¿QUÉ PERSPECTIVAS PARA EL CONFLICTO ARABE-ISRAELI

Mohamed Sid Ahmed

Reconciliación estratégica

Durante su encuentro en la cumbre de Moscú, en agosto de 1991, Bush y Gorbachov hicieron pública una declaración común sobre Oriente Próximo; en ella se fijaban el objetivo de poner término al conflicto árabe-israelí no sólo con la concertación de un acuerdo, sino, sobre todo, con nada menos que el establecimiento de una "sincera reconciliación" entre los adversarios. Es un punto de vista que concuerda plenamente con la nueva lógica de las relaciones Este-Oeste.

A decir verdad, terminar formalmente un conflicto con un tratado de paz puede resultar no ser más que una tregua, una suspensión provisional de las hostilidades. Después de todo, un tratado de paz sólo refleja la relación de fuerzas existente en el momento preciso de su firma. Ahora bien, esta relación puede, evidentemente, modificarse, y el cambio puede ser tal que vuelva vano el tratado. Pero, por otra parte, el establecimiento de una paz auténtica es algo que va mucho más allá de las relaciones entre los gobiernos beligerantes, pues concierne a las relaciones entre las sociedades mismas; este es el sentido de una "reconciliación" en toda la acepción de la palabra. Queda por saber si ello es un objetivo realista en el caso del conflicto mencionado.

Para apreciar todo su alcance, conviene no juzgarlo a través del prisma de algunos años, ni siquiera de algunos decenios. Es necesario colocarse en una perspectiva de largo plazo para comprender bien todas las dimensiones del conflicto. Desde ese momento se puede ver que este último se caracteriza por un estado de equilibrio inestable, es decir, que las condiciones presentes que lo gobiernan no pueden permanecer idénticas indefinidamente.

En el mundo bipolar que era nuestro mundo hasta una fecha reciente, marcado por una hostilidad radical entre los dos bloques, estaba admitido que uno de los dos rivales había de lograr, tarde o temprano, una victoria decisiva sobre su adversario. Este punto de vista estaba extendido a numerosos conflictos regionales, incluido el conflicto entre los árabes e Israel. Se contaba con que algún día se resuelva con la eliminación de uno u otro de los protagonistas. Eliminación, en este caso, no significa necesariamente la exterminación física del otro, del tipo "echar a los judíos al mar" o, por lo contrario,"expulsar a los árabes de Palestina al desierto". Eso puede significar simplemente que uno de los adversarios sea completamente dominado por el otro, que este último le imponga su propio sistema, en pocas palabras, lo absorba y le impida cualquier autonomía, cualquier existencia particular.

Pero en un mundo que vive bajo la amenaza del apocalipsis nuclear, la lógica de una lucha implacable llevada a cabo hasta la eliminación del otro ha dejado de ser una posibilidad viable. Y en una época en que razón y civilización son declarados los valores de referencia, la imposición forzada y por la guerra de la hegemonía de un sistema sobre el otro es clasificada ahora entre los métodos bárbaros, de donde la exigencia de compromisos históricos y de reconciliaciones, que se aplica a los protagonistas de los conflictos regionales no menos que a los otros. Partiendo de esto comprobamos que, por lo que se refiere al conflicto de Oriente Próximo, ninguno de los protagonistas, ni los Estados árabes, ni siquiera los palestinos, ni Israel, son capaces de ser eliminados en un futuro previsible, de donde resulta que habrá que llegar necesariamente a una reconciliación entre las sociedades mismas. Si así es, el problema ya no es esta eventualidad, sino: ¿cuándo?, es decir, la discusión no se refiere al principio de la reconciliación, sino a las condiciones que la harían posible y duradera. Según el parecer de las dos superpotencias, el principal punto en el orden del día de las conversaciones de paz que han de tener lugar debería ser este tema.

¿Es el atolladero solamente táctico?

Sin embargo, si esta lógica es perfectamente coherente en términos de historia y de estrategia, se enfrenta con numerosos obstáculos desde el punto de vista táctico de las realidades políticas inmediatas. Si, por un lado, la actitud árabe con respecto a un acuerdo general, idea aceptada hoy por todos los dirigentes de estos países, proviene, sin duda, de motivaciones y reflexiones nuevas, por la otra, la posición de Israel, que arrastra los pies, cuando no se trata de una pura y simple obstrucción, con respecto a la paz general, también puede ser atribuida a consideraciones y reflexiones nuevas.

En efecto, el gobierno israelí se ha dado cuenta de que las circunstancias eran favorables para una nueva oleada de inmigración judía en su país, no sólo procedente de la URSS, de Europa Oriental y de Etiopía, sino también, en un futuro próximo, de Sudáfrica, donde hay cientos de miles de judíos. Israel hace la apuesta de que, en el período que seguirá al desmantelamiento del apartheid, cuando las minorías blancas hayan perdido sus privilegios, de este país partirá una nueva oleada de emigración hacia Israel.

Desde el punto de vista del gobierno del partido Likud, resulta que el proyecto del Eretz-lsrael todavía es insuficiente. El país no debe caer en la trampa de una paz negociada que imponga límites a sus ambiciones expansionistas. Esa es la verdadera razón por la que Shamir se niega a intercambiar territorios por paz. En su opinión, las contrapartes árabes están mucho más deseosas de la paz que él. Por lo tanto, ¿por qué devolver los territorios?

La disposición de los dirigentes árabes de concertar la paz con Israel tiene orígenes que se remontan a la guerra del Golfo, si no a la guerra Iraq Irán. La invasión a Kuwait por Saddam Husein y la moderación de Israel ante los ataques de los misiles iraquíes, la cual evitó a varios regímenes árabes verse en la situación embarazosa de combatir al lado de Israel contra un país árabe, estos dos elementos hicieron sentir a los dirigentes de estos regímenes que el conflicto árabe-israelí no en todos los casos tenía prioridad sobre los conflictos interárabes. La guerra del Golfo desencadenó una crisis en el seno del mundo árabe mismo, conflictos internos que no sólo relegaron a segundo plano cualquier otro conflicto, sino transformaron la hostilidad con respecto a Israel de absoluta que era en una hostilidad sólo relativa. Este nuevo dato hacía concebible un acuerdo de paz, en ciertas condiciones.

Pero las tácticas de dilación de Israel le permiten ganar tiempo para arrancar a sus vecinos árabes cuantas concesiones sea posible. Ahora bien un tratado de paz que se apoye en la fuerza del chantaje no haría más que reflejar una relación de fuerzas desigual y dejar para el día del juicio final la eventualidad de una auténtica reconciliación entre las sociedades mismas. Mientras el conflicto permanezca rehén, por decirlo así, de tales consideraciones no se ve cómo las recomendaciones de la cumbre de Moscú, o también lo que puede llamarse el "nuevo orden mundial", podrían convertirse en realidades.

