Durante el año 1985 llegan, igual a nuestro país como al resto del mundo desarrollado, las imágenes de la catástrofe que sacude a gran parte del África subsahariana, especialmente a su borde septentrional: las poblaciones europeas y norteamericanas observan con estupor las consecuencias de una grave hambruna, difundiéndose por primera vez masivamente un problema que, conocido sólo por reducidos círculos institucionales y de ONGs, no era no obstante nuevo. Anteriores hambrunas la habían precedido y, si bien la de 1984-85 ofrecía unas dimensiones pavorosas por su gravedad y extensión, no era la primera y, probablemente, tampoco será la última (1).
Sin embargo, en esta ocasión, la implicación de los medios de comunicación de masas permite conocer un fenómeno que, en ese año, afecta por lo menos a 20 países africanos y a 30 millones de sus habitantes. Los primeros síntomas de hambrunas virulentas comienzan a apreciarse en 1983, después de un ano de intensa sequía que culmina un decenio de anomalías negativas en las precipitaciones, y que arruina muchas cosechas. Las reservas de alimentos se agotan durante el ano siguiente, mientras continua la sequía y no llega ayuda alimentaria del Norte. Para cuando esta acude masivamente (2) ya 12 millones de habitantes del Sahel se han quedado sin medios de subsistencia: 4,5 millones en Sudan (a los que hay que sumar mas de 1 millón de refugiados de Etiopía, Eritrea, Uganda y Chad), 1,5 millones en Chad, 2,5 millones en Níger, 1,2 millones en Malí, 0,5 millones en Burkina Faso, 1,1 millones en Mauritania, y números menores en Senegal y Gambia (3).
Como única respuesta que estas poblaciones pueden dar a la crisis alimentaria, se producen desplazamientos masivos hacia el sur y las ciudades en busca de alimentos (1,5 millones de personas en Sudan, mas de medio millón en Chad, 400.000 en Níger y cerca de 100.000 en Malí; en conjunto, mas de diez millones habían abandonado sus aldeas para febrero de 1985 (4)). La tardía movilización de la ayuda internacional de emergencia no puede evitar la muerte de 150 personas diarias en Sudan, 6 1.000 en Chad (5), durante 1984 y comienzos de 1985. En este ultimo ano, con la vuelta de las lluvias y el aumento de los rendimientos de las cosechas, se da por terminada la hambruna (no así el hambre crónica de gran parte de la población del Sahel).
La historia de todas las civilizaciones preindustriales, en Europa y en el resto de los continentes, demuestra la vulnerabilidad de la sociedad tradicional agraria ante las coyunturas climáticas y ecológicas que afectan a los cultivos que la sustentan. En este sentido, la hambruna de 1984-85 no es, efectivamente, un caso aislado, continuando sólo en lo que va de siglo a otras en los años 1914 (tras la gran sequía de 1913), 1929-30 6 1973-74 (siguiendo al bienio negro 1972-73). La conjunción de un régimen pluviometrico extremadamente irregular y unos sistemas agrarios muy arcaicos parece dar una primera explicación convincente al problema de la gestación de las crisis de subsistencia del Sahel, insertas en una dinámica histórica traumática, pero previsible. Ambas condiciones, no obstante, pueden ser matizadas a la vista de ciertos hechos cuando menos curiosos.
Así, en el caso de Sudan, John Bennett (6) explica cómo la hambruna de 1973-74 deja relativamente incólume al país, comparando con los estragos causados en el resto del Sahel, gracias a las reservas de alimentos acumuladas en anos precedentes por los campesinos, que combinan un mantenimiento de la producción de subsistencia (sorgo, ganadería) con la recepción de salarios en especie pagados por las granjas mecanizadas de los regadíos de El Gezira; sin embargo, como se ha comentado, en 1984-85 es uno de los países mas afectados por la nueva crisis, en función del cambio de estrategia alimentaria. Este caso demuestra que, incluso en situaciones idénticas de baja tecnología y anomalía climática, las crisis de subsistencia no se manifiestan igual en todas las sociedades, por lo que deben existir otros factores explicativos.
La consulta de las estadísticas de ciertos productos agrarios para los anos de malas cosechas (1983-84), en comparación con un ano climáticamente mas "regular", arroja también algunos resultados sorprendentes:
1980
|
1983-84
| |
| Cereales..................................... Legumbres secas........................ Tubérculos/raíces ....................... Hortalizas ..................................
Fibra de algodón..........................
|
8.022 709 1.163 1.316
234
|
6.588 648 1.301 1.477
358
|
La reducción de la producción agrícola no es generalizada, afectando fundamentalmente a los cereales (8). A la vez, se constata el sensible (y hasta espectacular en el caso de la fibra de algodón) aumento en la producción de algunos cultivos, también alimenticios. Esta aparente paradoja se vería reforzada por la coexistencia de fuertes exportaciones de productos agrarios con las importaciones masivas de alimentos y con las hambrunas (9). Así, no parece que las ultimas crisis de subsistencia deriven de una insuficiente capacidad productiva, sino mas bien de la orientación de la misma.
| Cultivo
|
1980
|
1983-84
|
| Cereales..................................... Hortalizas .................................. Cacahuete y derivados................. Fibra de algodón.......................... Ganado ......................................
