EL PENSAMIENTO ESTRATÉGICO DE ISRAEL

Benjamín Beit-Hallahmi

Comparados con los de los demás países del área mediterránea, y quizá de todos los países del mundo, los problemas estratégicos y, por lo tanto, el pensamiento estratégico de Israel constituyen un caso completamente excepcional; lo que aquí está en juego no es el poderío ni la superioridad sobre los Estados vecinos, sino nada menos que la supervivencia. Y, en este caso, supervivencia no significa la de un régimen dado ni la de una hegemonía en el seno del Estado-nación, sino la simple existencia de ese Estado-nación.

Esta existencia misma es, a la vez, un elemento y un resultado, una reflexión, del conflicto Norte-Sur. En efecto, en el siglo ~, Israel y Sudáfrica son los únicos países en que minorías europeas han conquistado su independencia en pleno corazón del Tercer Mundo (ver Beit-Hallahmi, 1991). Por lo que se refiere a Israel, este Estado-nación tiene como peculiaridad única la de ser un hecho colonial constantemente amenazado. Su supervivencia depende de su capacidad de hacer frente a la oposición de los habitantes del país a expensas de los cuales se ha creado y a la hostilidad de los Estados-naciones que lo rodean. Sobre él se cierne siempre la sombra proyectada de las Cruzadas y el recuerdo de esa batalla de Hittin (1187) que puso punto final a la existencia del reino cristiano de Jerusalén. Evitar semejante destino: tal es el reto que afronta el pensamiento estratégico israelí. La supervivencia de este Estado parece muchas veces milagrosa, pero, en realidad, es resultado de decisiones estratégicas y de una planificación política a largo plazo, que descansan en opciones fundamentales que se remontan a la década de los cincuenta y que los dirigentes israelíes han aplicado con obstinación y tenacidad.

1. Las relaciones con los países vecinos

Desde que existe, este Estado ha estado constantemente en guerra con todos los Estados limítrofes y, por lo demás, con todos los Estados de la región, con la única excepción de la paz con Egipto en 1979. De hecho, este acuerdo representa un éxito estratégico histórico para el sionismo. Antes, desde la década de los cincuenta hasta 1967, Israel había vivido constantemente bajo la amenaza de la unidad árabe dirigida por el Egipto naseriano. La guerra de 1967 puso fin a la posibilidad para Náser de convertirse en el Saladino moderno y garantizó a Israel seis breves años de hegemonía regional, hasta 1973. Además, las concepciones estratégicas israelíes están fuertemente orientadas por la conciencia, y la realidad, de un aislamiento en la región, que le impone buscar la mayor autonomía y respuestas de carácter excepcional; al mismo tiempo, la elección de las alianzas posibles es muy reducida.

2. Una opción estratégica: la alianza con Estados Unidos

La primera opción efectuada, y de la cual se deriva todo el resto, se sitúa en la tradición del movimiento sionista de antes de la independencia de 1948. Este había buscado alianzas con las potencias imperialistas para conseguir la creación de un Estado judío en Oriente Próximo. Al comienzo, el sionismo de fines del siglo XIX había previsto una alianza con el Imperio Alemán, después, con el Imperio Otomano; finalmente hizo alianza con Gran Bretaña, y eso es lo que le permitió progresar considerablemente en la búsqueda de sus objetivos. Con la decadencia del poderío británico, el sionismo pasó a la decisión y a la opción de hacer alianza con Estados Unidos. En este marco, Israel resultó ser un socio eficaz en toda esta región y en otras zonas del Tercer Mundo (ver Beit-Hallahmi, 1987). Todas las demás decisiones estratégicas sólo han sido posibles gracias a esta alianza fundamental. De los aproximadamente 100.000 millones de dólares que Israel ha recibido del mundo capitalista avanzado desde 1948, 45 fueron suministrados por el gobierno estadounidense y sus diversos organismos y agencias, es decir, más que lo que el Plan Marshall proporcionó a Europa Occidental de 1947 a 1951.

