Por esto, el capitalismo realmente existente ha puesto en el orden del día de las exigencias objetivas de la historia la desconexión de las sociedades de la periferia y la construcción de poderes nacionales y populares. Con esta idea he propuesto una lectura de las revoluciones llamadas socialistas y de los movimientos de liberación nacional del Tercer Mundo como las expresiones históricas de esta contradicción. La crisis estructural del capitalismo y la ocasión que ha brindado para una "recompradorización', que está en marcha a escala de todo el Tercer Mundo, inician una nueva fase de la expansión capitalista mundial, que ahonda aún más el contraste centros/periferias y se caracteriza, entre otras cosas, por el abandono por las burguesías periféricas de cualquier aspiración nacional.
Las insuficiencias del pensamiento socialista relativas al verdadero carácter del problema principal creado por el desarrollo desigual del capitalismo mundial son la causa de la crisis del llamado "socialismo realmente existente", lo mismo que la persistencia de ilusiones nacionales burguesas en el Tercer Mundo y el desconcierto de las clases populares que ocasiona son la causa de la confusión general que caracteriza el actual momento. Aparentemente oculta durante los últimos cuarenta años por el conflicto "Este-Oeste", la contradicción pueblos de la periferia/lógica capitalista--principal contradicción permanente del capitalismo realmente existente--surge de nuevo para ocupar visiblemente la delantera del escenario. El conflicto del Golfo revela la permanencia de la guerra de agresión colectiva del "Norte" contra el "Sur". La voluntad del conjunto de las clases dirigentes de los centros (a pesar de los conflictos de intereses, que se mantienen en los estrictos límites de la competencia mercantil Estados Unidos/Japón/Alemania y Europa) de mantener el statu quo en provecho de ellos y la adhesión de las clases dirigentes del Este y la subordinación de las clases dirigentes del Tercer Mundo a los imperativos de la expansión mundial del capitalismo (de lo que son prueba las posiciones tomadas por la casi totalidad de los Estados del Tercer Mundo, incluidos los Estados árabes, en el conflicto del Golfo) van a hacer de nuevo del Tercer Mundo una "zona de tempestades", de revueltas y de revoluciones nacionales populares.
La revolución y el poder nacional popular constituyen una etapa histórica ineludible. Al crear las bases de una desaparición progresiva del contraste dominante centros/periferia, son indispensables para eventualmente hacer posible una ulterior evolución del conjunto de las sociedades humanas hacia un modo de organización liberado de la alienación económica característica del capitalismo. Y si en otros escritos nos hemos dedicado a analizar diferentes aspectos de la estrategia de la revolución y del poder nacionales populares--sus aspectos sociales (la definición de "pueblo"), económicos (el compromiso "plan/mercado" y las formas de la gestión de la desconexión), culturales (la construcción de una cultura verdaderamente universal no eurocéntrica) y políticos (la construcción de un internacionalismo de los pueblos)--, pensamos que es necesario completar estas reflexiones con la apertura de un debate sobre la dimensión militar del problema.
Después de la segunda guerra mundial, la Unión Soviética fue forzada, por la guerra fría que le imponían Estados Unidos y sus aliados, a entrar en una carrera tecnológica que no ha perdido desde el punto de vista militar, aun cuando, como se sabe, la desviación de su sistema social y político, que se alejaba progresivamente de sus orígenes populares, ha dado por resultado la actual evolución hacia un restablecimiento del capitalismo y una integración en el sistema mundial de éste.
En el Tercer Mundo capitalista, las luchas de liberación nacional han desembocado, al término de esta primera fase, en h construcción de poderes burgueses locales de naturalezas diversas, que van desde el sometimiento neocolonial hasta el intento burgués nacional radical de imponer una "revisión del orden internacional" menos desfavorable. He considerado útil hacer hincapié en el carácter ilusorio de este proyecto nacional burgués, que la actual ofensiva de recompradonzación ha hecho fracasar.
