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FEMINIZACION DE LA POBREZA Y ESTRATEGIAS DE SOBREVIVENCIA

Los efectos de la crisis económica que se ha hecho sentir en todo el mundo y las políticas de estabilización económica y ajuste estructural emprendidas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, han golpeado con especial saña a los grupos más vulnerables, es decir, a los pobres y particularmente a las mujeres y a los niños. Señala un informe de las Naciones Unidas[298] que la pobreza ha aumentado en la población femenina, incluso en el mundo desarrollado, sobre todo en aquellas familias cuyos ingresos provienen del trabajo de la mujer. Este estancamiento del progreso económico de las mujeres, acompañado de una disminución del bienestar social y en muchos casos, del deterioro del mismo, constituye un fenómeno generalizado que se conoce como "feminización de la pobreza". Entre los factores que explican la mayor vulnerabilidad de la población femenina se cuenta, por una parte, la situación de desigualdad entre hombres y mujeres que existía ya con antelación a la crisis en la mayoría de la sociedades y que ha determinado una sobrerepresentación de la mujer en los estratos menos favorecidos. Por otra parte, la vulnerabilidad de la mujer se ve acentuada por su menor acceso a los recursos productivos y al empleo, lo que la sitúa en una posición de inferioridad para hacer frente a la crisis.

En respuesta a la disminución de los ingresos reales del hogar, los miembros del grupo familiar han desarrollado una serie de mecanismos y estrategias para sobrevivir en condiciones de extrema privación, que se conocen como "estrategias de sobrevivencia"[299]. Estas incluyen muy diversas medidas, muchas de las cuales se combinan o se llevan a cabo simultáneamente, en un esfuerzo por maximizar sus efectos benéficos.

En una región como la africana, empobrecida y con altas tasas de natalidad, los recursos disponibles para la sobrevivencia son basicamente recursos humanos, lo que explica su utilización masiva en todos sus grupos de edad. Hombres, mujeres y niños han afluido hacia los mercados de trabajo, que, como veremos más adelante, no han respondido a sus expectativas. La falta de actividades remuneradas empuja muchas veces a uno o más miembros del grupo familiar hacia otros lugares, siguiendo distintos patrones migratorios: algunas veces se trata de una migración temporal, en busca de trabajo, que puede alargarse más allá de lo previsto. Otras, consiste en migraciones de tipo cíclico, que dejan de hecho a la mujer a cargo del grupo familiar. Un tercer tipo de migraciones involucra a toda la familia y ocurre en situaciones extremas. La escasez de tierra y las oportunidades laborales constituyen el motor de las migraciones de las áreas rurales a las urbanas, con la esperanza de diversificar las fuentes de ingreso y aumentar su magnitud. Si bien las migraciones pueden significar remesas de dinero al hogar, sucede también que éstas son poco frecuentes e irregulares y que más bien abundan en aspectos negativos, tales como la desorganización y desarticulación de las familias y la mayor sobrecarga de trabajo al ya denso horario de la mujer. Algunas evidencias señalan que la caida de los ingresos urbanos ha resultado un un flujo migratorio inverso, como el ocurrido en Acra y en Dar es Salam, en el que algunas personas han emprendido el camino de retorno hacia las áreas rurales[300].

La devaluación de la moneda para equipararla a "su valor real", determinado por su relación con las monedas internacionales, se ha traducido en un alza de los bienes de consumo y de los productos importados que ha incentivado la autoproducción y ha orientado a los consumidores pobres hacia los mercados informales, más adaptados a su capacidad de compra. La crisis ha llevado a las mujeres a producir por si mismas ciertos bienes que habitualmente adquirían en el mercado. Un ejemplo de ello es la autoproducción de alimentos en las áreas urbanas como un medio de hacer frente a los altos precios de los productos alimentarios. Ya la agricultura peri-urbana constituía uno de los rasgos típicos de la ciudad africana, aún en las grandes urbes[301]. Datos del ILTA estiman en un 20% el porcentage de la población "urbano-rural" dedicada a la agricultura, cifra que a Pourtier[302] le parece exagerada, sobretodo después que la crisis empujara a los ciudadanos a ocupar los espacios deshabitados. Sin embargo, esta forma de producción de alimentos constituye una coartada cada vez más socorrida para hacer frente a la baja del poder adquisitivo. Al norte de Douala, en Camerún, en un sector planificado para nuevas residencias, se extienden surcos y más surcos de maíz y mandioca, en un espacio que muy probablemente los planificadores no habían dispuesto para tales usos. Pourtier refiere asimismo el caso de Kinshasa, donde el más pequeño espacio no construido, cualquier terreno baldío y aún los bordes de la calzada sirven para cultivar. Basta salir de los barrios residenciales elegantes de cualquier ciudad y los terrenos urbanos se encuentran cada vez más cultivados, pese a los cambios de hábitos alimentarios inducidos por la urbanización. Hace notar este autor que un estudio más sistematico de este tipo de producción de alimentos evidenciaría la existencia de un número asombroso de plantaciones y cultivos pertenecientes a los asalariados y personajes políticos como parte de las estrategias familiares que combinan salarios, tareas agrícolas y actividades en el sector informal. Eva Jespersen[303] cita estudios que indican que más del 50 % de los hogares de bajos ingresos en Dar es Salam y en Lusaka recurren a la agricultura urbana para complementar sus dietas, al mismo tiempo que cambian sus patrones alimenticios por alimentos menos ricos en calorias.

También se dan sustituciones en otro tipo de productos. Por ejemplo, en Ghana las mujeres respondieron a la falta de jabón importado produciéndolo artesanalmente, hasta que se liberalizó la importación y las industrias caseras colapsaron.

Los tradicionales lazos de solidaridad, propios de las comunidades africanas, han tenido un rol preponderante a la hora de hacer frente en común a las escaseces de alimento, de tiempo, de habitación, etc. Como manifestara Pourtier[304], ciudadanos que debieran estar muertos dadas las condiciones de vida imperantes, sobreviven gracias a recursos difusos provenientes desde el exterior de las ciudades y a mecanismos redistributivos, de ayuda mutua y de solidaridad. Es común que exista un flujo contínuo de bienes y personas entre el medio rural y el urbano. Las transferencias privadas de dinero, habitualmente entre miembros de la familia, alcanzan muchas veces cifras sustanciales. Se da también el caso de ayuda mutua y cooperación, consistente en el préstamo de pequeñas sumas de dinero, regalos en alimentos y otros bienes, intercambio de servicios[305]. Por ejemplo, muy corrientemente las mujeres inician sus empresas con préstamos otorgados por su familia, por su marido o por otras mujeres.

[298] Nations Unies, 1989: Etude mondiales sur le rôle des femmes dans le developpement, p. 5 y 6, ST/CHDHA/6, New York.

[299]G.A.Cornia, 1987: Adjustment at the Household Level:Potentials and Limitations of Survival Strategies, en Adjustment with a Human Face, op. cit.

[300]G.A. Cornia, ibid, p 101-102

[301] Roland Pourtier, op. cit. pag. 163

[302] Pourtier, L'explosion urbaine, op. cit.

[303] Eva Jespersen, External Shocks, Adjustment Policies and Economic and Social Performance, op. cit. p. 40.

[304] Roland Pourtier, L'explosion unbaine, op. cit.

[305]G.A. Cornia, ibid, p.99





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