Hoy, después de la guerra del Golfo, la "cuestión kurda" está de nuevo en la primera plana de los medios de comunicación occidentales para servir de pretexto a la intervención estadounidense permanente en la región y hacer olvidar la cuestión palestina y la judaización progresiva de los territorios ocupados por Israel. Con todo, la cancillerías occidentales están incómodas por el hecho de que una eventual extensión de la reivindicación kurda desestabilizaría al fiel aliado turco.
La guerra del Golfo no es un accidente de importancia secundaria y de alcance regional. Es, al contrario, un acontecimiento capital de nuestro tiempo, la indicación de que "la posguerra", marcada por el conflicto Este-Oeste--es decir, por la bipolaridad militar e ideológica, que colocaba a las dos superpotencias en un pie de igualdad en estos terrenos, si no en el del poderío económico--, ha terminado completamente y de que ante nosotros se abre un nuevo período histórico.
¿Cómo se puede caracterizar a este nuevo período que se inicia, a partir de 1989-1991, con la doble derrota de los sistemas del Este, llamados "socialistas", y de las aspiraciones de los países del Sur a la independencia nacional, clausurando "la era de Bandung" (1955-1975)? Yo lo caracterizo, por mi parte, como habiendo de estar marcado, en una primera fase al menos, por un nuevo intento de imponer la unificación del mundo por medio del "mercado" y a partir de él. Esta utopía llamada liberal es, en realidad, reaccionaria en su contenido esencial, en el sentido de que no puede más que generar una agravación de la polarización mundial: necesariamente tiene que ocasionar un despliegue del capitalismo "salvaje" en todas las periferias del sistema mundial--países del Este, países semiindustrializados del Sur, Cuarto Mundo--, que, aunque cobre formas específicas en los diversos componentes de la periferia, siempre será intolerable e inaceptable para la gran mayoría de sus clases populares. Esta utopía reaccionaria nunca pudo ser puesta en práctica realmente más que durante períodos muy cortos, porque engendra fatalmente un incremento de las rebeliones de la mayoría de los pueblos que son sus víctimas. Generalmente asociada a la aspiración del centro principal a imponer su hegemonía "mundial", esta utopía acarrea también, por las circunstancias, un aumento de los conflictos inter-centros. Aquí me sitúo contra las tesis propuestas por los defensores de la hegemonía, como el estadounidense liberal Robert Keohane, según las cuales la hegemonía crea estabilidad con el respeto de un conjunto de reglas de juego. Se trata de una legitimación ideológica que desconoce que, evidentemente, las reglas de que se trata sólo son aceptables por quienes son sus beneficiarios. Por eso, la historia demuestra, al contrario, que la hegemonía siempre es de corta duración, precisamente porque engendra una inestabilidad permanente.
Por otra parte, los responsables de la decisión política en Estados Unidos han demostrado en los hechos que eran perfectamente conscientes del carácter y de la importancia de las resistencias que había de encontrar su proyecto de unificación del mundo por medio del mercado y bajo su batuta. A la inversa de los bellos discursos de los defensores del "nuevo orden mundial", basado en la ley y la justicia, el establishment estadounidense ha decidido inaugurar el nuevo período que se abre con la guerra. Para Estados Unidos se trataba de demostrar:
La invasión a Kuwait, que estuvo precedida por múltiples provocaciones, sólo sirvió de pretexto. Ahora se sabe que esta invasión fue una trampa tendida por Washington, en la que Saddam Husein, instigado al menos tácitamente por el embajador de Estados Unidos en Bagdad, cayó. Ahora bien, al invadir Kuwait, Saddam Husein destruyó el equilibrio que garantizaba la supervivencia de los regímenes del Golfo. El 2 de agosto de 1990, ninguna diplomacia digna de ese nombre podía estar, pues, verdaderamente sorprendida, aunque algunas hayan fingido estarlo. En ningún momento, en la fase llamada de iniciativas diplomáticas, propusieron las potencias occidentales, en términos creíbles, una discusión de conjunto de los principios del orden mundial por construir, que evidentemente implica, en la región, el derecho de los palestinos a existir como Estado y el de los pueblos árabes a la utilización de su riqueza petrolera en provecho suyo.
Desde ahora se puede vislumbrar cómo será el orden internacional impuesto a la región después de esta guerra; en todo caso, el orden que las potencias occidentales querrían establecer allí.
