Grecia no se alineó por sí misma en el campo antisoviético. Fue obligada a ello, forzada por la intervención británica, sustituida desde 1948 por Estados Unidos. En conformidad con los acuerdos de Yalta, la URSS había abandonado entonces a su suerte, como se sabe, a la resistencia griega, dirigida por el Partido Comunista, el cual, sin embargo, en este país como en Yugoslavia y en Albania, había liberado al país y conquistado por eso mismo un apoyo popular ampliamente mayoritario. Por eso, los occidentales fueron inducidos a apoyar contra este movimiento popular sucesivos regímenes represivos y, finalmente, una dictadura de coroneles fascistas, sin tampoco ver en ello una contradicción capital con su discurso, según el cual la OTAN protegía al "mundo libre" contra el Satán "totalitario". El retorno de Grecia a la democracia, con la victoria electoral del Pasok y de Andreas Papandreu en 1981 amenazaba--en estas condiciones--con poner en tela de juicio la fidelidad de este país a la OTAN. Entonces vino la Europa comunitaria en auxilio de Washington en dificultad para--aquí también, como en España--vincular de hecho la candidatura griega a la CEE al mantenimiento de su participación en la alianza atlántica. Por lo demás, esta misma integración en la CEE estaba aún muy discutida en la opinión pública griega de la época. La opción de Papandreu de adherirse a ella a pesar de todo, después de algunas vacilaciones y a despecho de la opción de principio tercermundista y neutralista del Pasok, parece haber puesto en marcha una evolución irreversible en las propias mentalidades, halagando las aspiraciones del pueblo griego a la modernidad y a la europeidad. Sin embargo, los nuevos socios europeos de Grecia no tienen gran cosa que ofrecer a este país, destinado a seguir siendo durante mucho tiempo el pariente pobre de la construcción comunitaria.
La fidelidad de Atenas al Occidente euro-norteamericano ni siquiera le ha valido un verdadero apoyo en su conflicto con Turquía. Sin duda, en este complejo conflicto, en el que muchas veces domina la emoción heredada de la historia, la validez de las causas, en términos democráticos, es a veces discutible. La suerte de la minoría turca de Tracia sigue siendo poco envidiable la reivindicación de una propiedad griega exclusiva sobre las riquezas dei mar Egeo es también quizá discutible en términos jurídicos y en los de la igualdad. Sin embargo, aunque la dictadura griega tiene una evidente responsabilidad en la tragedia chipriota de 1974, la abierta agresión turca (Operación Atila) y la subsecuente creación de una "república turca de Chipre" en violación de la situación legal de la isla, no sólo han sido aceptadas, sino probablemente acordadas con los servicios del Pentágono, ante los cuales Europa cedió una vez más. Es evidente que, para Estados Unidos, la amistad de Turquía, considerable potencia militar regional, pasa antes que la de Grecia, aun desde ahora democrática.
El conjunto de la región balcánica-danubiana (Yugoslavia y Albania, Hungría, Rumania y Bulgaria) había entrado en 1945 al regazo de Moscú, sea por el hecho de la ocupación militar soviética y el consentimiento de los socios de Yalta, sea por el hecho de su propia liberación y de la opción de sus pueblos en Yugoslavia y en Albania.
