UNA VISIÓN EUROPEA MEDITERRÁNEA: ESTRATEGIAS DE LA POSGUERRA,UNA OCASION QUE NO HAY QUE PERDER

Roberto Aliboni

El área del Mediterráneo es, como tal, un área que carece completamente de homogeneidad. No es homogénea, en primer lugar, desde el punto de vista económico. El detenido estudio del United Nations Environment Programme sobre la economía del Mediterráneo, destinado a servir de base de intervención sobre el medio ambiente, ha mostrado las acentuadas disparidades que caracterizan la región. El valor añadido industrial desde el norte hasta el sur del Mediterráneo varía de cuatro a uno. Por lo que se refiere a la agricultura, mientras que los países del norte han conseguido desde hace tiempo una amplia autonomía, los del sur "(...) a pesar de los intentos de reforma agraria y de modemización a escala nacional, perjudicados por la carencia de medios y la presión demográfica, adolecen de una productividad insuficiente y de un déficit alimentario estructural, muchas veces creciente". Las disparidades resultarían aún más grandes si se comparara los países de la orilla sur del Mediterráneo con los de toda la Comunidad Europea en lugar de sólo considerar los países del sur de Europa, como lo hace el infomme del UNEP.

El foso parece acrecentarse, no sólo por razones estructurales, sino también a causa de la recesión que azotó a todos los países árabes después de la baja de los precios del petróleo en 1979 de manera mucho más dura y clara que a los países del norte de la cuenca. A causa de esta recesión y de sus consecuencias, a causa también del elevado nivel de sus gastos públicos y militares, los países del sur del Mediterráneo han visto que su endeudamiento internacional alcanzaba proporciones difícilmente soportables y todavía siguen difíciles y dolorosas políticas de recuperación.

A todo esto se añade una dinámica demográfica muy acentuada, que hace más difícil la solución de los problemas de desarrollo económico, crea crecientes perturbaciones sociales y aumenta la diferencia de rentas con los países de la orilla septentrional. Estos, en cambio, sufren los efectos de una fuerte disminución de las tasas demográficas. Siempre según el estudio del UNEP ya citado, en 1980, los países de la orilla septentrional representaban el 56 por ciento de toda la población mediterránea, en el 2020 no representarán ya más que un tercio de ella. Si se considera toda la CE, la diferencia con la orilla meridional del Mediterráneo--según las estadísticas actuales de la ONU--es, naturalmente, menos marcada: en el 2025, la proyección prevé 326 y 349 millones de personas, respectivamente (partiendo, en 1988, de los datos de 324 y 184 millones de personas).

Consideraremos más detalladamente los efectos de estas diferencias económicas y demográficas. Aquí hay que decir que, en realidad, la situación de los diferentes países es bastante diferenciada y que el aresultado" del conjunto de los países de la orilla meridional en términos de crecimiento, si se considera un período más largo, ha sido bastante sensible. Así es como los países de la orilla meridional forman parte de los países clasificados por el Banco Mundial como economías de renta media y casi todos estos países-- con excepción de Argelia y Siria--han acusado tasas de crecimiento más elevadas que las tasas medias de su categoría.

Hasta la década de los setenta, esta no homogeneidad era menos acentuada, porque la diferencia entre los países de la orilla meridional y las zonas atrasadas de los países del sur de Europa era menos grande. Muchos contaban entonces con la sólida presencia de elementos de economía mixta en todos los países mediterráneos, pensando que tal dato había de facilitar un acuerdo más rápido y profundo entre los países y las empresas en el marco de la cooperación al desarrollo y, por lo tanto, permitir una superación en común de situaciones análogas de subdesarrollo económico. En ciertos casos, esto se verificó, pero esta semejanza estructural no desempeñó el papel determinante que muchos esperaban. Los programas europeos de cooperación al desarrollo fracasaron precisamente en su intento de disminuir las diferencias. En realidad, mientras que las regiones menos desarrolladas de los países del sur de Europa, a pesar de atrasos persistentes, han sido sustancialmente integradas en la economía más desarrollada de la CE, los países de la orilla meridional no han sido integrados, o bien lo han sido a niveles diferentes y, de todos modos, más bajos. Además, los sectores menos competitivos que subsisten en las regiones mediterráneas de la CE son favorecidos por proteccionismos (agricultura y petroquímica) o mecanismos de reconversión (petroquímica y siderurgia) que son actualizados en perjuicio de otros países y aumentan la diferencia entre las orillas sur y norte del Mediterráneo.

Más que las tendencias actuales es este descuartizamiento estructural creado en el pasado lo que pone de relieve la no homogeneidad económica entre la orilla sur y la orilla norte del Mediterráneo. Como hemos señalado, con la progresiva integración de las regiones sudeuropeas en la economta de la CE y con las tendencias al refuerzo de esta misma integración merced al remate que constituirá el mercado único de 1992, el efecto general es un foso cada vez más claro, tanto desde el punto de vista de los "resultados" como desde el de las instituciones y estructuras.

Junto a las diferencias económicas, otras diferencias contribuyen al carácter no homogéneo del Mediterráneo. En segundo lugar, en efecto, existen los "factores culturales". En realidad existe una cultura mediterránea homogénea de antiquísimo origen, que todavía hoy logra unificar valores y modos de vida más allá de las estratificaciones religiosas y culturales que se han superpuesto al correr de los siglos. Como en todas partes en el planeta, esta cultura autóctona está amenazada por la uniformización cultural que imponen los medios de comunicación de las potencias políticas dominantes, en especial EE.UU. Como ya ocurrió en la Antiguedad, hay una especie de "helenización", que atrae a amplias capas de la población hacia el "centro", dejando a otras capas--refractarias o marginales, por diversas razones--en la "periferia". En este sentido se podría decir que, al reemplazar la antigua cultura por la nueva, la "koiné" mediterránea tiende a volver a ser culturalmente homogénea, aun cuando sea teniendo como base modelos exteriores. Sin embargo, en las homogeneidades de la cultura antigua y de la que está formándose hay una realidad de gran diferenciación y de conflicto que hay que tener en cuenta. Además, la "nueva" cultura viene del Norte y es vivida como una cultura que busca imponerse. En efecto, no hay que perder de vista que la tendencia a la "helenización" tiene un impacto sobre los conflictos culturales del Mediterráneo que es a su vez conflictivo. Esta tendencia, en realidad, junto a las divisiones Norte-Sur que caracterizan al Mediterráneo, crea otra división Norte-Sur que corta al Sur mismo--separando a los "helenizados" de los "no helenizados"--con una potencialidad muy grande de rupturas y de enfrentamientos, tanto dentro del Sur como entre el Norte y el Sur.

