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Participación

Usando las palabras de Naomí Kapuri[291], tan importante como la dramatización de la historia es la reacción que esta despierta en su auditorio. Una historia bien contada suscita fuertes emociones en quienes la escuchan, creando una corriente de empatía entre el narrador y su público. A la emoción se suma un verdadero involucramiento de la audiencia en el desarrollo del relato, a tal punto que - como señala R. Finnegan[292]- a diferencia de las formas literarias escritas, en la narrativa oral el público tiene una ingerencia directa en la actualización y creación de la obra literaria. Kabebe, el narrador Gikuyo mencionado anteriormente, decía: " A nadie le gusta hablar para sí mismo, aún cuando lo que diga sea muy importante". Por esta razón dice preferir el hablar frente a numerosos oyentes , "ya que son ellos quienes dan vida al relato".

Además de intervenir en los coros que acompañan la narración, el público aporta también sus puntos de vista y su intervención forma parte de la estructura narrativa misma. En ciertas circunstancias los oyentes pueden interrumpir el relato con adiciones o críticas. No es raro que un narrador comience su historia pidiendo a alguno de los presentes que repliquen a lo que dice. R. Finnegan [293] señalaba el caso de un reputado narrador Limba, que comenzaba su relato diciendo: "Suri, objétame. Tu, Yenkeni, por favor tienes que replicarme". La misma autora hacía notar que dichas interrupciones no sólo son corrientes en la narración cotidiana de las historias, sino en situaciones más formales, tales como los complejos cantos Ijala de los Yorubas. En éstos, la actuación del artista es seguida en forma crítica por otros expertos allí presentes y si alguno disiente, puede interrumpir diciendo, por ejemplo: " Me permito diferir. Esto no es correcto. Usted se ha desviado de la senda de la exactitud...Ire no era la ciudad natal de Ogún...Ogún sólo iba allí a beber vino de palma..."

El orador, a su vez, puede rebatirlo, argumentando la veracidad de su propio conocimiento o sugiriendo a los otros que respeten su interpretación, diciendo: " dejad que cada animal siga el trazo llano de su propio camino".

Esta posibilidad de influenciar el relato mediante clarificaciones, adiciones u otro tipo de intervenciones, es, según Finnegan, una de las distinciones más netas entre la literatura oral y la escrita. Otra distinción señalada por ésta y otros autores es la concepción de la obra literaria como un respuesta a una situación particular. Las obras orales no se componen en un estudio para ser transmitidas luego mediante el mecanismo impersonal y despegado de la palabra impresa- manifiesta esta investigadora- sino que constituyen una respuesta motivada por una situación específica de tipo psicológico, social, moral o de otra índole. Los cantos-poemas de los Sereer, de Senegal, ejemplifican esta aserción. El matrimonio de una hija, por ejemplo, puede constituir una motivación para un poema, como lo demuestra una autora de este género literario, cuando expresa: " Mi marido hizo matar un toro. Mientras mataban al animal, me dí cuenta que esto significaba un gran honor para mí. A fin de testimoniarle mi reconocimiento, decidí alabarlo obsequiándolo con un canto-poema".

[291] Naomí Kapuri, op. cit.

[292] R. Finnegan, op. cit.

[293] Ruth Finnegan op. cit.



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