Carne.........................................
|
324.740 7.316 453.030 252.823 2.856.070
505
|
141.950 8.112 74.687 318.237 1.131.166
1.220
|
También sorprenden los abultados excedentes de productos agrícolas (11 tradicionales de 1985 y 1986 (ya recuperadas las cosechas con la vuelta de la lluvias), que no obstante no encuentran salida ante un inexplicable mantenimiento de las importaciones de cereales (1,64 millones de toneladas en 1985 0,925 millones en 1986 (12)), lo que parece tener bastante que ver con la situación de los mercados nacionales e internacionales. En todo caso, este hecho parece desmentir la crónica insuficiencia productiva que se achaca a una sociedad afectada por tan frecuentes y virulentas crisis de subsistencia.
Finalmente, la distinta incidencia de la hambruna en los medios rurales) urbanos impulsa a pensar en fallos de los mecanismos sociales de distribución de los alimentos (o, en otras palabras, en flagrantes desigualdades sociales). En todo caso, las paradojas descritas brevemente en los párrafos anteriores inducen a concluir en que la situación de los países del Sahel no es comparable a la de las sociedades tradicionales preindustriales o, en nuestro caso la de las sociedades precoloniales africanas, ya que estas han sido insertadas por el colonizador en las estructuras económicas, políticas e ideológicas mundiales, de donde necesariamente se han derivado profundos cambios a todos los niveles. La discusión de cuales sean algunas de estas nuevas condiciones y su responsabilidad en el bloqueo del desarrollo y la democracia en esta región de África constituyen el objeto de las reflexiones que se exponen a continuación.
Tradicionalmente, se achaca al complejo ecológico africano un papel mas determinante que condicionante de las actividades humanas de sus pobladores, en función de las difíciles perspectivas de desarrollo que ofrece, especialmente para la actividad agrícola (no así para la depredadora o recolectora, o incluso para la ganadera), base del desarrollo de las civilizaciones humanas (13). Este hecho podría constituir una primera interpretación bastante convincente que explicaría el retraso histórico del África Subsahariana con respecto a otros ámbitos espaciales de brillantes civilizaciones, y también contribuiría a facilitar la comprensión del actual marasmo (empezando por las hambrunas) que atraviesan los países de la denominada "África Negra". Sin embargo, y obviando de momento la aberración histórica que encierra la consideración del continente africano como un espacio secularmente "atrasado" (paradójicamente, es en el donde nace la Humanidad, y donde lleva a cabo sus primeras conquistas), este determinismo físico aparece como sospechosamente simplista. Echemos un vistazo a las evidencias que lo sostienen.
En conjunto, como puede deducirse de un análisis mínimamente detallado del medio físico saheliense, este presenta indudables obstáculos que limitan el desarrollo de las actividades agrarias. Sin embargo, los relieves abruptos, climas desérticos o suelos frágiles, si bien mayoritarios, dejan espacio también a fértiles valles aluviales cruzados por caudalosos ríos (Senegal, Níger, Volta, Chari, Nilo) y con precipitaciones suficientes para un óptimo desarrollo vegetal, de características similares a muchos del Sureste Asiático (14).
Por tanto, no parece en principio muy ajustado a la realidad pensar en especiales problemas planteados por el complejo ecológico saheliense al desarrollo de las actividades humanas, sobre todo si tenemos en cuenta otras potenciales riquezas no agrícolas (minería, pesca). Además, diversas sociedades han ocupado estos nichos desde hace milenios, con una perfecta adaptación a los mismos gracias al desarrollo de formas originales de supervivencia, que en ocasiones han culminado con la eclosión de prósperas y brillantes civilizaciones.
Otra cuestión distinta es la posibilidad actual de un empeoramiento en las condiciones de ese complejo como consecuencia de una sequía muy prolongada y de la degradación acelerada de los suelos y ecosistemas. En este sentido, surge la teoría, ampliamente debatida a partir de las grandes hambrunas de 1973-74 y 1984-85, de la posible operación de un cambio climático, global o regional, hacia escenarios mas áridos, que explicaría los trastornos en las formas tradicionales de subsistencia de estas sociedades agrarias y ganaderas, al afectar profundamente a los ecosistemas que las sustentan.