El ex ministro de Asuntos Exteriores Abba Eban ha destacado la importancia capital de esta alianza en los siguientes términos: "En toda la historia contemporánea, nunca un pequeño Estado ha debido hasta tal punto la mayor parte de su poderío y de su viabilidad a otro Estado. En este caso se trata de un apoyo en tres terrenos. En primer lugar, sólo Estados Unidos nos ha permitido llegar a la superioridad militar ... Luego, sólo Estados Unidos ha hecho posible el desarrollo y el crecimiento de la economía israelí ... Por último, sólo Estados Unidos se opone con éxito a las tentativas de los organismos internacionales de impugnar o de abolir la legitimidad de nuestra existencia como Estado" (Citado por Beit-Hallahmi, 1987, p. 189). En cambio de este apoyo de importancia por una superpotencia, Israel ha dado pruebas de que constituía a la vez un cliente, un socio y un puntal estratégico completamente útiles en Oriente Próximo y más allá de él. Y de hecho, Israel, que se había decidido en 1948 a favor de una política exterior de neutralidad y de no alineamiento con las superpotencias, cambió de actitud en 1950 y se metió en la guerra fría al lado del "mundo libre" y llegó hasta querer entrar en la OTAN o, por lo menos, concertar un pacto de defensa con Estados Unidos. Aun cuando tal tratado nunca fue firmado oficial y públicamente, ambos Estados no por eso dejaron de colaborar muy estrechamente en el terreno de la estrategia global. En 1962, el presidente Kennedy declaraba que las relaciones israelí-estadounidenses "no eran comparables más que con las que existen entre Estados Unidos y Gran Bretaña, referidas a los principales problemas mundiales" (citado por Beit-Hallahmi, 1987, p. 190). En 1981, ambos Estados firmaron un documento de acuerdo sobre la cooperación estratégica, tendiente a neutralizar "la amenaza a la paz y seguridad regionales procedente de la Unión Soviética o exterior a la región". Además, Israel ha resultado ser un puntal estratégico incomparable, y en todo caso sin rival, entre todos los demás aliados de Estados Unidos, en la medida en que no ha vacilado en implicarse en la defensa de los intereses estadounidenses en el mundo entero, en varios continentes. La lista de estas intervenciones--aprobadas por Estados Unidos--comprende "zonas de disturbios" tales como centroamérica y Sudáfrica, así como Extremo Oriente (ver Beit-Hallahmi, 19%7). El escándalo del Irangate ha sacado a luz numerosos ejemplos de la estrecha colaboración del Estado israelí con las operaciones secretas estadounidenses en todo el mundo. De ello se deducen dos consecuencias: primero, que se puede confiar en Israel con toda razón, y luego, que, al mismo tiempo, no se lo puede tratar simplemente como un Estado-cliente, sino como un socio, un aliado, en toda la extensión de la palabra, y ésa es una situación excepcional con relación a Estados Unidos.

Pero los recientes cambios en las relaciones entre superpotencias y la atenuación de los conflictos regionales son un problema desde el punto de vista de Israel, ahora que la hegemonía estadounidense ya no es desafiada sino / muy pocas veces. Por consiguiente, los servicios que el Estado israelí podía prestar como socio global corren peligro de ya no ser necesarios, y su valor desde el punto de vista estadounidense, se encuentra con que está de baja. Muchos observadores han notado una especie de enfriamiento en las relaciones con Estados Unidos por estos y por algunos otros motivos; es la circunstancia más temible que pueda haber para la estrategia de supervivencia de Israel. Por lo que se refiere a alianzas con otras potencias mundiales, ésta es una perspectiva que no parece que pueda plasmarse fácilmente.

3. La estrategia "periférica"

Uno de los aspectos de la estrategia de supervivencia definida a comienzos de la década de los cincuenta era, por una parte, una respuesta frente al movimiento de descolonización y radicalización del mundo árabe de esos años, pero también se situaba en la línea de los antiguos planes del sionismo. Se trata de la estrategia periférica, que descansaba en la idea de que Israel debía aliarse con los países no árabes en la periferia del grupo de Estados árabes de Oriente Próximo; por lo tanto, con Turquía, Irán, Etiopía. De este modo flanquearía la muralla de la hostilidad árabe en derredor de sus fronteras. También debían ser apoyadas las minorías no árabes y no musulmanas de la región, entre las cuales, los maronitas y los drusos de Líbano, y los kurdos, con objeto de inducirlas a reivindicar la independencia política de acuerdo con Israel. Con el tiempo, esta línea de acción ha conducido a una alianza con la rebelión del Sudán meridional en la década de los sesenta.

