Para concluir el examen de este punto debemos preguntamos si las tendencias al rearme y la mayor conflictividad Sur-Sur que de ello se deriva no constituyen también una amenaza para los países del Norte. En general, no se puede excluir la hipótesis de ataques de países del Sur contra países del Norte, parecidos al que efectuó Libia en 1986 contra las instalaciones estadounidenses de Lampedusa. Sin embargo, por numerosas razones, hay que considerar estos ataques como muy poco probables. El verdadero riesgo radica en el hecho de que las crisis Sur-Sur, cada vez más numerosas, acaben interesando, implicando y concerniendo también a los países del Norte, los cuales, de hecho, a partir de fines de la década de los setenta, han intervenidos numerosas veces en regiones al sur de Europa con contingentes cada vez más importantes. Estos países han intervenido en calidad de fuerzas de interposición y para velar por los intereses internacionales, pero eso no quita que hayan sufrido y provocado enfrentamientos armados. Esto-puede ser interpretado como un efecto de la nivelación de las fuerzas y del armamento que hemos mencionado muchas veces. Por eso, frente a tales evoluciones los países del Norte, desde Europa Occidental hasta EE.UU. e incluso hasta la URSS, tienen que adoptar políticas de seguridad. Estas políticas no responden a una amenaza directa, sino a una tensión continua. Están destinadas a proteger a los países del Norte de una situación de conflicto menos grave que la que se esperaba en el contexto Este-Oeste, pero más probable y más continua.
En 1989, el cambio en las relaciones Este-Oeste comenzado con las reformas promulgadas en la URSS por el actual gobierno soviético ha terminado de madurar a raíz del hundimiento progresivo interno del sistema comunista. Ha comenzado una época de profundas mutaciones, en la cual se difumina la "amenaza" que durante toda la posguerra impregnó y moldeó las relaciones internacionales y la organización de las grandes alianzas económicas y político-militares. Las mutaciones atañen al marco Este-Oeste, pero también implican a los otros contextos internacionales, como si hubiera una imbricación: el cambio Este-Oeste provoca el cambio Oeste-Oeste--particularmente en las relaciones atlánticas--y estos dos cambios unidos determinan un cambio importante en las relaciones Norte-Sur. Huelga decir que el impacto también se hace sentir en el Mediterráneo. Pues si la importancia especial de la región mediterránea--que hemos subrayado anteriormente--es real, estos cambios están destinados a tener un impacto de muy particular importancia en el Mediterráneo.
¿Qué efecto tendrá tal impacto en las relaciones interregionales? Dos grandes tendencias parecen perfilarse a primera vista. Por una parte, la pesada hipoteca "global" que, como hemos visto, ha condicionado el desarrollo de las relaciones interregionales en el Mediterráneo parece pesar menos. Del mismo modo, la transformación que atañe a la relación Este-Oeste, relación entre las dos superpotencias y su papel en el contexto internacional, debilita en su base la razón de ser misma del movimiento no alineado y, por lo menos, cambia sus motivaciones, su papel y sus objetivos. Es así como parece pesar menos el otro factor que, en un pasado reciente, ha hipotecado el desarrollo de relaciones positivas interregionales entre los países y los conjuntos que gravitan en tomo a la cuenca mediterránea. La primera tendencia que se perfila parecería ser, pues, la de un desbloqueo de la relación interregional mediterránea y el comienzo de una cooperación más amplia y más eficaz entre las dos orillas.
Por otra parte, el hundimiento de la amenaza soviética acaece para los países occidentales, particularmente EE.UU. y los de la CE, a la salida de un decenio de enfrentamientos duros--aun cuando de baja intensidad--con los países árabe-islámicos y relaciones difíciles con un mundo cada vez más frustrado y dividido precisamente sobre la cuestión de sus relaciones con Occidente: desde la crisis iraní hasta Líbano, los rehenes, el terrorismo, es en esta evolución donde se inserta la crisis originada por la ocupación de Kuwait por Iraq, confirmando la difusa impresión de que la amenaza soviética es ahora sustituida por la "amenaza" o las "amenazas" procedentes de las regiones al sur de Europa Occidental. Esta impresión también es confirmada por el proceso de rearme, que, como hemos visto, atañe al Tercer Mundo entero, pero más especialmente a la orilla sur del Mediterráneo. La segunda tendencia que se perfila es, pues, la de un Mediterráneo en el que nuevas amenazas en la dimensión Norte-Sur sustituyen a las viejas amenazas en el marco Este-Oeste.
