• ¿EL FIN DE LOS BANTUSTANES?

    ¿EL FIN DE LOS BANTUSTANES?

    Alfred Bosch

    En el año 1956, H.F. Verwoerd, Primer ministro de la Unión Sudafricana, contemplaba su obra de ingeniería social y legislativa, y declaraba satisfecho que el desarrollo por separado seria una realidad al cabo de veinte anos. Hoy, han pasado casi el doble de anos y parece que el legado del Apartheid empieza a derribarse definitivamente. Habiéndose derogado las leyes racistas de Verwoerd, y en el camino largo y tortuoso de las reformas democráticas, Sudáfrica se debate por romper un modelo aun perceptible en las realidades económicas y territoriales.

    La expresión mas emblematica de la segregación territorial es, sin duda, el mosaico de bantustanes creados en las ultimas décadas para confinar a la población rural sudafricana. Históricamente, las diversas etnias bantues se habían ubicado en áreas extensas del altiplano central (Reep y en la costa del Indico. Tras la fundación de la Unión (1910) anglófobos y afrikaners pactaron la destitución de los africanos en ghettos industriales y mineros, prácticamente en régimen de inmigrantes, y en diversas reservas tribales donde podían adquirir tierras y moverse con cierta libertad.

    Esta política se aplicó con criterios racistas pero relativamente pragmáticos y flexibles, gracias a la ascendencia de los industriales de extracción anglófoba, que primaban la disponibilidad de mano de obra barata cerca de las minas y centros urbanos. Con el acceso del Partido Nacional al poder (1948), Verwoerd fue nombrado ministro de Asuntos Nativos, y con un equipo de afrikaners iluminados, se lanzó a construir el sueño segregacionista a partir de la delimitación geográfica de razas.

    La ofensiva arrancó con el desmontaje del sistema educativo misionero, poniendo las escuelas bantues bajo el control del estado, y diseñando unos programas educativos supuestamente adaptados a las necesidades de los africanos. A partir de allí, se procedió a la invalidación de la ciudadanía sudafricana de los negros, asignándolos a una u otra etnia, incluso en el caso de la población urbana. Zulúes, xhosas o tswanas eran obligados a pertenecer a la correspondiente reserva autóctona, convirtiéndose automáticamente en extranjeros en el resto de Sudáfrica.

    Los negros perdían el derecho a participar en la política general del país, y se disolvía el desvirtuado Consejo Representativo de Nativos a favor de la constitución de gobiernos autónomos en los flamantes bantustanes étnicos. El proceso culminaba en la Ley de Promoción del Autogobierno Bantu de 1959, que dejaba la puerta abierta a la separación nominal de estos territorios de la Sudafricana blanca.

    Los bantustanes de Sudáfrica

    La transicion en los bantustanes:

    En la década de los noventa, nos encontramos con la existencia de 10 bantustanes dentro de los limites de la antigua Unión (ahora República) Sudafricana. Cuatro entes han terminado proclamándose independientes: el Transkei (mayoritariamente xhosas de la dinastía Tembu), el Ciskei (xhosas de la dinastía Mfengu), Venda (vendas), y Bophutatswana (tswanas fuera de Botswana). El resto han preferido mantenerse autónomos: Gazankulu (tsongas), KaNgwane (swazis fuera de Swazilandia), KwaNdebele (ndebeles), KwaZulu (zulues), Lebowa (sothos del norte) y QwaQwa (sothos del sur fuera de Lesotho). Las magnitudes de población estimadas en 1989, según el South African Institute of Race Relations, son las siguientes:

    Bophutatswana

    1.929.383
    Ciskei
    836.657
    Transkei
    3.143.585
    Venda
    528.333


    Subtotal bantustanes independientes
    .6.437.958


    Gazankulu
    700.349
    KaNgwane
    583.535
    KwaNdebele
    469.898
    KwaZulu
    4.867.063
    Lebowa
    2.591.541
    QwaQwa
    286.205


    Subtotal bantustanes autonomos
    9.498.591


    Total hantustanes
    15.936.549
    Total africanos
    27.542.958


    TOTAL ABSOLUTO SUDAFRICA
    36.630 958

    A pesar de la falta de recursos, de la poca fertilidad de la tierra y del bajo nivel de vida en los bantustanes, cabe reconocer un relativo éxito de las tesis de Verwoerd. Un 57% de la población negra, y un 44% de la población total de Sudáfrica, tiene su residencia en los mencionados reductos autóctonos, cuando estos apenas cubren un 13% del territorio. Por contra, también debemos reconocer que los bantustanes son en general bastante impopulares entre sus residentes, con regímenes de tendencia nepótica y autoritaria, altísimos índices de paro, infraestructura y redes de transporte escuálidas, niveles importantes de delincuencia y violencia política, etc. ..