Las relaciones israelí-turcas no han llamado demasiado la atención, lo que no impide que el gobierno israelí haya hecho grandes esfuerzos desde 1950 para multiplicar los contactos y la cooperación con Turquía, principalmente en los terrenos de las operaciones secretas y de los suministros de armas. En cambio, la alianza con Etiopía desde 1950 se ha desplegado con toda claridad y se ha mantenido después de la revolución marxista de 1974 porque, de una y otra parte, parecía conforme a los intereses permanentes de los dos Estados, y, sobre todo, a sus resistencias a la amenaza de un "cerco árabe", que les concernía a ambos.

El tercer lado de este triángulo periférico, es decir, Irán, desempeñaba en esta concepción un papel capital, y se sabe que las relaciones con el régimen del Shah fueron intensas y estrechas. Sólo después de que la revolución islámica hubo dado por terminada la alianza se pudo evaluar hasta qué punto ésta había sido un éxito, en este período en que sólo Estados Unidos estaba más involucrado y tenía más influencia en Irán que Israel. Además, el cambio de régimen en Irán no desanimó a los dirigentes israelíes y el poder sigue confiando en una reanudación de la alianza tarde o temprano, convicción, por lo demás, ingenuamente confesada por los gobernantes israelíes, que proclaman, de vez en cuando, que todos los países no árabes de la región tienen intereses comunes.

Por lo que se refiere a Líbano, éste ha desempeñado, en el marco de esta estrategia, un papel especial, con contactos entre maronitas y sionistas, que se remontan a la década de los treinta. En la década de los cincuenta se discutió mucho en torno a la perspectiva de la creación de un Líbano proisraelí que habría estado dominado por las Falanges maronitas y su milicia (los Katayeb). Este sueño volvió a tomar consistencia a comienzos de la década de los ochenta, para desembocar en un completo fracaso después de la guerra de 1982-1985.

4. La alianza francesa: la conexión mediterránea

En la década de los cincuenta se había formado una alianza franco-israelí resultante de intereses y concepciones comunes (ver Crosbie, 1974). Había nacido en la época en que el imperio colonial francés se descomponía, mientras que la derrota en Indochina era seguida inmediatamente por la insurrección nacional en el norte de África, donde los árabes reivindicaron la independencia completa. Para los dirigentes israelíes, la perspectiva de ver nacer nuevos Estados árabes independientes aparecía como una seria y directa amenaza. Por eso, ambos Estados se lanzaron juntos a un esfuerzo para bloquear el proceso de descolonización en las orillas del Mediterráneo. Francia se convirtió rápidamente en dl principal abastecedor de armamentos para Israel, y en su socio en la tentativa de invasión a Egipto en 1956.

Los dos Estados aliados formaban un frente unido de la dominación europea contra los árabes del norte de África y de Oriente Próximo. Pero se sabe que después de la conquista de la independencia por el norte de África, la alianza se desintegró, por decirlo así. Hoy, sólo queda de ello un ejemplo de fracaso histórico, pero que recuerda hasta qué punto son limitadas las opciones para Israel.