Si esto se confirmase, la evolución hacia una cooperación interregional sin duda se habría vuelto difícil. De todos modos, para pronunciarse sobre otros guiones relativos al Mediterráneo es necesario considerar las tendencias de los cambios en curso en la orilla norte, procurando comprender cuál puede ser su vínculo con la dimensión mediterránea.
A este respecto, el acontecimiento decisivo es la forma del tratado CFE (sobre las armas convencionales), el 19 de noviembre de 1990 en París, como conclusión de la negociación del mismo nombre. Este tratado representa un paso esencial hacia la instauración de un equilibro militar de carácter puramente defensivo en Europa. Será completado por la negociación CFE-I bis, donde se han determinado los nuevos límites de los efectivos. La concertación del CFE-I bis, según la Alianza, debería, a su vez, dar paso a la negociación destinada a eliminar o reducir las armas nucleares de corto alcance (SNF) o subestratégicas. Todo esto se sitúa en una dinámica política-- caracterizada por la autodisolución del Pacto de Varsovia y la grave crisis interna de la URSS--que aumenta las tendencias unilaterales a la retirada de las fuerzas y, paradójicamente, anticipa los resultados de las negociaciones. Es verdad que, si un ataque convencional soviético rápido es cada vez menos posible, el riesgo de un ataque nuclear sigue siendo, de hecho, una posibilidad. Sin embargo, las condiciones políticas de la URSS prefiguran guiones "excéntricos", provenientes de un débil control de las autoridades sobre las armas nucleares sobre un fondo de descomposición del país y de luchas intestinas, que parecen excluir una opción deliberadamente "aventuraste" de los dirigentes soviéticos en el terreno nuclear. No parece haber duda de que las negociaciones sobre las armas estratégicas entre las dos superpotencias, una vez concluida positivamente la fase de la negociación sobre las fuerzas convencionales, pronto darán también nuevos resultados en el marco general. Mientras tanto, en el marco regional europeo, distensión y desarme ya se han convertido en realidad.
Esta evolución no atañe directamente al flanco sur y, por lo tanto, al Mediterráneo. Las medidas de desarme convencional se han concentrado en Europa central. Esta también es la zona donde más activamente se apoya la idea de la urgencia del desarme y de la reducción de las SNF. Sin embargo, las medidas de desarme y las tendencias actuales tienen efectos en el flanco sur, aunque sean de índole concreta o colateral. Se pueden identificar principalmente tres de ellos.
En primer lugar, en el marco más general del decaimiento de la amenaza soviética, se abre paso la tendencia del flanco sur a perder importancia, tendencia que revela la salida del Pacto de Varsovia de los países balcánicos que formaban parte de él y, del mismo modo, el constante decaimiento de la presencia de la flota soviética en el Mediterráneo. Aunque las medidas de desarme no hayan atañido directamente al flanco sur y sean cuantitativamente inferiores en este sector, el flanco sur entra plenamente en la tendencia a la distención, tanto para los potenciales militares restantes, como para la percepción del problema de la seguridad.
En segundo lugar, las subregiones dentro de las dos alianzas, como consecuencia del mecanismo definido durante la negociación CFE para equilibrar territorialmente las reducciones, tendrán todo su peso en las negociaciones que se emprenderán después de acabar la negociación CFE-I bis. Aceptada con alguna reserva por los países de Europa del sur que temían ser marginados políticamente en este conjunto de cambios políticos y militares cuyo centro ha sido la negociación CFE, la subregionalización definida por la CFE en Europa conducirá de hecho a una autonomía de los países implicados en la continuación de las negociaciones, los de Europa del sur incluidos. La extensión de esta autonomía es difícil de imaginar hoy, pero influirá sin duda alguna en el futuro de la seguridad europea y mediterránea.
