
En los ambientes rurales, la degradación ambiental provocada por la deforestación, la desertificación y la contaminación del agua desemboca en un deterioro de los recursos que suelen suplir las necesidades básicas de la mujer y de su familia. Mientras más es la población que acude a unos recursos en disminución, la mujer se ve abocada día tras día a caminar más en busca del agua y del combustible. Esta distancia adicional supone no sólo una nueva servidumbre física sino también que hay menos tiempo para cuidar la familia y para producir y preparar los alimentos. Todo ello conlleva un cúmulo de efectos adyacentes como el hecho de que algunas fuentes de abastecimiento de agua más cercanas (y por tanto más aprovechables) puedan ser contaminadas por los agentes químicos vertidos en las cosechas; por no hablar de las emanaciones dañinas que a veces generan elementos alternativos a la madera combustible como el estiércol: sin duda la nutrición resulta afectada si la mujer cocina menos debido a la falta de cobustible.
En las áreas urbanas, es posible que la mujer no mantenga la misma relación con el ambiente que sus congéres rurales, pero esto no significa que no resulte afectada por la degradación del campo: no hay más que ver los problemas que causan el hacinamiento en viviendas inadecuadas, la promiscuidad, la falta de abastecimiento de agua o la escasa salubridad. Cuanto más mujeres emigran del campo a la ciudad más aumenta la población urbana y el incremento viviendas regídas por madres de familia se hace cada vez más evidente, especialmente en los grandes núcleos urbanos. Muchas mujeres viven en barrios de chabolas ubicados en tierras poco favorables como es el caso de los valles mal drenados y sujetos por lo tanto a inundaciones, barrancos empinados o terrenos peligrosamente
cercanos a enclaves industriales.