E1 "nuevo orden mundial" y la crisis del Golfo

El objetivo pregonado de este "nuevo orden mundial", que tanto se ha exaltado, es reemplazar el enfrentamiento entre el Este y el Oeste por la cooperación. Se admitía que este principio debía ser extrapolado y generalizado a todas las partes del mundo, con objeto de convertirse en un punto de referencia para todos los conflictos, y no sólo para los que se derivaban directamente de las relaciones Este-Oeste. Ahora bien, la crisis del Golfo ha constituido un desafío a estos principios. Y, en primer lugar, por la sola razón de que la coalición contra Saddam Husein ha recurrido a la guerra para obligarlo a evacuar Kuwait, mientras que el "nuevo orden mundial" partía del principio de que la guerra, como medio de resolver los litigios entre las naciones, debía ser excluida.

Sobre todo, la tesis según la cual todos los conflictos eran capaces de una solución pacífica implicaba que no debían resolverse dejando vencedores, de un lado, y vencidos, del otro, sino garantizando la satisfacción de los intereses "legítimos" de todos los protagonistas. Dicho de otro modo, el conflicto no debía ser asimilado a un juego de suma cero, en que el "más" de los vencedores iguala al "menos" de los vencidos, sino más bien a un juego de suma diferente de cero, que da un "más" a todos los jugadores. Eso no funciona sin la aplicación de un cierto número de criterios, por ejemplo, que sea el equilibrio de los intereses y no el equilibrio del poderío lo que determine el desenlace del conflicto, o también que cada una de las partes implicadas perciba la satisfacción de los intereses "legítimos" del otro como la condición de la satisfacción de sus propios intereses, en resumen, que la solidaridad humana prevalezca sobre la lucha. Por lo que se refiere a la determinación de los intereses "legítimos" y a la definición de la legitimidad, es un asunto que depende de la ley y de la ética antes que del desenlace del combate. Lo que aquí nos interesa es que ninguno de estos criterios fue aplicado en la crisis del Golfo, que se resolvió con una guerra que dejó tras ella vencedores y vencidos. Esto es un resultado que concordaría mejor con la lógica del Tratado de Versalles de 1919 que con la de la perestroika de 1987-1989 o la del "nuevo orden mundial".

Al desencadenar el incendio de la crisis del Golfo, Saddam Husein logró meter la alarma en la comunidad internacional con respecto a la vulnerabilidad del concepto de "nuevo orden mundial". La guerra que siguió a ello evidenció dos hechos esenciales: a escala mundial, que el mundo bipolar no estaba siendo reemplazado por un mundo multipolar, sino, al contrario, por un mundo unipolar, bajo la dirección de Estados Unidos; a escala regional, que el petróleo, más que el conflicto árabe-israelí, se había convertido en el factor clave en Oriente Próximo.

A los ojos de muchísimos árabes y también de fracciones no despreciables de la opinión pública europea y estadounidense, la prisa de la administración estadounidense por obtener una rápida retirada de Iraq de Kuwait estaba motivada esencialmente por intereses petroleros, antes incluso que por el deseo de experimentar nuevos tipos de armamentos y hacer alarde de hazañas tecnológicas, y mucho más que por la preocupación de aplicar las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. No había dado muestras de tanto celo cuando, por ejemplo, Turquía invadió Chipre, quince años antes. Pero también está el juego jugado por Saddam. El dirigente iraquí siempre quiso convencer a Occidente que su guerra de ocho años contra el Irán de Jomeini era una guerra por la defensa de los intereses petroleros occidentales y que él era el más capacitado para reemplazar al Sbah como gendarme del Golfo. Al comienzo de la guerra Iraq-Irán, Iraq poseía reservas del orden de 30.000 millones de dólares; al final su déficit ascendía a 100.000 millones de dólares. Como juzgaba no haber sido pagado en su justa medida por los sacrificios sufridos en la guerra, Saddam se adueñó de Kuwait.

La anexión de Kuwait exacerbó las tensiones internas del mundo árabe hasta tal punto que éstas arrojaron a la sombra las demás contradicciones de los países árabes con otros, incluso con Israel. Y, sin embargo, también se puede ver en la crisis Iraq-Kuwait otra manifestación del enfrentamiento del mundo árabe con Occidente, y, de ese modo, algo más cercano, por su carácter, al conflicto árabe-israelí que a los conflictos internos del mundo árabe. Se tiene derecho a pensar que, para Saddam, Kuwait era atractivo debido a sus enormes reservas petroleras y a su participación en los mercados financieros occidentales. La justificación de la invasión en términos de derechos históricos sobre ese territorio era un cómodo pretexto para tranquilizar a Arabia Saudí y los otros Estados del Golfo y para anunciarles que no estaba en el programa extender la invasión hasta sus propios yacimientos petroleros, aunque no fuese más que por razones tácticas.

Por otro lado, se puede igualmente sostener que la prisa de Bush por hacer restaurar la soberanía de Kuwait no provenía simplemente del papel de Estados Unidos en el "nuevo orden mundial", sino tendía a demostrar su condición de gendarme mundial del petróleo frente a eventuales competidores en un mundo multipolar, esencialmente Europa después de 1992 y Japón. No por casualidad intentó Francia varias veces salvar el rostro a Saddam, mientras que Gran Bretaña seguía la línea de sus "relaciones privilegiadas" con Estados Unidos y Alemania estaba absorbida por el proceso de la reunificación. Francia, gracias a sus antiguas relaciones de negocios con Iraq, estaba mejor situada que cualquier otro para mostrar bien la vacilación de Europa, por lo menos hasta la fecha fatídica de la expiración del ultimátum, el 15 de enero de 1991, de comprometerse incondicionalmente en el cortejo de Estados Unidos.

Con todo, los dos actores clave, Bush y Saddam, no estaban obligados a llegar hasta el punto en que ya no había otra salida que la guerra. Después de todo, el petróleo, como cualquier otra mercancía, requiere tanto un productor como un consumidor-comprador. La posición escogida por Bush, la del protector del consumidor occidental, no era necesariamente incompatible con la ambición de Saddam de convertirse en el gendarme de la producción petrolera del Golfo. Habrían podido tener entre ellos una relación del tipo de la del maestro de obras y el contratista. Pero, por ambas partes, las intenciones de la otra parte fueron mal comprendidas, porque la percepción de las cosas no era la misma, quizá también porque Saddam había ido demasiado lejos a la primera y había jugado demasiado fuerte. Estas incomprensiones y errores de cálculo tenían cierta relación con la rápida transformación de las reglas de juego a escala mundial, y eran, sin duda, inevitables.