En tercer lugar, el desarme actual en Europa no atañe a las armas navales. Es un aspecto abierto de las relaciones internacionales en materia de seguridad, un ámbito que puede cambiar, si se considera que las modalidades y los niveles de la presencia estadounidense en el Mediterráneo son objeto de discusiones desde hace tiempo, que la evolución de las relaciones bilaterales respecto a las bases aeronavales es difícil y, por último, que la adhesión de EE.UU. a negociaciones navales en un próximo futuro de ningún modo es de excluir. Aparte las especulaciones sobre el futuro, el mantenimiento actual del nivel de armamento naval en el Mediterráneo está ligado, a corto plazo, a una circunstancia importante, a saber, que la retirada de las armas y de las tropas estadounidenses de Europa central no corresponde a una retirada similar del Mediterráneo. En el marco de la evolución futura de la OTAN, esta circunstancia podría tener una consecuencia política importante, en el sentido en que la presencia naval de EE.UU. en el Mediterráneo corre peligro de sobrevivir en una forma más nacional que multilateral.
Si estas son las consecuencias en el Mediterráneo del desarme actual en Europa, ¿qué consecuencias políticas se derivarán de ello? Se pueden definir tres tendencias principales.
Una primera tendencia está representada por la hipótesis de la integración de la "amenaza del sur" en la OTAN. Esta hipótesis, que evidentemente puede concretarse de diferentes maneras en lo institucional y político, presenta la ventaja de evitar la "nacionalización" de la presencia estadounidense en el Mediterráneo, así como la marginación de los países del sur de Europa o la fragmentación de la OTAN misma en grupos diversos. Esta hipótesis es probablemente más interesante para los países del sur de Europa, que están expuestos a riesgos a causa de su situación, pero también puede interesar a los otros países europeos, los cuales podrían ser implicados en las eventuales iniciativas "nacionales" de EE.UU. en las regiones meridionales, de la misma manera que los países de Europa del sur han sido implicados en las operaciones "fuera de zona" que han marcado la década de los ochenta. Más en general, la hipótesis considerada podría contribuir a mantener la presencia estadounidense en Europa, deseada por los europeos occidentales-- pero no sólo por ellos--, que siguen pensando que ella es indispensable para la seguridad europea, mientras que, en el marco europeo, esta presencia está disminuyendo de manera bastante considerable.
Habiendo considerado estos efectos positivos, que se plasman en la supervivencia de la cohesión de la Alianza y de sus efectos estabilizadores, conviene preguntarse en qué medida es realista y oportuna esta tendencia. En realidad, el cemento histórico de la OTAN ha sido la amenaza soviética. La sustitución de este cemento por otra amenaza parece una operación sin razón y abstracta: sin razón, porque, en el fondo, la alianza precedería a la amenaza que se cernería contra ella; abstracta, porque las percepciones de esta "amenaza del sur" son y han sido, durante la década de los ochenta, bastante disparatadas, causando divisiones y choques entre los países aliados. Tal como es presentada, esta amenaza es un factor de división en la Alianza y corre peligro de debilitarla antes que renovarla y reforzarla. Además, uno puede preguntarse hasta qué punto tiene sentido ver una verdadera "amenaza" en las evoluciones actuales en la orilla sur. Las nuevas tendencias en la zona, que hemos examinado anteriormente, llevan a pensar que esta amenaza sólo en una reducida parte es militar, que ante todo hay tensiones de origen social y político, y que desde el Sur hacia el Norte vienen más retos que amenazas. No parece, pues, que la tendencia a hacerse cargo de una amenaza del Sur en el marco de la OTAN, aunque produjera efectos integradores dentro de la Alianza, sea creíble y oportuno. Si tal hubiera de ser el curso de los acontecimientos, las perspectivas de cooperación interregionales se debilitarían y probablemente se comprometerían.
Una segunda tendencia podría ser una fragmentación de la Alianza, como expresión y consecuencia de su fragmentación sustancial. La subregionalización prevista después de las negociaciones europeas sobre el desarme podría ser considerada como la antecámara de tal proceso. Entre las posibles evoluciones de la OTAN en este sentido, Stefano Silvestri ha recordado dos que nos interesan: "un aumento de los componentes aereonavales, encaminado a dar mayor importancia al eje EE.UU.-Reino Unido-Francia, con variantes que también incluyen un eje EE.UU.-ltalia (o EE.UU.-ltalia-Francia) para el Mediterráneo" y "la formación de ciertos grupos 'subregionales' aliados con EE.UU.: uno en el Mediterráneo (Francia, España, Italia y Turquía) y otro en el Mar del Norte (Reino Unido, Bélgica, Países Bajos y Noruega)".