5. Las opciones estratégicas: disuasión convencional y disuasión nuclear

Desde la guerra de 1948-1949, la superioridad militar de Israel se había afianzado, porque estaba mejor organizado, mejor adiestrado y disponía de una mejor tecnología que sus adversarios árabes. A partir de ahí, la política militar de Israel con relación a los Estados árabes vecinos ha consistido en una voluntad de disuadirlos, y hasta de aterrorizarlos, asegurándose la posesión de las fuerzas armadas convencionales más fuertes de la región, emparejadas con todo un arsenal de armas sofisticadas secretas y, después de todo, el terror nuclear. Concebida a largo plazo, esta estrategia, se pensaba debía obligar a los Estados árabes a aceptar al Estado de Israel y, en su defecto, garantizar la victoria segura en cualquier conflicto armado. Al lanzarse a la producción de armas de tecnología avanzada, Israel procuraba asegurarse la autonomía en la investigación y el desarrollo, y una independencia relativa en la producción. Los programas esenciales, tanto convencionales como nucleares, fueron emprendidos en colaboración con Sudáfrica, que se hallaba en una situación análoga de aislamiento y de supervivencia amenazada (ver Beit-Hallahmi, 1987). A partir de 1967 se elaboró un ambicioso proyecto autónomo que preveía la producción, en Israel, de un tipo de tanques, de otro de aviones de caza de reacción, de otro de submarinos y de un misil de largo alcance. Pero la autonomía completa no pudo ser alcanzada los motores del tanque Merkava y del caza Kfir tuvieron que ser importados de Estados Unidos. En cuanto a los aceros especiales que exigía la producción del tanque, son resultado de la colaboración entre Israel y Sudáfrica, lo que es un notable ejemplo de desarrollo independiente, fuera de toda presión de las grandes potencias. Ahora bien, esta misma colaboración se ha revelado capital para el desarrollo de armas no convencionales, con toda independencia con relación a Estados Unidos.

6. El desarrollo de las armas nucleares

El programa de armamentos nucleares israelíes fue lanzado muy pronto (ver Beaton y Maddox, 1962) y a comienzos de la década de los cincuenta ya estaba manos a la obra, entonces en cooperación con Francia (ver Golan 1982). Fue en 1952 cuando se creó secretamente la Comisión de Energía Atómica como un departamento del Ministerio de Defensa. En 1966, la Comisión fue puesta bajo el control directo del primer ministro, quien se convirtió en su presidente. Desde comienzos de la década de los sesenta, el programa es ejecutado en el Centro de Investigaciones Nucleares de Neguev (NRCN, conocido también con su nombre hebreo de Kamag), organizado bajo el modelo del Proyecto Manhattan de Estados Unidos durante la segunda guerra mundial. Desde 1955, este trabajo se realizó en estrecha colaboración con Sudáfrica, cuyo programa de armamento nuclear proseguía paralelamente. Pero había una diferencia. Sudáfrica, gran productor de uranio, ha sido el proveedor de Israel en este campo. Pero es el potencial israelí de investigación-desarrollo lo que más ha contribuido a los principales progresos científicos y tecnológicos. Hoy, casi no hay duda de que el arsenal nuclear israelí forma parte de los más sofisticados que existen en el mundo.

Las declaraciones oficiales en este terreno han sido sumamente ambiguas, pues si, por un lado, el gobierno nunca ha tenido en cuenta públicamente estas realizaciones, por el otro ha anunciado que estaba dispuesto a oponerse a cualquier programa de armamento nuclear en la región. Política que se plasmó en la incursión de junio de 1981 para destruir el centro de investigaciones nucleares de Iraq, operación que, según los expertos israelíes, retrasó en diez años el programa iraquí. Por otro lado, Israel no firmó el tratado de no proliferación nuclear de 1968 y es el único Estado de la región que no lo ha hecho. Se tiene, pues, derecho a pensar que ahora dispone de un importante número de armas nucleares tácticas y también de medios termonucleares. También se tiene motivos para pensar que estas armas no serían utilizadas más que en caso de que todos los demás medios de disuasión hubieran fracasado. No servirían para ningún otro objeto. En esta combinación de armamentos convencionales y no convencionales, el arsenal del apocalipsis nuclear podría disminuir las necesidades en fuerzas no convencionales si los países vecinos estuvieran convencidos de que Israel lo utilizará en caso de que estuviera a punto de ser vencido militarmente. Pueden preverse dos eventualidades. O los Estados árabes consiguen tener la superioridad en fuerzas convencionales en el momento de una guerra, o pueden emplear armas no convencionales. Esta última posibilidad constituye un nuevo y peligroso hecho a comienzos de la década de los noventa.

Parece que entre ambas partes se había establecido una especie de acuerdo tácito conforme al cual los Estados árabes se inclinaban ante el monopolio nuclear de Israel en la región, no de buen grado, desde luego, sino simplemente porque se consideraban incapaces de aceptar este reto y porque estaba no menos tácitamente admitido que el arsenal nuclear no sería empleado más que en las fatídicas eventualidades señaladas. Así pues, los Estados árabes no han lanzado programas de armamentos nucleares, excepto las dos preocupantes excepciones de Libia e Iraq.