La doctrina militar de los Estados del Tercer Mundo se deriva de su carácter social y político, es decir, de la ilusión burguesa nacional del proyecto del cual son portadores. Aquí como en otras partes, las concepciones de la naturaleza y del papel de las fuerzas armadas reflejan la perspectiva estratégica del proyecto de las clases dirigentes. Las fuerzas armadas son concebidas, en primer lugar, como fuerzas de policía interior. Eso implica su separación del pueblo (un ejército profesional, a menudo copiado del precursor colonial). En los regímenes neocoloniales es la función a menudo todavía exclusiva del ejército. sin embargo, las fuerzas armadas evolucionan a veces en el sentido más clásico de medios de intervención exterior. Pero entonces, el objetivo para el que pueden servir eventualmente es el apoyo a un expansionismo regional: el enemigo potencial--o declarado--es entonces el vecino o los vecinos, que también pertenecen al Tercer Mundo. En ningún momento se prevé que el enemigo podría ser las potencias occidentales, porque la burguesía dirigente local no prevé un conflicto mayor posible entre sus propios intereses y la lógica de la expansión del capitalismo mundial. Con la actual compradorización de estas burguesías, la visión de un conflicto, incluso menor, con Occidente tiende a desaparecer.
Con todo, los regímenes radicales nacidos del movimiento de liberación nacional habían iniciado una superación de esta concepción subordinada de las estrategias locales. Al haber entrado en conflicto con la lógica de la expansión capitalista mundial, estos regímenes radicales fueron forzados a darse cuenta del peligro real de la intervención militar occidental, directamente o por intermedio de aliados. El papel de Israel y--hasta hace poco--de Sudáfrica se sitúa en este marco. Por esta razón, los regímenes radicales del mundo árabe (el Egipto naseriano, la Siria y el Iraq baazistas, hasta cierto punto), así como los del África austral (Angola y Mozambique), tomaron la iniciativa de una modernización y refuerzo de su armamento con objeto de hacer frente al agresor occidental. Con todo, haré dos observaciones referentes a las concepciones militares de estos regímenes. La primera es que siguen siendo prisioneras del carácter burgués de la clase dirigente, que no puede tolerar que el "pueblo armado" sustituya al concepto de ejército convencional. El ejército--gremio, incluso cuando recurre a contingentes de reclutas--sigue estando aislado del pueblo. Este es el caso, desde el principio, en los países árabes mencionados, mientras que en los países de África austral (así como en Argelia), el ejército guerrillero popular es transformado, desde la independencia, en cuerpo militar clásico. La segunda observación se refiere a la visión estratégica del juego diplomático destinado a apoyar a la nación en su conflicto con el imperialismo occidental. Esta visión descansaba en el principio de la alianza soviética (o cubana), destinada a suministrar los armamentos modernos y a hacer que se cierna la amenaza de una intervención más sostenida en caso de necesidad. Con respecto a esta última parte, no creo que los socios de la alianza se hayan hecho necesariamente serias ilusiones. En lo que se refiere a los países del Tercer Mundo implicados, se estaba en condiciones de comprender--y de aceptar--que la Unión Soviética no tenía la intención de arriesgar el conflicto mundial, sino sólo de apoyar la voluntad de independencia de los regímenes radicales. Por otro lado, estos regímenes nunca concibieron otro conflicto con Occidente que el coyuntural. Prisioneros de su propia ideología burguesa nacional, seguían estando persuadidos de que este conflicto era un "malentendido", de que Occidente podía comprender y aceptar su voluntad de independencia, etc. Por eso pensaban que podían conseguir "separar" al enemigo directo (Israel, Sudáfrica) de sus aliados estadounidenses y europeos. Por eso mismo no renunciaban a mantener dos hierros calientes desde el punto de vista diplomático, pudiendo la alianza soviética ser modulada (e incluso abandonada) en caso de que los occidentales dieran pasos serios en el sentido de un reconocimiento de sus derechos. Se sabe cómo, más tarde, los regímenes radicales cayeron en esta trampa y, antes del reciente acercamiento Este-Oeste, ellos mismos iniciaron un acercamiento con Estados Unidos y Europa, sin ser correspondidos. Al contrario, Occidente aprovechó la ocasión para derribar a los regímenes nacionalistas o poner término a las tendencias radicales, y someter a las regiones árabes y de África austral a las exigencias de la compradorización.
