LA CUESTIÓN LIBANESA: PARTICULARIDAD LOCAL Y FACTORES EXTERNOS

Fahima Charaf El Dine

1. La guerra de Líbano: las raíces del conflicto

Trazado a fines de la primera guerra mundial, el mapa de Oriente Próximo reflejaba, a fines de la segunda, un equilibrio de fuerzas a escala mundial cuyas consecuencias iban a aparecer más tarde. En 1916, los acuerdos franco-ingleses llamados Sykes-Picot habían desmembrado toda esta región árabe. A pesar de una larga resistencia, que prosiguió durante unos treinta años, la región terminó por doblegarse a esta situación de división. Algunos años después del fin de la segunda guerra mundial, la bandera israelí ondeaba en Palestina sobre el Estado sionista. Así se realizaba una ambición del colonialismo occidental, que había tomado forma cuando el ejército egipcio de Ibrahim Pacha entró en Siria en 1831; desde entonces, la implantación de este Estado había sido proyectada por los occidentales. Investigadores e historiadores son unánimes en pensar que el establecimiento del Estado sionista respondía a dos objetivos esenciales.

El primero es de orden político-económico. Se trataba de impedir la unificación árabe, el peligro de la cual había aparecido desde comienzos del siglo XIX con la modernización del Estado egipcio de Muhammad Alí (1802-1848). Parece que el llamamiento hecho públicamente por Palmerston en la Cámara de los Comunes en 1839 es la mejor prueba de ello, puesto que invitaba a crear una entidad política extraña a la región, cuyo objetivo sería impedir cualquier unión entre Egipto y el resto del Oriente árabe. Palmerston ya había pensado en organizar una emigración judía con este fin. Esto ocurría en una época en que la idea del Estado de Israel aún no había aparecido en el sueño sionista, que posteriormente sacó partido de esta estrategia imperial. El papel de la entidad prevista por Palmerston también pretendía impedir la explotación nacional de las riquezas naturales del mundo árabe. Como se sabe, estas riquezas han cobrado una importancia creciente en la economía mundial con el aumento de la demanda energética creada por el desarrollo de las industrias mecánicas.

El segundo objetivo es de orden militar: la presencia, en el centro de la región, de una poderosa máquina militar al servicio del colonialismo es un medio seguro para reprimir los movimientos de liberación. Ahora bien, éstos se habían desarrollado durante las dos guerras mundiales no sólo en el mundo árabe, sino en todo el conjunto de lo que se llama el Tercer Mundo.

Añadiremos a estos dos objetivos el problema estratégico central del imperialismo después de 1945, a saber, la lucha contra el comunismo. Con esta intención, la diplomacia de las potencias occidentales siempre podía actuar tanto más eficazmente cuanto más la división de la región en Estados rivales favorecía sus intervenciones.

Desde su fundación, el Estado sionista de Israel suscitó la hostilidad de todo el mundo árabe, pero una hostilidad compleja debido, precisamente, a la división arbitraria de este mundo. En estas circunstancias, al imperialismo le ha parecido útil la creación de un equivalente árabe de la entidad sionista. Líbano, tal como resultó de la división de la región por el acuerdo Sykes-Picot, era el país adecuado y probablemente el único que respondía a los objetivos del imperialismo. Su frágil estructura social, que descansaba en acentuadas diferenciaciones culturales y confesionales, podía hacer de él un instrumento complementario de las estrategias y políticas puestas en marcha por la entidad sionista.

Con la perspectiva del tiempo podemos ver mejor el propósito del proyecto colonialista que constituyó Líbano al separarlo de la Siria histórica a la que pertenece, un Líbano poblado por diversas comunidades confesionales e históricas, reunidas en un mismo conjunto. Claro está, el período de abandono que había caracterizado la decadencia del Imperio Otomano había hecho posible esta creación artificial. El "pacto nacional" que organizaba el reparto confesional de las responsabilidades, convertido en la clave del régimen político de Líbano desde 1943, no era más que la proyección de ese propósito, puesto que la neutralidad que se derivaba de él, y que era su esencia, descansaba en la separación de Siria y, por lo tanto, del arabismo. Esta situación confirmaba el supuesto papel histórico de los cristianos de Líbano al privilegiar su relación con Occidente.

Esta fórmula de neutralidad se acompañaba de un cierto margen de libertad política interna y de un sistema económico "liberal". Estas condiciones favorecieron, sin duda, el desarrollo de la conciencia política, pero, al mismo tiempo, Líbano se convirtió en el centro de las intrigas encaminadas a orientar las políticas de la región en un sentido favorable a los objetivos del imperialismo. Así, Líbano cobraba cada vez más importancia en la estrategia imperialista, conforme se reforzaban y se desarrollaban los movimientos de izquierda en todo el mundo árabe y, especialmente, en todos los países vecinos de Israel y en las fronteras del Golfo rico en petróleo.