7. Los debates políticos

Todos los dirigentes israelíes saben que el mundo árabe sigue sin aceptar a Israel y que la supervivencia del Estado sigue siendo incierta a largo plazo. Ahora bien, y precisamente a causa de esta situación de excepcional precariedad, las estrategias de supervivencia casi no han sido objeto de debates políticos abiertos y públicos. Como se ha visto, las opciones fundamentales han sido hechas a fines de la década de los cuarenta y a comienzos de la década de los cincuenta. Es en este último período cuando una comisión muy pequeña tomó la decisión de lanzar el programa de desarrollo nuclear, y nadie en la élite israelí ha puesto en tela de juicio esta decisión. Si algunos grupos limitados de disidentes han intentado abrir un debate público, han fracasado.

8. Los acontecimientos desde 1973

La guerra de 1973 ha puesto punto final al mito de la invencibilidad de Israel frente a las fuerzas armadas convencionales árabes; ése fue un fracaso para la estrategia de disuasión, ya que, por primera vez, la superioridad de Israel era desafiada y dos Estados árabes habían sido capaces de lanzar ofensivas de gran amplitud. Viniendo después de los seis años de hegemonía regional de 1967 a 1973, esta guerra inauguraba una grave crisis en la historia de Israel. Desde entonces, otros acontecimientos han quebrantado la confianza de los dirigentes y los han enfrentado con nuevos desafíos. El fracaso de la tentativa de remodelar Líbano y de aplastar el movimiento nacional palestino de 1982 a 1985 ha sido señal de otra grave crisis.

Más aún, el alzamiento palestino de la Intifada, a partir de diciembre de 1987, ha representado una derrota estratégica peor que todos los fracasos anteriores. Los palestinos por sí mismos nunca habían sido considerados como una amenaza estratégica importante, sólo eran molestos; y, sin embargo, eran ellos quienes, para sorpresa general, infligían ahora una derrota al Estado. Los responsables israelíes se quedaron en estado de choque, porque ni el arsenal nuclear ni las fuerzas armadas convencionales pueden servir para aniquilar la Intifada: una vez más, un movimiento de liberación nacional del Tercer Mundo lanza al mundo "avanzado" un desafío imposible de aceptar. La excepcionalidad de Israel y su situación histórica fuera de las normas se destacan claramente cuando uno debe constatar que lo que se ha convertido en su problema estratégico más grave es un movimiento de alzamiento nacional de los habitantes originales del país, un problema que el pensamiento político israelí nunca había tenido en cuenta, puesto que en la concepción sionista se pensaba que la población original de Palestina debía aceptar ser desposeída y salir de la historia (ver Beit-Hallahmi, 1991).

Al mismo tiempo, los Estados árabes vecinos se han provisto de misiles de largo alcance y de armas químicas: otro nuevo desafío a la estrategia de disuasión de Israel.

Por lo tanto, este Estado se enfrenta, en el decenio de los noventa, con tres tipos de amenazas en diferentes planos: a) un conflicto de baja intensidad con los palestinos; b) el crecimiento de las fuerzas convencionales árabes (Iraq, Siria); c) la eventualidad de la posesión de armas no convencionales por los árabes.

Si se intenta prolongar la perspectiva en un futuro un poco más lejano, el cuadro que emerge de ello sólo se vuelve más inquietante. Pues dentro de otro decenio parece probable que, por ambas partes, el arsenal nuclear se desarrollará y que cada parte dispondrá de la posibilidad de una segunda fuerza disuasoria. De ello podría resultar, sin duda, un equilibrio del terror, y, al mismo tiempo, estabilidad y supervivencia para Israel. Pero viene a la mente una eventualidad completamente distinta. So capa del equilibrio atómico y, por lo tanto, de la neutralización de la amenaza podría ser que los Estados árabes consigan la superioridad en fuerzas armadas no convencionales. En tal caso, el equilibrio atómico se convertiría en un peligro para Israel por el hecho de que, a largo plazo, no puede esperar poder hacer frente a las fuerzas armadas árabes convencionales. Por lo que se debe contar con que hará todos los esfuerzos para impedir tal evolución de los acontecimientos y para preservar, el mayor tiempo posible, su monopolio del arsenal nuclear.

Bibliografía