    Las reformas del Presidente De Klerk, iniciadas hacia finales de 1989, han abierto nuevas expectativas y han alterado ostensiblemente la situación en la mayoría de los bantustanes. Una parte de los gobiernos autónomos, que durante los años ochenta se habían mantenido en la cuerda floja entre la obediencia a Pretoria y la contención de sus habitantes descontentos, han ido derivando hacia la órbita del Congreso Nacional Africano (ANC) de Nelson Mandela. Esta aproximación ha sido condicionada por procesos diversos, desde el alineamiento espontaneo hasta pactos forzados por golpes de estado internos o acuerdos oportunistas. La mayoría de líderes, de buen grado o a disgusto, han reclamado la reintegración en una República Sudafricana refundada. Mención a parte merecen Bophutatswana, el KwaZulu y quizás también el Ciskei, casos especiales y especialmente importantes, debido a su peso demográfico y económico.

    En la órbita del ANC:

    De los bantustanes independientes, dos entre ellos nos ofrecen un contraste interesante por haber jugado la carta del ANC de forma diferente, desde perspectivas y actitudes opuestas, a pesar de contar ambos con una población mayoritariamente xhosa.

    El Transkei zona tradicionalmente ligada al clan de los Thembu, ya fue incorporada bajo un estatuto especial a la Colonia del Cabo, hacia finales del siglo XIX. En el ano 1929, el territorio paso a ser administrado por la Bunga (Consejo nativo), que agrupaba a los jefes tribales y que era responsable ante las autoridades blancas. A raíz de la legislación impulsada por Verwoerd, se convirtió en 1963 en el primer bantustan autónomo, y bajo la rama dinastía de Kaiser Matanzima, fue también el primero en estrenar la independencia en 1976. Matanzima, su familia y su Transkei National Independence Party se hicieron con el control del Parlamento, al tiempo que reforzaban los privilegios de la aristocracia tribal, que representaba el 60% de la Cámara territorial.

    Sin embargo, el grueso de la población parece que se inclinaba por los movimientos antiapartheid. El ANC siempre había disfrutado de una fuerte implantación en la región; buena parte de sus máximos dirigentes habían nacido ahí (Mandela, Tambo, Sisulu); y la línea dinastía del príncipe Dalindyebo, enfrentada con Matanzima, se oponía a los designios de Pretoria. Los afines a Dalindyebo y el ANC, a pesar de obtener la mayoría de escaños parlamentarios reservados al sufragio directo, no consiguieron ocupar el 40% de la Cámara: el príncipe, finalmente expulsado del Transkei, se exilió en Zambia, donde murió en 1986.

    Este antiguo contencioso, sumado a las movilizaciones y disturbios de los ochenta en toda Sudáfrica, facilitan un golpe de estado interno, pionero en su genero, a cargo del general Bantu Holomisa en 1987. Holomisa depone del poder a la saga Matanzima, restaura post mortem a Dalindyebo, reentierra al príncipe en el Transkei y sobrevive a diversos intentos de involución auspiciados por el régimen de P.W. Botha.

    A caballo de las reformas de De Klerk, Holomisa legaliza los movimientos de oposición y libera a los presos políticos. Con la liberación de Mandela, se suma a las celebraciones y declara, en mítines locales, que el ejercito del Transkei puede ser considerado un aliado del brazo armado del ANC (Umkhonto we Sizwe o MK). Acompaña a Mandela en la visita a su pueblo natal de Qunu, y convoca un referendum por la reincorporación a Sudáfrica, que es frenado in extremis por De Klerk -que sugiere atender primero al resultado de las negociaciones constitucionales.

