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De la literatura oral a la literatura escrita

El salto de la literatura oral a la literatura escrita ha sido abrupto y de muy corta historia. Actualmente, aunque cada vez en menor medida, coexisten los narradores orales con los escritores y no es raro que el escritor consagrado busque el contacto tradicional participatorio con su audiencia. El género por excelencia para favorecer la participación del público es el teatro, que muchas veces incluye en la estructura dramática elementos estilísticos y expresivos de la narrativa oral, como es el uso de coros, canciones, recitativos y danzas. Por ejemplo, el premio Nobel de Literatura de 1987, Wole Soyinka, en sus piezas teatrales "The Dance of the Forest" y "Masks", presentadas por primera vez en 1960, con ocasión de las celebraciones de la independencia de Nigeria, combina danzas, cantos y mascaradas con la textura verbal de las obras. Esta forma de expresión dramática, muy común en la obra de Soyinka, lo vincula a las ceremonias tradicionales yorubas, en las cuales la comunidad venera al dios Ogún, dios del hierro, de la guerra y de la caza. En este ritual, en el que hace un uso integral de la acción dramática, se involucra a toda la comunidad y cada uno de sus miembros debe desempeñar un papel.

La práctica narrativa utilizada por Soyinka es muy corriente en el contexto africano. La maestra ganeana, reputadísima dramaturga y poeta, Efua Theodora Sutherland, ha concebido algunas piezas teatrales para niños en las que se intenta revivir y preservar el patrimonio oral africano. Ello lo logra utilizando en sus obras el estribillo, el batir de palmas por parte del público, los refranes y los ritmos, con lo que recrea en el aula una representación teatral tradicional. El intento de Efua, que se considera muy logrado, enfatiza la relación participatoria entre el auditorio y los actores. Su deseo de producir una narrativa no elitista la lleva a crear un teatro experimental orientado a los campesinos, como lo hiciera también el kenyano Ngugi wa Thiong'o. Son muchos los escritores africanos contemporéneos que reviven las técnicas de la literatura oral y muchos también los que incorporan a su narrativa relatos, poemas y canciones tradicionales. Por ejemplo, Bessie Head, la famosa escritora originaria de Bostwana, se dedicó durante muchos años a recolectar historias entre personas de diversas edades y oficios. Estas historias, según su propia apreciación, constituyen un valioso testimonio del mundo ordinario y del acaecer cotidiano[294].

Es interesante notar, en lo que respecta a la generación de elementos y símbolos culturales, que mientras la literatura oral convierte a todos y a cada uno de los miembros de la comunidad en emisores de mensajes, es decir, en creadores de elementos expresivos e iniciadores del flujo de comunicación, la modernización limita el acceso del individuo común a la creación de mensajes en el contexto de la cotidianidad. El flujo de comunicación espontánea, abierta y bilateral se transforma en una corriente unidireccional, en el que algunos elegidos seleccionan y producen mensajes y los otros, la gran mayoría, se constituyen en "receptores", más o menos pasivos, de los mismos. Este sentimiento de pasividad que acompaña a la pérdida de la tradición participatoria, se expresa vividamente en el recitativo de Lawino, personaje que representa a la mujer africana que no ha sido iniciada a la cultura escrita y que dice:

"Cuando mi marido está leyendo un nuevo libro, o cuando está sentado en su sillón, la cara completamente tapada por un gran periódico, me parece entonces un muerto, un cadáver que yace solitario en su tumba"[295]

Se alude aquí tanto al carácter pasivo de la mera recepción de mensajes como a la pérdida de la relación "cara-a-cara" que caracteriza a la producción oral. En esta última el emisor de mensajes se encuentra inevitablemente confrontado a su auditorio y su creación es también colectiva. El proceso de pérdida progresiva de generación de mensajes a nivel comunitario se acentúa con la expansión de los medios de comunicación de masas. Estos, si bien devuelven al hogar una parte, quizás arbitraria, de la cultura colectiva, no reinstauran su carácter participatorio. Los cantos, mímica y resonancia emocional de un auditorio creativo se suplantan por un espectador u oyente que recibe su alimento cultural sin oponer resistencia ni otorgar respuesta. Tal como lo pintara Ray Bradbury[296] en su conocida obra de ciencia ficción" Farenheit 451", el individuo, solitario y aislado, se enfrenta al bombardeo de imágenes de una pared parlante contra la cual se estrella cualquier iniciativa. La invasión de los medios de comunicación de masas lleva aparejada la proliferación de auditorios puramente receptivos, mientras que los emisores pasan de los individuos a corporaciones y agencias especializadas. Con ello la importancia relativa de ambos extremos del proceso de comunicación cambia: los generadores de mensajes se tornan, proporcionalmente, escasos y monopólicos y los receptores infinitos e indiferenciados.