La actual realidad cultural es, pues, no homogénea e incluso conflictiva. En los países árabe-islámicos, la modernización es deseada como tal, pero rechazada en la medida en que viene del Norte. La frustración que nace de esta situación conduce a las poblaciones a revalorizar su propia cultura y su propia religión, en las que encuentran una identidad y una dignidad que sienten haber perdido. Este proceso conduce a su vez a un conflicto inevitable y a la busca del enfrentamiento no sólo con el Norte, sino también con los compatriotas que--aunque muchas veces de modo crítico--aceptan la cultura dominante como expresión de la cultura universal: los "helenizados", los eternos "traidores", de lo cual, por lo demás, es rica la historia mediterránea, desde Polibio hasta Flavio Josefo, desde Herodes hasta Anuar El Sadat.

Históricamente, las relaciones entre las culturas y las religiones mediterráneas han experimentado largos y significativos períodos de colaboración y de tolerancia. En nuestra época, el foso material que se ha creado entre el Norte y el Sur, subrayado a cada momento de nuestra vida por los medios de comunicación, provoca como reacción de defensa una busca desesperada de identidad y, por lo tanto, aumenta la disparidad en vez de atenuarla. También bajo este aspecto, el Mediterráneo no se presenta, pues, como una entidad homogénea.

En tercer lugar existen diferencias políticas que parecen ser cada vez más acentuadas. A las sociedades democráticas europeas se contraponen sociedades privadas de articulaciones políticas sustanciales, bajo la férula de regímenes tiránicos, laicos o religiosos, irremediablemente intolerantes unos con respecto a otros y con respecto a las oposiciones. En ciertos países, la situación de hecho permite una mayor tolerancia y la presencia de elementos de democracia, aunque sin vínculo y formales, como por ejemplo en Egipto. En el conjunto de los países mediterráneos no europeos, sin embargo, los derechos individuales y civiles son desconocidos o escarnecidos.

Una diferencia política de gran importancia se refiere al nacionalismo. Los países de Europa Occidental, gracias a la experiencia de la integración política internacional llevada a cabo por las grandes instituciones europeas y atlánticas, superaron después de la segunda guerra mundial los conflictos nacionalistas que influyeron durante mucho tiempo en su historia. El carácter tiránico de los regímenes y los problemas no resueltos, heredados del mundo mediterráneo de la época de la colonización, entre los cuales la cuestión palestina, impiden una evolución análoga en el área árabe-islámica.

En la base de las dificultades que experimentan las tentativas de cooperación internacionales euro-árabes está esta profunda no homogeneidad: a la política de sólida integración y de cooperación de Europa Occidental se contraponen el desmantelamiento, la rivalidad y los violentos conflictos nacionales entre los diferentes países árabes. Más allá de ciertos puntos litigiosos bilaterales (España y Marruecos, Italia y Libia), no hay un conflicto abierto entre el norte y el sur del Mediterráneo. No hay conflictos, desde hace ahora casi cuatro generaciones, en Europa Occidental. En cambio, numerosos y terribles conflictos están en curso o están latentes entre los países de la orilla sur del Mediterráneo. El Mediterráneo, en efecto, como veremos mejor luego, se caracteriza cada vez más como un lugar de enfrentamiento Sur-Sur.

Hay que observar que, con el cambio de las relaciones Este-Oeste que han reinado durante cerca de un siglo, se verifica un retorno del nacionalismo también en Europa. Sin embargo, la evolución parece diferente según que se considere Europa Occidental o Europa Oriental. En esta última, y en la URSS, existe un lancinante problema de identidad, junto a numerosas dificultades más materiales, que conducen a procesos y conflictos fuertemente nacionalistas. En Europa Occidental, los cambios fund:lmentales que se han producido en el marco político general (el fin de la amenaza soviética, el hundimiento del comunismo en los países de Europa Oriental, la reunificación alemana) han socavado ciertos fundamentos de las instituciones supranacionales comunes. En consecuencia, el papel de cada gobierno nacional ha sido revalorizado, y su política consiste en dejarse guiar precisamente por las viejas lógicas de los intereses y de las visiones nacionales. Sin embargo, los gobiernos de Europa Occidental todavía se dejan guiar por lógicas nacionales y no nacionalistas; parecen tener la intención de reforzar y no de debilitar el marco de cooperación que los une a escala europea. Algunos lamentarán el carácter más claramente funcional que político de este refuerzo. No obstante, se trata de un refuerzo de la cooperación, importante en sí mismo, y por su valor de ejemplo y de defensa contra los accesos de desintegración que vienen del Este europeo.

Sin embargo, el desarrollo del nacionalismo en toda Europa no es de excluir. Tampoco se puede excluir que sea causado por la multiplicación y concentración, a lo largo de su perímetro, de la frustración y desesperación --no data de hoy--de los países de la orilla sur del Mediterráneo y de la desesperación, ahora, de los países del Este europeo. Si Europa Occidental no halla el modo de compartir riqueza y libertad con las áreas vecinas, tendrá que defenderlas, esta libertad y esta riqueza, por la vía indirecta de la exclusión y, por lo tanto, por la vía indirecta de los conflictos y del nacionalismo. Es un problema, como veremos, que está, ya lo creo, en el centro de la seguridad en la cuenca mediterránea. Con todo, mientras que el futuro sigue siendo incierto, hoy se puede decir de modo cierto que también a nivel político la ausencia de homogeneidad es muy sensible entre las dos orillas del Mediterráneo.