La guerra permitió a Saddam establecer un vínculo entre la crisis del Golfo y el conflicto árabe-israelí de un modo que, más que cualquier otro acontecimiento, reveló hasta qué punto este conflicto pasaba después de la cuestión petrolera, convertida en el factor clave de la política en Oriente Próximo. Es del todo revelador que Washington, que denunciaba con tanto ardor la anexión de Kuwait como una "agresión", haya hecho saber a Israel que debía "demostrar moderación" ante los ataques de los misiles iraquíes y no lanzarse a acciones de represalia: la razón dada era que Saddam habría ganado si Israel lo hubiese tratado como un "agresor".

En realidad, al atacar a Israel, Saddam se proponía perseguir simultáneamente dos objetivos. En primer lugar, hacer resaltar su oposición a Israel para ganar apoyo masivo dentro del pueblo árabe: de resultas, Israel se convertía en una especie de escudo contra la superioridad militar y tecnológica de la coalición. En segundo lugar, quería hacer especialmente difícil para Estados Unidos conciliar sus compromisos con Israel con el apoyo de los regímenes árabes hostiles a Iraq, del que tenía necesidad.

Así pues, Saddam obligó a Washington a subordinar sus compromisos en el conflicto árabe-israelí a consideraciones estratégicas relativas a la crisis del Golfo, de modo que los intereses petroleros parecían tener prelación sobre las exigencias de seguridad consideradas vitales por Israel. Sin embargo, asegurarse el apoyo de los gobiernos árabes no trae consigo necesariamente la neutralización de los sentimientos de frustración de las masas árabes.

Una vez vencido Saddam, y para asegurarse de que la destrucción de sus capacidades ofensivas no engendraría en algún otro punto del mundo árabe la emergencia de otro Saddam, Estados Unidos no tenía otro recurso que atacar la causa fundamental de estas frustraciones: la cuestión palestina. Pero ¿cómo hacerlo sin dejar de responder a la expectativa de Israel, que exigía una contrapartida por la "discreción" que se había impuesto, no sólo en forma de ayuda financiera, sino también en forma de territorios, puesto que el ataque de los misiles colocaba la definición de "fronteras seguras" en un contexto geográfico ampliado?

Por otro lado no revestía menos importancia--y sigue revistiéndola--la desigual distribución de recursos de los países árabes, en un espacio en que se ven, lado a lado, ricos Estados petroleros con poblaciones poco numerosas, sin instituciones representativas, pero con armamentos sofisticados para los que carecen de personal capacitado, y Estados muy poblados, sin condiciones de hacer frente a inextricables dificultades económicas. Mientras el mundo bipolar se transponía en el mundo árabe y la guerra fría inmunizaba a los ricos Estados petroleros contra la amenaza de los regímenes llamados revolucionarios, esta coexistencia era aún concebible. Es la distensión EsteOeste lo que puede haber dado que pensar a Saddam, y eventualmente a otros dirigentes árabes, de que una especie de "ósmosis", entiéndase una distribución más equitativa de los recursos del mundo árabe, podía ser conseguida con la intimidación y, si fuera preciso, con la fuerza. Esta consideración está en los orígenes de la crisis del Golfo. Claro es que se podría concebir fácilmente un guión que concordaría mejor con los principios del "nuevo orden mundial", conforme al cual democratización y responsabilidad habrían de reemplazar a la represión por ambas partes de la línea de demarcación. Después de todo, la crisis del Golfo ha acelerado el despertar de las masas árabes y ha reforzado su voluntad de intervenir en la vida política. Pero ¿cómo hacer que triunfen las instituciones representativas y la democratización mientras que la militarización, la polarización y la guerra se extienden por toda la región?

En resumen, la crisis del Golfo ha demostrado que el acercamiento entre e] Este y el Oeste no ha puesto fin a todas las contradicciones, sino sólo las ha "reestructurado", es decir que la contradicción Norte/Sur prevalece sobre la contradicción Este-Oeste. Por supuesto, Oriente Próximo no es absolutamente típico de todo el Tercer Mundo por el hecho de que incluye dos elementos de importancia capital para el Norte: Israel y el petróleo. Mientras los regímenes árabes estén en un estado de conflicto protagonista con Israel, este último, como posición avanzada del Norte en la región, siempre tenderá a empujar a sus vecinos árabes más profundamente en el Sur. Pero como el petróleo es indispensable para la estructura de las sociedades desarrolladas, los países árabes pueden, gracias a él, influir en cierta medida en estas sociedades y, por eso mismo, se convierten en un elemento del juego del Norte. Por eso, el Oriente Próximo árabe no es ni típicamente del Norte, ni típicamente del Sur, sino más bien algo que se podría definir como que está en el cruce del Norte y del Sur. Y es en este punto de confluencia donde los problemas en juego cobran un alcance que va mucho más lejos que las cuestiones inmediatas.

Las superpotencias: 1) ¿Qué es más importante para Estados Unidos: Israel o el petróleo?

En su mensaje al Congreso sobre la guerra del Golfo, el presidente de Estados Unidos destacó la necesidad de garantizar la estabilidad de Oriente Próximo; que haya hecho hincapié en este punto evidencia la importancia del factor petrolero en el pensamiento estratégico estadounidense. Por su parte, los politólogos israelíes se han inquietado por la eventualidad de ver que Israel pierde el primer lugar en las prioridades estratégicas estadounidenses en Oriente Próximo en beneficio del petróleo. Si tienen razón, entonces este desplazamiento de las prioridades tiene que reflejarse en las combinaciones diplomáticas para la seguridad previstas en esta región en el contexto de lo que la administración Bush llama "nuevo orden mundial".

Mientras que el sistema bipolar de la política mundial se descomponía y, si se cree en las declaraciones oficiales, habría debido dar paso a mecanismos multipolares, la crisis del Golfo dio a Estados Unidos la mejor ocasión de asentar su hegemonía en el escenario mundial y mostrar que vivimos, aunque provisionalmente, en un mundo unipolar. El malestar sentido al principio en Europa, Japón y la URSS frente a la solución por la guerra fue reducido a la nada. Después de haber resistido hasta el último momento, Francia se comprometió a fondo junto a la coalición dirigida por Estados Unidos. Japón se inclinó ante las presiones estadounidenses y, aunque de mala gana, se comprometió a aportar 9.000 millones de dólares como contribución al esfuerzo de guerra. En cuanto a la URSS, pudo lanzar cuantas ofensivas de paz haya querido, pero la decisión de desencadenar la guerra dependió sólo de Estados Unidos. Finalmente, la total victoria militar estadounidense ha demostrado que cualquier dirigente del Tercer Mundo que osara desafiar a Estados Unidos sería aplastado.