No es, pues, exacto decir que el conflicto Este-Oeste, que ha dominado el escenario internacional desde 1945 hasta la perestroika, ha impuesto la inserción de los conflictos Norte-Sur en el estricto marco de su lógica propia, y menos todavía que los "conflictos regionales" eran proyecciones del conflicto Este-Oeste, como demasiadas veces se ha dicho. En realidad, el conflicto centros/periferias (es decir, capital mundialmente dominante/pueblos de la periferia) es permanente, pues es inmanente al capitalismo realmente existente. Además, el conflicto Este-Oeste ha sido un conflicto de la misma especie, especialmente exacerbado por el carácter radical de las transformaciones internas en los países del Este. En la medida misma en que los pueblos de estos países corran peligro de ser víctimas de una periferización capitalista, agravada por la adhesión de sus clases dirigentes al sistema dominante, violentas explosiones populares, como las que el Tercer Mundo sufre endémicamente, se reproducirán fatalmente en estos países.
En nuestra época está claro que las instituciones establecidas con el pretexto de hacer frente al "peligro soviético"--la OTAN, en primer lugar--, que, en realidad, fueron concebidas en su momento en una perspectiva agresiva contra el socialismo (se olvida con demasiada frecuencia que la guerra fría ha sido decidida por Washington, para hacer recaer la responsabilidad de ello sobre Stalin), ya se han convertido hoy, en un abrir y cerrar de ojos, en los instrumentos de la intervención colectiva de Occidente contra los pueblos del Sur. Los conflictos mercantiles que enfrentan a Estados Unidos, Japón, Alemania y Europa nunca han puesto en tela de juicio el liderazgo estadounidense en el mantenimiento del statu quo imperialista global. Lo mismo ocurre con el apoyo incondicional de Occidente a su aliado Israel, que constituye uno de los elementos esenciales en su estrategia común encaminada a mantener a los pueblos árabes en un estado de sometimiento y de impotencia. El establecimiento, en los últimos años, de "fuerzas de intervención rápida" estadounidenses y europeas completa la panoplia de medios militares dirigidos contra los pueblos de la periferia.
Las fuerzas de intervención rápida han sido concebidas por Occidente para evitarle estar forzado a enredarse en nuevas guerras coloniales, de conquista o reconquista de un "país perdido". Su lógica proviene, pues, necesariamente, de la guerra preventiva decidida en las capitales occidentales "antes de que sea demasiado tarde", es decir, antes de que fuerzas políticas y sociales nacionales populares hayan conseguido conquistar el poder. Los objetivos de la intervención rápida son, pues, derrocar un poder que se considera no apto para cortar el paso a un movimiento popular radical, o un poder que, por debilidad, demagogia o cualquier otra razón, es forzado a poner en tela de juicio el statu quo imperialista. Esta estrategia implica que el relevo del poder derrocado está perfectamente controlado, es decir, que puede ser establecido un nuevo gobierno durante la operación misma. Los medios militares han de permitir golpear fuertemente en poco tiempo: destruir la capacidad militar de respuesta en su mismo sitio y destruir las instalaciones industriales juzgadas inaceptables para el mantenimiento del orden imperialista. La intervención no tiene que ser necesariamente "limpia": en Panamá, miles de civiles inocentes fueron masacrados para capturar al jefe de Estado. Incluso puede ser deliberadamente "terrorizante", si es necesario "dar una lección" al pueblo de un país rebelde. Pero tiene que ser "poco costosa" para los occidentales y no dar por resultado, para ellos, más que un número insignificante de cadáveres abandonados en el mismo lugar.
Los pueblos del Tercer Mundo tienen que hacer fracasar esta nueva estrategia occidental. Sin duda, las clases dirigentes actualmente en el poder no son capaces de hacerlo, ya sea porque aceptan simplemente su subordinación--así es generalmente--, ya sea porque--si por cualquier razón entran en conflicto con Occidente--se encuentran limitadas por sus propias opciones y su carácter no popular. Pero hay que saber que cualquier poder nacional popular tiene que contar con la hostilidad de Occidente y tiene que ser capaz de hacer frente a sus inevitables agresiones. Para eso tendrá que pensar en términos de una fuerza disuasoria, cuyos problemas quisiera debatir ahora.