¿Región o Frontera?

Esta falta de homogeneidad sugiere la conclusión de que el Mediterráneo es una "frontera", en la que convergen conjuntos geopolíticos como el conjunto árabe-islámico y el conjunto europeo. Parece difícil, por lo contrario, concebir la cuenca mediterránea como una región en sí, solidaria hasta el punto de prevalecer sobre la solidaridad de los conjuntos que hacen fuerza en la región. Más bien habría que decir que es una encrucijada, para hablar de la situación en términos que sobrentienden más la cooperación que el conflicto. En realidad hay tanto cooperación como conflicto y, por lo tanto, de vez en cuando, será más legítimo hablar de encrucijada que de frontera, y viceversa. Sin embargo, la definición de frontera parece más justa, pues, aunque no implica necesariamente los conflictos, recuerda que la cooperación y la estabilidad no están dadas y deben ser construidas por la vía indirecta de políticas apropiadas y de comportamientos adecuados.

En la política regional podemos considerar tres dimensiones: la dimensión global, que corresponde al papel de la región misma en relación con los intereses de las superpotencias; la dimensión regional, que corresponde al papel de los actores locales y a sus intereses; y la dimensión interregional, que corresponde a la presencia de una dimensión Norte-Sur en el marco regional, es decir, al papel y a los intereses de los actores locales que se reparten entre el Norte y el Sur, lo mismo que en el Mediterráneo, en lugar de pertenecer sólo al Sur (como en el caso del Golfo) o sólo al Norte (como en el caso de Europa).

Como hemos visto, la dimensión regional del Mediterráneo es bastante endeble a causa de su no homogeneidad y no permite como tal una cooperación eficaz. En cambio, la dimensión global--en el marco Este-Oeste--es más bien sólida. En el pasado dio estabilidad al marco regional. Puede incluir una cooperación entre las superpotencias y sus aliados, pero, por su naturaleza, difícilmente puede ser el factor de una cooperación regional. La puesta en marcha de políticas apropiadas y de comportamientos adecuados con el fin de crear un marco de cooperación de ambos lados de la frontera mediterránea incumbe, pues, principalmente al marco interregional.

Sin embargo, también la dimensión interregional ha tenido escasos éxitos en la organización de una cooperación regional mediterránea. Hay que atribuir estas dificultades a dos órdenes de factores: los que se derivan de la política Este-Oeste (y Oeste-Oeste) de los países de la orilla norte y los que se derivan de la política de los países no alineados de la orilla sur.

La primera de estas dos políticas tiende a marcar una clara separación entre la seguridad del Norte y la seguridad del Sur. Esta separación, por otro lado, no proviene de una situación de conflicto Norte-Sur, sino del hecho de que los paises del Norte no reconocen el vínculo entre el marco europeo de seguridad y el marco mediterráneo, vínculo que los países de la orilla sur tienen interés por evidenciar. Además, los países del Norte temen una instrumentalización en la dimensión Este-Oeste que podría resultar del reconocimiento de un eventual vínculo entre las seguridades europea y mediterránea, al menos en los términos en los que los países no alineados de la orilla sur conciben este vínculo. La pobreza de los resultados en lo relativo a la dimensión mediterránea de la CSCE (Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa), en especial si se considera el aspecto de la seguridad, se explica, en efecto, por razones a menudo desatendidas: el miedo de los dos campos de que los problemas de la región mesoriental irrumpan en la región europea y compliquen la cuestión ya difícil de la negociación europea, y el temor de la OTAN de que la problemática mediterránea merme la seguridad del flanco sur antes incluso de que se conozcan los resultados globales de los acuerdos y el equilibrio militar que se derivaría de ello. Es cierto que por lo que se refiere a eventuales medidas de seguridad, a la confianza, al desarme y al control de los armamentos en el flanco sur se manifestó una convergencia entre los países no alineados y la URSS, pero esta convergencia era sólo táctica y no impedía que los protagonistas de la CSCE estén unidos por una lógica Este-Oeste que los conducía a ignorar y a considerar con desconfianza el "vínculo" entre la seguridad europea y la seguridad mediterránea proclamado por los Estados mediterráneos no participantes.

La segunda política--la del no alineamiento--tiende, por lo contrario, a proclamar una solidaridad regional mediterránea que implicaría una fractura en los países del Norte, entendida a veces como una separación entre los países del sur de Europa y los otros países europeos, entendida más a menudo como una separación de Europa Occidental y de EE.UU. sobre un fondo de fractura o de debilitamiento de la solidaridad atlántica. Estas dos políticas tienen como efecto entorpecer el despliegue de una cooperación mediterránea más eficaz en la dimensión interregional. La historia del Mediterráneo durante toda la posguerra está marcada por esta dificultad. Consideremos esta cuestión más detalladamente, comenzando por la primera política, la que se sitúa en el marco Este-Oeste y Oeste-Oeste.

La dimensión global del Mediterráneo comprende dos aspectos distintos: el hecho de que la orilla norte coincide con el flanco sur de la OTAN y el hecho de que el petróleo, conflictos étnico-nacionales no resueltos y la situación geográfica de Oriente Próximo confieren a toda la región un interés vital. La presencia de las superpotencias está, pues, motivada por sus intereses propios y también por factores más estrictamente nacionales.

La existencia de estos dos órdenes de razones, sobre todo en el marco de la OTAN, engendra contradicciones entre los intereses nacionales de las superpotencias y los de los países aliados. Generalmente, estas contradicciones acaban recayendo sobre la dimensión interregional y polarizándose allí. En esta dimensión, en efecto, los diferentes países o grupos de países aliados-- en sustancia, los europeos--tienen que tener en cuenta sus intereses y sus alianzas Norte-Sur en el marco regional y sus intereses de aliados de una superpotencia en la dimensión Este-Oeste. Dos tipos de problemas pueden nacer: los intereses de la alianza Este-Oeste, generalmente preferentes, no coinciden con los Norte-Sur de cada país en particular; o bien, los intereses nacionales de las superpotencias en la dimensión Norte-Sur se realizan independientemente de los de la alianza. El resultado es que, por un lado, nacen conflictos dentro de las alianzas y, por el otro, las relaciones interregionales se ven debilitadas y permanecen subordinadas a las relaciones globales.