    En el Ciskei, hasta hace pocos años, la figura dominante era la del Presidente Lennox Sebe. Sin titulo nobiliario alguno, Sebe captó las simpatías de los jefes tribales de la zona, procedentes en gran parte del clan Mfengu. En 1981, orquestó un referendum que aprobó el paso a la independencia. Por encima de las disputas con grupos opositores y con miembros de su propia familia, se estableció cómodamente en el poder gracias al apoyo de los jefes, de sus servicios secretos y del Ciskei National Independence Party -de filiación obligatoria para todos los asalariados, que contribuían en base a deducciones preceptivas del sueldo-. El sentimiento localista descansaba, en buena medida, sobre el temor de absorción y la diferenciación algo maniquea frente al vecino mayor-el Transkei-, que cuenta con una configuración étnica y cultural muy similar.

    En el Ciskei, los primeros gestos de De Klerk son seguidos con expectación, hasta el momento en que la salida de prisión de Mandela genera una explosión espectacular de jubilo y protesta combinados. La represión policial se aplica con contundencia, provocando gran numero de muertes: incluso Pretoria se ve obligada a protestar oficialmente. En marzo de 1990, ante el creciente inmovilismo de Sebe, el Brigadier Joshua iOupa Gqozo, hasta entonces Director de los Servicios de Inteligencia, lidera un golpe de estado victorioso. Lennox Sebe se encuentra de viaje en Hong-Kong y se le impide el regreso.

    Las primeras apariciones multitudinarias de Gqozo, entre banderas del ANC y del Partido Comunista Sudafricano, auguran para el Ciskei una trayectoria similar a la del bantustan vecino. Pero la alegria de la primera hora pronto deriva en vindicación y, ante la dureza de las fuerzas del orden, en violencia. Una ola de saqueos y asaltos a los antiguos colaboradores de Sebe coloca la situación fuera de control: Gqozo refuerza la seguridad, declara el estado de emergencia y reclama la ayuda del ejercito sudafricano.

    Gqozo recurre a métodos que recuerdan el autoritarismo de Sebe: expulsa a dos ministros próximos al ANC, crea su propio partido -el African Democratic Movement, que rechaza la política de nacionalizaciones y el estado unitario-, y extiende la represión a todos los movimientos de base, en gran parte asociados al ANC. Oportunamente, el gobierno De Klerk desestima las propuestas de reunificación con Sudáfrica hasta que no cese el acoso policial y se estabilice la situación. A mediados de 1992, se agrava el clima de confrontación; el ANC convoca cerca del bantustan una Asamblea Popular que celebra un referendum clandestino, reclamando la dimisión de Gqozo y el desmontaje del sistema tribal.

    La experiencia del Ciskei evita que se reproduzca el proceso en otro de los bantustanes teóricamente independientes, Venda. La destitución del Presidente Ravele en un golpe de Estado es seguida por disturbios populares animados por una implacable caza de supuestos zombies y brujos malignos. El antiguo segundo de abordo, el Teniente Coronel Ramashwana, accede al poder y declara el estado de emergencia, pero en este caso con la connivencia del ANC. El movimiento de Mandela, habiendo comprobado los efectos de explosiones sociales incontroladas, pacta con Ramashwana una política de contención, para impedir la implicación de sus militantes en una espiral de violencia y evitar a toda costa el fácil recurso al ejercito sudafricano como arbitro de conflictos entre africanos. El buen entendimiento se evidencia con la celebración en el territorio, en agosto de 1991, de la primera cumbre legal de MK.

    Otro bantustan, Kwa Ndebele, tenia que ser proclamado independiente en 1986. La oposición a este proyecto, acompañada de revueltas populares, disturbios y matanzas, obligan a las autoridades locales y al gobierno de Botha a efectuar una marcha atrás. Cae el Consejo autónomo de Skosana y su partido Mbokotho, cuyos miembros pasan en parte a reforzar la policía y los escuadrones paramilitares locales. Para cubrir el impasse, se convocan elecciones parciales y el Consejero Mabenga forma un equipo de transición que integra a algunos personajes de la oposición. Justo al inicio de las reformas De Klerk, se produce una dimisión en masa de consejeros, que deja el campo libre al príncipe reformista James Mahlangu. Este, en línea con el posibilismo de los dirigentes de Venda, se declara simpatizante del ANC, y anima a la mayoría de los jefes Ndbele a apuntarse al Congress of Traditional Leaders of South Africa (CONTRALESA), organización afín al movimiento de Mandela.