La Yugoslavia titoísta, aislada en los años 1948-1953 a la vez por el ostracismo de Moscú y el anticomunismo occidental, había proseguido con éxito una estrategia de construcción de un frente de "no alineados", que le valió la amistad del Tercer Mundo, particularmente a partir de la Conferencia de Bandung (1955). Los analistas del pensamiento geoestratégico yugoslavo señalan, sin embargo, el hecho--de apariencia curiosa--de que este pensamiento es poco sensible a la dimensión mediterránea de su país. Tal vez el abandono por Italia, después de la segunda guerra mundial, de sus tradicionales miras sobre Dalmacia (y Albania) y la solución hallada desde 1954 al espinoso problema de Trieste son la causa de este "olvido histórico". Desde entonces, Yugoslavia se comportó como Estado preocupado ante todo por los problemas del equilibrio de sus relaciones regionales danubio-balcánicas y, sobre todo, por los del equilibrio mundial de las superpotencias. Pues, en el primer terreno, había conseguido capitalizar a su favor la doble atracción norteña y danubiana de Croacia-Eslovenia y la rusa y balcánica de Serbia. El acercamiento iniciado por Jruschov y proseguido por sus sucesores, reconociendo el papel positivo del neutralismo titoísta en la arena mundial, así como la flexibilización de los regímenes del Pacto de Varsovia a partir de la década de los sesenta y, sobre todo, de los setenta, garantizó entonces, durante un tiempo, la seguridad yugoslava, que había dejado de sentirse objeto de cualquier conflicto regional. Entonces, la diplomacia yugoslava pudo desplegarse en las arenas internacionales, dando a este país una influencia sin proporción con sus dimensiones. Pero si esta diplomacia indiscutiblemente se marcó unos tantos en Asia, en África e incluso en América Latina, se estancó en Europa, donde sus llamamientos a ampliar el frente de los neutralistas nunca hallaron eco favorable. Sin embargo, frente a la Europa de la CEE y de la OTAN, desde el norte hasta el sur del continente, entre los dos pactos militares adversos, Suecia, Finlandia y Austria habrían podido pensar en iniciativas positivas comunes, apartándose del espíritu de la guerra fría. Más tarde, la Grecia del Pasok intentó ampliar este campo neutralista europeo esbozando, en 1982, una propuesta de cooperación con miras a la desnuclearización de los Balcanes y dirigiéndose simultáneamente a ciertos países miembros de una o de otra de las dos alianzas (Turquía, Rumania y Bulgaria) o a los neutros (Yugoslavia y Albania). Estas propuestas no hallaron eco.
La evolución de Europa Oriental, acelerada a partir de 1989, así como la fragmentación interna de la propia Yugoslavia, ya han puesto en tela de juicio tanto la diplomacia regional de Belgrado como su política mundial. En toda la región, por lo demás, el renacimiento de los nacionalismos locales parece destinado a ocupar la delantera del escenario. Ahora bien, los conflictos de estos nacionalismos son innumerables y enfrentan prácticamente a todos los países de la región de dos en dos: griegos y turcos (turcos de Tracia y de Chipre), turcos y búlgaros (turcos de Bulgaria), rumanos y húngaros (Transilvania), rumanos y soviéticos (Moldavia), yugoslavos y húngaros (Voyvódina), yugoslavos y albaneses (Kósovo), yugoslavos, búlgaros y griegos (Macedonia), etc. Por añadidura, los problemas nacionales ya han conducido a Yugoslavia al borde de la fragmentación y de la guerra civil y amenazan la frágil unidad de Checoslovaquia. La demagogia populista aplicada por poderes incapaces de hacer frente a los dramáticos desafíos de la nueva expansión capitalista amenaza con ampliar todavía más las rivalidades de los grupos nacionales y de los Estados. Al mismo tiempo, la atracción ejercida por las economías capitalistas fuertes de los nuevos socios obligados--principalmente de Alemania (una atracción popular en Hungría y en Croacia-Eslovenia, en particular) y tal vez de Italia (despertando los objetivos adriáticos de éstas acentúa las discrepancias internas y regionales: Serbia, Bulgaria e incluso Rumania (a pesar del problema moldavo) siguen estando atraídos por una alianza rusa para hacer frente.
La misma Albania corre desde ahora el riesgo de desestabilización. Durante mucho tiempo protegida por su repliegue sin par en el mundo, en conflicto frío no sólo con sus vecinos yugoslavos y griegos, sino también hostil al Occidente capitalista, a la URSS e incluso a la lejana China posmaoísta, Albania ocupa una posición geoestratégica de la que es difícil imaginar que pueda dejar mucho tiempo indiferentes a los ribereños directos o indirectos del Adriático, Italia en primer lugar.
Malta es, tal vez, hoy el único Estado de la región mediterránea "norte" (Malta es considerada "europea" por su pertenencia al mundo cristiano) que ha conseguido preservar una verdadera neutralidad en el conflicto euroárabe, que la atenuación de la tensión Este-Oeste está destinada a agudizar.