E1 Mediterráneo ha sido, hasta hace poco, el ejemplo patente de un diálogo interregional que ha sufrido una interacción negativa con la situación global

Esta difícil interacción entre las diferentes dimensiones de la política regional no caracteriza sólo al Mediterráneo y no es fácil determinar, en el caso mediterráneo, si el problema es particularmente arduo. A este respecto se puede recordar el caso de Australia y de Nueva Zelanda en la época de la crisis vietnamita, y también el caso de los países del Grupo de Contadora cuando la crisis de Centroamérica, o el caso de los países de la ASEAN en el momento de la crisis indochina. Sin embargo, desde fines de la década de los setenta, después de la crisis indochina, que había concentrado en la región el conflicto entre las superpotencias a escala regional, es ciertamente el Mediterráneo, en el sentido más amplio del término--que fue el arco de la crisis del que hablaba Brzezinski--, quien polarizó este conflicto. Por otra parte, a causa de la crisis árabe-israelí, el Mediterráneo ya había sido un teatro importante en los años anteriores. Sin contar el hecho de que el principal socio regional en el Norte es, en definitiva, la CE, es decir, un reagrupamiento central tanto en el mapa de la economía internacional como en el de las grandes alianzas político-militares, ni tampoco olvidar el hecho de la proximidad geográfica de la región mediterránea en el centro del enfrentamiento Este-Oeste. Así, el Mediterráneo sigue siendo el caso más actual y más importante de un diálogo interregional que sufre una interacción negativa con la dimensión global.

El otro obstáculo para el diálogo interregional, como dijimos, es la política de los no alineados, que tiende a recortar, a través de las solidaridades verticales--en este caso, la solidaridad Oeste-Oeste--, una solidaridad mediterránea o euromediterránea. Esta política halló su punta de lanza en la acción diplomática argelina o magrebí encaminada a incorporar el componente mediterráneo en la CSCE y a establecer el foro que será más tarde el Diálogo euro-árabe. En ambos casos, que son ejemplares con relación a casos menores, el objetivo estratégico era crear una solidaridad euro-árabe-- utilizando eventualmente la llave maestra de una solidaridad entre árabes y sur de Europa--destinada a romper el "frente imperialista" y a desembarazarse del vínculo Este-Oeste. Concretamente, los objetivos eran dos: ante todo, alejar a las superpotencias de la región, conforme a las exigencias del no alineamiento en sentido estricto, en segundo lugar, lograr una solución de la cuestión árabe-israelí, contando con un debilitamiento de la presencia estadounidense en la región e, inversamente, con un refuerzo del papel europeo. Es evidente que las modalidades imaginadas por los países árabes a propósito de este segundo punto varían mucho, al igual que las hipótesis referentes al papel específico que Europa podría o debería tener en este proceso. Más allá de esas diversidades, sin embargo, con exclusión de Libia (que, de hecho, en el momento de las iniciativas, siempre ha tenido un papel menor o estaba ausente), la estrategia argelino-magrebí obtuvo el asentimiento del mundo árabe y el de los no alineados sudeuropeos--Chipre, Yugoslavia y, sobre todo, Malta--con respecto a la existencia de un vínculo entre seguridad europea y mediterránea, que implica una retirada de las superpotencias (y, sobre todo, de los estadounidenses), correlativa a una eventual retirada del teatro europeo.

Desde luego es muy cierto que el factor Este-Oeste instrumentaliza los conflictos regionales o se limita a estabilizarlos sin luego poder resolverlos. Sin embargo, no es él quien los crea y por eso los conflictos Sur-Sur están destinados a continuar aunque las superpotencias y EE.UU. se retiren del Mediterráneo. La estrategia de los no alineados no es portadora de ningún plan sobre este último punto. Por otra parte, es poco re.llista pretender extirpar el componente global del marco regional y esforzarse por moldear al socio regional del Norte--en nuestro caso, la CE--a su imagen, persiguiendo el objetivo de romper el "frente imperialista".

De hecho, esta instrumentalización del marco interregional con el más amplio fin de realizar los objetivos de una estrategia "antiimperialista" nunca ha tenido éxito concreto. El vínculo que se queria proclamar entre la seguridad europea y la seguridad mediterránea no podía excluir a las superpotencias, ni siquiera sólo a EE.UU., dejando brechas abiertas a la URSS y sin que se planteara el carácter inaceptable de tal situación. Tampoco se podía pensar en basar la seguridad mediterránea en la simple retirada de las superpotencias o en la concepción de mecanismos destinados a manejar las raíces autóctonas de las diversas crisis regionales. El marco del no alineamiento demostró así ser fuente de equívocos y también, al igual que el marco global, un obstáculo para el diálogo interregional.

El Diálogo euro-árabe, la dimensión mediterránea de la CSCE y la política "global" mediterránea de la CE han sido, en el pasado, las principales iniciativas interregionales en el Mediterráneo. A la vista de lo que acabamos de decir uno puede comprender las dificultades que han encontrado estas iniciativas. Lo que hoy hay que comprobar es que han fracasado, o bien, no han correspondido a las esperanzas que se había depositado en ellas (como más bien sucede con la política "global" mediterránea de la CE). Esto ha impedido la emergencia de una cooperación eficaz regional en el sentido en que ésta es practicable en el Mediterráneo, es decir, en el sentido de una cooperación interregional. Al mismo tiempo, sin embargo, las condiciones políticas y económicas del Mediterráneo han cambiado mucho--y aún no han terminado de cambiar--, no sólo en la orilla sur, sino también, y quizá sobre todo, en la orilla norte. ¿Permitirán estos cambios la realización de esa cooperación interregional que ha faltado en el pasado? Manteniendo esta interrogación presente en la mente examinaremos ahora los cambios acaecidos que parecen ser los más importantes.