Al ser el objetivo político de la intervención rápida occidental derrocar un régimen es esencial hacer imposible ese objetivo (o, al menos, hacerlo extremadamente difícil). Un poder local que siga siendo dictatorial, aceptado por pasividad, dependiente las más de las veces de un solo "jefe", seguirá siendo siempre vulnerable, aun cuando, por una u otra razón, se convierta en blanco de los occidentales. Un efectivo poder nacional popular, sostenido por un ejército popular a imagen suya, reduce considerablemente la vulnerabilidad inherente a la condición de país "subdesarrollado". Entonces, la intervención rápida se vuelve ineficaz, en el sentido de que el orden imperialista no puede ser restablecido más que con la ocupación militar del país, forzando al adversario a batirse en nuestro campo. El imperialismo ya casi no tiene entonces más que esta opción, o la opción alternativa del genocidio por bombardeo masivo (incluso atómico), que no es imposible técnicamente, por supuesto, pero que exigiría una verdadera fascistización de las sociedades occidentales.
Sin embargo, uno no puede contentarse con la eventual respuesta a la agresión con la resistencia popular armada. Es necesario completar el poder disuasivo potencial de ésta con un complemento de armamento moderno "anti-fuerzas de intervención rápida" que sea eficaz. Definiré esta eficacia de la siguiente manera. Cualesquiera que sean la cantidad y la sofisticación de los armamentos que pueda reunir un país del-Tercer Mundo, la superioridad cuantitativa y cualitativa de Occidente es tal que le es posible destruir, con un primer golpe, la mayoría de los blancos que constituyen estos armamentos con un mínimo de pérdidas humanas de su parte. La disuasión exige, por lo tanto, que el país del Tercer Mundo, a pesar de las destrucciones masivas que sufra con el primer golpe, disponga de una capacidad de respuesta nada despreciable para un segundo golpe, infligiendo entonces a las fuerzas de intervención rápida, o a blancos situados en el campo enemigo, pérdidas nada despreciables. De resultas, la intervención rápida aparece como una aventura incierta, difícil de justificar a los ojos de la opinión pública occidental (incluso manipulada como está) y además ineficaz, ya que no consigue su propósito (derrocar el régimen), sino, al contrario, refuerza su popularidad, forzando así a los occidentales, si persisten en su objetivo, a invadir un país cuyo pueblo les es hostil, o a optar por el genocidio.
¿Cuáles son las armas que pueden constituir un colchón de respuesta para el segundo golpe? ¿Cómo adquirirlas o producirlas? El misil móvil da la clave de la respuesta a esta pregunta, pues la probabilidad de que escape a la destrucción en el primer golpe es grande y su capacidad de alcanzar blancos enemigos en el golpe de respuesta no lo es menos.
¿A qué clase de "carrera de armamentos" deben lanzarse los países del Tercer Mundo para asegurarse estos medios de defensa? Es inútil precisar que aquí rechazo el discurso hipócrita del Occidente superarmado que preconiza el "desarme" exclusivo de los débiles. Pero es evidente que el objetivo de la constitución de una fuerza disuasoria al servicio de los pueblos del Tercer Mundo no exige que la carrera a la que uno se lance no tenga límites. Pues los tendrá necesariamente por el solo hecho de los recursos financieros y otros límites en el Tercer Mundo, y de la insensatez del objetivo de "alcanzar" a las potencias occidentales en cualquiera de estos campos. Hay que elegir, pues, hábil y sobriamente; y yo sostengo que tales opciones pueden hacerse, con un costo razonable y con una eficacia segura para el objetivo de la disuasión. Por el momento reduciré esta opción a la de una producción controlada de misiles y el establecimiento de una red de medios que garanticen su movilidad, reservando la cuestión del armamento nuclear para la continuación del análisis. Digo bien aquí que el objetivo debe ser producir estos misiles y no sólo importarlos (aunque se puede--y, sin duda, incluso se debe--comenzar con la importación). Hay por lo menos dos razones para esta opción. La primera es que la importación sigue siendo aleatoria, aun cuando, como la experiencia lo ha mostrado hasta ahora, el afán de las industrias militares occidentales de mejorar su rentabilidad haya favorecido la apertura de los mercados del Tercer Mundo a estas industrias. La segunda es que sólo la producción puede garantizar a corto plazo un completo dominio tecnológico del material. Aquí también señalo la contradicción flagrante del discurso occidental, "pacifista" con respecto a sus víctimas declaradas, mientras que alaba el papel motor de la investigación militar, cuyos subproductos alimentan el progreso de las industrias civiles. Del mismo modo diré que la adquisición de un dominio de las nuevas tecnologías por los pueblos del Tercer Mundo en los campos de la electrónica, de la mecánica, de la siderurgia y de la producción de las aleaciones, así como del átomo, pasa, al menos en parte, por el desarrollo de industrias militares.