Sólidos argumentos climatológicos e hidrológicos apoyan esta hipótesis, entre ellos una anomalía negativa en las precipitaciones (15), la variación en el régimen hidrológico de grandes ríos (16), el descenso de niveles freaticos y hasta el agotamiento de acuíferos (17), o los avances del desierto hacia el sur en los últimos años (18). Por tanto, si entendemos por desertificación el "conjunto de procesos en virtud de los cuales los ecosistemas áridos pierden su capacidad de regenerarse a sí mismos" (19), hay que reconocer que este fenómeno parece estar afectando hoy en día, y con gran virulencia, a gran parte del Sahel.
Entre las explicaciones "catastrofistas" (no por ello menos fundadas) que interpretan la desertificación como un reajuste biológico lógico ante un cambio climático general, bien a escala mundial o regional, y las "antrópicas" que utilizan como variable explicativa básica el aumento de la presión humana sobre los ecosistemas, considerando las denominadas "sequías" como fenómenos normales de irregularidad pluviometrica en un clima tropical árido, encontramos mas verosímiles aquellas sintéticas que establecen una vinculación entre el aumento de la presión humana sobre los recursos, aceptado por evidente, y los cambios climáticos, regionales y locales. Es decir, un cambio en los "microclimas" por acción humana puede ser el responsable de la alteración de ciertos macroclimas, siguiendo un esquema retroactivo bastante bien estudiado (20).
De esta ultima argumentación se desprende que, aun admitiendo la posibilidad de que se estuviesen operando cambios climáticos globales, gran parte de la responsabilidad de las anomalías en las precipitaciones hay que buscarla en una desastrosa gestión de los suelos, bosques y aguas, generando procesos de desertificación que se alimentan a si mismos a través de la retracción climática.
Por tanto, admitiendo el enorme peso que los condicionantes ecológicos ejercen sobre las formas de vida en el Sahel, es necesario buscar explicaciones para fenómenos como las hambrunas en los condicionantes netamente humanos (demográficos, sociales, económicos o políticos), que se recorren sucintamente a continuación.
(una visión interesada)
Esta cuestión parece clave a la hora de dilucidar el peso atribuible a la presión humana sobre la tierra en la gestación de las hambrunas y en los procesos de desertificación constatados en las dos ultimas décadas. Aventurando una primera respuesta, extraíble de la comparación de las densidades de población del Sahel con las de otros espacios del mundo subdesarrollado, podríamos decantarnos por la situación de subpoblación (21).
La percepción de una escasez acusada de población, muy generalizada entre los mandatarios de estos países, es considerada como un serio obstáculo para su desarrollo. A ella colabora una cierta sensación histórica de vacío de población, ligada a la trata de los siglos XVI-XIX, que empuja a muchos gobiernos africanos a promover políticas de "recuperación demográfica" (22). Por otra parte, ciertos autores estiman que en el sur del Sahel aun quedan amplios espacios sin apenas explotar (sur de Burkina Faso, cuenca del Chad, sur y oeste de Sudan) y, además, otros países sin mayores potencialidades agrícolas han conseguido con una mejora de las técnicas y de la gestión de los recursos sostener a poblaciones mucho mas abultadas (23).
No obstante, esta primera impresión debe matizarse en función de las limitaciones que impondrían los ecosistemas, evaluables en cierta medida a través del concepto de capacidad potencial de carga demográfica o capacidad del territorio para alimentar a una comunidad, que en el caso que nos ocupa es de 1,45 veces la población estimada para el ano 2000 suponiendo un nivel técnico bajo en la intervención humana, aumentando respectivamente hasta 4,98 y 21,34 veces en los supuestos de que ese nivel técnico fuera medio o alto (24). Quedaría así en entredicho la supuesta subpoblación de la región.
En este sentido, la formalicen de un creciente desequilibrio población/recursos en favor del primer termino, parece aportar una explicación satisfactoria a la crisis de subsistencia y a la degradación de los ecosistemas, como se sostiene en muchas ocasiones desde los países desarrollados. Es interesante, no obstante, realizar un análisis mas profundo del fenómeno demográfico, su funcionamiento y entidad en la conformación de las estructuras espaciales del Sahel.
El apelativo de explosión demográfica define perfectamente el proceso de evolución reciente, desde la Segunda Guerra Mundial, de las poblaciones del Tercer Mundo. En nuestro caso, esta evolución se caracteriza por un fortísimo crecimiento acumulado anual, cercano oficialmente al 3% (25), achacable al juego de la natalidad y la mortalidad.
Este crecimiento es responsable, en conjunto, de la duplicación de los efectivos sahelienses en solo 25 años (entre 1960 y 1986), respondiendo a un fuerte ritmo prácticamente homogéneo desde 1960 a nuestros días (que incluso tendería a incrementarse a lo largo de la década de los 90). Sin embargo, no es espacialmente homogéneo, registrándose en una primera aproximación una marcada diferencia entre las áreas urbanas y las rurales, en beneficio de las primeras (aunque las segundas también incrementan sus efectivos en conjunto) como consecuencia del éxodo rural. En una segunda aproximación también se constata un mayor crecimiento de las regiones del sur frente a las del norte, también como consecuencia de procesos de reajuste de población entre ambos espacios.