Podemos identificar este creciente interés por Líbano a través de tres etapas históricas, en relación con etapas del conflicto político entre el Occidente capitalista y los países árabes antiimperialistas y antisionistas. Las fechas clave aquí son las de 1958, 1967 y, para el último período, 1982.

1) El desembarco estadounidense de 1958

En los años que antecedieron esta intervención, la política derrotista de los Estados árabes en el terreno de la causa palestina había ocasionado el ascenso del nacionalismo, que culminó en una serie de revoluciones y de golpes de Estado militares, a un ritmo acelerado desde la caída de la monarquía egipcia en 1952. Los movimientos nacionalistas radicales cobraban cada vez más importancia en todos los países árabes, incluido Líbano. Al mismo tiempo, las crecientes amenazas colonialistas--la agresión tripartita de Francia, Gran Bretaña e Israel contra Egipto en 1956 es el mejor ejemplo de ello--provocaban respuestas que se expresaban en la reforzada afirmación de los objetivos nacionales unitarios, que plasmaba la unidad Egipto-Siria, realizada en 1958. El imperialismo no se quedó con los brazos cruzados ante este primer éxito de la unidad árabe, sino emprendió la formación de una alianza reaccionaria para hacerle frente. Fue el pacto conocido con el nombre de CENTO entre Turquía, Iraq, Irán y Jordania, al que se sumó Líbano, entonces dominado por el maronismo político. La guerra civil libanesa de 1958 demostró que el pacto nacional de 1943 ya no se sostenía, que había estallado. El maronismo político por sí solo ya no era capaz de frenar el ascenso del movimiento popular y éste se adhería al proyecto nacionalista árabe y rechazaba todos los planes y pactos de tipo CENTO. La fragmentación política y social de Líbano se acentuaba y los progresos experimentados por las fuerzas nacionales hacían necesaria una intervención estadounidense directa. El propio presidente libanés Camille Chamoun pidió el desembarco efectuado por la Vl flota estadounidense. A partir de esa fecha, Líbano cobró cada vez más importancia a los ojos del imperialismo, a medida que crea la oposición de los países de la región al Occidente capitalista. En Líbano mismo, el avance de las fuerzas nacionales fue tal que Camille Chamoun tuvo que renunciar a solicitar la renovación de su mandato presidencial y se llegó a un compromiso, que fue la elección a la presidencia del comandante en jefe del Ejército, el general Fuad Chehab, que se había negado a intervenir en el conflicto interno. De ahí, un nuevo equilibrio interno como consecuencia de esta guerra de 1958, que era el resultado del ascenso de los regímenes nacionalistas radicales en el mundo árabe, un equilibrio que simbolizó el encuentro Náser-Chehab. Los estadounidenses se reembarcaron, pues, y su flota se marchó de las costas de Líbano; pero su ingerencia no cesó. Pues la disolución de la alianza CENTO como consecuencia de la revolución iraquí de julio de 1958, que daba por terminado el régimen cliente de la monarquía hachimí, y del empuje de los movimientos radicales no hacía sino conceder más importancia a Líbano a los ojos de los estadounidenses. Le asignaron un nuevo papel, que iba a aparecer en los años siguientes, en relación con los acontecimientos que agitaron al mundo árabe en el decenio de los años sesenta.

2) La derrota de 1967 y sus consecuencias

Ya no es de actualidad detenerse largamente sobre lo que ocurrió a partir de 1960: ruptura de la unidad Egipto-Siria en 1961, golpes de Estado militares en Siria, proclamación de la independencia argelina en 1962, nacimiento de la OLP en 1965. Esta serie de acontecimientos, que se parecen a rectas quebradas con entrecorte de acciones y reacciones entre fuerzas de progreso y fuerzas de retroceso, indujo a las potencias occidentales a planear una intervención masiva. Planificada en Washington desde 1%5, la agresión israelí y la guerra de 1967 condujeron a la derrota árabe conocida. Con ella, una vez más, los israelíes se imponían como factor principal del equilibrio político en la región árabe.

Con la derrota de 1967 y el hundimiento del naserismo se abre una nueva etapa de la historia política de la región. El retroceso del proyecto unitario del nacionalismo árabe incitó a Estados Unidos a actuar rápidamente para oponerse al empuje popular de la resistencia palestina; simultáneamente en todas partes, el imperialismo llevaba a cabo una lucha encaminada contra la izquierda árabe. En este contexto, la guerra de 1970 contra los palestinos en Jordania fue el punto de partida de toda una serie de acciones contra la resistencia palestina, como vanguardia progresista que gozaba de gran popularidad en los pueblos árabes, y contra la izquierda en general, no sólo en el mundo árabe, sino en todo el Tercer Mundo.