La cuestión de la amenaza de genocidio debe ser tomada en serio. Pues tampoco aquí el discurso hipócrita de Occidente no presagia nada bueno. Mientras que proclamaba su voluntad de impedir la "proliferación del arma atómica", participaba secretamente en el armamento nuclear de Israel y de Sudáfrica. Ahora bien, no está nada excluido que Israel prevea la utilización del terrorismo nuclear_disuasivo o incluso realmente aplicado_ para perseguir sus objetivos coloniales expansionistas. Occidente, entonces, haría el paripé de creer en la "autonomía" de la decisión israelí para lavarse las manos como Pilatos, mientras que sus medios de comunicación, como de costumbre, tratarían de legitimar esta decisión, astutamente preparada con cualquier pretexto (terrorismo, por ejemplo). En estas circunstancias, la única respuesta posible capaz de disuadir a Israel, y detrás de él a Occidente, es el establecimiento, por los países árabes, de una producción nuclear. Es sólo con esta condición que Israel será forzado a abandonar sus certidumbres arrogantes e inducido a concebirse como un país de la región, respetuoso del derecho de los otros.
¿Es inevitable la carrera de armamentos entre Israel y los países árabes? En estos términos, la pregunta está mal planteada, porque esta carrera es, en realidad, entre los países árabes y Occidente. Contrariamente al mito que las campañas de intoxicación sistemática de los medios de comunicación tratan de hacer pasar por la realidad, Israel no dispone de ninguna autonomía específica en el campo de las industrias militares. Israel obtiene automáticamente los armamentos occidentales más sofisticados (estadounidenses y franceses, sobre todo) y los repinta con sus colores. Pero mientras que, cuando India, Irán, Argentina, Egipto o Iraq importan armas, se las señala claramente con su nombre en los medios de comunicación (armas soviéticas, estadounidenses o francesas), cuando la misma transferencia se efectúa a favor de Israel, los medios de comunicación adoptan el "nombre de pila" dado por Tel Aviv y hacen como si creyeran que se trata de "armas israelíes". En estas condiciones, los países árabes no deben desviarse ni un ápice de una estrategia de construcción de la fuerza disuasoria tal como la hemos definido antes, para dejarse arrastrar a una ilusoria carrera, con Israel en apariencia, pero con Occidente en realidad.
La respuesta que Occidente--por intermedio de Israel--está a punto de preparar a la eventual constitución de industrias militares y a la adquisición de armamentos por los árabes consiste en transferir al ejército sionista armamentos nucleares tácticos (incluida la bomba de neutrones), destinados a usarse en el campo de batalla y no para la masacre por genocidio. Es casi evidente que los árabes no pueden competir con Israel en este terreno, ya que detrás de Israel se perfila la superioridad aplastante de Occidente. Pero también es casi evidente que la amenaza clara de una respuesta que afecte el territorio israelí, que por eso mismo pierda su carácter de territorio "inviolable", es suficiente, sin duda, para una disuasión eficaz.
