
Cuando hablamos de los "más pobres entre los pobres" hacemos normalmente referencia a las mujeres. Los maridos pobres, en el mundo en desarrollo, suelen tener esposas más pobres todavía; y no hay duda de que tanto la recesión como la crísis de la deuda y las políticas de ajuste estructural han colocado la carga más pesada sobre los hombros de la mujer que gana menos, posee menos y controla menos. Son ellas, y sus hijos quienes están en realidad pagando el precio del subdesarrollo, debido al desequilibrio en los patrones de comercio entre los países industrializados y los países en desarrollo y de excesivos gastos en la llamada, "defensa nacional".
En ninguna parte se hace esto más evidente que en Africa, un continente que sufre más que ningún otro la recesión del comercio internacional y el estrepitoso descenso de precios tanto de los productos básicos como de materias primas. Mientras algunos países como Botswana y Zimbabwe, han tratado de cubrir las necesidades de sus grupos menos favorecidos a través de medidas destinadas a mantener sus ingresos y a reasignar sus recursos con miras a destinarlos a la salud básica y a la educación, el estancamiento sostenido de la economía ha desmejorado la posición de la población pobre en países como Ghana y Zambia. A este respecto, las políticas de ajuste estructural propugnadas por el Fondo Monetario Internacional como una condición para su asistencia han tendido a lo largo de los últimos años a empeorar aún más la situación.
No son pocos los hogares africanos encabezados por mujeres; y estos representan, además, las instancias más pobres. Existe un número creciente de hogares de los que el marido ha emigrado, lo que no quita que la mayoría de los proyectos de desarrollo y esquemas de asentamiento sigan negando a la mujer tanto los títulos de propiedad de la tierra como el acceso al poder, a los bienes y la participación en instituciones formales que posibiliten el conocimiento de sus puntos de vista y la utilización de los recursos disponibles. De hecho, cuando han tenido la oportunidad se han convertido en diestras empresarias.
El hombre recibe recursos incluso allí donde la mujer es la auténtica experta en lo relativo a la producción de las cosechas, como lo demuestran los estudios realizados en los arrozales regados o anegados de Gambia, cuyo cultivo ha sido tradicionalmente obra de la mujer. El diseño del conjunto de nuevos proyectos conocidos como Jahaly Pacharr Smallholder fue discutido sólo entre hombres previamente invitados a formar parte de un programa de "alimentación para el trabajo", de forma que sus beneficios inmediatos recayeran sobre ellos. Por otra parte, desde el momento en que la mujer quedaba ausente de dichos beneficios, su interés por cultivar nuevos arrozales resultaba practicamente anulado. Perdido su control tradicional sobre el cultivo y a falta de una suficiente experiencia por su parte, los arrozales han quedado en tal situación como para que el trabajo sobre los mismos resulte demasiado costoso. Cuando los gestores del proyecto decidieron tomar en cuenta la opinión de las mujeres en la región quedaron fuertemente impresionados por la amplitud de su conocimiento técnico en cuanto al cultivo del arroz y al control de los regadios.
En este estado de cosas el proyecto en cuestión intentó abordar los problemas que enfrentaban las trabajadoras del arroz, primeramente proveyendo guarderías para sus hijos (una vez que la intensidad de las faenas se hizo más evidente debido a la introducción de la cosecha doble) y en segundo término sosteniendo sus derechos tradicionales sobre las labores de cultivo. En el marco de estos nuevos términos, el 95% de los más de tres mil beneficiarios fueron mujeres que con ello recibieron de manera directa tanto insumos como créditos. Sobre un periodo de dos años, las trabajadoras del arroz lograron una producción promedio de 6 toneladas por hectárea comparada con la de 2.25 toneladas conseguidas antes de la iniciación del proyecto. ¿¿¿CITA???
En Zanzibar, un esquema productivo a gran escala dirigido hacia el desarrollo de casi tres mil hectáreas de regadíos de arroz de doble cosecha y ochocientas hectáreas de regadíos pluviosos debió asimismo tomar en cuenta el papel dominante de la mujer respecto al cultivo del arroz y de otros productos de subsistencia. Con ello tanto mujeres como hombres tuvieron de momento la oportunidad de actuar como arrendatarios de la tierra, en proporciones correspondientes a las de un décimo de las hectáreas en regadío o a las de un cuarto de las hectáreas regadas por la lluvia. Al concluir la segunda estación más de la mitad de tales ocupantes eran mujeres, que además desempeñaban un papel activo en las asociaciones de arrendatarios, lo cual a su vez les facilitaba los medios para aumentar su participación en el proceso local de toma de decisiones.