguno de ellos. A veces comprobábamos si las niñas eran vírgenes o no. Si llegaban a tener roto el himen llamábamos a los Moranes para que las golpeasen.
Cuando estaba en casa ayudaba a mi madre en los quehaceres hogareños, tales como limpiar calabazas, recolectar leña y acarrear agua.
Luego aprendí a hacer una casa para los Moranes, recubierta de estiércol de vaca, como preparación para la circuncisión. Fuí circundada en otra casa, que odiaba, y vestida con cueros de cabra y oveja. Estuve separada de la comunidad masculina casi por dos años. Durante ese período no hacía nada, salvo esperar mi comida, consistente en carne y leche agria mezclada con sangre ( dieta tradicional de ese grupo étnico). Después de este período de seclusión me casé con un hombre de la elección de mis padres. No estaba contenta con este matrimonio, no porque no me gustase mi marido, sino porque no quería dejar a mi madre. Además estaba asustada de tener relaciones sexuales con él.
Empecé una vida totalmente nueva. Después de algunos días comencé a pensar en equipara mi casa con calabazas y otras cosas para el hogar. También cuidaba el ganado y vendía un poco de leche para obtener dinero. Mi aspiración más grande era tener mis propios hijos. No pensaba sino en tener hijos y ganado y cuidarlos para que se multiplicasen.
Ahora creo que también es importante cultivar una pequeña huerta y me gustaría que mi marido tomara una segunda esposa para que me ayudara en el trabajo.
Mi vida transcurre entre el cuidado de mi familia y los quehaceres del hogar. Me divierto decorando calabazas. Mi mayor preocupación sigue siendo el bienestar de mis hijos. Creo que mis conocimientos han aumentado mucho desde que me casé. Pienso que estos cambios son buenos y quiero conservar lo que he aprendido.
Esta entrevista fué realizada por el estudiante Oltetia Ole Sapai, Universidad de Nairobi, y traducida directamente desde el kimasai al inglés.