Mi respuesta es positiva. China, Cuba, Vietnam han desarrollado una concepción de su defensa que es, en realidad, la que hemos defendido aquí. Por su propia historia revolucionaria han sido inducidos a crear ejércitos populares. Más tarde han sido suficientemente lúcidos como para completar la credibilidad de esta fuerza disuasoria con una modernización de su armamento, asentada--por lo menos para China--en una industria local y un dominio tecnológico concreto, pero de vanguardia. Este era uno de los objetivos del discurso de Chu En-lai sobre el tema de las "cuatro modernizaciones". Este juicio positivo no supone, de nuestra parte, ninguna ilusión sobre la naturaleza de los graves problemas con los que se enfrentan las sociedades de estos países. El contenido nacional popular (además, llamado socialista) que está en los orígenes de los poderes resultantes de la revolución no es, en modo alguno, una adquisición definitiva. Ni la "desviación" burguesa, ni el encierro en un callejón sin salida "burocrático" son de descartar (la realidad lo confirma, por desgracia). Por esto, el ejército popular puede dejar de serlo, si el poder mismo pierde este carácter. El deslizamiento al nacionalismo expansionista regional tampoco es imposible. Con todo, hasta ahora, Occidente se encuentra forzado a respetar la independencia de estos países y se contenta con "esperar" una evolución favorable desde su punto de vista (una involución, desde el nuestro) y con apoyarla con medios de presión económicos e ideológicos. Es decir, su fuerza disuasoria sigue siendo real.
No creo que haya otros ejemplos en el Tercer Mundo tan avanzados en esta dirección. He hablado de los límites de los intentos anteriores (Náser, Argelia, las colonias portuguesas) y de su fracaso. Los actuales ejércitos del Tercer Mundo siguen siendo, en lo esencial, fuerzas de policía y/o medios de intervención a la medida de aquellos de los que disponen los vecinos (India-Pakistán, por ejemplo). El "sobrearmamento" importado es, en ciertos casos, por puro prestigio (Arabia Saudí, por ejemplo). Sus industrias militares en general siguen siendo tan primitivas como las civiles, y el dominio de las tecnologías, si no nulo, por lo menos muy relativo. Ciertamente, aquí se deben introducir matices, al haber dado India, Brasil, Argentina (y tal vez Iraq) algunos pasos que los otros ni siquiera han pensado dar. Pero sobre todo, en todos los casos, al no tener los regímenes de que se trata carácter nacional popular, no son vistos por Occidente como realmente amenazadores.
Occidente (Estados Unidos, Canadá, Australia, Europa occidental en expansión hacia el Este, Israel, Japón) dispone, desde la segunda posguerra, de una panoplia completa de instrumentos que garantizan su solidaridad y la aplicación de sus estrategias comunes: la OCDE y la CEE en lo económico, el Consejo de Europa y la Comisión Trilateral en lo político, la OTAN en lo militar. Supuestamente establecidas para hacer frente al "comunismo", conforme a los propios términos de la legitimación que les han dado los medios de comunicación, estas instituciones han garantizado de facto la hegemonía de Estados Unidos y también han sido, en realidad, los garantes de un statu quo internacional favorable a la dominación imperialista, con la excepción de que el conflicto Este-Oeste imponía algunas limitaciones, en ciertos casos y dentro de ciertos límites, a la intervención occidental brutal. Lejos de volver caducas estas instituciones, el acercamiento Este-Oeste acentúa su carácter agresivo con respecto a los pueblos del Tercer Mundo, dándoles de ese modo una segunda vida. En cuanto a la parcial decadencia económica de Estados Unidos, ésta no ha puesto en tela de juicio hasta ahora la solidaridad occidental frente al Sur, particularmente en el campo de la intervención militar.
¿Puede el Tercer Mundo darse cuenta de esta situación y empezar su propia organización de defensa colectiva? Ya hemos conocido dos experiencias. que iban en este sentido, pero en circunstancias especiales que ya no son las de la nueva fase comenzada hace unos quince años. La primera es la del "no alineamiento", de la "era de Bandung", que correspondía al ascenso de las luchas por la independencia en Asia y en África. La segunda es la del proyecto de "Nuevo Orden Económico Internacional", que analicé en su momento (en 1975) como que estaba basado en la ilusión nacional burguesa resultante de las victorias del frente de Bandung.