    Los líderes tribales de Lebowa, presionados por huelgas y boicots populares, adoptaran una postura similar. El bantustan había vivido, desde las elecciones locales de 1989, bajo el gobierno de Nelson Ramodike y su Lebowa People's Party. La proliferación de disputas tribales, casos de brujería y de corrupción, así como violencia entre militantes antiapartheid y bandas de la conservadora Sofasonke Civic Union, habían obligado a adoptar un plan de paz auspiciado por las Iglesias. Era obvio el peligro de degradación social, que podía llevar a un enfrentamiento calcado al del ANC e Inkatha en el Natal. En este caso, sin embargo, Ramodike se sube a tiempo al carro de la negociación: reacciona disolviendo a su partido, se declara partidario del ANC y aboga por el desmantelamiento del bantustan.

    Comprobamos una evolución parecida en el caso del Gazankulu, donde el Profesor Ntsanwisi se encontraba en el poder desde 1973. A remolque de los acontecimientos de principios de 1990, el Giyani Youth Congress, próximo al ANC, impulsa una serie de movilizaciones y boicots que llevan a Ntsanwisi a reclamar la intervención de las fuerzas armadas sudafricanas Como en los otros bantustanes del norte, los tumultos se asocian a disputas rituales por brujería. Vista la situación, el líder de Gazankulu se inclina por negociar con el ANC y rebajar el nivel de crispación, lo cual se percibe de forma clara a partir del pronunciamiento por una Sudáfrica unitaria y multirracial.

    La transición ha resultado mas tranquila en QwaQwa y, especialmente en KaNgwane. En el primer bantustan, el Primer ministro Mopeli y el partido Dikwankwetle mantienen una postura ambigua, hasta que una cadena de huelgas obreras y del funcionariado -básicamente, a causa de salarios ostensiblemente mas bajos que en la Sudáfrica blanca- les obligan a inclinarse por la reincorporación gradual a un estado unitario. En KaNgwane, el premier Enos Mabuza y su movimiento Inyandza se acomodan rápidamente a la nueva situación, en la tónica habitual del bantustan tradicionalmente menos conflictivo.

    Contra la marea:

    El ANC no ha conseguido extender significativamente su influencia en las administraciones de los dos bantustanes restantes. Por su peso demográfico, su relevancia política y sus rasgos diferenciales, habría que analizar estos casos con cierta atención.

    Bophutatswana, una constelación de territorios aislados entre el Transvaal, El Cabo y el Estado de Orange, ha jugado históricamente un papel estratégico. Su enclave central, fronterizo con Botswana, fue anexionado a la colonia inglesa Del Cabo a finales del siglo XIX. El descubrimiento de diamantes en Kimberley, y el recorrido de la línea férrea hacia Rhodesia, convencieron a los representantes de Su Majestad Imperial que era necesario guillotinar a las repúblicas boers en esa zona. Y fue precisamente su carácter estratégico, así mismo, lo que impidió su incorporación al Protectorado de Bechuanalandia -el actual estado de Botswana-, a pesar de contar con un sustrato étnico similar.

    En 1961 se estableció la Administración Territorial Tswana, y once años mas tarde fue creado formalmente el bantustan, aunque recortado por pasillos geográficos (pasos de ferrocarril y carreteras principales), y desprovisto de zonas mineras o de ciudades importantes (como Kimberley, Vryburg e, inicialmente, Mafeking). Un jefe tribal carismático, Lucas Mangope, se hizo con el poder. Su partido, el Bophutatswana Democratic Party, reclamaba la independencia del territorio, pero condicionandolo a la derogación de la legislación segregacionista. En 1977, Pretoria accedió a sus reivindicaciones, y Mangope arrasó en las primeras elecciones, con un 75% de los escaños elegidos por sufragio universal: fue proclamado flamante Presidente de la República de Bophutatswana.

