
Por lo general, los proyectos de desarrollo, las más veces iniciados, financiados o gestionados desde el exterior, no consideran a la mujer en su planificación ni en su ejecución o no la toman en cuenta en su calidad de usuario directo de ciertos recursos. Con ello se desperdicia una fuente primordial de experiencia y conocimiento, hecho que puede llevar al fracaso del proyecto o desvirtuar sus objetivos finales. Un ejemplo de un proyecto en Burkina Faso para el abastecimiento de agua ilustra esta aserción[336]: Las autoras, Van Der Veken e I. Hernández Zubizarreta, cuentan que el responsable de este proyecto intentó involucrar a los hombres de la comunidad en la toma de decisiones y la ejecuación de los pozos, que fueron excavados por la población con métodos muy sencillos. Los pozos funcionaron muy bien, pero cuando llegó la estación seca, el agua dejó de fluir. Nadie se había preocupado de preguntarle a las mujeres - que eran quienes tradicionalmente gestionaban los recursos de agua - cual era el emplazamiento adecuado para los pozos y hasta donde bajaba el nivel del agua en la época de sequía.
Los proyectos de desarrollo tienden a operar sobre la base de una serie de supuestos y estereotipos acerca de las formas de desempeño de la mujer africana y de la división del trabajo entre marido y mujer. En su planeamiento y ejecución suelen ignorar las convenciones culturales y sociales que rigen las actividades de cada cual. Sin embargo, en la mayoría de las sociedades de la región, el acceso de hombres y mujeres a los recursos productivos, a las fuentes de ingreso a las cuales cada uno de ellos puede recurrir y al tipo de necesidades que deben subvenir con sus ingresos, están estrictamente regulados. Pese a que las costumbres varían considerablemente de una comunidad a otra, lo habitual es que las mujeres tengan sus propias fuentes de ingreso, provenientes tanto de las actividades agrícolas como no agrícolas y obligaciones muy específicas que cumplir. Así por ejemplo, una encuesta realizada entre los Nso, al norte de Camerún[337], muestra que hombres y mujeres trabajan en distintos sectores de la economía y que no necesariamente combinan su tiempo y recursos para maximizar los ingresos del hogar; uno y otro tienen responsabilidades de parentesco que van más allá de los límites del mismo. Los ingresos que los hombres generan dentro del sector agrícola provienen primordialmente de la venta de café y ganado menor, rubros ambos bastante remunerativos. Mientras el hombre vende la totalidad del café que cosecha, la mujer sólo vende entre un 10 y un 20% de sus cultivos alimentarios. Los ingresos monetarios de las mujeres entrevistadas son 1/4 de los ingresos del hombre, lo que se explica en parte por la falta de empleo o de actividades generadoras de ingreso fuera del sector agrícola: un 72% de las mujeres trabaja sólo en el sector agrícola, comparado con un 32% de los hombres. La contribución de la mujer al hogar se da principalmente en el rubro alimentario: proveen un 90% de los alimentos que se consumen en el hogar y un 25% de los gastos hogareños adicionales. Los hombres, por su parte, pagan la mayor parte de los gastos de escolaridad, aproximadamente 2/3 de los gastos médicos y la mayoría de las grandes inversiones, tales como el techo de zinc para la casa, la radio y los muebles. Asimismo, los hombres suelen comprar más frecuentemente "suntuarios", tales como carne, té, leche en polvo o en tarro. Los gastos más importates durante la semana son la compra de cerveza y vino de palma y los regalos a parientes, amigos y sociedades secretas masculinas. Los de la mujer, los complementos a los alimentos que ella misma produce: condimentos, aceite de palma para cocinar, sal y pequeños items tales como fósforos y kerosene. Es decir, señala Goheen, la mujer más a menudo incurre en gastos tendientes a mantener el hogar y los hombres en gastos orientados a expandirlo o a aumentar su propio prestigio.