Las dificultades de reconstruir un frente del Sur son objetivamente
considerables. La diferenciación de las circunstancias y de los
"intereses" a corto plazo en los países de la periferia no es,
ciertamente, algo nuevo, aun cuando, en la nueva fase, cobre formas (y tal vez
una agudeza) sin precedentes. Esta diferenciación de los intereses a
corto plazo, tal como son vistos por las clases dirigentes, no hace, sin
embargo, desaparecer el carácter objetivo de los intereses comunes de
todos los pueblos del Tercer Mundo. Poderes nacionales populares
deberían darse cuenta de ello, más allá de los conflictos
secundarios, siempre posibles por cierto. La compradonzación de
los regímenes establecidos aumenta la dificultad y hace imposible la
construcción de este frente común del Sur en ausencia de un
derrocamiento
* de un gran número de estos regímenes.
Actualmente, incluso se ve reaparecer--con motivo de la guerra del Golfo--el
viejo proyecto estadounidense europeo de un "pacto militar regional" (CENTO era
su nombre en las décadas de los cincuenta y los sesenta) concertado
entre los regímenes compradores de la región, invitando a
Occidente a garantizar el statu quo, prolongando, de este modo, la OTAN,
al dar una legitimidad aparente a las intervenciones requeridas contra la
rebelión de los pueblos. Uno se acuerda que el CENTO era presentado como
"antisoviético", mientras que su dimensión "protección del
statu quo imperialista" estaba parcialmente oculta por la
retórica anticomunista. Sin embargo, hoy que la URSS ha dejado de ser el
enemigo, [exclamdown]el proyecto del CENTO sale a flote! Del mismo modo, la
Alianza para el Progreso (también en vías de renovación so
capa de la "democratización", e incluso de [exclamdown]la "lucha contra
la droga"!) para América Latina, la asociación CEE-ACP
(completada por los "pactos de defensa") para el África subsahariana, y
la ASEAN para el Asia sudoriental, constituyen una red dominada por Occidente,
complementaria de sus organizaciones propias (la OTAN, en primer lugar) y sin
conflictos con ellas, por supuesto.
Es significativo que dos países del Tercer Mundo y sólo dos, pero los más grandes--no por casualidad--, escapan a la malla de estas redes: China e India. A pesar de las gigantescas diferencias entre sus regímenes sociales, estos dos países se han dotado de medios disuasorios de alcance global.
A los misiles de alcance medio, enfocados más arriba como instrumento militar de la disuasión limitada (anti-fuerzas de intervención rápida), han añadido los misiles transcontinentales de cabeza nuclear, arma de la disuasión global. ¿Podrá preverse una mayor generalización de estos medios de defensa, por lo menos a escala del mundo árabe, de África (¿seguirá siendo una potencia nuclear la Sudáfrica post-apartheid.?, de Sudamérica (eje Brasil-Argentina)? ¿Podrán preverse pactos colectivos que hagan beneficiarse a los más pequeños con este paraguas, a la manera del paraguas estadounidense que protege a Europa y Japón (¿contra quién? [exclamdown]ya no se sabe ahora!)? Creo necesaria la apertura de un debate político sobre este tema en el Tercer Mundo.
Este razonamiento, correcto en lo inmediato, quiere decir que Estados Unidos, "invencible" en lo sucesivo, está en condiciones de imponer su hegemonía mundial absoluta ([exclamdown]como nadie lo había soñado antes de Hitler!). Se trata de un discurso terrorista destinado a imponer el sometimiento. Tal razonamiento ignora la evolución a largo plazo de las técnicas militares: no hay "arma absoluta", y los misiles antimisiles suscitarán probablemente la intervención que los neutralizará. Pero, sobre todo, ignora todas las dimensiones políticas del problema.
En primer lugar, cada vez será más difícil, técnica y políticamente, impedir la proliferación nuclear. Esto es por supuesto lamentable, pero también es el único medio de obligar a la sociedad internacional a meterse en la senda de la desnuclearización general, que es la única respuesta verdadera al desafío. En el actual estado de cosas, el "tratado de no proliferación" es inaceptable porque es hipócrita y está sometido a la regla del doble patrón.
