
Si bien las Naciones Unidas han estimado que la mujer genera más del 75 por ciento de la producción de alimentos en el continente africano, no se le ha dado aún a aquella toda la consideración política y económica que ello comporta; de ahí que una amplia gama de servicios domésticos como la educación, la salud, la nutrición o el cuidado de los niños hayan comenzado a descender escalones en las agendas de prioridades nacionales, coincidiendo además con la puesta en marcha de medidas de estabilización fiscal que tienden a reducir sensiblemente el poder de compra de las capas más pobres de la población. Con ello, la parte más pesada de la carga producida por la recesión económica internacional ha venido a recaer sobre los hombros de quien menos facilidades ha tenido para aguantarla: la mujer, la más pobre entre los pobres. Alinear las obligaciones procedentes de la deuda externa con las posibilidades mismas del Estado ha terminado por significar, en muchos de los países africanos que el proceso de desarrollo corre el peligro de detenerse.
De la misma manera, la reducción de los servicios de salud y de guardería se viene traduciendo en que la mujer ha tenido que asumir responsabilidades aún mayores en estos terrenos. Un recorte de los servicios educativos tiende normalmente a repercutir en la educación de las niñas y en las clases de alfabetización para mujeres adultas. La eliminación de subsidios de alimentación, los salarios a la baja y los precios en aumento han ido mermando el poder adquisitivo de la mujer como proveedora de alimentos y haciendo aún más difícil su lucha por solucionar las necesidades de supervivencia en sus familias. Para la gran mayoría de las mujeres africanas la vida consiste en una sucesión ininterrupida de trabajos físicos, acompañados casi siempre del cuidado de los hijos; una mujer africana tiene un riesgo de morir por causas relacionadas con el embarazo doscientas veces mayor que en el caso de las mujeres de los países desarrollados.
En Zambia, la combinación de factores como el pago de la deuda, las medidas de ajuste y la recesión económica acabó por empujar a millones de habitantes a la indigencia y al hambre durante la década de los años 80. Hubo entonces un acusado descenso de las condiciones alimentarias y sanitarias mientras subía dramáticamente la tasa de mortalidad infantil; según estimaciones de UNICEF la tasa de mortalidad correspondiente a niños menores de cinco años atribuída a la desnutrición subió desde el 29 por ciento en 1977 al 43 por ciento en 1983. Mientras el recorte de los servicios sanitarios incrementaba enormemente las tasas de hambre y enfermedad, el crecimiento de la población hacía caer en picado el gasto público en materias de educación. En 1985 la tasa de analfabetismo en la mujer era 1.6 veces mayor que la de los hombres, de acuerdo a informes emitidos por el Gobierno de Zambia en combinación con UNICEF. Consiguientemente, la Administración elaboró su propia estratégia (denominada Nuevo Programa de Relanzamiento Económico) colocando un límite al servicio de la deuda y diversificando la base de exportación que ahora se desviaría desde el cobre y los metales hacia bienes manufacturados, productos agrícolas y piedras preciosas; por lo demás, se faborecía la producción intensiva mediante la utilización de materias primas locales.
Ghana, por su parte, se ha visto afectada por la disminución de la producción de minerales y de las exportaciones de cacao (que condujeron a una gigantesca reducción del gasto público) y la serie de prolongadas sequías e incendios forestales (sin dejar, por ello, de tomar en cuenta el influjo en 1993 de un millón de sus nacionales expulsados de Nigeria) comenzó a implementar en 1987 un "Programa de Acción para Reducir las Consecuencias Sociales provocadas por el Ajuste Económico" conocido como PAMSCAD. Se basaba en un conjunto de estudios llevados a cabo por la UNICEF en 1985 que estudiaban el cambio producido en la condición social de los grupos de población más vulnerables a lo largo de la aguda recesión económica, así como el tipo de acciones prioritarias que debían ser efectuadas con el fin de solucionar las necesidades más elementales. Desde entonces, tanto UNICEF como el Programa Mundial para la Alimentación y el Banco Mundial han venido sosteniendo programas tendientes a aumentar y mejorar los niveles alimentarios, por un lado , y las actividades relativas a la sanidad elemental, por el otro.