La noción del hogar como una estructura social simétrica, en la que el padre o marido gestionan los recursos de la familia y todos los miembros del grupo familiar trabajan juntos para la satisfacción de necesidades comunes, también produce distorsiones a la hora de planificar los proyectos. Para los planificadores esta concepción se traduce en proyectos orientados hacia el hombre, considerado siempre como jefe de familia, y en el que se le atribuye a la mujer un rol dependiente, cuya fuerza de trabajo está disponible en tanto "mano de obra familiar". Este fue justamente el problema que enfrentó un proyecto en Gambia para la introducción de arroz inundado en gran escala. Dicha iniciativa asumió de partida que era el hombre quien cultivaba el arroz y que la mujer participaba en este cultivo en calidad de mano de obra familiar. Sin embargo, de hecho esta tarea correspondía tradicionalmente a la mujer. El producto de su trabajo se destinaba tanto al autoconsumo como al intercambio, dentro de un complejo sistema de derechos y obligaciones entre marido y mujer. Apoyados por los oficiales del proyecto, los hombres establecieron sus derechos sobre las tierras que habían sido asignadas originariamente a las mujeres y las empujaron hacia tierras de menor calidad. Los gestores del proyecto se encontraron con la sorpresa de una productividad extremadamente baja para el arroz mejorado. Examinando los hechos se dieron cuenta que las mujeres habían continuado cultivando arroz, como era costumbre, pero lo hacían en las nuevas tierras que les habían sido asignadas, negándose a trabajar gratuitamente, como mano de obra familiar, en las tierras que el proyecto había atribuido a sus maridos. Sólo se logró su colaboración cuando los maridos respectivos acordaron pagarles por su trabajo. El proyecto suscitó además una serie de conflictos conyugales al alterar la división de trabajo por sexos y la distribución de los ingresos del hogar.[338]
Ann Whitehead[339] hace notar que en estas culturas no hay una relación directa entre la cantidad de trabajo que la mujer realiza y los derechos que puede ejercer sobre los frutos de su trabajo. Esto le hace perder el control de los ingresos y de los recursos con que cuenta para satisfacer las necesidades del hogar. Por una parte , es habitual que el tiempo que las mujeres dedican a trabajar en los campos del marido no les reporte un derecho sobre lo que producen o sobre la venta de estos productos, como sucede cuando trabaja independientemente en sus propios campos. Por otra parte, se ha constatado reiteradamente que los beneficios obtenidos por "el" jefe de familia no revierten necesariamente sobre las mujeres y los hijos. Por ejemplo, como señala Whitehead, cuando los proyectos reorientan el uso de la tierra y del trabajo hacia otros rubros, desviándolos de la producción de cultivos de subsistencia, se espera que parte del ingreso generado por estos nuevos proyectos se destine a la compra de alimentos. Sin embargo, y pese a que los planificadores han aconsejado que se reconozcan y respeten las nuevas formas de subvenir a las necesidades del hogar derivadas de los cambios en el uso de la tierra, su gestión ha sido en vano. Al respecto, estudios realizados por diversos investigadores sugieren que la inflexibilidad en la asignación de los recursos familiares ha llevado a un incremento de la desnutrición en las áreas rurales.
Con la diversificación del sistema económico la división de tareas y fuentes de subsistencia por sexos se ha tornado más intrincada: maridos y mujeres pueden entablar relaciones comerciales entre ellos, vendiéndose y comprándose productos y aun haciéndose préstamos a considerables tasa de interés[340]. Para que las convenciones económicas entre esposos puedan seguirse cumpliendo sin alterar el funcionamiento del hogar, cada cual debe preservar sus medios de producción y tener la posibilidad de acceder a las tecnologías y conocimientos necesarios para realzarlos o hacerlos más competitivos. de hecho, esto no se ha dado así. Por una parte, dichas convenciones se han mantenido inamovibles. Por otra, los proyectos de desarrollo han promovido una serie de cambios, particularmente en lo que respecta a la tenencia de la tierra, los reasentamientos de población, la modernización de la tecnología, la introducción de programas de extensión agrícola, etc. Estas políticas han tenido un fuerte sesgo en favor del hombre, considerado siempre como jefe de familia y principal fuente de sustento del grupo familiar. Al mismo tiempo han entrabado las vías tradicionales de acceso de la mujer a los medios de producción. Por lo general, las mujeres no se han beneficiado de la modernización de la agricultura y, como señala Spring, citada por FAO[341], las mujeres han sido excluidas del aprendizaje de nuevas tecnologías y de la participación en esquemas agrícolas intensivos en el uso de capital. La situación se resume en la frase del Banco Mundial que señala que "la mujer en el Africa sub-Saheliana produce un 80% de los alimentos de base, recibe sólo un 10% de los ingresos generados y controla un 1% de la tierra"[342] .
Examinemos brevemente algunas de estas políticas de desarrollo:
[336] M. Van Der Veken e I.Hernadez Zubizarreta, 1989:Mujeres, Tecnología y Desarrollo, Ministerio de Asuntos Sociales, Madrid, España.
[337] Miriam Gohen, 1988: Land and the Household Economy: Women Farmers of the Grassfield Today, p.p. 100-104, en Agriculture, Women and Land, op. cit.
[338] J. Dey, 1981: Gabiam Women. Unequal partners in Rice development Proyects, in N. Nelson, ed., African Women in the Development Process, Frank Cass, London.
[339] Ann whitehead, op. cit.
[340] K. Cleaver & G. Schreiber, p. 53, op. cit.
[341] FAO, Women in Agricultural Development, p. 15, op. cit.
[342] The World Bank, 1991: Women's Crucial Role in Managing the Environment in sub- Saharan Africa, p.4