Vista desde el Sur, la geoestrategia de hegemonía estadounidense es rechazada por los pueblos de la región y los movimientos políticos radicales que expresan sus aspiraciones a la independencia y al desarrollo. Sin embargo, los Estados de la región, como todos los del Tercer Mundo, nunca han tenido ni la consistencia social e ideológica, ni la firmeza política suficiente, ni el poderío económico y militar adecuado capaces de oponer a esta estrategia de hegemonía una contraestrategia autónoma propia con su propia visión de la organización del mundo. Las clases dirigentes que monopolizan el poder en la mayoría de estos Estados adoptan con frecuencia actitudes compradoras de resignación, y hasta de participación activa en la subordinación de sus pueblos. Los regímenes del nacionalismo radical que a veces han asumido, aquí o allí, la responsabilidad del poder han procurado oponerse a la hegemonía norteamericano-europea, y lo han hecho con cierto éxito, pero dentro de límites que les impedían hacer aceptar definitivamente por Occidente la autonomía de la región. Con la distancia del tiempo parece que el apoyo soviético constituía el elemento esencial de sus temporales éxitos.
La región no es homogénea desde ningún punto de vista, nacional o económico, y por eso es intrínsecamente más frágil que el Occidente constituido por países capitalistas desarrollados, conscientes de sus privilegios comunes y de su proximidad cultural, que se manifiesta en un panoccidentalismo con tufos racistas, profundamente anclado en la opinión pública dominante.
No obstante, a pesar de su pasado, que no es diferente del de los demás pueblos, árabes, africanos no árabes e iraníes no se conciben a sí mismos como "enemigos", más o menos hereditarios, como se les llama. Al contrario, la educación política que el movimiento de liberación nacional ha dado a todos estos pueblos siempre ha hecho hincapié en la solidaridad que debe unirlos contra un adversario común, y los efectos de esta educación--cuyo esfuerzo había sido reforzado durante toda la "era de Bandung" (195519759 no han desaparecido, aun cuando el período actual sea indiscutiblemente de un reflujo de los nacionalismos progresistas. Las teorías sociológicas dominantes en Estados Unidos--de las cuales especialmente los analistas de la geopolítica y los prácticos del poder no se desmarcan casi nunca--según las cuales árabes, negros de África e iraníes serían fundamentalmente "enemigos de siempre" (privilegiando así una seudoconciencia étnica con relación a cualquier otra conciencia social e ideológica) siguen siendo de gran superficialidad, aun cuando estas teorías sean repetidas por universitarios locales alienados y parezcan confirmadas por las prácticas a corto plazo de los poderes establecidos.
Con todo, la diversidad de las actitudes, de las percepciones y aun de los intereses debe ser tomada en consideración, incluso sólo en el seno del mundo árabe. Las expresiones de estos conflictos son a su vez diversas y se les debe asignar coeficientes de importancia muy variable. Por ejemplo, las disputas verbales o, inversamente, las declaraciones de unidad de puntos de vista totales e incluso las proclamaciones de "unidad" a las que se entregan los gobiernos de los países árabes casi semanalmente no deben ser tomadas por más serias de lo que son, y no tienen impacto en los pueblos árabes. Aquí no volveré a hablar de la cuestión de fondo de la "nación árabe", sobre la cual me he expresado en otra parte. Sólo diré que hay que saber que la nación árabe (en singular) hunde sus raíces en un pasado siempre vivo, por una parte, y que responde a una exigencia objetiva de futuro, por la otra. Pero esta nación sigue estando por construir, porque la diversidad de las evoluciones en el pasado mismo y, sobre todo, la aceleración de la cristalización de las diversas formaciones sociales nuevas moldeadas por el imperialismo han producido el mapa político del mundo árabe moderno que conocemos. En este marco, las clases dirigentes tienen intereses objetivos que defender, pero los pueblos tienen mucho menos, y, sobre todo, tienen necesidad de hacer estallar esa sujeción para progresar de manera decisiva. En estas condiciones, la lucha por la unidad árabe sólo puede ser eficaz si está acompañada por un reconocimiento de la diversidad. He expresado esta exigencia calificando a la nación árabe de realidad histórica, social e ideológica de dos pisos, cuya conciencia halla su reflejo en los términos árabes de qutr (país) y qawm (nación), corrientemente utilizados en el discurso político.