En segundo lugar, la estrategia aquí propuesta para el Tercer Mundo es estrictamente defensiva. Está encaminada a colocar al eventual adversario ante opciones difíciles: 1) abstenerse de intervenir y, por lo tanto, tolerar la experiencia progresista (es el objetivo de esta estrategia de disuasión); 2) meterse en una "guerra sucia" (como la de Vietnam), y esto no es fácil de hacer admitir a la opinión pública nacional; 3) optar por un liso y llano genocidio. Sin embargo, si no se da ningún pretexto para permitir la agresión, esta opción no es necesariamente fácil de legitimar.
En tercer lugar, las estrategias nacionales no excluyen la lucha por "otro orden mundial" basado realmente en el derecho. Al contrario, esta lucha es esencial. ¿Está entablada? Los optimistas dirán que algunas condiciones previas está reunidas, pues la época de las grandes masacres colectivas habría pasado y la democracia y el progreso cultural impiden su retorno. Yo sería más reservado: la guerra del Golfo ha terminado en una monstruosa masacre de civiles en masa, que los medios de comunicación han conseguido hacer aceptar, banalizando de este modo la opción de Estados Unidos: el genocidio antes que la "guerra sucia".
La realidad de la amenaza impone, pues, un redoblamiento de las iniciativas con objeto de crear un verdadero orden mundial basado en el derecho y la justicia. Por lo menos hay que ser claros, hasta tal punto el discurso de los actuales poderes es, en este aspecto, más mentiroso que nunca.
Un orden mundial democrático implica, qué duda cabe, el derecho de los pueblos a un "Estado de derecho". Y sin embargo hay que precisar que la democratización no puede ser reducida a las dimensiones establecidas por los medios de comunicación occidentales e ignorar otras, sobre todo las dimensiones sociales, sin las cuales la democracia electoral, desprovista de sentido, corre peligro de perder su seriedad y ser objeto de manipulaciones permanentes. Por otro lado, las sociedades occidentales no tienen ningún derecho moral a constituirse en jueces, otorgándose un supuesto [exclamdown]"deber de intervención"! Es olvidar que, desde hace cinco siglos, todas las intervenciones de Occidente en los asuntos de Asia, de África y de América Latina han sido desastrosas para los pueblos de estas regiones y que, hoy mismo, la regla del patrón elástico que domina en la práctica real hace inaceptable esta pretensión de Occidente.
Un orden mundial justo implica también el derecho de los pueblos, entre otras cosas, a la desconexión, es decir, a negarse a someterse a las imposiciones de la expansión mundial del "mercado".
Finalmente, un orden mundial sólo sería nuevo con la condición de estar basado en el criterio del "equilibrio de los intereses legítimos" en vez del de las fuerzas. Ahí hay un concepto nuevo que hay que hacer progresar en las conciencias y tratar de definir concretamente; pero nada permite decir que las diplomacias de las potencias se hayan metido en esta senda.
Si se hacen, y cuando efectivamente se hayan hecho, progresos en todas estas direcciones, se podrán reexaminar las cuestiones tradicionales de la "defensa" y elaborar planes de desarme nuclear y convencional, regionales y globales, sostenidos por tratados y garantías internacionales. Estamos muy lejos de ello.
¿Podrá la organización internacional--la ONU--desempeñar un papel activo en esta perspectiva? En el actual estado de cosas, la ONU ha fallado a la vocación proclamada por la retórica de sus fundadores. Inmovilizada a la vez, parcialmente, por el conflicto Este-Oeste y, sobre todo, por la dominación de Occidente en sus organismos (evidente no sólo en lo que concierne al Banco Mundial y el FMI, sino también en sus organismos generales, limitados al debate sin medios de ejecución: [exclamdown]ver la suerte corrida por la resolución 242, que, desde 1967, ordena a Israel la evacuación de los territorios ocupados!), su bandera sólo podrá ser la de la organización de todos los países del planeta con la condición de que ella misma se convierta en el eje de una renovación policéntrica del mundo. Esto implicaría la apertura de un debate sobre la reforma de la ONU, también deseable, en mi opinión.