Ayer todavía fuente y centro del movimiento nacionalista, Egipto fue la causa indirecta de la descomposición de éste. Con Anuar El Sadat, a partir de 1970, y, sobre todo, después de la guerra de 1973, un nuevo lenguaje político empezó a brotar, que desembocó en los acuerdos de Camp David (1977) y en la paz separada entre Egipto e Israel.

Pero el imperialismo también había de actuar en otras partes; pues la reacción popular frente a la derrota de junio de 1967 había sido reagruparse en tomo a la resistencia palestina y unirse a ella. Eso es lo que consagra la alianza nacional entre la izquierda libanesa--que se habia desarrollado y fortalecido con el crecimiento de la clase media nacida del Estado modernizado, cuyos cimientos había echado Chehab--y la resistencia palestina. Esta se había convertido en un punto de reunión de las fuerzas revolucionarias de todo el Tercer Mundo. A medida que esta alianza se fortalecía en Líbano, las fuerzas imperialistas multiplicaban sus esfuerzos para contenerla o vencerla. Así es como las primicias de la guerra civil de Líbano comenzaron a asomar en el horizonte.

El equilibrio social interno, ya frágil, era de nuevo socavado. Así pues, por un lado, reagrupamiento de la resistencia palestina en Líbano con el apoyo de las masas, por el otro, redoblamiento de los esfuerzos de las fuerzas enemigas contra esta situación.

Menos de dos años después del colapso del naserismo como consecuencia de los ambiguos resultados de la guerra de 1973 estallaba la guerra civil en Líbano, una guerra contra la resistencia palestina, llevada a cabo con consignas tácticas que variaron según la evolución de la situación regional. Mientras que una campaña propagandística denunciaba violentamente en toda la región la lucha de los palestinos, las ingerencias de las potencias regionales en la guerra de Líbano se imponían cada vez más y habían de marcar todas sus etapas.

Digamos el nombre en seguida de las dos fuerzas regionales que han sido sus factores más influyentes: Siria e Israel. Aquí es importante, para evitar cualquier confusión, distinguir radicalmente el papel de Israel del de todos los actores regionales árabes. La ocupación de un territorio árabe por Israel se sitúa en el marco de un proyecto de colonización de asentamiento que nunca ocultó su objetivo: expulsar de él a los árabes. Las intervenciones de un Estado árabe en los asuntos de otro no tienen análogo objetivo etnocida. Pueden, pues, ser apoyadas, o combatidas, por las diferentes fuerzas políticas locales; nunca ponen en tela de juicio la propia existencia de los pueblos implicados. Se trata de vicisitudes políticas, sin más.

Así pues, en la guerra civil libanesa, el papel de Israel siempre ha sido íntegramente negativo, dictado por consideraciones ligadas únicamente a la supervivencia del Estado sionista y a su expansión, en contradicción con las aspiraciones nacionales libanesas fundamentales. Sacando partido de las contradicciones internas de Líbano y de la fragilidad de su estructura social, el Estado sionista ha podido desempeñar un considerable papel en la evolución del conflicto. Preconizaba abiertamente la expulsión de la resistencia palestina fuera del territorio libanés. Al hacerlo se apoyaba en una contradicción interna que se había intensificado notablemente debido al desequilibrio creado por la presencia de esta resistencia y por su alianza con las fuerzas de izquierda. El papel de Israel se acrecentó precisamente como consecuencia del fortalecimiento de esta resistencia y de esta alianza. De ello resultó la primera invasión israelí, en marzo de 1978, en nombre de la "protección" de Galilea. Ese era, al menos, el objetivo: poner punto final a los éxitos políticos del movimiento nacional libanés y de la resistencia palestina. También era un principio, inevitable, de puesta en práctica de los acuerdos de Camp David y una tentativa para obligar a Líbano a adherirse a ellos.

En cambio, el papel de Siria en Líbano siempre se ha prestado a equívocos a causa, sobre todo, de un elemento fundamental de la estrategia de Siria, que considera que lo esencial es la pertenencia árabe de Líbano, lo que impone a este país obligaciones con respecto al conflicto israelí-árabe. En estas condiciones, la "neutralidad" libanesa en este conflicto no es aceptable. Esta posición, en ligazón con el progreso de la alianza palestinos-izquierda libanesa, ha hecho muchas veces de Siria el aliado natural de esta coalición sobre todo después de la adhesión del régimen egipcio a las fuerzas de la derecha a partir de 1977. Pero, por otro lado, Siria era muy consciente de la importancia que podía revestir su capacidad de controlar las orientaciones de esta coalición y de la resistencia palestina con el fin de reforzar su propia posición regional e internacional. Así se explica que el ejército sirio haya entrado en Líbano con el fin de poner punto final a la guerra civil precisamente en el momento en que la izquierda aliada con la resistencia palestina estaba logrando enormes éxitos y se hallaba a punto de penetrar en el centro de los barrios del este de Beirut (los barrios maronitas). Fue, pues, por llamamiento del poder legal libanés, por lo tanto, del maronismo político, es decir, de la derecha apoyada por los regímenes árabes de la misma tendencia, que el ejército sirio entró en Líbano en 1975. La izquierda opuso una breve resistencia, costosa, antes de que la presencia siria fuera admitida como consecuencia de una conferencia en la cumbre, celebrada en Arabia Saudí, con la participación de los palestinos y de los libaneses.