Después de haber orquestado con semejante éxito la guerra del Golfo, Estados Unidos se declaró dispuesto a atacar el tema de la paz. Según el presidente Bush, que se ocupó en hacer saber al Congreso que numerosos Estados árabes e Israel se "han encontrado juntos frente al mismo agresor", el compromiso estadounidense por la paz en Oriente Próximo no se termina con la liberación de Kuwait. Dicho de otro modo, "ha llegado el momento de dar por terminado el conflicto árabe-israelí". Al haber, pues, triunfado política y militarmente, los estadounidenses sin duda no van a permitir que los intereses de ninguna de las partes en conflicto jueguen en perjuicio de sus propios intereses. ¿Se aplica esto si una de las partes resulta ser Israel? ¿Y qué considera Estados Unidos como su interés? ¿Un irremediable compromiso al lado de Israel, o lo que garantiza su hegemonía sobre el petróleo árabe?

En el período de la guerra fría que traía consigo un enfrentamiento de las fuerzas militares de los dos bloques, Estados Unidos tenía un interés estratégico vital en tener en Israel un poderoso aliado rnilitar. Le garantizaba un punto de apoyo seguro en la región, una fuerza disuasoria contra la influencia de la URSS, una baza estratégica de primera importancia. Pero hoy, cuando la competencia económica puede más que el enfrentamiento militar, el petróleo y el poder económico que representa pueden muy bien ganar mayor importancia en el pensamiento estratégico estadounidense. ¿Ya ha engranado la crisis del Golfo este mecanismo de cambio de prioridades? La invasión a Kuwait por Iraq fue estigmatizada por la administración Bush como un acto de agresión que necesariamente debía ser castigado con una respuesta militar masiva, mientras que los ataques de misiles iraquíes contra Israel, igualmente calificados como agresión por Bush, exigían que Israel se imponga una actitud "moderada".

En este contexto, sin embargo, no se puede ignorar el peso del lobby judío en la política estadounidense. Aun cuando el apoyo excepcional del 90 por ciento de los ciudadanos estadounidenses a Bush, en la euforia del día siguiente victorioso de la guerra, parece suficiente para inmunizarlo contra las presiones de los grupos de intereses, ésa es una situación que permanece expuesta a rápidos y bruscos cambios. Si al lobby judío le parece que Israel está amenazado, es capaz de suscitar un escándalo, del tipo del "Irangate" por ejemplo, para desacreditar a cualquier personalidad que considere responsable de esta amenaza, aunque se trate del presidente de Estados Unidos.

Por lo tanto, dos factores van a desempeñar un papel decisivo para determinar si Estados Unidos coloca la cuestión petrolera antes de la de Israel o no. El primero es, evidentemente, el problema palestino y cómo va a ser tratado; más precisamente, es saber si la OLP, a la que la cumbre de Rabat en 1974 designó como la representante legítima del pueblo palestino, halla sitio en el plan estadounidense. El alineamiento de la dirección de la OLP con Saddam Husein en la crisis del Golfo no sólo la ha descalificado a los ojos de los estadounidenses como interlocutor válido, sino también ha chocado a muchos dirigentes árabes. La Declaración (o Carta) de Damasco, elaborada por los ministros de Asuntos Exteriores de los seis Estados del Consejo de Cooperación del Golfo más Egipto y Siria, no hace ninguna referencia a la OLP. Hasta entonces, una de las razones por las que los árabes tenían interés por una conferencia internacional bajo la égida de la ONU es que dejaba la puerta abierta a la participación de la OLP a pesar de la negativa de Israel a negociar con ella. Ahora bien, en la Declaración de Damasco, la conferencia internacional ya no es más que un marco apropiado, y no el único marco apropiado, para poner fin a la ocupación israelí de los territorios. Con otras palabras, los ocho firmantes ya no insisten en la convocatoria de una conferencia internacional, lo cual puede implicar, eventualmente, negociaciones bilaterales entre Israel y tal o cual Estado árabe bajo la égida de Estados Unidos. Semejante guión elimina poco más o menos sobre seguro a la OLP de la mesa de negociaciones.

Un segundo factor es el problema del armamento nuclear. La Declaración de Damasco pedía la eliminación de todas las armas de destrucción masiva en toda la región, y principalmente del arsenal nuclear de Israel, exigencia recordada por el presidente egipcio Mubarak en su mensaje a la Asamblea Nacional, lo mismo que por el presidente Bush en su mensaje al Congreso. Pero mientras que Bush pudo estar motivado por un deseo de proteger a Israel contra ataques por los misiles árabes debido a su armamento nuclear, los árabes están determinados por la conciencia del desequilibrio que la destrucción del poderío militar de Iraq trae aparejado para toda la relación de fuerzas militares en la región.

Las superpotencias: 2) ¿tiene la URSS todavía un papel que desempeñar?

Aleksandr Besmertnik habrá sido el primer ministro de Asuntos Exteriores de la URSS en trasladarse en visita oficial a Arabia Saudí e Israel (en este último caso, desde 1967). Se puede ver un éxito en ello, en una época en que la condición de superpotencia implica cierta capacidad de ejercer influencia sobre todas las partes involucradas en un conflicto dado. Y, sin embargo, uno tiene derecho a preguntarse si la diplomacia soviética todavía está en condiciones de desempeñar un papel independiente en el proceso de establecimiento de la paz en Oriente Próximo.

A la inversa de los estadounidenses, los soviéticos sostenían que una conferencia internacional bajo la égida de la ONU era indispensable para dar paso a un acuerdo de paz. Pero ahora han admitido la idea de una conferencia que ha dejado de ser calificada de internacional, que comprendería a Estados Unidos y la URSS, pero no necesariamente a Europa, y sin duda con sólo una seudopresencia de un representante de la ONU. Es un enorme retroceso con relación a las posiciones adoptadas antes por la URSS, que va en el sentido de una aceptación de las condiciones planteadas por Estados Unidos e Israel.

La ventaja de la conferencia "regional" sobre la conferencia "internacional", por lo menos la que se invoca públicamente, es que Israel siempre rechazó la segunda argumentando que se vería aislado si esta conferencia adoptase una resolución que condenara sus métodos, y que, de ese modo, su soberanía estaría amenazada. En cambio, la conferencia regional le es aceptable y, efectivamente, ha sido aceptada. Aun cuando esta conferencia, a petición de Israel, hubiera de reducirse a una sesión inaugural, por lo menos, es lo que se sostiene en su favor, el proceso de negociación estaría engranado. Sin embargo, esta concepción trae consigo gravísimos riesgos: uno de los más notables es que implica que el conflicto podría ser resuelto con negociaciones directas fuera del marco del derecho y de la legalidad internacional. E Israel puede, por lo tanto, interpretarla como una aceptación tácita por los árabes de renunciar a basar un acuerdo de paz sobre la resolución 242 del Consejo de Seguridad, que ha establecido el principio de la devolución de los territorios por la paz. Además, los árabes, que temen que Israel se niegue a devolver los territorios, ven alimentados sus temores con las declaraciones de Shamir, que proclama que Israel no renunciará a Jerusalén ni a ninguna porción del Eretz-lsrael, es decir, de Palestina.