La dísparidad en el desarrollo

Ya hemos hablado de la disparidad del desarrollo económico que caracteriza el área mediterránea, así como de las dificultades que experimentan de manera más general las economías de la orilla sur, sobre todo en la fase actual. Podemos recordar algunos datos de una situación por otro lado ampliamente conocida. Si se considera su comercio global, el área mediterránea depende en aproximadamente el 48-49 por ciento de la CE, mientras que por lo que se refiere al comercio global de la CE, el Mediterráneo sólo representa alrededor del 4 por ciento. De manera análoga, el área del Golfo Pérsico depende en cerca del 30 por ciento de la CE, mientras que el comercio de ésta sólo depende del Golfo en un 2 por ciento. Las balanzas comerciales de los países del Mediterráneo y del Golfo no sólo son en gran parte constantemente negativas, sino además su situación tiene tendencia a agravarse, y, cuando se trata de balanzas positivas _este es el caso generalmente con los países de la OPEP_, éstas tienen tendencia a decrecer de modo sensible. La consecuencia de esta tendencia de las balanzas comerciales es un excesivo endeudamiento. En 1987, la participación del Mediterráneo en el endeudamiento internacional global era del 16,3 por ciento (más que la participación del Africa subsahariana y que Europa Oriental) frente al 15,3 por ciento en 1984, con una tendencia a aumentar con relación a la participación de América Latina, que disminuyó durante el mismo período (del 42,7 por ciento al 37,3 por ciento).

Hay que destacar, aun brevemente, que la política mediterránea de la CE --el único esquema de cooperación mediterránea que ha sido puesto en marcha--no ha impedido esta evolución y, en consideración de sus ambiciones de "globalidad", no se ha mostrado a la altura de las expectativas. Un informe de la Comisión ha hecho resaltar la insuficiencia de los esfuerzos financieros de la CE con respecto al Mediterráneo al compararlos con los de otros donadores: entre 1979 y 1987, la participación de la CE y de sus Estados miembros en el total de los financiamientos públicos de los países del Mediterráneo (considerando sólo los países de la orilla sur de la cuenca) ha representado el 17 por ciento, frente al 31 por ciento para Estados Unidos y el 28 por ciento para los países de la OPEP. Por lo que se refiere a las preferencias comerciales, particularmente importantes para los países asociados del Magreb, su eficacia se ha desgastado con el tiempo, y el ingreso de Grecia, Portugal y España en la CE ha acabado por vaciar de su sustancia la cooperación comercial mediterránea de la CE. En el origen de las solicitudes de Chipre, Malta, Marruecos y Turquía de convertirse en miembros de la CE, presentadas durante el año 1988, hay una merma sin alternativa de la cooperación comercial regional con la CE.

Si el balance de la cooperación comunitaria y europea con los países del Mediterráneo es negativo hay que subrayar que la responsabilidad de estos últimos no es minima. Los países mediterráneos, en su conjunto, han adoptado políticas que han entorpecido su propio desarrollo y no han permitido que las estrategias de cooperación les den todos sus frutos: han entorpecido o excluido el juego normal de las fuerzas del mercado, han arruinado la agricultura, han establecido proteccionismos, tipos de cambio inapropiados y criterios de industrialización arbitrarios, y, por último, no han sabido prestar bastante atención a la comercialización. Hoy, los países que con más obstinación habían aplicado a su economía los criterios del socialismo de Estado dan marcha atrás y aplican, por lo contrario, con ayuda del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial, políticas de ajuste y de reestructuración destinadas ante todo a volver a introducir las libertades económicas, la iniciativa y la propiedad privadas, así como las reglas del mercado. A partir de los renunciamientos de los países de la orilla sur--estimulados por los cambios efectuados en la misma dirección por los países socialistas, primero en Asia y luego en Europa--, y a partir también de las reflexiones en curso en la CE, se puede esperar que lo más pronto posible sean sentadas las bases de una coperación económica interregional más eficaz que la que fue puesta en marcha en el pasado. En los países de la CE, las propuestas elaboradas por el comisario Abel Matutes están siendo discutidas, así como la propuesta más general hecha por el ministro de Asuntos Exteriores de Italia, Gianni de Michelis, que prevé que los países de la CE se comprometan a abonar el uno por ciento de su PNB repartiéndolo entre los países den vías de desarrollo con el 0,25.por ciento para los países de Europa Oriental y el 0,25 por ciento para los países del Mediterráneo. Cualesquiera que sean las responsabilidades del pasado y las perspectivas del futuro es un hecho que el diferencial económico entre la orilla sur y la orilla norte tiende a agravarse. A esta agravación se añade el diferencial demográfico, que crea las condiciones de una fuerte presión migratoria del sur hacia el norte del Mediterráneo. Hemos mencionado esta presión al dar sus proyecciones a largo plazo. Estos últimos años, numerosas encuestas han evidenciado las opuestas evoluciones demográficas en el norte y el sur de la cuenca mediterránea, sacando las conclusiones que se imponen con respecto a la evolución de la emigración.

Esa presión provoca dos tipos de problemas: por una parte, la posibilidad del mercado de trabajo europeo de absorberla y, por la otra, la dificultad de los países de la CE de integrar niveles crecientes de pluralismo racial y cultural. A esta última dificultad se agrega el hecho de que en breve, es decir en 1992, estos países deberán establecer un régimen comunitario de libre circulación de las personas en el marco de la instauración del mercado único, aun cuando cada uno de los países tenga problemas y una concepción de la libre circulación muy específicos.

La capacidad de absorción del mercado de trabajo parece limitada. Aparece todavía más limitada si se considera la amplitud completamente inesperada de la afluencia viniente de Europa Oriental y que entra en competencia con la inmigración de la orilla sur del Mediterráneo, así como con una importante corriente migratoria proveniente del Asia meridional y sudoriental. Por otra parte, el mercado de trabajo no es un elemento puramente cuantitativo. Su dimensión está forzosamente influenciada por factores sociales, políticos y tecnológicos. La elevada tasa de desempleo que prevalece entre los jóvenes de la CE podría estimular políticas "proteccionistas", aunque probablemente tendrían poco resultado respecto a la fragmentación del mercado de trabajo y al rechazo sustancial de los jóvenes de la Comunidad de ocuparse de las tareas menos gratificantes que, por lo contrario, aceptan los inmigrantes. Además, la demanda de trabajo en Europa Occidental podría ser reducida por políticas destinadas a sostener una economía en ligera decadencia haciendo hincapié en los progresos tecnológicos y la "terciarización", que harían menos necesaria la presencia de los trabajadores inmigrados.