EVOLUCIÓN DE LA POBLACIÓN DEL SAHEL (26)
| Crecimiento
| |||||||
| 1950
|
1960
|
1986
|
2000
|
%+
50/86
|
60/64
|
85/89
| |
| Pobl.
rural..... Pobl. urbana..
SAHEL........
|
- -
23.294
|
27.084 2.679
29.763
|
46.359 12.923
59.282
|
- -
87.700
|
71 382
154
|
- 5,6
2,7
|
- 4,9
2,8
|
A pesar, por tanto, de no tener un régimen demográfico tradicional, la mortalidad continua constituyendo en el Sahel el factor fundamental dentro de la dinámica de su población. Con un indiscutible descenso desde los anos 40, todavía mantiene tasas muy superiores a las de otras áreas subdesarrolladas, cercanas al 20%o anual (27).
Y ESPERANZA DE VIDA EN EL SAHEL (28)
| 1960/64
|
1970
|
1980
|
1986
| |
| Natalidad
|
51,5
|
48,9
|
47,4
|
46,8
|
| Mortalidad
|
24,4
|
22,8
|
21,0
|
18,6
|
| Mortalidad
infantil
|
131
|
166
|
155
|
134
|
| Esperanza
de vida
|
33
|
43
|
44
|
47
|
Estos datos de mortalidad general deben ser matizados, como todas las medias de población, por diferencias de orden social, étnico y espacial (29). Con todo, la principal variación es de orden generacional, entre niños y adultos, constituyendo la mortalidad infantil una variable que indica perfectamente el grado de desarrollo de una región, por comparación a otros conjuntos mundiales. Pero la heterogeneidad que resulta mas interesante para este estudio es la referente a los distintos comportamientos de la mortalidad en las áreas rurales y urbanas (30), por sus implicaciones en la explicación de determinados fenómenos como las corrientes del éxodo rural u otros no estrictamente demográficos (31).
Las variables explicativas de esta dicotomía entre medios rurales y urbanos, y de la elevada mortalidad en general, son fundamentalmente dos:
--Las escasas disponibilidades alimentarias diarias de la población. El estancamiento o incluso retroceso en la provisión de ciertos elementos esenciales en la dieta de los países sahelienses (reflejo de la insuficiencia creciente de la producción alimentaria), traducido en una menor resistencia biológica ante las enfermedades, puede explicar perfectamente el mantenimiento de elevadas tasas de mortalidad y, especialmente, de mortalidad infantil. El dato fundamental es el de las disponibilidades en calorías/día, que representan el 82% de las necesidades medias mínimas estimadas por la FAO para mantener la actividad del organismo y una cierta capacidad de trabajo. Además, las medias expuestas en el cuadro encubren los casos mas graves de desnutrición, correspondientes a los pequeños grupos campesinos, así como aquellas situaciones especialmente criticas en los periodos de soldadura de las cosechas o en los malos anos agrícolas.
Y DÍA EN EL SAHEL (32)
| 1961/63
|
1986/88
|
España
| |
| Calorías
|
1.707
|
1.895
|
3.494
|
| Proteínas
(g)
|
49,4
|
54,3
|
100,9
|
| Grasas
(g)
|
38,6
|
43,3
|
98,4
|
| Calcio
(mg)
|
452
|
500
|
788
|
| Hierro
(mg)
|
21,1
|
20,1
|
17,0
|
| Vitamina
B1 (mg)
|
1,32
|
1,39
|
1,96
|
| Vitamina
C (mg)
|
35
|
27
|
192
|
--Los avances en la asistencia sanitaria y en la aplicación de campanas de medicina preventiva (vacunación, asistencia a los partos). Este factor, de una importancia bastante sesgada (pues de hecho sólo es del todo real en áreas urbanas, donde se concentran los grandes hospitales, la gran mayoría de los médicos y las campañas masivas de vacunación), depende en sus resultados en gran medida del primero. No obstante, resulta significativo que el conjunto del Sahel contase en 1980 únicamente con un medico por cada 23.109 habitantes (llegando hasta las 48.510 y 47.530 personas por medico respectivamente en Burkina Faso y Chad), dificultando sobremedida que esa asistencia sanitaria se haga efectiva a todo el territorio.
El hecho de que las ciudades, por motivos que se analizaran en su momento, gocen paradójicamente de una mayor cobertura alimentaria que el campo, y además concentren el grueso de la asistencia sanitaria, explica la drástica reducción en su mortalidad, por contraste a los medios rurales, que han visto empeorar en muchos casos sus condiciones alimentarias y sanitarias. La posible evolución futura de esta variable dependerá por tanto, lógicamente, de la capacidad de las sociedades sahelienses para incrementar sus disponibilidades alimenticias.