En esta ocasión se había convenido que Siria garantizaría los acuerdos de reconciliación y el retorno a la aplicación de la constitución y de la ley libanesa. Pero los acontecimientos acaecidos inmediatamente después en la región iban a perturbar de nuevo este proceso: hubo la evolución dramática del conflicto israelí-árabe, el viaje de Sadat a Jerusalén, por último los acuerdos de Camp David en 1977. A causa de esto se rompieron ciertas coaliciones locales, se formaron otras, en una cierta relación con los reagrupamientos de los Estados árabes mismos. Hubo, especialmente, la cumbre de Bagdad en 1977, donde se creó un Frente de resistencia y de enfrentamiento, cuyos protagonistas fueron Siria e Iraq, de donde resultó en Líbano el enfrentamiento entre los sirios y las fuerzas falangistas de derecha. En ese momento, los sirios se retiraron de la parte este de Beirut (los barrios cristianos en su mayoría) para instalarse un poco más lejos, en alianza con la izquierda y la resistencia palestina. Después de esto, Israel salió a escena declarándose a favor de apoyar a las fuerzas falangistas e invadiendo la zona del sur de Líbano, que hasta entonces había sido la base de las operaciones militares de los fedayirz palestinos. Más tarde iría a ampliar esta zona ocupada y a hacer de ella una región tapón, que se suponía que garantizaría la seguridad de sus fronteras.

Estos acontecimientos se acompañaron de luchas ideológicas que reflejaban las divisiones políticas del mundo árabe. Se hallaban, por un lado, los países radicales, los del Frente de resistencia y de enfrentamiento, por el otro, los que apoyaban, abierta o tácitamente, los acuerdos de Camp David. Pero lo que resultó de ello fue un ambiente de decepción y de despolitización. Se comprobaba que cuarenta años de luchas políticas y militares y tres guerras sólo habían conducido a acuerdos que constituían una capitulación total. En Líbano, esta decepción estaba todavía más alimentada por las tensiones internas entre las propias fuerzas de izquierda, en el seno de la coalición entre la izquierda y la resistencia palestina. Las masas populares abandonaron la política para dedicarse a sus problemas cotidianos, que se agravaban conforme se intensificaban los choques políticos por dentro y por fuera. Esta desvinculación que se manifestó a lo largo de los cinco primeros años de la guerra civil libanesa (1975-1980) es, en mi opinión, uno de los principales factores que favorecieron el desarrollo de la corriente fundamentalista en este país. En estas condiciones, el ascenso del jomeinismo y sus consignas han tenido un importante impacto en las masas y en su visión del conflicto político, sobre todo en el sur de Líbano, que había sido el baluarte de la coalición de la izquierda con la resistencia palestina.

Entre los factores externos que actuaron en el mismo sentido hay que señalar, en primer lugar, el desencadenamiento de la guerra Iraq-Irán en 1980. Esta hizo surgir otras contradicciones en el seno del frente de la izquierda en relación con la ruptura entre Iraq y Siria, pues esta última apoyaba a Irán.

3) La invasión israelí de 1982

Esta situación en que se entrecruzan las consecuencias de factores internos y externos preparó el terreno para la invasión israelí de 1982. El desequilibrio político en Líbano que se derivó de la alianza iraní-siria, la cual halló un reflejo en los reagrupamientos políticos libaneses, engendró oposiciones irreductibles. Así, y a través de una serie de incidentes, se llegó a la invasión israelí y a la expulsión de la resistencia palestina de Beirut.

De esta manera se alcanzó un primer objetivo del Estado sionista. También se alcanzó otro objetivo, que no era sólo del Estado sionista, sino del imperialismo en general; pues, como consecuencia de la derrota de la izquierda, el movimiento de liberación árabe dio un nuevo rodeo, a saber, se comenzó a pensar en una solución pacífica del conflicto israelí-árabe.

Con la llegada al poder de los falangistas, a pesar de la desaparición de Bechir Gemayel, las relaciones con la entidad sionista se situaron en un terreno diferente de aquel en el que estaban hasta entonces. Israel exigía un tratado de paz para retirarse de Líbano, y este tratado fue efectivamente firmado el 17 de mayo de 1983. Durante ese tiempo, Siria reorganizó sus fuerzas y su despliegue de combate a fin de prepararse para otra fase de la lucha.