Todo el mundo sabe que Estados Unidos no ejerce presión sobre Israel y que afirma que todo lo que puede hacer es intentar convencerlo de que no puede lograr una verdadera seguridad más que si hay un acuerdo de paz. La URSS, por su parte, siempre ha sostenido que Israel es el agresor y que los árabes, sobre todo los palestinos, son las víctimas de la agresión. En este punto, Moscú nunca cambió de posición. Ahora bien, la URSS ha ratificado la resolución 678 del Consejo de Seguridad que ha autorizado el uso de la fuerza contra Iraq a causa de su agresión contra Kuwait. ¿Cómo puede justificar que no se ejerza ninguna presión contra el agresor israelí, mientras que la resolución de la ONU en la crisis del Golfo autorizó contra el agresor no sólo presiones, sino hasta la guerra?

Quizá la presión más eficaz que Moscú podría aplicar contra Israel se refiere a la emigración de judíos soviéticos hacia este país. Hacer depender la continuación de esta emigración de los progresos en el proceso de paz, vincularla con la renuncia israelí a su política de nuevas implantaciones en los territorios ocupados, no sería abandonar el principio del derecho a la emigración de cualquier ciudadano, sino simplemente reconciliarlo con este otro principio de repeler la agresión y suprimir sus consecuencias. Pero Besmertnik ha afirmado que la emigración de los judíos era un asunto interno de la URSS, vinculado al proceso de democratización, que nada tenía que ver con las negociaciones entre beligerantes en Oriente Próximo.

En cuanto a la cuestión de la reanudación de las relaciones diplomáticas entre la URSS e Israel, Moscú se ha apartado de su posición inicial, que vinculaba este restablecimiento con la evacuación por Israel de los territorios ocupados; no está vinculada ya más que a la convocatoria de una "conferencia de paz", cualesquiera que sean su modo de convocatoria y su composición. Moscú estima ahora que la decisión de romper las relaciones diplomáticas fue un error, sobre todo porque reducía sus posibilidades de intervención eficaz en el proceso de paz. Sin embargo, parece que la intransigencia de Shamir impidió a Moscú sacar provecho de la primera visita oficial de su ministro de Asuntos Exteriores para restablecer las relaciones diplomáticas, una intransigencia que la disponibilidad que pregonaron los Estados árabes, incluidos los del Golfo, a entablar las negociaciones sólo hace más escandalosa.

Los protagonistas regionales: 1) ¿Cuáles son las cartas de Shamir?

¿En qué medida está decidida la administración Bush a hacer avanzar el proceso de paz a pesar de la obstrucción de Shamir? Esto es lo que recientemente han sometido a prueba los países árabes que han hecho introducir en el orden del día del Consejo de Seguridad la cuestión de las implantaciones israelíes en los territorios ocupados. Al mismo tiempo intimaban a la administración estadounidense a que haga saber si estaba dispuesta a dar prueba de la misma determinación que mostró en la crisis del Golfo y en el asunto de los kurdos.

Si Bush siempre mantuvo que existía un estrecho acuerdo entre Estados Unidos e Israel, entretanto ha pasado a admitir que hay diferencias de apreciación entre los dos países, en particular sobre la política de colonización en los territorios ocupados. Era una respuesta a la declaración de Shamir, que rechazaba la sugerencia estadounidense de detener cualquier nueva implantación y evitar que los inmigrados soviéticos vayan a instalarse. En la misma declaración, Shamir rechazaba la participación de la ONU en la conferencia de paz y afirmaba que la conferencia plenaria no debería reunirse más que por una sola sesión. Con todo, continuaba proclamando que estas diferencias no afectarían las relaciones con Estados Unidos. La confianza que manifestaba a este respecto se justificó un poco más tarde, cuando una propuesta de cortar la ayuda a Israel a causa de la continuación de la política de colonización en Cisjordania y Gaza fue rechazada por una mayoría aplastante en el Congreso. Shamir había desafiado, pues, a Bush con éxito en su propio terreno. Y, de hecho, la administración estadounidense no ha dejado de asegurar que no ejercerá presión sobre Israel. Al mismo tiempo, esta administración no ve nada malo en ejercer presiones sobre otras partes implicadas cuando estima que es un medio de inducir a Israel a mostrarse más receptivo a las propuestas estadounidenses. No es un secreto: el secretario general de la ONU ha sido objeto de fuertes presiones para que "persuada" a la Asamblea General a anular su resolución que hacía del sionismo una variedad de racismo; según los estadounidenses, tal decisión habría podido convencer a Shamir de dejar de oponerse a la participación de la ONU en la conferencia de paz.

En un mundo en que la interdependencia no hace sino cobrar cada vez más importancia, incluso para una superpotencia, la toma de decisión no puede hacerse aisladamente, libre de presiones y de coacciones externas. Al acercarse a una elección presidencial, el actual presidente no puede permitirse acarrearse la enemistad del poderoso lobby israelí del Congreso. Pero, al mismo tiempo, con la proximidad de la crisis del Golfo, cuyo recuerdo sigue estando vivo, es importante que el sentimiento de frustración y desesperación del hombre de la calle en los países árabes permanezca por debajo del nivel a partir del cual se convertiría en una amenaza para los intereses petroleros estadounidenses. Así pues, el presidente estadounidense está sometido a dos fuertes coacciones de sentido opuesto, y queda por saber cuál podrá más que la otra.

Por el momento, parece que Bush continúa apostando por el futuro. Recientemente, al recibir una delegación de una asociación judía estadounidense, ha declarado que unas conversaciones directas entre Israel y sus vecinos ya no eran un sueño lejano, porque todo el mundo pudo sacar de la crisis del Golfo la lección de que la geografía sola ya no bastaba para garantizar la seguridad de Israel. El poderío militar solo no lo puede; sólo una reconciliación auténtica podía garantizar la seguridad de Israel y de sus vecinos de manera duradera. Estas observaciones de Bush, que iban a convertirse en un punto central del comunicado de la cumbre de Moscú, han aparecido como una réplica indirecta al rechazo de las propuestas estadounidenses de parte de Shamir.

El hecho es que han cambiado muchos de los factores que afectan la lógica de los conflictos irremediables del tipo del conflicto árabe-israelí. La tecnología avanzada del mundo ha modificado las connotaciones políticas de la palabra "geografía". Las superpotencias patrullan el espacio, misiles y fotografías por satélite son de uso corriente en la guerra de hoy, de tal modo que fronteras "seguras" y fronteras geográficas ya no coinciden. Hoy en día, la seguridad de una nación ya no se deriva directamente de su soberanía sobre un territorio delimitado por fronteras bien precisas.