Acompañando al pausado descenso de la mortalidad, se constata en el Sahel una reducción aun mas tenue de las tasas de natalidad, inscrita en un régimen de fecundidad prácticamente natural (sin uso de métodos o practicas contraconceptivas). Manteniendo tasas oficiales cercanas a los 50 nacimientos anuales por cada mil habitantes (33) (en realidad son, en opinión de algunos autores, incluso superiores), que se sitúan entre las mas altas del planeta, necesariamente sostienen e incluso incrementan el crecimiento vegetativo, por mucho que la mortalidad lo limite de momento.
No obstante, a diferencia de la mortalidad, las variaciones étnicas, sociales y espaciales son poco importantes, incluso en los ámbitos urbanos (donde sólo el vigoroso descenso de la mortalidad ha arrastrado algo a la natalidad en su camino), y todo ello en función de varios factores explicativos que inciden en los comportamientos natalistas de las mujeres sahelienses:
--El amplio abanico de mujeres en edad reproductora, consecuencia de una estructura muy joven, que mantienen altos los nacimientos a pesar de que descienda la fecundidad. Al mismo tiempo, se mantiene la temprana edad de contraer matrimonio, y los periodos intergenesicos (entre nacimiento y nacimiento) son muy breves, resultando una descendencia final de entre 7 y 8 hijos por mujer. No obstante, estos factores como mucho pueden considerarse coyunturales en el primer caso o intermediarios en los restantes.
--Las políticas pronatalistas de los gobiernos del Sahel, aunque matizadas en los últimos años, a partir de las hambrunas de 1984-85.
--En todo caso, estas políticas no obtendrán ningún resultado si no existiese una extendida mentalidad pronatalista entre la población (curiosamente, sobre todo la masculina), muy fuerte puesto que emana de la tradición y es mantenida por la cohesión de las familias y linajes: el numero de hijos es un motivo de prestigio social, e incluso determina la posición dentro del clan.
--No obstante, si nos preguntamos el porque de este comportamiento social, veremos que responde no a un mimetismo ciego de hábitos heredados, sino a un imperativo de naturaleza socioeconómica y demográfica a la vez, que obliga a las familias y linajes a mantener elevado el numero de hijos y miembros (34). Por un lado, para compensar las elevadas defunciones infantiles, pero sobre todo, por otro lado, para asegurar el crecimiento de la fuerza de trabajo y, por tanto, de las posibilidades de ingresos.
En este contexto, el descenso de la natalidad no parece un empeño fácil, mas aun cuando ni siquiera es un objetivo inmediato de las élites gobernantes, mientras no mejore la situación económica de las familias y los linajes.
La consecuencia de un elevado y prolongado crecimiento vegetativo sobre la estructura por edad es claramente el rejuvenecimiento extremo de la misma, aumentando los grupos de edad jóvenes (0-14 anos) hasta representar en el Sahel actualmente el 45% del total de los efectivos demográficos frente a un 52% de población entre 15 y 64 anos y sólo un 3% de mas de 65. Esta estructura, similar a la de 1960, tiene como consecuencia fundamental el incremento de la población dependiente (el 48%), reduciéndose la activa con lo cual el problema demográfico obliga a las familias a aumentar la explotación de los ecosistemas a través de su propia "autoexplotación" y la de sus miembros mas jóvenes (desde los 4 y 5 anos).
Pero tiene otra consecuencia importante, esta a una escala mas global: la constante presión sobre las posibilidades del sistema educativo publico, desbordado por el rápido incremento de la población infantil (35), que es incapaz de absorber las crecientes necesidades de formación (por mas que haya aumentado la escolarización), dejando a un 59)/o de los niños sahelienses sin escolarizar, y manteniendo altísimas tasas de analfabetismo (actualmente el 74%, sin incluir el analfabetismo funcional). En este caso también se observa además de en el sexo, una acusada diferenciación entre las áreas rurales y urbanas, estas ultimas siempre mejor equipadas.
En conjunto, se reproducen con la incapacidad del sistema educativo los bajos niveles de formación de la población, que se traducen en una escasa capacidad de mejora de las estructuras productivas, sociales y políticas. Otro problema cualitativo resulta, además, del escaso numero de titulados universitarios (sólo un 1% de los estudiantes llegan a este nivel), que además suelen terminar trabajando en los países desarrollados.
Finalmente, otra de las consecuencias graves que la joven estructura por edad tiene para los países sahelienses es la necesidad continua de ampliar los puestos de trabajo disponibles para una población en edad laboral creciente. Ante la incapacidad de las estructuras productivas para absorber este excedente de mano de obra, se producen situaciones angustiosas de desempleo estructural.