¿Cuáles son, pues, esas diversidades principales que deben ser tomadas en cuenta y qué rivalidades generan? Enumeraré algunas, cuyos lineamentos analizaré más tarde: 1) las que se refieren a la región magrebí en sus relaciones internas (la "rivalidad" argelino-marroquí); 2) las que se refieren a las relaciones transaharianas con el Sudán occidental histórico; 3) las que se refieren al problema de las aguas del Nilo; 4) las que se refieren al control del Mar Rojo; 5) las que se refieren a la división (artificial y reciente) del Creciente Fértil en cinco Estados (Siria, Líbano, Palestina, Jordania e Iraq); ó) las que se refieren al contraste Yemen-Arabia llamada Saudí en la península arábiga; 7) las que se refieren al control del Golfo da "rivalidad" árabe-iraní).
Ahora bien, todos estos problemas no pueden ser examinados en sí mismos, es decir, aisladamente con relación a la geopolítica de las potencias y, sobre todo, del hegemonismo estadounidense. Desde este punto de vista, el problema israelí se impone como el verdadero eje central de toda la cuestión "árabe y mesoriental". Porque, como se verá, la creación de un Estado de colonización, de población extranjera y hostil a la región, que proclama arnbiciones de dominación situadas en la línea del hegemonismo estadounidense, impide clasificar la cuestión palestina como "una" entre otras cuestiones propias de la región.
Por supuesto, todas las luchas y conflictos que se examinarán--tanto los conflictos sociales y políticos internos propios de cada uno de los países de la región, como las rivalidades y alianzas que moldean la geometría de su geopolítica--se desarrollan sobre un telón de fondo tejido por la expansión del capitalismo periférico, es decir, el "fracaso" de su desarrollo, incapaz por naturaleza de satisfacer las necesidades fundamentales de las clases populares y de permitir a los Estados y naciones de la región acceder a la condición de socios verdaderos del sistema mundial en el que están insertados. Con todo, las respuestas políticas e ideológicas de los desconcertados pueblos del Sur, especialmente después de que el nacionalismo radical (el naserismo en la región árabe) y el "socialismo realmente existente" de la URSS han agotado su papel histórico y/o se han colapsado, decidirán en el futuro cuál será el lugar de la región en el mundo. Ilusión islamista fundamentalista o cristalización de una nueva etapa, que califico de nacional popular a la altura de las nuevas situaciones: tal es el carácter del moderno desafío.
La guerra del Golfo ha sido un terrible revelador de la debilidad de las respuestas del mundo árabe, de Irán y de los países del Cuerno de África, así como de todo el Tercer Mundo en general, al desafío de la nueva "Guerra de los Cien Años" que el capitalismo central del Occidente desarrollado se dispone a entablar contra los pueblos de las periferias asiática, africana y latinoamericana bajo la batuta del mando militar de Estados Unidos.
Abordaremos, pues, las cuestiones específicas de los diferentes países de la región que les dan una dimensión geopolítica particular.
¿Está esta rivalidad en vías de reabsorberse? La crisis del populismo argelino y el hundimiento de las esperanzas depositadas en él, así como la evolución internacional que le es desfavorable (el debilitamiento de la URSS), han facilitado, sin duda, la opción "realista" que representa la creación de la Unión del Magreb Arabe. Desde el punto de vista de los intereses a largo plazo de la causa unitaria árabe, esto representa un progreso que, entre otras cosas, debería permitir efectivamente superar las aspiraciones rivales a "dominar" la región con la construcción de una integración magrebí más equilibrada, aunque la construcción de la UMA también pueda acentuar el corte Magreb/Machreq. Esto mismo es uno de los objetivos de la política llamada "mediterránea" de la Europa comunitaria, y las clases dirigentes magrebíes compradorizadoras no son insensibles a las sirenas de Bruselas.