La significación de la palabra "seguridad" también ha cambiado en el campo de lo político. Las redes de intereses interconectados entre diversas comunidades son tan apretadas que todo lo que afecte la seguridad de una de ellas ha de afectar fatalmente la seguridad de muchas otras. De ahí la exigencia de respetar un sistema mundial de obligaciones recíprocas, que va extendiéndose; pues cualquier infracción de estas obligaciones puede desencadenar una reacción en cadena tan fuerte que afecte a muchas partes fuera de las que están directamente implicadas en tal o cual conflicto.

En los días siguientes a la guerra del Golfo se creía generalmente que se abría una ocasión favorable para dar solución a todos los conflictos de la región y, sobre todo, al conflicto árabe-israelí, y que Washington estaba en situación de desempeñar el papel decisivo. Incluso quienes habían combatido la frase propagandística según la cual los estadounidenses estaban en posesión, al cien por ciento, de todas las cartas del juego ya no estaban en condiciones de combatirla. Pero uno tiene que preguntarse si no es Shamir quien está en posesión de todas las cartas, al cien por ciento, en el nuevo juego de la interdependencia multilateral. Al parecer está bien resuelto a obstruir el proceso de paz hasta las elecciones israelíes, primero, y hasta las elecciones presidenciales estadounidenses, después, es decir, durante los dos próximos años; al hacer esto corre peligro de hundir a toda la región en un ingobernable desorden. Lo más inquietante a este respecto son recientes declaraciones de portavoces militares israelíes según las cuales Israel ya ha preparado sus planes para una eventual guerra futura.

Los protagonistas regionales: 2) La OLP reemprende su ofensiva de paz

Arafat, se sabe, ha dado pruebas, estos últimos tiempos, de una moderación que se puede decir sin precedentes; es evidente que esta actitud tiende a reforzar el campo de la paz en Israel mismo y a ampliar la oposición a Shamir. Sin duda, tiene que haber contado con que ella lo rehabilitaría a los ojos de los estadounidenses y les induciría a levantar la especie de bloqueo al que ha estado sometido, incluso en el mundo árabe, desde que tomó partido por Iraq en la crisis del Golfo. Sus proposiciones de paz son también un modo de recordar que personalidades palestinas que no se supone que están afiliadas a la OLP y que hablarían en nombre de los habitantes de los territorios ocupados no son los únicos interlocutores posibles y que la dirección de la OLP debe necesariamente desempeñar su parte en cualquier conversación de paz. De hecho, Arafat tiene, más que ningún otro representante palestino, el poder y la competencia para hacer concesiones. A diferencia de otros dirigentes palestinos, que tienen cuentas que rendirle, él no tiene que rendirlas.

Washington ha hecho uso del apoyo de Arafat a Saddam Husein durante la crisis del Golfo para acallar a sus amigos, que insistían en la reanudación del diálogo entre Estados Unidos y la OLP y para que la OLP participe en las negociaciones de paz. Evidentemente, todo el mundo lo sabe, si hay dificultades en constituir una delegación palestina para estas negociaciones no es que los palestinos no estén de acuerdo en la elección de sus representantes: incluso se han mostrado muy flexibles a este respecto. La dificultad proviene de la insistencia de Israel, que pretende excluir no sólo a la OLP, sino a todos los palestinos de Jerusalén. Ahora bien, no habría que olvidar que si la postura pro-Saddam de Arafat le ha merecido perder buena parte de su audiencia en el escenario internacional, le ha hecho ganarla enormemente entre los palestinos.

El mismo ha hecho saber recientemente que estaba dispuesto a entablar negociaciones con Israel directamente y sin la mediación de una tercera parte (especialmente, en el transcurso de una entrevista con el pacifista israelí Abe Nathan). También ha declarado que antes de la firma definitiva de un acuerdo de paz estaría dispuesto a anular todas las disposiciones y menciones de los documentos oficiales de la OLP que ponen en tela de juicio el derecho a la existencia del Estado de Israel. Sin dejar de hacer hincapié en el hecho de que la OLP es el único representante del pueblo palestino, ha agregado que, como los palestinos son demócratas, aceptaría que haya un referéndum sobre este punto, con la condición de que sea supervisado por la ONU en los territorios ocupados y donde quiera que vivan los palestinos. También ha afirmado que, una vez entabladas las negociaciones entre el gobierno israelí y representantes de la OLP (lo que implícitamente significa que la OLP no estaría representada necesariamente por sus máximos dirigentes), ,haría todo lo que de él depende para impedir cualquier acto de violencia de elementos disidentes durante el transcurso de las negociaciones, con la condición de que Israel se comprometa a hacer otro tanto por su parte. En cuanto al problema de los colonos israelíes instalados en los territorios ocupados que, como consecuencia de la paz, deberían pasar bajo soberanía palestina, Arafat ha declarado que "el Estado palestino no procederá a ninguna discriminación contra quienquiera que sea a causa de sus creencias, de su color o de su raza", lo cual constituye una concesión de importancia capital. Y, última y mayor concesión, Arafat declara abiertamente que ya no rechaza la idea de una solución gradual, que comprendería una transición progresiva de la autonomía a la independencia.

Construir la paz por etapas quiere decir que el proceso de su establecimiento no habrá de depender exclusivamente de las relaciones de fuerza y de poderío, sino que será guiado hasta cierto punto por el equilibrio de los intereses de las partes implicadas. Porque la relación de fuerzas es un dato variable, sujeto a cambiar con el tiempo; colocarlo por encima de cualquier otra consideración es no tener en cuenta el factor tiempo en este proceso. Fijar etapas que pueden extenderse por un período relativamente largo, supongamos de cinco a diez años, por ejemplo, es determinarlas en función de factores que no pueden ser pura y simplemente asimilados a una situación pasajera de la relación de fuerzas en un momento dado. De ahí la idea del equilibrio de los intereses, es decir, el reconocimiento de que el adversario tiene intereses que tienen que ser tomados en cuenta en tal o cual fase. La aceptación de este proceso por etapas por Arafat responde a los deseos de los círculos políticos israelíes, que han expuesto planes, sin duda inaceptables para las partes árabes en su forma y su conjunto actuales en cuanto al fondo, pero que prevén, en cuanto al procedimiento, un proceso sincronizado de compromisos mutuos basados en la reciprocidad en períodos de tiempo determinados. O también: a cada paso dado por una de las partes debe corresponder un paso dado por la otra; así, las intenciones de cada parte son constantemente verificadas y sometidas a prueba por esta serie de pasos correlativos. Es la manera de crear un mecanismo que engendre poco a poco una confianza mutua y la haga crecer.