Pero, a pesar del apoyo de todo Occidente, el tratado del 17 de mayo no pudo movilizar en beneficio suyo a los movimientos políticos libaneses, que, sin embargo, estaban dispuestos al compromiso en lo interno. Estos rechazaron, pues, unánimemente la ratificación del acuerdo. Por otra parte, la guerra fría entre las superpotencias estaba en una fase aguda (la URSS estaba dirigida por Andropov). Siria, apoyada por la URSS, sacó provecho de ello para barajar de nuevo sus cartas libanesas. Dio todo su apoyo al Frente de la Resistencia Nacional, que daba sus primeros pasos. Pero, por otra parte, también apoyó al movimiento fundamentalista, que lanzaba consignas de odio contra el imperialismo y el sionismo y que atraía grandes multitudes. Al mismo tiempo se organizó un frente del rechazo al tratado del 17 de mayo.

Así se desarrolló un ambiente de hostilidad al sionismo, considerablemente reforzado, aunque el poder político libanés ejercía una dominación sectaria apoyándose en la acumulación de los antagonismos confesionales resultantes de diez años de guerra. Con todo, el frente de las fuerzas populares llevó a cabo la batalla por la abrogación del tratado del 17 de mayo y la acción política movilizó de nuevo a las masas populares. Entonces se dejaron oír numerosas voces que llamaban a la participación política y a la acción por las reformas; se oían de nuevo las consignas que habían desaparecido durante algún tiempo como consecuencia de la invasión de 1982. Sin embargo, estos dos años repartidos entre la guerra, la paz y los congresos nacionales que se celebraban en Ginebra o en Lausana no consiguieron poner fin a la guerra civil. El escenario libanés seguía siendo, pues, esa herida sangrienta que se hacía más profunda a medida que aparecían nuevas variables regionales o internacionales.

Una de estas variables fue el cambio de orientación política en el seno de la OLP dirigida por Arafat y su consecutivo choque con la política siria, por una parte, y con las orientaciones y los intereses de la izquierda libanesa, por la otra. Por esto se presenció una ruptura parcial de la coalición entre la izquierda y la resistencia palestina, entendiéndose que, al mismo tiempo, las relaciones bilaterales locales se mantenían. Esto no impide que esta situación creó contradicciones en el seno del movimiento nacional libanés, que muchas veces degeneraron en conflictos armados, echando así por tierra la esperanza de la elaboración de un programa nacional capaz de poner fin a la guerra civil.

2. La interacción de los factores internos y externos y sus dramáticas consecuencias

No nos detendremos mucho tiempo en los factores internos y externos de la guerra civil. Han sido estudiados en el transcurso de los acontecimientos por periodistas, politólogos o políticos libaneses que han sido actores de ella. Los libros de periodistas extranjeros que revelan los secretos de esta guerra y tratan de la interacción de los factores internos y externos son innumerables. Aunque no compartimos todas las interpretaciones emitidas podemos retener de ellas que la fuerza de las presiones externas en tal momento y su debilidad en tal otro adquieren una significación importante en cuanto indican cómo se entremezclan estos factores.

Vemos, por ejemplo, cómo la unidad Egipto-Siria en 1958 influyó en el conflicto interno en todos los terrenos y perturbó el equilibrio interno, ya inestable por naturaleza.

Frente a los acontecimientos acaecidos en el mundo árabe, por ejemplo en 1958 y 1967, los factores internos pudieron desempeñar un papel positivo que reflejaba el cambio ocurrido en las estructuras sociales internas. El régimen del presidente Fuad Chehab se había fijado el objetivo de una modernización del país, que realizó en parte. Ahora bien, la escolarización, el desarrollo industrial y la concentración de los servicios en Beirut transformaron por completo las estructuras de la sociedad libanesa tradicional. Las nuevas clases medias, fortalecidas, tomaron sus distancias con respecto al statu quo confesional de antaño; capas enteras de éstas se radicalizaron; las masas populares salieron de la letargia rural; concentradas en los barrios periféricos de Beirut, se convirtieron en fuerzas activas en la vida política. Los análisis de los ideólogos de la derecha libanesa--como los de José Abu Jalil: "Historia de los maronitas en la guerra libanesa" y de Karim Pakraduni: "La paz perdida"--se niegan a reconocer este cambio. Para ellos, las causas de la guerra civil tienen sus raíces exclusivamente en factores externos, en primer lugar de los cuales colocan la presencia de los palestinos en Líbano.

Ahora bien, cualquiera que sea la importancia de los factores externos y su impacto decisivo en ciertos casos, no por eso hay que dejar de señalar que si se descuida los factores internos, ya no se puede concebir un programa político capaz de detener la guerra y eliminar sus causas.