Con el advenimiento de la literatura escrita, ésta no sólo cambia de lenguaje expresivo sino también de función social. Deja de ser un centro de la actividad comunitaria para transformarse en una disciplina, a veces relegada, de la producción social. Deja también de ser la expresión directa del quehacer y de la memoria colectiva, requiriendo para su expresión de un instrumental expresivo de difícil acceso: la escritura. Para los africanos, la apropiación de este instrumental pasó por el tamiz de la autoridad colonial, que fue más abierta al hombre que a la mujer. Baste comparar el número de escritores africanos hombres educados en Inglaterra en relación a las escritoras mujeres de su misma generación. Con la emergencia del escritor letrado la memoria colectiva misma se aparta de la cotidianidad. Ya no está en la casa, al lado del fogón, sino trás paredes difíciles de franquear para muchos habitantes de Africa y del Tercer Mundo en general. Este cambio cualitativo ha descartado a narradores potenciales y particularmente a la mujer, que es quién detenta las más altas tasas de analfabetismo en la región. Asimismo, tal como señala Simón Gikandi[297], las mujeres escritoras han tendido a ser marginalizadas precisamente porque sus obras cuestionan el papel asignado a la mujer en la novela nacionalista. Por ejemplo, Flora Nwapa, en su novela Efuru, pone en tela de juicio la posición en que representa a la mujer Igbo en "Things Fall Apart", de su compatriota Chinua Achebe. Para contrastar la imagen de marginalidad que Achebe da a sus heroinas, Flora Nawapa centra su historia en torno a una mujer alrededor de la cual gira toda la comunidad, organizando sus proyectos y tomándola como punto dereferencia en su quehacer cotidiano. Bessie Head, por su parte, en su obra "Questions of Power"(1974), se revela contra la representación del Apartheid en términos puramente masculinos y utiliza el lenguaje de la locura como un instrumento contra la "lógica" del apartheid. Buchi Emecheta, en "The Joys of Motherhood", (1979), ironiza la celebración de la maternidad como virtud suprema, mostrando que las prácticas tradicionales se revelan inapropiadas frente a las transformaciones de la sociedad.

Pese a restricciones y discriminaciones, en Africa, donde las mujeres han narrado desde siempre, aquellas que han podido han continuado haciéndolo tan pronto han adquirido la técnica de la escritura, y la región cuenta ya con un conjunto de escritoras que comienzan a ser conocidas no sólo en Africa sino también en el exterior. Muchas de estas escritoras han desempeñado puestos claves en sus gobiernos o han sido importantes activistas: Es el caso Ama ata Aidoo, designada en 1982 Secretaria de Educación en Ghana, además de profesora univesitaria y representante de su país en debates internacionales a lo largo de Africa, Europa y América del Norte; Grace Ogot, novelista y diestrísima narradora de cuentos e historias cortas, y que ha sido miembro del Kenya Council of Women y miembro del parlamento kenyano, además de Presidente de la Asociación de Escritores Kenyanos y Representante de Kenya en los Estados Unidos; Mariama Bâ, cuya obra "So long a letter" recibiera, en 1980, el "Nôma" Prize en Francia, como la mejor novela de "ultramar"y que participara en diversas organizaciones de mujeres, consecuente con la creencia que las mujeres organizadas políticamente influenciar el progreso de su país; Efua Theodora Sutherland, premiada por Nkrumah después de la independencia por sus talentos organizativos y creativos. Fue ella quien impulsó la creación del Teatro Experimental, del "Ghana Drama Studio", de los "Osayifo Players", dela Sociedad Ganeana de Escritores y del "Ghana Broadcasting Studio"; etc.

Entre las muchas escritoras mujeres que se han hecho ya un nombre en el campo de la literatura, cabe mencionar, a la senegalesa Mariama Bâ y a Aminata Sow Fall, también de Senegal; a Ama Ata Aidoo y Efua Sutherland, de Ghana y Anne Marie Adiaffi, de Costa de Marfil. A las nigerianas Buchi Emecheta y Flora Mwapa. A las kenyanas Grace Ogot, Rebeca Njau, Charity Waciuma, Hazel Mugot, Miriam Were y Micere Mugo. A Bessie Head de Bostwana y Miriam Tlali de Sudafrica, y la lista podría continuarse, haciendo notar, sin embargo, que la escritura masculina ha sido mucho más prolífica en autores que la femenina.

[294] Charlotte H, Bruner, ed., 1983: Unwinding Threads. Writings by Women in Africa. Heineman Educational Books, Nairobi, Kenya.

[295] Okot P'Bitek, 1974: The Songs of Lawino and Songs of Ocol. East Africa Publishing House, Nairobi, Kenya.

[296] Ray Bradbury, 1969: Farenheit 541. Minotauro, Argentina

[297] Simon Gikandi, 1991: Literature in Africa (1960-10990), en Africa Today, publicada por Africa Books Limited, London.



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