En conclusión, Arafat ha hecho hincapié en el mecanismo efectivo por el que las obligaciones mutuas de las partes podrían ser cumplidas a lo largo de este proceso de paz de tal modo que garantice la seguridad de ambas partes en cada etapa. Sin duda se dirá que Arafat no tenía donde escoger y que le era necesario reemprender su ofensiva de paz después de que la táctica de echar un pulso empleada por Saddam Husein hubo desembocado en un total desastre y después de la liquidación de todas las bases desde las que la guerrilla podía actuar, incluidas las del sur de Líbano. Y, como dice el proverbio, la mejor defensa es el ataque. También se puede hacer notar que, fuera de la OLP, todos los regímenes árabes implicados en el conflicto con Israel se alinearon con Estados Unidos durante la crisis del Golfo o, por lo que se refiere a Jordania, recuperaron su confianza después de la guerra; por eso, la dirección de la OLP tenía necesidad de tomar una iniciativa audaz que pudiera incitar a Washington a volver a abrir su diálogo con ella. Al frente, Shamir, con su actitud intransigente, obligaba a los estadounidenses a llevar a cabo negociaciones con personalidades palestinas como Faisal Huseini o Hanan Aschraui; Siria aceptaba el plan Baker, lo que c constituía un desafío para la OLP, y se proponía distinguir las negociaciones entre Israel y los Estados árabes de las negociaciones sobre el problema palestino, lo que se denominó solución en dos pistas; y eso era el núcleo del plan estadounidense. Ante todos estos hechos, Arafat estaba evidentemente obligado a intervenir rápida y audazmente.

La solución en dos pistas fue propuesta con el pretexto de que las iniciativas de la OLP carecían de credibilidad Consejo Nacional Palestino había aprobado estas iniciativas durante su reunión en Argel, en noviembre de 1988, y Arafat había confiado las proposiciones de paz, que comprendían concesiones, durante su conferencia de prensa en Ginebra, en diciembre del mismo año, en el momento de la sesión de la Asamblea General de la ONU en esta ciudad. Pero resulta que actuó de una manera difícilmente compatible con esta iniciativa cuando la invasión de Iraq a Kuwait le dio la ocasión de seguir otra línea. De ello resultó que Israel quiere necesariamente concertar primero acuerdos de paz con todos los Estados árabes que podrían, tarde o temprano, embarcarse en una aventura del tipo de la de Saddam antes de pensar en un acuerdo con los palestinos.

Para resumir, no hay ninguna razón para suponer que Shamir se mostraría más receptivo a la idea de una paz por etapas que con respecto a todas las iniciativas de paz hasta ahora. Siempre las rechazó todas, sea de entrada, sea planteando condiciones inaceptables.

Que recientemente haya declarado que no tenía intención de impedir la reunión de la conferencia regional para la paz, a fines de este año, no cambia fundamentalmente la situación.

La era del desarme y la proliferación nuclear en Oriente Próximo

El descubrimiento, reciente, del secreto programa de armamento nuclear iraquí es apenas la punta del iceberg. Si el programa de Iraq ha sido descubierto es únicamente porque este país estaba forzado a dejar que los equipos de inspección de la ONU actuaran en su territorio, en aplicación de las cláusulas del alto el fuego impuestas por el Consejo de Seguridad de la ONU. Como consecuencia de su derrota, Iraq no estaba en condiciones de invocar el ejercicio de sus derechos de soberanía para protegerse de los inspectores y el secreto fue revelado al mundo entero. Pero ¿qué hay de los numerosos países que siguen estando protegidos contra cualquier inspección de la ONU por el simple hecho de que no han violado el derecho internacional de manera tan flagrante como en el caso de la anexión de Kuwait por Iraq?

Ahora bien, es bien sabido, sin embargo, que Israel y Sudáfrica disponen de un potencial de armamento nuclear no declarado. Estos dos países tienen los científicos y técnicos necesarios, los contactos, los recursos indispensables para el financiamiento de estos programas; y, además, no carecen de vínculos con las potencias nucleares "declaradas" a través de toda clase de redes, lo que facilita el desarrollo de su potencial nuclear. Occidente, para el cual estos dos países son, en resumidas cuentas, extensiones, acepta todo eso y no hace la menor objeción a sus programas nucleares secretos.

Sin embargo, la tecnología avanzada de tales armamentos no puede seguir siendo indefinidamente un secreto bien guardado. Se difundirá fatalmente allende el círculo de las potencias del club nuclear. Además es inevitable que el dominio de esta tecnología por un país como Israel induzca a sus vecinos a hacer todos sus esfuerzos para tratar de obtenerla, secretamente, también ellos, muy especialmente si no hay solución para el conflicto árabe-palestino. Por lo demás, los trabajos clandestinos emprendidos por un cierto número de países en este sentido ya han conducido a la aparición de una categoría de países, a los que se denomina casi nucleares. Cualquiera que sea la voluntad de limitar la proliferación nuclear de parte de la comunidad internacional, esta categoría no puede sino crecer.

En ello hay la señal de una inquietante dicotomía. Por un lado presenciamos los progresos del desarme global cuando Estados Unidos y la URSS después de largas y difíciles negociaciones con objeto de limitar las armas

estratégicas, logran firmar el tratado START, de gran alcance histórico, puesto que pone punto final a la guerra fría e inaugura un nuevo tipo de relaciones Este-Oeste. Pero, por el otro lado, en cuanto se trata de todo lo que entra en la rúbrica de las relaciones Norte-Sur, presenciamos algo que parece ir en una dirección diametralmente opuesta. Israel, en su calidad de extensión de Occidente, se niega a admitir que posee un arsenal nuclear, rechaza, por consiguiente, que esta cuestión sea debatida en eventuales negociaciones de paz y, todavía más, que se discuta de las condiciones en las que este potencial nuclear podría ser desmantelado. Esta voluntad de desunir este problema, cueste lo que cueste, del desarrollo de un proceso de paz tiene asegurado tácitamente el apoyo de Washington, y, de esta manera, no se puede sino favorecer la proliferación de las armas de destrucción masiva en todo Oriente Próximo.

La paz por medio de etapas sin reciprocidad

Desde que todas las partes implicadas han aceptado el principio de una conferencia regional de paz que sería el punto de partida de las negociaciones, un esquema del desarrollo de estas conversaciones parece ya haber sido elaborado, aunque no haya sido publicado oficialmente. Todo lo que se sabe de él va en el sentido de un proceso en marcha que, si continúa de la misma manera, tendrá consecuencias muy negativas para el establecimiento de la paz en la región. Este proyecto es exactamente lo contrario del procedimiento de la posguerra fría para la solución de los conflictos regionales, que descansaba en la búsqueda de soluciones con acuerdos equilibrados y concomitantes entre los protagonistas.