Escasas disponibilidades alimentarias, deficiente asistencia sanitaria, degradación de las condiciones de vida de los linajes, dependencia creciente del trabajo infantil e insuficiencia del esfuerzo educativo son elementos explicativos de la explosión demográfica, alimentada por las estructuras a las que da lugar. En este sentido, aun admitiendo una reducción no demasiado probable a corto plazo de la natalidad, el descenso que aun debe experimentar la mortalidad y la joven estructura por edad permiten pensar en el mantenimiento de un crecimiento vegetativo elevado durante todavía varias décadas, con todos los problemas derivados del mismo.
La concentración tradicional de las etnias sahelienses en determinados territorios, por razones sanitarias y políticas (36), introduce ciertos desequilibrios en la estructura del poblamiento que se acentúan por las consecuencias de la explosión demográfica y la sobreexplotación de los ecosistemas. Estos últimos, ante una mayor presión humana, y por problemas de gestión que se analizaran mas adelante, se muestran incapaces de absorber el excedente demográfico (37).
En este contexto, con claridad desde la década de 1960, se opera una fuerte expulsión de población del campo, articulado en un doble proceso migratorio, con idéntico origen pero distintos destinos y significados socioeconómicos:
--Por un lado, se constata un importante flujo temporal dentro de los ámbitos rurales hacia las explotaciones capitalistas modernas, generalmente insertas en el sector de exportación, bien dentro del mismo Sahel (regadíos de El Gezira en Sudan) o hacia otros países limítrofes (especialmente Costa de Marfil) (38). Se trata de migraciones estacionales de trabajadores (en la época de la recolección), compuesta de hombres jóvenes que una vez finalizada la campana retornan con los ingresos obtenidos al poblado. De esta forma, se cumplen dos objetivos: liberar el excedente de mano de obra y obtener ingresos suplementarios para la comunidad, aunque también es cierto que se la priva cuando mas falta hace de la mano de obra. Las perspectivas para estos movimientos, sobre todo en el caso de Costa de Marfil, son bastante oscuras en función de la explosión demográfica y la crisis estructural que también afecta a este país.
--Por otro lado, la corriente mas importante corresponde al éxodo rural, responsable de un aumento en la población urbana oficialmente cercano al 5% acumulado anual, aunque en la realidad probablemente supere el 6%. Estas migraciones se concentran en un pequeño numero de grandes ciudades (sobre todo las capitales de Estado), que están duplicando su población en poco mas de 10 años, al mismo tiempo que otras áreas urbanas la ven disminuir.
Respecto a la composición de este movimiento, se aprecian dos momentos claramente diferenciados: una primera migración (durante los anos 50 y 60) fundamentalmente masculina, seguida en las dos ultimas décadas en general por otra segunda sobre todo femenina (39). En ambos casos, tiene un carácter definitivo, aunque manteniendo una fuerte relación con los miembros del linaje que permanecen en el campo.
Las ultimas crisis alimentarias han reforzado la intensidad de los flujos de este éxodo rural, pero también han generado otro nuevo de gran importancia espacial y demográfica: hablamos del desplazamiento masivo de poblaciones enteras desde el norte arrasado por la sequía hacia el sur, con consecuencias catastróficas que en parte ya han sido analizadas y se mencionan también mas adelante.
El resultado de todos estos movimientos migratorios es la acentuación de los desequilibrios en la distribución espacial de la población, concentrándose la mayor parte en algunas ciudades (y mas propiamente en una ciudad de cada país) y en ciertos espacios del sur del Sahel. El aspecto mas destacable es, pues, la preeminencia absoluta de la ciudad macrocéfala, que impide de antemano cualquier pequeña traza de equilibrio regional y supedita la organización del territorio a sus necesidades, en detrimento, como veremos, del desarrollo de las áreas rurales.
La explosión demográfica y el éxodo rural, son junto a otros factores socioeconómicos, los responsables de la mutación reciente de las estructuras sociales tradicionales del Sahel, es decir, de las familias y los linajes. La primera provoca un ensanchamiento de la comunidad, y mas propiamente un aumento del grupo de "parientes económicamente solidarios", en detrimento de los productores agrícolas. El éxodo, respuesta como se ha visto a este fenómeno, redunda en la dispersión de los miembros del linaje, aunque manteniendo las solidaridades con los urbanos; el problema radica en que el sentido de estas solidaridades beneficia a las ciudades, drenando recursos alimenticios rurales y reduciendo los excedentes comercializables (y así la posible capitalización de la actividad agraria).
Las primeras consecuencias de esta desestructuracion son, por tanto, el empobrecimiento acelerado de las comunidades campesinas (como ya se había apuntado) por crecimiento de sus efectivos, y el flujo de riqueza hacia los ámbitos urbanos. Sin embargo, aun hay que recoger un elemento quizás cualitativamente aun mas importante, relacionado con el papel de la mujer y la infancia dentro de estas estructuras: el peso de la producción de subsistencia, así como otras funciones fundamentales (nutrición, abastecimiento de agua y combustible, cría de los niños), recae en las mujeres con el auxilio fundamental de sus hijos (40).