    Desde entonces, Mangope ha perseguido la viabilidad económica y la política del engendro que preside, sin llegar a conseguirlo. El complejo lúdico de Sun City ha aportado unos ingresos considerables, al potenciar los placeres prohibidos por las leyes sudafricanas del momento (básicamente sexo y juego). La explotación reciente de unas minas de platino también ha permitido hinchar las arcas locales. Pero las rentas de los residentes siguen siendo muy inferiores a las del conjunto de Sudáfrica, y la independencia nominal sólo se mantiene gracias a transferencias sustanciosas del gobierno de Pretoria. Las autoridades locales han llegado a exigir visados a los visitantes, y a propugnar la fusión con Botswana -fracasando ambas medidas ante la presión concertada de Pretoria y Gaborones.

    El Presidente de Bophutatswana ha endurecido sus posiciones a remolque de acontecimientos recientes, asegurando que la reunificación con Sudáfrica no se consumaría "ni en cien anos", y reprimiendo a la mayoría de los movimientos de liberación. Según Mangope, el Apartheid es cosa de Sudáfrica, y no es que el ANC y otras organizaciones sean ilegales en Bophutatswana, sino simplemente extranjeras. El Progressive People's Party, afin al ANC, es ilegal desde un intento de golpe de estado de 1988. La excarcelación de Mandela, que es celebrada masivamente en la calle, acaba provocando desórdenes con miles de muertos y la proclamación del estado de emergencia.

    Nos encontramos, propiamente, ante una república bananera de partido único, donde las reuniones de mas de dos personas pueden ser disueltas por clandestinas. El segundo del régimen, Rowan Cronje, un ex-rhodesiano implicado en la creación de la RENAMO mozanbiqueña, controla el ejercito y la policía del bantustan. Frente a la contestación creciente, Mangope decide cancelar las elecciones presidenciales de noviembre de 1991, aduciendo oficialmente que era debido a "la inexistencia de candidato opositor". También es cierto, sin embargo, que Mangope mantiene un pie como observador en la mesa de negociaciones por la democratización de Sudáfrica (CODESA, que agrupa a representantes del gobierno central, de la oposición y de los bantustanes). En el fondo, Mangope y su clique deben tener bien claro que la independencia real no seria sostenible, pero que un discurso radical y una posición política firma puede beneficiarles en el camino a una Sudáfrica federal.

    La situación de KwaZulu es algo mas compleja. Los arquitectos del Apartheid concibieron este mosaico de enclaves como herencia del gran reino zulú creado por Shaka a principios del siglo XIX. Las victorias de Dingane contra los boers y de Cetshwayo contra los ingleses, a pesar de sus eventuales derrotas, habían reforzado la leyenda guerrera de este pueblo combativo. Hasta la supresión de la revuelta Bambatha de 1906, el potencial militar de los zulúes no fue borrado definitivamente del mapa.

    El mismo Verwoerd, cuando era ministro de Asuntos Nativos, tuvo que desplazarse personalmente a tierras zulúes para recibir la aprobación de sus proyectos. Ni el rey Cipriano ni los otros jefes, entre los cuales se encontraba el joven graduado Gatsha Buthelezi, aceptaron la instauración de un ente racial supeditado a Pretoria. Aun así, en 1957 es implantada la administración territorial. Buthelezi, por aquel entonces un personaje de segundo orden, se opone a la medida, aproximándose a los postulados del ANC: el gobierno le retira el pasaporte.

    Cuando finalmente es formalizado el bantustan del KwaZulu, en 1972 nos encontramos con un Buthelezi mas acomodaticio. Aun rehusando la independencia del territorio y la aplicación de los principios segregacionistas, acepta el cargo de Primer ministro y desposee de poder efectivo al nuevo rey Zwelithini. Revive el antiguo Inkatha ka Zulu, movimiento dinástico y cultural de los años veinte, transformándolo en un movimiento de masas fiel a su persona -bajo la mirada temerosa de las autoridades blancas-. La implantación de Inkatha impide un fuerte arranque del ANC en el Natal, a pesar de la procedencia zulú de algunos de sus dirigentes históricos, como John Dube, A.W.G. Champion, Pixley Seme o Albert Luthuli. También hay que admitir que, en esa primera fase, el ambiguo perfil ideológico de Inkatha no permite distinguirlo con claridad del movimiento decano del África del Sur.

    A partir de los anos ochenta, el particularismo zulú y la oposición de Buthelezi a los postulados mas radicales del ANC (la alianza con el Partido Comunista, la política de sanciones internacionales, la lucha armada), conducen a enfrentamientos generalizados que hunden al bantustan en una verdadera guerra civil-contandose mas de 5000 muertos a partir de 1988.