Un examen meticuloso de estos factores internos es, pues, necesario para la comprensión de la especificidad nacional como variable que sufre la acción de los factores externos y se entremezcla con ellos. Ahora nos proponemos intentar esclarecer las modalidades de esta interacción.

1) La invasión israelí de 1982 representa, tal vez, un ejemplo perfecto de esta interacción de factores; pone claramente de relieve la influencia de los factores internos sobre la modificación de las tendencias y proyectos concebidos desde fuera, sobre todo si este "fuera" quiere decir ignorar los factores internos y su complejidad.

El año 1981 había sido un período de intensa actividad política. Bechir Gemayel había sido llevado a la presidencia de la República por el maronismo político; era, pues, la victoria de la derecha libanesa. En Egipto, Sadat era asesinado, lo que constituía una grave advertencia para los defensores de los acuerdos de Camp David. Este mismo año había visto la intensificación de los ataques de la resistencia palestina contra Israel, seguidos de acciones de represalia del Estado sionista. Pero también había habido un primer alto el fuego, que era, por lo tanto, un reconocimiento implícito de los palestinos. Por otro lado, la desavenencia entre Siria y la OLP llegaba a su apogeo, mientras que la alianza entre la izquierda y los palestinos estaba en su punto más bajo. Entre los propios palestinos surgían antagonismos cada vez más irreconciliables .

Las masas tendían a la desvinculación política debido a la prolongación de la guerra, que perdía sus justificaciones ideológicas, mientras que los ataques israelíes al sur de Líbano así como a Beirut se intensificaban. Así se preparaba el terreno para dos acontecimientos paralelos. El primero se manifestó en el empuje de la ideología religiosa como consecuencia de la revolución islámica iraní, ganando terreno en las masas populares que habían constituido la base de la izquierda. El segundo resultó la invasión israelí misma, provocada, entre otras razones, por el asesinato de Sadat. A los ojos de los israelíes, el hundimiento del proyecto radical árabe parecía facilitar la ocasión favorable para liquidar tanto a la resistencia palestina como a la izquierda libanesa, ambas debilitadas por sus disputas internas.

Ni la resistencia palestina, implicada sin ninguna justificación en la guerra civil y los conflictos libaneses internos, ni la izquierda libanesa, que había perdido cualquier margen de autonomía con respecto a la primera, pudieron defender sus posiciones. El gobierno libanés, por su parte, no estaba en condiciones de garantizar el relevo a causa del conflicto que lo ponía frente a frente con la alianza izquierda-palestinos. En cuanto a las masas populares, víctimas permanentes de las agresiones de los grupos armados en presencia, poco a poco buscaron su salvación en un repliegue en sus comunidades geográficas, confesionales, e incluso tribales o familiares.

En estas condiciones, el ejército del Estado sionista se permitió el lujo de ocupar, durante el verano de 1982, la mayor parte del territorio de Líbano, desde el sur hasta las inmediaciones del valle de la Bekaa, y sitió Beirut. En un tiempo muy breve, y sin que haya habido protestas árabes, había realizado, pues, uno de sus principales objetivos: la resistencia palestina fue forzada a evacuar Beirut. Debido a la destrucción de sus infraestructuras, a su desarticulación en fracciones diversas, a la dispersión de sus militantes en diferentes países árabes, esta resistencia comenzó a comprometerse en nuevas opciones políticas, que aparecieron desde el primer año que siguió a la evacuación de Beirut. Al ir de visita a El Cairo, Arafat dio implícitamente su consentimiento al acuerdo de Camp David. Así, la OLP daba marcha atrás y entraba en el camino de las concesiones. En el escenario libanés hubo simultáneamente un cambio cualitativo de las relaciones de fuerzas, que vio a una izquierda vencida expulsada de la vida política y a una derecha triunfante apoyada por una campaña mundial.

Por segunda vez, el desembarco estadounidense, en compañía de fuerzas multinacionales occidentales, reveló el verdadero papel de Líbano en la estrategia de Occidente. La intervención estadounidense no se limitaba a su aspecto militar. Fue el Departamento de Estado quien organizó la evacuación de los palestinos por intermedio del secretario adjunto Philippe Habib y se ocupó de la firma del tratado del 17 de mayo gracias a la acción personal del secretario de Estado George Schultz.

Pero el triunfo completo de la derecha, plasmado en este tratado, provocó la protesta de las masas populares, y la izquierda se reorganizó para combatir las posiciones de Israel. La resistencia nacional se reorganizó en la mayoría del territorio ocupado. Frente a este impulso de defensa popular, el gobierno falangista fue incapaz de consolidar su poder. Las fuerzas armadas de Israel fueron puestas en dificultades por los golpes sufridos de parte de la resistencia, mientras que las fuerzas armadas multinacionales, incluidas las estadounidenses, tuvieron que reembarcarse, al haber perdido su presencia cualquier justificación.