En primer lugar, evidentemente, las potencias occidentales querrán mantener su control sobre el petróleo. Pero ¿qué precio deberán pagar para tener la garantía de ello? En mi opinión, su presencia militar continua en la región se revelará indispensable. Pues los países petroleros del Golfo saben ahora que no pueden subsistir como Estados "independientes" de otro modo que no sea bajo la protección directa y permanente de los ejércitos occidentales. Ahora bien, eso significa el colapso completo a corto plazo de este sistema arcaico, porque, de una u otra manera, la ocupación militar no podrá durar eternamente. Pero, en su defecto, ¿les será posible a las potencias occidentales sustituir su ocupación militar directa por acuerdos de seguridad colectiva, que ocultarían su presencia detrás de tratados "regionales"? Estados Unidos ya se esfuerza por tratar de establecer un sistema de ese tipo. Por eso se ve reaparecer el viejo proyecto estadounidense-europeo de un "pacto militar regional" (su nombre era CENTO en las décadas de los cincuenta y los sesenta) entre los regímenes compradores de la región, que invite a Occidente a garantizar el statu quo, prolongando de este modo la OTAN y dando una legitimidad aparente a sus intervenciones. Pero, sobre todo, la nueva situación creada en la región está encaminada a valorizar más que nunca, a los ojos de Washington, la importancia de Israel, restablecido en su superioridad militar absoluta. Así, en esta coyuntura, el sionismo piensa proseguir tranquilamente su proyecto expansionista máximo.
¿Trátase, pues, de un "nuevo orden", destinado a garantizar, con la estabilidad, una nueva expansión del capitalismo en la región, aun cuando fuera globalmente compradorizada? Aunque este guión no sea absurdo, no me parece gozar de mucha probabilidad. Imaginemos, en efecto, que, al término de la guerra del Golfo, Estados Unidos impone "su paz" en la región. En perfecta consonancia con el proyecto sionista, el Machreq sería fragmentado en una cantidad de Estados según el modelo de una "libanización" generalizada. Supongamos incluso que el ejército estadounidense conserva directamente el control de las regiones petroleras y que todos los gobiernos de la región, totalmente desarmados, sean impotentes, y que los pueblos, desmoralizados durante algún tiempo, acepten una compradorización generalizada que ofrezca a Israel un papel de intermediario obligado entre el capital imperialista dominante y las burguesías locales. ¿Se imagina uno que los pueblos de la región, árabes e iraní, aceptarán indefinidamente este nuevo orden imperialista?
El conflicto del Golfo también ha evidenciado trágicamente los límites de las esperanzas puestas en "otra perspectiva europea" con respecto al orden mundial, que se separe del alineamiento atlantista. Pues la nulidad europea en el conflicto del Golfo era previsible.
Por eso mismo, el proyecto europeo está debilitado y el golpe que le ha dado Estados Unidos con la iniciativa de la guerra del Golfo persigue el objetivo de debilitarlo mucho más. Porque ahora está claro que Estados Unidos utilizará su control militar sobre el petróleo del Golfo para imponer su política, inclusive a Europa. Había, pues, que desarrollar, como contrapunto, una larga estrategia política que tenga en cuenta las nuevas circunstancias en Alemania y en Europa Oriental; poner la mira en la construcción de una Europa desde el Atlántico hasta los Urales, expresión tan querida por De Gaulle en su época, o de la "casa común", para decirlo con el término de Gorbachov. Había que optar en favor del fortalecimiento de esta perspectiva apoyando a las fuerzas progresistas y democráticas capaces de hacer avanzar la solución de los problemas del mundo árabe, en particular, y del Sur, en general.
¿Corresponde la responsabilidad de este fracaso europeo a la adhesión prooccidental de Gorbachov? Eso no es seguro. Pues si los europeos, es decir, los franceses, hubiesen adoptado una posición más fuerte, atreviéndose a entrar en conflicto con Estados Unidos, es probable que los soviéticos y los chinos los habrían seguido. Porque si Gorbachov no estaba en condiciones de hacer frente simultáneamente a Estados Unidos y a Europa, tal vez habría tenido una actitud diferente si hubiese sentido que Europa lo apoyaba. Si Francia no hubiese retirado su propuesta al Consejo de Seguridad el 14 de enero, habría habido veto, pero Estados Unidos e Inglaterra se habrían visto aislados. En realidad, la diplomacia francesa ha hecho un tremendo favor a los estadounidenses.