    Inkatha y Buthelezi cuentan con un apoyo efectivo entre los militantes de base (cerca de dos millones, oficialmente), el funcionariado y la policía de KwaZulu, la aristocracia tribal, una extensa red de escuelas y servicios públicos, y medios de comunicación que incluyen una cadena de TV propia. En 1986, se propone la Indaba (fusion) entre el KwaZulu y el resto del Natal -mayoritariamente blanco-. El proyecto, que pretendía marcar el modelo para una futura Sudáfrica federal, sobre un esquema territorial antes que racial, fracasa a causa de unas estructuras poco democráticas, la violencia imperante en la zona y el rechazo del ANC.

    Con el inicio de las reformas De Klerk, Buthelezi deja claras sus aspiraciones como actor en el gran teatro sudafricano. Transforma su movimiento en el Inkatha Freedom Party (IFP), y promueve su extensión a las zonas urbanas. Una filiación testimonial, hasta entonces restringida a los barracones de solteros zulúes que proliferan en los ghettos de las ciudades, se amplía para captar a gran parte de los africanos mas conservadores. El interés y la participación de Pretoria en este fenómeno quedan plasmados en 1991, cuando estalla el escándalo del Inkathagate. Aparentemente, el gobierno había desviado fondos al IFP, esperando contener el avance del ANC en las regiones industriales. El fuego cruzado de acusaciones culmina tras la matanza de Boipatong, imputada a una acción conjunta del IFP y elementos de la policía sudafricana, que provoca la retirada cautelar del ANC de la mesa de negociaciones de CODESA.

    El consiguiente descrédito no elimina a Buthelezi del mapa político: este insiste en participar en CODESA como Presidente del IFP, y no como representante del KwaZulu, proyectando por lo tanto su imagen como único líder africano capaz de hacer frente a las tentaciones revolucionarias de la alianza ANC -Partido Comunista.

    La inercia de las realidades:

    El interés de las aristocracias tribales y de las modestas nomenklaturas de los bantustanes en aproximarse al ANC parece obvio: las encuestas apuntan a una victoria del antiguo movimiento, en caso de elecciones generales, y el apoyo decidido de la población es palpable en algunos territorios. Como acabamos de comprobar, gran parte de los militares golpistas y de los caciques de las reservas se han apresurado a apostar por la fuerza política con mas expectativas, y sólo se resisten aquellos líderes que cuentan con una sólida base populista y que han vivido, en los últimos años, en connivencia con el poder de Pretoria.

    Sorprende algo mas la inclinación de los cuadros del ANC por alinearse con unos núcleos de poder que, en definitiva, el histórico movimiento ha desautorizado y contestado desde la misma concepción de los bantustanes. En el caso de los enclaves del norte, los pactos entre la cúpula dirigente de la organización antiapartheid y los gobiernos locales se han consumado incluso a costa de los militantes autóctonos del ANC o, en todo caso, frenando sus veleidades combativas.

    No es la primera vez que el ANC pretende asumir el papel de depositario del orden y de la concordia. Antes de su ilegalización en 1960, actuó en algunos conflictos (huelga de mineros de 1946, boicots de autobuses en Alexandra y desahuciamiento de Sophiatown en 1956) mas como mediador que como instigador.

    Tampoco es inédita su faceta mas rústica y tradicionalista: de hecho, fue creado en 1912 con un esquema muy británico -una asamblea de los comunes y un senado noble de jefes-. Albert Luthuli, Presidente del ANC en los años sesenta, premio Nobel y aun hoy figura legendaria de toda la oposición, era un importante jefe tribal zulú, profundamente cristiano y de convicciones liberales. Con el se eclipsó este esfuerzo por combinar los intereses de sectores rurales mas conservadores y de capas urbanas politizadas que, finalmente, se impusieron en la dirección. El progreso del Apartheid y la represión del estado obligaron a radicalizar planteamientos, a fortalecer la alianza con los comunistas y a dejar en la cuneta a estos sectores tradicionalistas que en la actualidad se intenta recuperar.