La hipótesis de que se trata debería probablemente prever una "especialización" del eventual reagrupamiento meridional para hacer frente a la amenaza del Sur. Esta hipótesis, aunque sólo siga siendo una hipótesis dentro de la Alianza, prevé una profunda "renacionalización" de las políticas de seguridad (y exteriores) de los países implicados, en el marco de la cual la relación con EE.UU. dejaría de ser multilateral y tendería a volverse "estelar". Semejante evolución tendría, sin duda, nefastas consecuencias políticas. Las tensiones que han marcado la relación entre los países del sur de Europa y EE.UU. prevalecerían y aumentarían, como siempre ha sido así cuando han prevalecido los aspectos "nacionales" de la presencia estadounidense en el Mediterráneo (como se ha podido ver durante la lucha contra el "terrorismo internacional" llevada a cabo por la administración Reagan en la década de los ochenta). Tal evolución tendría efectos igualmente nefastos si, en vez de ser el único resultado de la fragmentación de la Alianza, también fuese la expresión de un renacimiento nacionalista en los países europeos. En tal caso, los "ejes" que hoy se pueden considerar como una flexibilidad introducida en la organización de la OTAN se convertirían en alianzas en el viejo sentido de la palabra, que persiguen el objetivo de asentar mejor los intereses nacionales de sus componentes.
La tendencia de un reagrupamiento por ejes regionales dentro de la Alianza acabaría acentuando el hacerse cargo de una "amenaza del sur" que ya hemos criticado al examinar la hipótesis anterior. Tal tendencia implicaría conflictos entre los aliados y conflictos en el Mediterráneo. Este guión tampoco sería, pues, favorable al desarrollo de una cooperación interregional.
Se puede observar que, en las dos tendencias que acabamos de examinar, también se puede adoptar un punto de vista distinto del que privilegia la "amenaza del sur", un punto de vista que coincidiría más con el desarrollo de una cooperación interregional y que es el punto de vista que parece que debería prevalecer después de estas reflexiones sobre la seguridad en el Mediterráneo: una cooperación regional eficaz dedicada a combatir las causas sociales y políticas de la inestabilidad mediterránea, acompañada de políticas de seguridad militar dictadas por las tensiones que sin duda alguna existen en la zona. Tanto una OTAN globalmente reestructurada como una OTAN regionalizada podría poner a punto una respuesta militar entendida como respuesta a retos y tensiones antes que a amenazas. Sin embargo hay que subrayar que las posibles alianzas militares que mañana vigilarán el Mediterráneo seguirán siendo siempre alianzas militares y que, por lo tanto, serán constitucionalmente impropias para llevar a cabo la política de seguridad global que el Mediterráneo parece necesitar. En este sentido, el interlocutor más adaptado parece más bien Europa Occidental, especialmente una Europa Occidental que, junto a su identidad económica, desarrollaría esta política y le añadiría su propia visión de la seguridad. Es la tercera orientación que parece que se puede evidenciar. ¿Cuáles son sus perspectivas?
En el actual debate sobre la nueva arquitectura europea, la emergencia de una más clara personalidad político-militar europea tiene crucial importancia, puesto que de tal advenimiento y de sus modalidades acaban dependiendo todas las cuestiones principales de las que hoy se discute: la futura organización de la OTAN y las relaciones euro-americanas, el futuro de la Alemania unificada, las relaciones de seguridad intereuropeas en el marco de una prolongación o de una renovación de la CSCE y también el carácter de la futura política occidental en lo que se denomina "la zona exterior", es decir, con respecto a las áreas adyacentes al Mediterráneo.
Hay dos problemas principales que dividen a los países europeos con respecto a la perspectiva de una política europea de seguridad, particularmente con respecto a la seguridad en las regiones meridionales. Por una parte, nadie se propone crear una organización de seguridad disociada de la de EE.UU. La presencia estadounidense en Europa y la alianza euro-estadounidense siguen siendo consideradas como los presupuestos esenciales de la seguridad de Europa Occidental. El problema entonces es desarrollar un pilar europeo autónomo con relación a la Alianza. Hay un debate entre quienes creen que tal autonomía es deseable y quienes, aunque estimen que es deseable, no ven cómo podría aplicarse tal política sin crear problemas con el aliado estadounidense. La carta común de Helmut Kohl y François Mitterrand a Giulio Andreotti--cuando era presidente de la CE--, poco antes del Consejo Europeo de Roma del 14-15 de diciembre de 1990, durante el cual fueron establecidas las dos conferencias intergubernamentales destinadas a fundar la unión política y monetaria de la CE, hace pensar que a la postre ha de manifestarse un pilar europeo autónomo, por lo demás con la aprobación del gobierno de Estados Unidos. Este último se ha pronunciado en numerosas ocasiones en favor de una evolución semejante.