Aquí, el esquema "informal" ya listo exige que las partes árabes hagan primero concesiones a Israel para alentar a este último a responder más tarde a sus demandas. Es decir, se admite que las negociaciones no hayan de progresar con concesiones recíprocas en tal o cual etapa, y simultáneas, sino en dos fases sucesivas: una primera, en que los árabes harían importantes concesiones, y una segunda, en la que Israel, una vez tranquilizado por la aceptación de sus demandas, sería invitado a responderles.

Los informes de prensa sobre las conversaciones semioficiales de los estadounidenses las presentan bajo el aspecto de un intento de Washington de tranquilizar a Tel Aviv informándole sobre el esquema de desarrollo previsto para las negociaciones de paz; tienden, pues, a confirmar esta interpretación. Ahí dentro hay la idea de que Israel debe recibir todas las seguridades necesarias sobre los puntos delicados tales como la representación palestina, los nombres de los miembros de una delegación palestina y hasta, según los rumores, [exclamdown]el texto de los discursos que serían pronunciados por las diversas delegaciones en la sesión inaugural!

Este análisis también está confirmado por un cierto número de circunstancias. En primer lugar, como parece que las partes árabes tienen más necesidad de la paz que la parte israelí, no podemos extrañarnos que las terceras partes se aprovechen de ello para arrancar las máximas concesiones posibles a los árabes, especialmente en el transcurso de la fase preparatoria. En segundo lugar, como es Israel el que ocupa territorios y el que tiene por eso mismo una baza material entre las manos, que se le pide que devuelva, los promotores del guión de paz creen que el rechazo opuesto por Shamir a la devolución de los territorios ocupados descansa en razones sólidas, puesto que ambas partes desean la paz y [exclamdown]sólo una desea la devolución de los territorios! Pero, sobre todo, mientras que los árabes tienen muchísimo interés en concertar la paz ahora, no se puede decir lo mismo de Israel, que espera acoger nuevos inmigrantes y, por lo tanto, tendría necesidad de más espacio para instalarlos. Con esta idea en la cabeza, Israel no considera que este momento sea el mejor para concertar un acuerdo de paz, cuyas cláusulas le obligarían a devolver sus conquistas. En consecuencia, las partes árabes tendrían que ofrecerle mucho más que sólo la paz para incitarlo a firmar la paz. Y, con este fin, se estima que harían bien en proponer concesiones [exclamdown]sin pedir nada a cambio! Por último, todos los que desean que las negociaciones se celebren conforme a este guión insisten en el llamamiento de la cumbre de Moscú a una "sincera reconciliación". Recalcan que, si es cierto que tropiezos, tensiones y guerras pueden aún retrasar el proceso de paz, no pueden anular, en última instancia, la necesidad general de alcanzar la paz. Ante la intransigencia israelí, por lo tanto, las partes árabes no tendrían más remedio que conformarse con el guión trazado.

Así pues, conforme a esta lógica, los árabes son invitados a satisfacer las exigencias de Israel y a contentarse con hacer tomar nota de sus reservas, con objeto de que se pueda tomarlas en cuenta cuando se presente la ocasión, es decir, no se sabe cuándo en un futuro lejano e indeterminado. Así ocurrió con la cuestión de la representación palestina cuando los árabes fueron invitados a no dejar que la negativa israelí de admitir representantes de la parte oriental de Jerusalén pusiera en tela de juicio todo el proceso de paz.

Este guión obliga a todas las partes implicadas a alejar del marco de las negociaciones el derecho internacional y las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y la ONU misma; por eso mismo está cargado de peligros. Se aparta de la actual relación de fuerzas entre los protagonistas y ya no tiene en cuenta el equilibrio a largo plazo de los intereses de las diferentes partes. Para este guión, sólo el protagonista intransigente debe ser recompensado, mientras que el que responde al llamamiento del restablecimiento de la paz debe hacer todas las concesiones. Ya hemos observado que muchos de estos "mediadores internacionales" no tienen nada que objetar a un tipo de proceso de paz que ignora y hace caso omiso de la posesión no declarada de armamento nuclear por Israel. Otros incluso han expuesto la idea de que Israel debería convertirse en miembro de la Comunidad Europea en agradecimiento por su aceptación del guión de negociación para la paz.

Más grave que todo, no hay la menor garantía de que las concesiones de los árabes les procurarán, tarde o temprano, la satisfacción de sus reivindicaciones, cualesquiera que sean las reservas que puedan hacer y expresar, incluso fuertemente. Ya tenemos un ejemplo de ello con los acuerdos de Camp David; como no se pudo llegar a ningún acuerdo sobre la cuestión de Jerusalén, Egipto e Israel expusieron sus puntos de vista opuestos en cartas separadas dirigidas al presidente Jimmy Carter. Pero aunque no haya habido ningún acuerdo, Israel trata hoy la cuestión de la representación palestina de la parte oriental de Jerusalén sólo desde su punto de vista, tal como lo había definido en la carta a Carter, sin preocuparse en lo más mínimo de saber si es compartido por las demás partes implicadas; ese es un comportamiento que constituye una amenaza para el proceso antes de que la conferencia y las negociaciones se hayan inaugurado.

Si ninguna brecha decisiva en dirección de la paz puede hacerse, entonces hay que esperarse que el desorden regional cobre proporciones sin precedentes. Ya hemos hablado de un guión catastrófico, el de una versión siglo XXI de las Cruzadas, en que el conflicto árabe-israelí evolucionaría de una motivación nacionalista a una motivación de fundamentalismo religioso. En verdad, si Israel hubiera de integrarse a una Europa unida, el Estado judío aparecería como el escudo del cristianismo a los ojos del movimiento fundamentalista islámico, cuya influencia se extiende desde Marruecos hasta Irán [exclamdown]e incluso todavía más, hacia el este! Una alternativa podría ser un guión liberal-occidental, que hiciera de Israel la superpotencia regional, el polo de Oriente Próximo en un mundo multipolar. También este otro guión no haría más que engendrar desórdenes y tempestades, y, de todos modos, no sentaría las bases de una "sincera reconciliación".

Un tercer guión sería aquel en que los árabes recuperaran la iniciativa, y que estaría basado en una autonomía colectiva; con otras palabras, ya no descansaría en la búsqueda de apoyo de parte del Norte, es decir, particularmente de Estados Unidos, como si éste poseyera las claves de una solución en Oriente Próximo. Aquí, quien dice búsqueda de apoyo quiere decir, en realidad, dependencia con respecto del Norte. Tal acción autónoma no permitiría que las frustraciones engendradas por las manipulaciones del Norte tomen la forma de movimientos sectarios e incontrolables. Pero ¿puede esperarse que las partes árabes recuperen la iniciativa en una época en que las contradicciones interárabes tienen prelación sobre las demás en esta región? ¿Puede haber, en estas condiciones, una opción viable para la paz?