Las alianzas políticas se reconstituyeron, aunque de manera diferente. Se vio de nuevo a la izquierda, los palestinos y Siria aliados con el fin de forzar a los israelíes a evacuar el país. Pero, al mismo tiempo, el discurso integrista se propagó rápidamente en los territorios libaneses ocupados y dio una nueva dimensión a la resistencia, creando un obstáculo adicional para la alianza política de las fuerzas nacionales y suscitando confíictos y violencia entre los elementos de esta alianza. Con la evacuación de Beirut y de Monte Líbano por los israelíes se abre, pues, una nueva etapa de la guerra libanesa, en la que los factores internos van a desempeñar un papel más importante y van a conducir a un cierto equilibrio en el escenario interno. Las conferencias nacionales, reunidas en Ginebra y luego en Lausana, estuvieron marcadas por la evolución de la relación de fuerzas internas, a su vez función de la interacción de los factores internos y externos en toda la región.

Uno de estos factores externos importantes, desde el punto de vista nacional, fue el alto el fuego entre Irán e Iraq en 1988. Las especificidades de la situación libanesa le otorgaron una dimensión particular. Pues la derrota de Irán no acarreó una derrota paralela de las fuerzas integristas libanesas vinculadas al régimen jomeinista por el hecho de que dos prioridades _la lucha contra los sionistas y la lucha contra la derecha libanesa_ relegaron todas las demás contradicciones a un segundo plano, aun cuando su expresión haya sido muchas veces sangrienta. La posición de Siria es, desde este punto de vista, significativa: Siria continuó apoyando al integrismo porque necesitaba tener en mano las cartas decisivas del confíicto libanés para hacer frente a Iraq, convertido en parte activa en este conflicto. Simultáneamente, la evolución dramática del conflicto árabe-israelí acarreó la de la OLP, que renunció a la opción de la lucha armada por la de una vía pacífica y política. En cuanto a las alianzas internas, éstas cambiaron casi por completo, y las contradicciones entre los antiguos aliados se volvieron cada vez más agudas conforme las presiones internacionales sobre las tendencias radicales en la región se hacían cada vez más fuertes. La manifestación más notoria de este cambio fue el apoyo dado al general Aún por la OLP en su guerra contra Siria, durante la cual la OLP hizo uso de los más diversos lemas para justificarse.

Se ve, pues, cómo la situación interior libanesa condujo efectivamente a una interacción ambigua de factores que influyen negativa y positivamente en la continuación de la guerra. Los partidos libaneses metidos en el conflicto parecieron estar excluidos de las decisiones políticas capaces de desencadenar la guerra civil. En la última fase de ésta, la bipolarización que era claramente visible en sus comienzos reapareció. El papel negativo de Israel emergió de nuevo, implicando la permanencia de la guerra en Líbano en función de los intereses propios del Estado sionista. Se podría ver en ello una contradicción entre estos intereses específicos y el papel de Israel en la estrategia imperialista general; pero esto no es más que una contradicción secundaria, que sólo se refleja en un desfase cronológico o táctico. Ella desaparece ante los grandes objetivos imperialistas, que hacen de la entidad sionista un elemento integrado del sistema mundial y una base avanzada del imperialismo en la región. Así se eliminan todas las contradicciones entre Israel y el imperialismo mundial. Los ideólogos de la derecha hacen hincapié, por lo contrario, en esta contradicción secundaria, a fin de justificar las concesiones que hacen en favor del imperialismo y del sistema mundial.

2) Pero, muchas veces, los planes estratégicos no tienen en cuenta las capacidades de los pueblos.

En 1982, cuando, a consecuencia de la invasión israelí, todo parecía resuelto en favor de la derecha, la protesta popular contra planes sin embargo cuidadosamente elaborados se manifestó con una fuerza que los puso en tela de juicio.

En 1988, cuando, en las cercanías de la elección presidencial, pareció concretarse un compromiso, otra protesta se expresó por intermedio de todos los aparatos ideológicos y populares, la cual desembocó en una guerra sin igual, a la que se llamó "guerra de liberación". Los factores internos demostraron ser los más poderosos, y los factores externos que se mezclaron con ellos eran muy difíciles de aislar. Se formaron nuevas alianzas nacionales, regionales e internacionales y Líbano se vió llevado de nuevo al punto de partida.