La creciente incorporación de las mujeres al éxodo rural y la difusión de la escolarización privan así a la producción alimentaria de su principal pilar. Aquí encontramos otro elemento fundamental, de naturaleza sociodemográfica, en la explicación de la insuficiencia de alimentos, muchas veces en beneficio del sector agrario-comercial.
Sin embargo, la consecuencia mas directa y visible de la explosión demográfica y la ampliación de la población dependiente es el aumento de la presión sobre los ecosistemas, que enlaza directamente con toda la problemática de la desertificación esbozada al principio del articulo. Esta se manifiesta por la degradación de los pastos, la disminución de la fertilidad de los suelos y la desaparición de los bosques. Este ultimo dato puede observarse en las estadísticas internacionales, adquiriendo proporciones alarmantes en algunos países (41).
| 1970
|
1980
|
1988
|
%
en 1988
|
%
+ 1970/88
| |
| Burkina
Faso
|
7.800
|
6.720
|
7.200
|
24,5
|
-13,8
|
| Chad
|
14.400
|
13.532
|
12.890
|
10,2
|
-10,5
|
| Gambia
|
274
|
216
|
168
|
16,8
|
-38,7
|
| Mali
|
9.200
|
8.800
|
8.480
|
6,9
|
-7,8
|
| Mauritania
|
15.134
|
15.000
|
150.000
|
14,6
|
-0,9
|
| Niger
|
3.500
|
2.900
|
2.420
|
1,9
|
-30,9
|
| Senegal
|
6.500
|
6.000
|
5.930
|
30,8
|
-8,8
|
| Sudan
|
54.160
|
48.940
|
46.460
|
19,6
|
-14,2
|
| SAHEL
|
110.968
|
102.588
|
98.068
|
12,9
|
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Entre los factores vinculados al crecimiento demográfico responsables de esta dinámica regresiva encontramos el sobrepastoreo de los rebaños nómadas en las franjas del desierto, la sobrexplotacion de los suelos por la agricultura como consecuencia del recorte en los barbechos (ahora que hay mas bocas que alimentar), la reforestación como efecto del abastecimiento de combustible vegetal y la roturación de nuevas tierras, o la desaparición de los arboles forrajeros y de algunos pastos naturales de gran valor.
Después de estos fenómenos viene la erosión y perdida de suelos, que afecta también al sur: en lugares con mínimas pendientes, se pierden de 10 a 20 toneladas de tierra por hectárea y ano, arrastrada por las lluvias torrenciales de la estación húmeda. Como consecuencia, el desierto avanza y las sequías son cada decenio mas frecuentes.
Del análisis efectuado en las paginas precedentes, pueden extraerse varias conclusiones sobre el peso real de los condicionantes ecológicos y demográficos en la génesis de las recientes crisis de subsistencia, punto de partida de la reflexión en curso:
En primer lugar, que si bien el medio físico no impone limitaciones insalvables a su aprovechamiento económico por parte del hombre (e incluso presenta algunas ventajas comparativas, como la abundancia de ciertos minerales), se observa en las ultimas décadas el deterioro creciente de este medio por una determinada gestión de los recursos, por mas que ciertas aleas climáticas (por otra parte, relacionadas con esa gestión) colaboren a incrementar sus efectos perniciosos.
En segundo lugar, que si bien la capacidad de carga demográfica de este complejo ecológico es lógicamente también limitada, resulta en principio suficiente para albergar incluso a la población estimada para el ano 2000 (43), y en todo caso depende su comportamiento también de la gestión de los recursos.
En tercer lugar, que el crecimiento demográfico, ligado a factores socioeconómicos y culturales (disponibilidades alimentarias, asistencia sanitaria, organización social de las unidades productivas, educación,...) y alimentada por la estructura por edad a la que da lugar, esta por tanto relacionado con la disponibilidad y reparto de los recursos.
Finalmente, que ambos procesos, desertificación y explosión demográfica, se refuerzan mutuamente, aunque la relación de causalidad es mas directa de la segunda a la primera.
De todo lo cual puede deducirse que podemos considerar a ambos fenómenos como factores agravantes o coadyuvantes de las crisis de subsistencia, pero desde luego no genéticos. Ambos tendrían su base en la gestión, organización y reparto de los recursos, es decir, en las estructuras socioeconómicas, que ahora pasamos a analizar.
(subdesarrollo y colonialismo)
Cuando se aborda la explicación de la situación de los países africanos, tras las interpretaciones ecológicas y demográficas surgen casi automáticamente las étnicas, relativas a la enorme diversidad de razas y lenguas que surcan este continente y que suponen, en opinión de muchos autores, un claro obstáculo para su integración socioeconómica y política, cuando no una fuente continua de tensiones y conflictos.