Independientemente de la dimensión más o menos favorable del mercado de trabajo, dos realidades diferentes, pero convergentes, han aparecido en estos últimos años. En los países donde ya hay instaladas comunidades islámicas, principalmente en Francia, Alemania y Reino Unido, ha aparecido una voluntad de controlar estrictamente la inmigración. Los gobiernos de los países mencionados--al igual que de otros países europeos menos importantes, pero donde, no obstante, las comunidades islámicas no por eso dejan de tener peso--han ejecutado diversas políticas, de más o menos gran tolerancia. Todos, sin embargo, se han encontrado frente a una voluntad de su comunidad nacional de afirmar su propia identidad rechazando las políticas de asimilación. La voluntad que hoy emerge en las opiniones públicas de estos países y que se refleja en los gobiernos es una voluntad de cierre con respecto a ulteriores flujos migratorios. En países como Portugal, España e Italia, tradicionalmente países de emigrantes y, por consiguiente, sin ninguna experiencia de la inmigración, este nuevo fenómeno provoca una creciente intolerancia. El gobierno italiano, que, a instigación de las fuerzas políticas, había decidido una política ampliamente "liberal", está dando marcha atrás. En España y Portugal, la percepción de una inmigración incontrolada remite al sentimiento de una "amenaza" tanto económica como (sobre todo) cultural.

Una tendencia restrictiva

En materia de inmigración, los países de la CE no han determinado una línea común. Sin embargo, hay una tendencia común de tipo restrictivo, relativa no sólo a la orilla sur del Mediterráneo, sino también--como lo muestran las políticas puestas en marcha por Alemania después de su reunificación--a Europa Oriental. Como han evidenciado las discusiones en la sede de la Comunidad y las discusiones referentes a la ampliación del grupo de Schengen, los factores que contribuyen a la determinación de la política de inmigración son la seguridad en sentido estricto (delincuencia, terrorismo, etc.) y la exigencia de garantizar la estabilidad social y el orden público. La necesidad de lograr una política común en el campo de la libertad de circulación en la Comunidad tenderá a alinear a los países en un mínimo común denominador, que estará más cerca de la línea restrictiva que de la línea "liberal". Se tendrá más una política destinada a permitir la exportación de la fuerza de trabajo en la CE que una política que permita o favorezca la instalación y la integración de las personas y de las familias. En el marco de lo que se denomina sla Europa de los ciudadanos", una política de limitación cuantitativa y cualitativa estará acompañada, sin duda, de garantías sociales y políticas más claras para quienes serán los huéspedes de la CE. Esto no quita que la política de inmigración será ante todo una política de restricción, antes que una política de integración.

Todo esto no resolverá el problema, en la medida en que un gran número de trabajadores serán obligados a emigrar, y lo harán clandestinamente. La política común de la CE en materia de emigración estará, pues, acompañada de un aumento de las medidas de policía y de seguridad. Los países del sur de Europa, cuyas fronteras--como señaló Margaret Thatcher en su discurso en el Colegio de Europa de Brujas, el 28 de septiembre de 1988_ están más expuestas a los movimientos migratorios del Mediterráneo, deberán realizar un esfuerzo especial para estar en condiciones de afrontarlos. Lo mismo ocurre con Alemania con respecto al este de Europa.

Con todo es evidente que el problema de las migraciones no podrá ser afrontado sólo con medidas de policía. En realidad convendría que estas medidas se redujesen a lo mínimo. Para que esto sea posible será necesario reforzar la política de cooperación interregional, tanto bilateralmente como a escala de la CE, de tal modo que los movimientos migratorios sean bloqueados al principio gracias a un mayor desarrollo de los ingresos en los países de emigración. Percibidos por muchos como una amenaza, los movimientos migratorios son, en realidad, un desafío. A tales desafíos habrá que responder con nuevos esquemas de cooperación interregional, actualmente en discusión.

El consenso dificil

Hay dos factores principales que sostienen la evolución del mundo árabe-islámico en torno al Mediterráneo y las relaciones entre este mundo y Occidente en la historia modema. Por una parte, la oposición religiosa al mensaje de cultura política laica que Occidente introdujo inevitablemente en la región a partir de la expedición napoleónica a Egipto, después de siglos en que los dos mundos no habían sido afectados por tal mensaje. Por otra parte, el nacionalismo, que nace con el apoyo de Occidente y que es traicionado y defraudado por Occidente, desde los acuerdos Sykes-Picot (1916) hasta la fundación de Israel (1948). No existe, pues, una oposición lineal entre el mundo árabe-islámico y el mundo occidental, sino más bien una oposición cultural, que también pasa por el interior del bloque árabe-islámico, así como una oposición política, que muy a menudo en el mundo árabe-islámico suelda el frente religioso y nacionalista contra Occidente y en su seno divide al mundo occidental (aunque en proporciones mucho menos agudas que en el mundo árabe-islámico en el frente de la cultura política).

La continua frustración del mundo árabe-islámico frente a la discordancia que existe entre la certidumbre de su propia supremacía cultural y el estado de impotencia y de subordinación en el que se encuentra de hecho con respecto a Occidente está en el centro de la evolución contemporánea de la región y de sus relaciones intemacionales. También es el origen de su inestabilidad.

Si se quiere, pues, definir sus causas es necesario indicar dos tipos de factores, a menudo ligados entre sí. Un primer tipo de factores se refiere al desarrollo político y económico dentro de los diferentes países y sociedades que constituyen la región. Un segundo tipo de factores se refiere, en cambio, a la relación con Occidente y con la presencia occidental en la región. Se trata de dos cuestiones de las que se ha hablado abundantemente y que son bien conocidas: nos limitamos, pues, a recordar aquí ciertos aspectos esenciales.