    Seria erróneo pensar que el ANC vuelve a los orígenes. En cambio, parece que la organización quiere recobrar una cierta imagen de imparcialidad, por encima de ideologías, clases y etnias. Se pretende romper la identificación mecánica del ANC con el joven camarada incendiario, durante anos empeñado en desestabilizar (siguiendo las directrices de los cuadros superiores) a las autoridades de los ghettos y de los bantustanes. Romper con el estereotipo no es fácil, y con frecuencia los esfuerzos del equipo Mandela se dirigen a contener el ardor del sindicato afín COSATU o de los estudiantes de COSAS. La iniciativa para reunir a los líderes tradicionales bajo el paraguas de CONTRALESA no es mas que una muestra de esta política pragmática, preparando el camino para una supuesta participación del ANC en el gobierno general del país.

    Debemos admitir que el proyecto se ha saldado con éxito en las zonas xhosa y sotho, en menor medida entre las entidades de etnias minoritarias, pero esta chocando con muchos escollos en las zonas tswana y, de manera aun mas patente, en el KwaZulu. El peso de las diferencias étnicas también ha obligado al ANC a moderar su retórica unitarista. Recientemente se ha presentado una propuesta para partir Sudáfrica en diez regiones autónomas, que acomodarían a los bantustanes en el marco de territorios no raciales, pero a partir de las divisiones provinciales de la Unión de 1910, y recalcando que se aboga por "un solo país bajo una sola nacionalidad".

    La propuesta territorial mencionada contrasta con la del equipo De Klerk, al ofrecer un menor grado de autonomía a las regiones y, especialmente, a los municipios -cosa que podría perpetuar, según algunas opiniones, los desequilibrios locales a favor de ciertas minorías-. Curiosamente, el ANC propone la creación de una región mas (Border/Kei), evitando así la partición de un Transkei "fiel" entre la tierra de los zulúes (Natal) y una tierra mixta (Eastern Cape). En cambio, propone la partición de un Bophutatswana "disidente", incorporando una apreciable porción de este al Northern Cape -cuya extensión quedaba, según el proyecto del gobierno, prácticamente "limpia" de bantustanes.

    Las diez regiones propuestas por el ANC

    lnevitablemente, los retoques del ANC a su sempiterno modelo unitario aparecen como pura cosmética o posicionamiento pre-electoral. Buthelezi y Mangope entienden la estrategia de CONTRALESA como un ardid para incrementar la presencia del ANC en la mesa negociadora, donde las instituciones de los bantustanes participan por derecho propio. El movimiento nacionalista continua insistiendo, frente a los mencionados líderes y al gobierno De Klerk, que unas elecciones al Parlamento Constituyente deben preceder la formación de un gobierno interino multipartidista. La intención es clara: demostrar la implantación del ANC a través de las urnas, y liquidar así de un plumazo las resistencias del mosaico de minorías étnicas (entre ellas las comunidades blanca, india y mestiza, así como zulú y tswana) al bulldozer del nacionalismo africano, unitarista y democrático en el sentido mas jacobino de la palabra.

    El contencioso, pues, esta servido. Por un lado, ninguna alineación de fuerzas políticas parece capaz de parar el acceso al poder del mítico Mandela y de su movimiento. Por otro, puede resultar extremadamente peligroso obviar las diferencias lingüísticas, culturales, étnicas -o, si se prefiere, nacionales- que en su momento permitieron la creación de los bantustanes. Aun admitiendo que la inmensa mayoría de los sudafricanos aboga por la desaparición de unos entes empobrecidos y dependientes, y de las castas locales aferradas a los privilegios concedidos por Verwoerd, no parece prudente ignorar unas realidades y unos hechos diferenciales que persisten desde mucho antes de que Sudáfrica apareciese como Estado en el concierto internacional. Por mucho que un movimiento político o incluso un Estado se apliquen en esgrimir su particular concepción de la realidad por encima de la misma realidad, como diría Galileo, "eppur si muove".

    FUENTES


    Alfred Bosch es licenciado en Historia Contemporánea. Su tesis de licenciatura versó sobre "El africanismo en la época franquista" Es autor de varios artículos sobre viajes y política africana. Actualmente trabaja en su tesis doctoral sobre la Historia del Congreso Nacional Africano. Ha sido profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona. Es Presidente del Centro de Estudios Africanos de Barcelona