El segundo problema se refiere a la heterogeneidad de los objetivos y de las percepciones de los diferentes países de Europa Occidental con relación a las crisis y a las situaciones en el Mediterráneo y, sobre todo, en el espacio más vasto del "fuera de zona". Esto ha conducido a que Kohl y Mitterrand, en la carta mencionada, destaquen la prioridad de una política de seguridad común en relación con una política militar que seguiría en el tiempo. La reciente propuesta del gobierno italiano de incluir a la UEO en la CE, para dar a esta última esa dimensión de seguridad que se está de acuerdo en otorgarle, ha sido considerada prematura. La organización institucional de la CE sería, en efecto, demasiado coactiva con relación a la heterogeneidad que caracteriza a las opiniones europeas en materia de seguridad, especialmente en lo que se refiere al Tercer Mundo. Por eso muchos se inclinan por una organización más flexible, inicialmente paralela a la CE, que algunos ven en la UEO, como puente hacia una organización más orgánica y más coherente, mientras que otros la ven en la CE misma, pero con una modalidad tal que los necesarios grados de libertad puedan existir.
Es difícil decir cómo evolucionará el debate sobre la unidad y la seguridad europeas. Respecto al tema que nos interesa hay que recalcar que la emergencia de una política europea autónoma ofrecería, en lo que se refiere a la seguridad del Mediterráneo, una perspectiva capaz de combinar aspectos de cooperación y aspectos de seguridad.
Tal política evitaría el riesgo de reemplazar, en la dimensión Norte-Sur del Mediterráneo, la tensión Este-Oeste, desde ahora en decadencia, por una tensión autónoma, que no tiene razón de ser, haciendo pagar a las relaciones interregionales mediterráneas el precio del mantenimiento de la cohesión de la Alianza. Además evitaría el riesgo de introducir intereses europeos de tipo nacionalista o particulares, como consecuencia de la formación de ejes entre los países que hemos mencionado.
La emergencia de una CE más fuerte y mejor articulada seria, pues, un dato importante para que el Mediterráneo saque provecho concretamente del desbloqueo que se constata con relación al pasado. Tal dato permitiría poner en marcha una cooperación interregional que ya no estaría condicionada por hipotecas "globales" y "antiimperialistas", y de ese modo sería eficaz y fructífera.
La cooperación que ha comenzado a funcionar en el Mediterráneo occidental y la propuesta de una CSCM de parte de los gobiernos de Italia y de España son iniciativas que sin ninguna duda van en este sentido.
La CSCM necesita definir mejor en su proyecto los plazos y las modalidades de la introducción de medidas de confianza y de transparencia, así como los plazos y las modalidades de eventuales negociaciones sobre el control y la reducción de los armamentos. Los que intervienen han hecho bien en considerar esas medidas y esas negociaciones como un telón de fondo, dando en cambio la prioridad a los principios de gradualidad y a las medidas de cooperación económica y social. Un marco de ese tipo, en efecto, se presta bastante bien para la combinación de objetivos de cooperación y de seguridad, que están en la base de una cooperación interregional que no sea demagógica.
La propuesta de los que intervienen de incluir a las dos superpotencias en el proyecto también es oportuna desde el momento que no se olvide que junto a éstas tiene que haber en el Mediterráneo ese interlocutor europeo más articulado que acabamos de mencionar. La propuesta de la CSCM también muestra la necesidad de tomar nota del fruto sacado de un decenio de tentativas inútiles de vincular al Mediterráneo con la seguridad europea. La seguridad mediterránea, como este estudio ha intentado demostrar, depende de factores específicos y tiene que ser disociada de la seguridad europea, lo que implica tener su propia organización y sus propios principios. Las condiciones que se han creado son favorables para este tipo de desarrollo. Estas condiciones deben ser aprovechadas y no comprometidas por una nueva tentativa estéril de incorporar la dimensión mediterránea a la "nueva CSCE".
Hay un proyecto, también hay una oportunidad. Para que el intento tenga éxito se necesitará una sensibilidad política llena de paciencia y de clarividencia.