A muy corto plazo, la guerra del Golfo ha producido todos los resultados que Estados Unidos esperaba de ella. No hay que extrañarse de ello.
El análisis de las estrategias político-militares estadounidenses y de las respuestas de Europa y de los países del Tercer Mundo implicados, propuesto en este libro, demostraba ya que así debía ser. En efecto, hemos visto que los socios de la Comunidad Europea no tenían una visión mundial propia. Los países de la Europa mediterránea mismos, por ejemplo, no tienen una política mediterránea, y hemos visto que Italia y España parecen, más bien, haber optado por jugar la carta "alemana". La Europa occidental en su conjunto se niega, hasta ahora, a pensar en jugar la carta "eurasiática", el único temor verdadero de Estados Unidos. En los países del Tercer Mundo implicado--países árabes, Irán y Estados del Cuerno de África--, la situación no es mejor. Los poderes locales dan prioridad a sus "intereses regionales" o a lo que entienden como tales. De acuerdo con su carácter comprador, no han desarrollado una visión mundial a la altura de los retos de nuestra época.
¿Quiere decir que la guerra del Golfo va a inaugurar, durante algún tiempo, un regreso a la hegemonía estadounidense, enterrada demasiado pronto?
La hegemonía de Estados Unidos sigue siendo frágil y, a medio plazo, está condenada, por dos razones principales, por lo menos. La primera es que la búsqueda de la utopía liberal en la que se basa ha de crear en todos los países del Tercer Mundo y del Este las condiciones mismas de un rebrote de rechazos revolucionarios nacionales y populares, aunque, en lo inmediato, la delantera del escenario esté ocupada por la imagen del desconcierto y de sus consecuencias trágicas: ilusiones retrógradas, principalmente en forma del fundamentalismo islámico, en la región; ilusiones prooccidentales, espejismos de prosperidad inmediata y resbalones nacionalistas patrioteros en el Este. La segunda es que Europa y Japón no están destinados, por una especie de segunda naturaleza que les sería específica, a permanecer pusilánimes, como lo han sido en toda la posguerra. ¿Consentirán Japón y Alemania en financiar al "gendarme" estadounidense, encargado de mantener el orden necesario para acompañar la unificación del mundo por medio del mercado?
¿Podrá Alemania poner su poderío financiero al doble servicio del apoyo a Estados Unidos y de su propia expansión en Europa central y oriental? ¿No exigirá este nuevo orden, que descansa en un debilitamiento duradero de la URSS--y, probablemente, incluso su fragmentación--y en la marginación de Francia, una respuesta "eurasiática"?
Al esforzarse por renovar su hegemonía, Estados Unidos ha creado, de todas formas, una situación peligrosa como nunca la ha habido en la historia humana. Pues las "hegemonías" anteriores nunca habían tenido el alcance que Estados Unidos ambiciona dar a la nueva. Todas las hegemonías anteriores se habían visto forzadas a respetar mucho más la autonomía de los socios del sistema de los Estados (por ejemplo, Inglaterra, a respetar "el equilibrio europeo") y no disponían de medios militares capaces de destruir todo el planeta. Sólo Hitler había soñado con un "nuevo orden" basado en la dominación exclusiva y total de Alemania. Pero sólo se había tratado de un sueño --una pesadilla--, que no tenía los medios militares para sus ambiciones. Estados Unidos puede estar tentado a creer que su dominación planetaria dispone de esos medios. Pero también es verdad que, hasta ahora, la sociedad estadounidense no es la que el nazismo tenía a la disposición de sus proyectos. Esa es una tercera razón para creer que el proyecto de un "nuevo orden" estadounidense sigue siendo frágil.
Reconstruir una fuerza ideológica progresista internacional, construir, basándonos en ella, un verdadero orden mundial policéntrico, garantizando a los pueblos los márgenes de autonomía sin los que no puede hallarse ninguna respuesta correcta a sus problemas, basar la democratización en estas perspectivas: no hay otra respuesta al reto de la geoestrategia del hegemonismo estadounidense.
1. Los conceptos y percepciones geopolíticas y militares de Estados Unidos
b) Estudios de sintesis
b) Otros estudios
Del mismo autor: The Israeli connection, NY Pantheon, 1987. Original Sins:
Reflections on the history of Zionism and Israel, Pluto, London, 1991.
También: Revue d 'Etudes Palestiniennes.
1990,
Rachid SAID y Helmi CHAARAWI, Markaz al buhuz al arabia, El Cairo,
1988,