En cuanto al acuerdo de Tayef, apoyado por todas las tendencias de derecha y por las fuerzas internacionales y árabes dominantes, no pudo efectuar una reconciliación de las fuerzas internas en conflicto, ni subordinarlas a las exigencias de la presión externa, de modo que la situación se congeló en una posición intermedia que no podía ni ser superada ni progresar. Una vez más, los proyectos de las fuerzas internacionales reaccionarias fracasaron. La guerra que de ello resultó en la región este (cristiana) entre las fuerzas de Aún y las de Geagea es, sin duda, ambigua. Sin embargo, terminó en la derrota de las fuerzas que, entre los maronitas, rechazaban la reconciliación nacional.

3) ¿Qué hay del futuro?

En una cuestión tan compleja es difícil prever el futuro. No obstante, a la vista de los datos anteriormente analizados, se pueden distinguir dos tendencias que volvemos a encontrar a nivel de la orientación general del sistema mundial, sin necesariamente constituir una fiel proyección de ello.

La primera es la tendencia natural hacia la reconstitución de un Estado centralizado, especialmente en los campos de la seguridad y de la política exterior. La guerra de la región oriental sentó las bases de ello. Esta tendencia pondría a Líbano en armonía con los otros países árabes, incluso los más radicales, en la perspectiva de su integración en el sistema mundial en los niveles político, económico y cultural. Ella requiere el retorno a un cierto equilibrio de la estructura social con la abolición del confesionalismo, trasladando los conflictos políticos dentro de las diferentes comunidades confesionales y haciendo alejar con eso el espectro de la guerra civil entre las comunidades. Eso es, precisamente, lo que se verificó dentro de las dos comunidades más importantes y más influyentes: los chiíes y los maronitas.

Como consecuencia de la guerra del Golfo, lo que sólo era tendencia se convirtió en un hecho. Las cláusulas del acuerdo de Tayef se están aplicando gradualmente y el poder político, militar y administrativo del Estado central se reconstituye. Queda el obstáculo de la ocupación israelí del sur de Líbano, cuestión vital para el futuro político del país. Puede ser que esta ocupación se acabe y que el Estado sionista sea obligado a ello en el marco del establecimiento de un nuevo sistema de seguridad regional en el que desempeñe un papel primordial. Sin embargo, los problemas internos de Israel resultantes de la afluencia de una nueva inmigración están encaminados a reforzar las tendencias sionistas extremistas. En este caso pueden dejarse oír reivindicaciones de modificaciones de las fronteras, que hagan imposible la evacuación completa del territorio libanés prevista por el acuerdo de Tayef.

La conferencia de paz prevista en breve plazo y en la que los países árabes se disponen a participar se funda en la derrota después de la guerra del Golfo. Los Estados árabes reaccionan a este respecto de una manera que tiende a perpetuar el statu quo y a impedir cualquier movimiento. Desprecian la larga historia del movimiento popular anticolonialista, que rechaza la resignación y la existencia del sionismo en Palestina.

Las políticas de adaptación pasiva al sistema mundial unipolar sólo toman en cuenta los indicadores a corto plazo. No tienen en cuenta la fragilidad de los equilibrios internos de los países del mundo árabe, ni la protesta social contra las políticas de ajuste y su negativa a someterse a sus exigencias. Ahora bien, estas protestas están destinadas a ampliarse por el hecho de que el ajuste impone reorganizaciones sociales extremadamente duras para las mayorías populares.

El Líbano unificado y centralizado que se reconstituye rápidamente es más viable hoy, sin duda, que antes de la crisis del Golfo, se vuelve análogo a los otros países árabes, con sus contradicciones sociales. Parece que dejará de constituir un caso especifico, en todo caso en el futuro previsible, sobre todo si la ocupación israelí hubiera de acabarse. Acercándose a los otros Estados árabes de la región, reaccionará como ellos, positiva o negativamente, frente a las nuevas tendencias del sistema mundial. En cambio, la clase dominante libanesa sigue abrigando ilusiones sobre la posibilidad de desempeñar un papel importante en la gestión del sistema regional al lado de las clases dirigentes israelí y árabes.

Al contrario, la segunda tendencia es la de la desmembración de Líbano, fragmentado en comunidades confesionales, y su división. Ese ha sido durante mucho tiempo el proyecto israelí para con él. Se tiene, sin duda, derecho a pensar que ya no es el de la estrategia imperialista global. Pero podría ser que la afluencia de inmigrantes judíos soviéticos a Israel modifique los equilibrios internos del Estado sionista y ponga al orden del día el plan de división de Líbano.

Estas dos tendencias siempre han influido en la vida política en Líbano desde su independencia, casi simultánea a la constitución del Estado sionista. Pero hoy, por primera vez, la idea de un Líbano independiente y unificado goza del apoyo de las fuerzas internacionales unipolares, así como de las fuerzas regionales que tienen interés en situarse en este sistema y de las fuerzas árabes que se adaptan a las consecuencias de sus sucesivas derrotas. Todas estas fuerzas regionales procuran asegurarse un lugar correspondiente a lo que pretenden representar en el seno de este sistema.