Como hemos dicho, en la relación con Occidente existe una gran ambiguedad y una división dentro del mundo árabe-musulmán, de tal modo que junto a formas claras de cooperación también subsisten verdaderos conflictos. El caso más emblemático es el de Arabia Saudí, sumamente integrada en Occidente desde el punto de vista de la economía y de la política internacional, pero, al mismo tiempo, muy decidida a mantener un régimen de riguroso separatismo cultural con respecto a Occidente. En conjunto, sin embargo, el mundo árabe-islámico no es hostil a Occidente, sino quiere velar por un control más eficaz sobre la homogeneización cultural y política que Occidente tiende a imponer. Más allá de los otros puntos litigiosos más o menos numerosos en las relaciones entre Occidente y el mundo árabe-islámico que rodea el área mediterránea, la cuestión palestina influye negativamente en estas relaciones. En ésta, en efecto, se halla concentrada toda la frustración política y cultural del mundo árabe-islámico que bordea el Mediterráneo y sus alrededores, desde Marruecos hasta Afganistán. Esta frustración, a su vez, es el origen del ascenso del extremismo religioso, que en la década-de los ochenta ha marcado las relaciones con Occidente, y de sus alianzas con el nacionalismo laico. La misma frustración alimenta el nacionalismo panárabe.

La política occidental, particularmente su incapacidad o su mala voluntad para contribuir a la solución de la crisis palestina, representa, pues, un importante factor en la inestabilidad internacional del mundo árabe-islámico y en su agresividad con respecto a Occidente. No obstante, la evolución política interna del mundo árabe concurre a crear tal inestabilidad. La ausencia de instituciones democráticas sustanciales en los países de la región y la presencia de regímenes fuertemente autoritarios han incitado--y siguen incitando--a estos regímenes a buscar consenso y prestigio persiguiendo objetivos panárabes (nacionalistas o religiosos) fuera del país. También la necesidad de disimular la falta de éxito en la mejora del nivel de vida de la población los empuja por este camino.

La politica occidental, particularmente su incapacidad para contribuir concretamente a la solución de la cuestión palestina, es un importante factor de refuerzo de la inestabilidad

El consenso de las poblaciones, que no puede estar anclado en la política interior, es así buscado en las rivalidades nacionalistas entre regímenes, en la conquista, en los choques con "el imperialismo" y Occidente a propósito de la cuestión palestina y de otras crisis en la región. La sucesión, en un breve período, de dos guerras en el Golfo Pérsico lleva a pensar que los conflictos dentro de la región, desde siempre muy violentos, se van a endurecer todavía más a causa de la incapacidad occidental para hallar una solución para la crisis palestina y también a causa de la crisis política y económica que hunde a los regímenes árabes en el autoritarismo y la ineficacia. Junto a las responsabilidades occidentales conviene, pues, hacer hincapié en que la inestabilidad en la región también se debe al nacionalismo agresivo de tales regímenes y a la ausencia de democracia que lo engendra.

Es sobre este fondo de inestabilidad que hay que evaluar la carrera rearmamentista en la región. Como se sabe, tal carrera tiene aspectos tanto cuantitativos como cualitativos. Estos últimos, que se refieren a los armamentos llamados "no convencionales" (armas nucleares, biológicas y químicas: NBC) y los vectores balísticos, son algo relativamente reciente, mientras que la acumulación de armamentos convencionales comenzó hace mucho tiempo. El rearme plantea dos problemas fundamentales: el problema del aumento de la inestabilidad Sur-Sur y el problema de la seguridad en el sentido NorteSur. Examinemos sucesivamente estos dos puntos.

En el marco de una tendencia que se refiere al Tercer Mundo en su conjunto, la cantidad de armas acumuladas en el área mediterránea es, sin duda alguna, impresionante. Según un analista italiano: "Si se compara las fuerzas globales de los países aliados ribereños del Mediterráneo y las fuerzas de todos los países que no forman parte de la Alianza, no se tiene la impresión de un desequilibrio de fuerzas, al contrario: los países mediterráneos que no forman parte de la OTAN representan ahora interlocutores importantes, incluso desde el punto de vista estrictamente militar". Para hacerse una idea más precisa se puede comparar el número de aviones de combate: Egipto (441), Iraq (antes de la guerra, 500), Israel (577), Libia (509), Siria (448), Francia (580), RFA (459), Reino Unido (553), Italia (390). La comparación del número de carros es todavía más sorprendente: Egipto (2.425), Iraq (antes de la guerra, 4.500), Israel (3.850), Libia (1.800), Siria (4.050), Francia (1.340), RFA (4.973), Reino Unido (1.170), Italia (1.720). El límite de estas comparaciones es evidente, tanto porque es arbitrario asociar fuerzas que, en ausencia de mandos integrados y de alto nivel de interoperacionalidad (como en el marco de la OTAN), siguen siendo discontinuas, como porque estas fuerzas tienen niveles de eficacia operacional y logística absolutamente heterogéneas. Por eso, las fuerzas occidentales siguen siendo con mucho superiores. Con todo, las cifras que acabamos de citar expresan una tendencia a largo plazo a la renivelación de las fuenas entre el Norte y el Sur y a la acumulación especialmente constante de armas y de fuerzas militares en la orilla sur del Mediterráneo.

Esta tendencia ha hecho una pausa en estos últimos años, pero continúa. Otro analista italiano recuerda que, según la American Army Control and Disarmament Agency (ACDA), "el gasto militar de Oriente Próximo ha disminuido rápidamente en cerca del 15 por ciento en 1987 y en alrededor del 12 por ciento por año en 1984-1987 ... Sin embargo, la región ha importado unos 17,9 millones de dólares en armas, aproximadamente el 38 por ciento de todo el mercado mundial. Durante el período 1977-1987, Iraq, Siria y Arabia Saudí han sido los mayores importadores de armas. Estos tres países han representado, respectivamente, el 33,2 por ciento, el 20,4 por ciento y el 11,ó por ciento de las importaciones de armas en la región durante el período 1983-1987". Un nuevo estudio, publicado en agosto de 1989 por el Congressional Research Seruice de Washington, informa que, durante el período 1985-1988, Oriente Próximo ha recibido las dos terceras partes de los armamentos enviados al Tercer Mundo.

