
Es bien sabido que los factores que han contribuído a esta posición desfavorable de las trabajadoras africanas son el acceso inadecuado a la educación, la formación profesional y técnica y la reconversión profesional, herramientas fundamentales para participar en pie de igualdad con el hombre en el mercado laboral, así como un acceso insuficiente a las tecnologías perfeccionadas, las técnicas agrícolas, las tierras fértiles, el crédito y otros recursos productivos indispensables. Además, las políticas y los planes de desarrollo nacionales no suelen incluir programas para solucionar las necesidades específicas y mejorar las condiciones económicas particulares de la mujer. Por tanto, aunque en teoría no existen actualmente barreras legales que impidan el acceso de la población femenina a la educación superior y a la formación profesional en técnicas más diversificadas, en la práctica persisten grandes discrepancias entre los dos sexos en lo que se refiere a la cantidad y calidad de las oportunidades existentes. Un problema adicional de la mujer es la tradicional desigualdad en la división del trabajo según el sexo, con la asunción por la mujer de la mayor parte de las tareas del hogar (preparación de alimentos, búsqueda de leña y agua, cuidado de los niños, limpieza y otras actividades), con la consecuencia de que la mujer tiene una jornada laboral muy larga, como se desprende de estudios realizados sobre su empleo del tiempo.