Esta diversidad étnica es en nuestro caso especialmente importante, y deriva de ese carácter de espacio de comunicación o conexión que define al Sahel, apreciándose desde época prehistórica la individualización de dos grandes grupos étnicos, afromediterráneos y negroides, identificables en rasgos generales con otras tantas secuencias raciales que, respectivamente, incluyen grupos blancos y mestizados por un lado, y grupos melanodermos por el otro.
El contacto entre ambas secuencias es frecuente por lo menos desde el Neolítico, que al entrar por el valle del Nilo y expandirse hacia el oeste por las cuencas del Chad y del Níger, crea por primera vez con claridad un sólido puente cultural. Posteriormente, la migración de grupos afromediterráneos hacia el sur por la desecación del Sahara, y mas recientemente los contactos con distintas civilizaciones del norte (especialmente el Islam) incrementan el mestizaje en el Sahel, desembocando en la gran diversidad de etnias que pueden distinguirse en la actualidad.
La trascendencia de esta complejidad es doble: por un lado, la dificultad de integración lingüística (si bien este problema ha sido superado históricamente en otros espacios por la integración económica, cultural y política); de otra parte, parece mas importante la incidencia en la generación de tensiones étnicas entre pueblos rivales por el ancestral control de tierras o recursos, reproducidas en la actualidad, y que seria responsable de la mayor parte de guerras y conflictos sociales en la región en los últimos decenios. Así se explican muchas veces las guerras de Sudan y Chad, como expresión actual de conflictos ancestrales entre los pueblos árabes del norte y los negroides del sur, o los conflictos mas localizados del Tibesti (Níger) o la Casamancia (Senegal) (44).
La base económica de estas etnias, al igual que su naturaleza, es dual: ganadería extensiva y nómada en los pueblos afromediterráneos (tuaregs, peuls) que habitan la franja saheliense, y una agricultura también extensiva basada en el policultivo y los largos barbechos para recuperar la fertilidad de los suelos, en los pueblos negroides del sur. La escasa importancia del regadío y los bajos rendimientos agrícolas son reveladores de la existencia de una economía de subsistencia, basada en la escasa población y las amplias disponibilidades de tierras que bloquean la intensivización (45).
No obstante, los pequeños excedentes locales son suficientes para permitir ciertas especializaciones (guerreros, comerciantes) que son la base de los intentos de construcción de entidades políticas supranacionales durante toda la Edad Media, y la cúspide de unas sociedades muy estructuradas y jerarquizadas en torno a las familias y los linajes (46).
Las familias son a la vez unidad de producción y de consumo, donde se realiza una primera división del trabajo entre hombres, mujeres y niños (47). También son la entidad cultural de transmisión de conocimientos, creencias, funciones y reproducción del sistema social.
Los linajes, por su parte (como ya se ha comentado), engloban a las familias con relación de parentesco y conforman el marco de la vida comunitaria: toman las decisiones a través de una gerontocracia, realizan la segunda división del trabajo (agricultores, pastores, artesanos), desempeñan las tareas colectivas en el campo y establecen un sistema de seguridad material y moral muy efectivo en su contexto.
Todos estos rasgos sociales y económicos se mantienen en esencia en la actualidad, a pesar de la intensa mutación experimentada especialmente por los segundos. Los primeros únicamente son retocados por la creciente penetración del Islam, muy importante desde el siglo X, que es no obstante adaptado desarrollando formas peculiares (48).
La trascendencia de estos legados es fundamental actualmente en los campos de la producción agrícola, el régimen de tenencia de la tierra, los comportamientos demográficos, la educación o la construcción nacional de los nuevos países del Sahel.
La historia del Sahel también ilustra desde comienzos de nuestra era sobre el fracaso de las opciones supranacionales vinculadas al desarrollo de las rutas comerciales transaharianas (ya conocidas desde el primer milenio a. C.) que enviaban hacia el norte oro, marfil, esclavos y otros productos exóticos. Al ser este factor tan coyuntural el responsable de la formación de estos Estados, se explica su debilidad histórica y el escaso poder de integración de las etnias a las que abarcaban, que en la practica seguían manteniendo niveles de independencia casi absolutos, limitándose al pago de algunos tributos a cambio de una precaria garantía de seguridad.
Los grandes imperios de Ghana, Audoghast, Mali o Songhai, permiten la transmisión de ideas a través de la corriente comercial norte-sur, y dejan como herencia espacial mas notable el trazado de una primera red urbana, de carácter mas continental que costero por el sentido de los condicionantes que la originan. Sin embargo tan pronto como desaparece su sustento con la decadencia del comercio transahariano a partir del siglo XVI (49), comienza la descomposición de estos Estados, frustrando los que podrían considerarse primeros intentos de integración nacional en el Sahel y abriendo el paso a la irrupción de los europeos, primero a través de la trata de esclavos y luego, en el siglo XIX, con el pacto colonial. Ambas intervenciones en conjunto inician la labor de desarticular el precario equilibrio de supervivencia trenzado durante siglos por las civilizaciones sahelienses.