Por lo que se refiere a la proliferación de las armas NBC, Israel es el único país del que se sepa con bastante certeza que posee el arma nuclear, en el marco de un arsenal considerable y sofisticado, ligeramente inferior al arsenal chino. Por lo que se refiere a los otros países, se conocen ambiciones y tentativas, pero sólo Iraq (antes de la guerra del Golfo) parece producir o poseer el arma nuclear. Los países de la región que poseen armas químicas y pueden producirlas son Egipto, Irán, Israel y Siria, mientras que no se está en absoluto seguro de la eficacia de la instalación de Rabta en Libia, la cual pretende ser, sin embargo, la mayor instalación en el Tercer Mundo. Irán y Siria parecen poseer arrnas biológicas. Antes de la guerra, Iraq parecía jugar en los dos campos. Actualmente es imposible evaluar sus capacidades, que, sin ninguna duda, han sido disminuidas en mucho.

Por lo que se refiere al desarrollo del armamento, la proliferación de vectores balísticos que se ha verificado en estos últimos años parece más impresionante. Resumamos aquí las progresiones conocidas para las regiones al sur de Europa (indicando entre paréntesis el radio de acción en kilómetros). Por lo que se refiere a los misiles de largo alcance y los vehículos para los lanzamientos espaciales (SVL: Space Launch Vehicle), Iraq ha utilizado durante la guerra el "Al Abbas" (900), Israel ha ensayado el "Jericó 2B" (1.500) y el SVL "Shavit", Arabia Saudí ha desarrollado el "DF-3" (2.200). Por lo que se refiere a los misiles de alcance medio, Egipto ha desarrollado y utilizado el "Scud B" (280) y está desarrollando una versión mejorada de este último, el "Scud 100", cuyas características no son conocidas; el "Scud B" también ha sido desarrollado y utilizado por Irán. Iraq y Libia, mientras que Yemen del Sur y Siria lo han desarrollado pero no lo han utilizado; Israel probablemente ha desarrollado el "Jericó 1" (480) y el "Jericó 2" (750), Libia parece estar produciendo el "Otrag" (500) y el "Al-Fateh 3" (480-720). Por último, en el campo de los misiles de corto alcance, Argelia desarrolla el "Frog 7" (70), lo mismo que Kuwait, Libia y Yemen del Sur, y Egipto, Iraq y Siria, que ya lo han ensayado; Egipto desarrolla el "Frog 5" (50) y el "Sakr 80" (80); Irán desarrolla el "Oghab" (40), que también ha usado, y el "Nazeat" (130), mientras que desarrolla el "Shahin 2" (110-130); Israel desarrolla el "Lance" (120); Siria, Yemen del Norte y Yemen del Sur desarrollan el "SS 21" (120).

Las armas NBC y los misiles balísticos no están ligados necesariamente. Sin embargo, en el área geográfica que nos interesa, se nota una fuerte correlación entre el desarrollo de los misiles y el de las cargas no convencionales. Las implicaciones estratégicas de estos desarrollos son apreciadas diversamente, sobre todo para las armas no convencionales y los vectores balísticos. Por lo que se refiere a las armas nucleares, se ha sostenido que tenían tanto un efecto estabilizador (en el marco de los equilibrios de las potencias regionales), como lo contrario. Muchos especialistas árabes parten del principio de que Israel es el único país que posee el arma nuclear y atribuyen a las armas químicas y a los vectores balísticos un efecto disuasivo. Este valor disuasivo es relevante en casos, y para objetivos, precisos. V.N. Navias hace resaltar a este respecto que: "Aun cuando los Estados árabes, Siria inclusive, han vinculado públicamente la tenencia de armas químicas al arsenal nuclear de Israel, el papel principal de las armas químicas podría ser el de garantizar la "intra-war deterrence" (es decir, impedir una "escalada" de los objetivos) en un conflicto con Israel" ("Balistic missile Proliferation in the Third World', Adelphi Papers). Los misiles armados con cargas convencionales podrían tener un efecto parecido, tanto desde el punto de vista de la verdadera disuasión (impedir el conflicto entre dos beligerantes que saben que tienen la misma capacidad de represalia), como desde el punto de vista de la moderación en un conflicto real, al saber cada campo que sus poblaciones podrían ser afectadas por el adversario. Por último, se sabe que al arsenal de misiles convencionales de Siria se atribuye la función, con respecto a Israel, de garantizar la "crisis stability" entre los dos países.

Aunque estas armas y estos vectores balísticos puedan, solos o en conexión, representar un elemento de estabilización o de disuasión de los conflictos, han sido ampliamente utilizados en el campo de batalla de los conflictos recientes, especialmente durante la guerra Irán-lraq (utilización de armas químicas en los diferentes frentes militares y utilización de misiles con cargas convencionales durante los bombardeos de ciudades). La disuasión hace irracional a la guerra, pero no imposible, y por eso la hace menos probable allí donde existe y emerge una "racionalidad" común. Eso es lo que ha pasado y pasa en el contexto Este-Oeste. Algunos dudan que pueda ocurrir lo mismo en el contexto Norte-Sur. Navias observa que "muchos países en vías de desarrollo afrontan contextos estratégicos extremadamente imprevisibles, en los que el desconocimiento de las intenciones y del potencial del enemigo sólo puede compararse con la certidurnbre de su implacabilidad y, en ciertos casos, de su voluntad de infligir inmensas pérdidas". En este contexto pueden situarse frases como la que se atribuye al presidente de Iraq, Saddam Husein, al comienzo de la crisis kuwaití, quien habría dicho que EE.UU. no lo atacaría porque no podía permitirse perder diez mil hombres en una sola batalla. Se sabe cómo ocurrieron luego las cosas.