Por Mauritania, el Sahara argelino y Libia, la UMA es también la región de contacto directo entre el mundo árabe y el mundo negro del "Sudán occidental" (Senegal, Mali, Niger y Chad). Ahora bien, esta zona de contacto es también, desde hace algunos años, una frontera de guerras y de violencias permanentes: las guerras de Chad (guerras civiles e intervenciones extranjeras, libia y francesa), la represión contra los tuaregs y, finalmente, el conflicto senegalés-mauritano. Para algunos--como Amold Toynbee, por ejemplo--, el conflicto entre árabes y negros es "fatal", situado en la lógica de la rivalidad inevitable entre los nacionalismos étnicos de vecinos. Un examen más concreto de los conflictos implicados permite superar ese tipo de discurso demasiado general para constituir un instrumento de análisis eficaz.
Las circunstancias que condujeron al régimen libio de Gadafi a intervenir en Chad están, quizá, superadas hoy por una evolución general de los equilibrios internacionales y regionales que impide la continuación de tales aventuras. Libia intervino en lo que al principio era un conflicto interno--la rebelión del Frolinat chadí en 1966 contra la dictadura neocolonial de Tombalbaye--, un conflicto cuya dimensión étnica probablemente no estaba ausente, ya que el Frolinat reclutaba ampliamente en el norte arabizado del país, víctima particular del desbarajuste del régimen, pero que no se reducía a esta dimensión, al haberse expresado la oposición a la dictadura también con rebeliones en el sur Sara del país. La intervención francesa, desde 1969, en auxilio del acorralado régimen de Tombalbaye, antes de aceptar su reemplazo por su antiguo adversario Hissene Habré, precede en diez años a la de Libia (la ofensiva de 1980, en auxilio de Gukuni). La continua descomposición de la sociedad chadí y de las fuerzas políticas en que se expresa demuestra cuán difícil es construir una respuesta positiva, constructiva y coherente al neocolonialismo y que es imposible acelerar la solución de este difícil problema con la intervención exterior.
El caso del pueblo tuareg es diferente. Ahí se trata de un pueblo nómada pobre que ha perdido su razón de ser en el mundo moderno, que lo excluye, como a los indios de la Amazonia y, antes de ellos, a los de América del Norte. Su rebelión contra las administraciones de Estado que lo marginan--en Mali, Niger y Argelia--es desesperada, y la práctica del genocidio en respuesta a esta rebelión es aquí, por desgracia, cercana a la realidad. Sin embargo, las diplomacias de Estado siguen siendo insensibles a este tipo de drama, que no les interesa más que si puede ser movilizado en una estrategia de intervención regional. Al ser los regímenes neocoloniales de la región fieles clientes, la Europa comunitaria se ha olvidado conmoverse con la suerte de los tuaregs.
El litigio senegalés-mauritano ha puesto en situación de conflicto verdadero a los dos pueblos: árabe de Mauritania y negroafricano (Toucouleur en particular) del valle del río, que aquí, como a menudo, no separa, sino une. No obstante, este conflicto no es el producto "fatal" de una hostilidad atávica de estos dos pueblos. Los analistas serios de este reciente conflicto (1989)-- Landing Savané y otros, los militantes del Fruidem mauritano, Fayez Biktache--hacen hincapié en la erosión del sistema territorial tradicional del valle del río, por el que se expresaba la dominación social de la "feudalidad Toucouleur", segmento que participa en los dos bloques neocoloniales dominantes en los dos sistemas establecidos en el momento de las independencias de 1960. La perspectiva de una revalorización de las tierras irrigadas, que ha permitido el embalse de Manantali, vuelve caduco a ese sistema y ha abierto una carrera de apropiación de las tierras por las burocracias compradorizadas de los países ribereños, en colusión con el "agrobusiness" europeo. La crisis del sistema político en ambos países--cuyas causas hay que buscar en otra parte (fracaso del desarrollo neocolonial, dramático ajuste estructural impuesto por el FMI y la CEES ha ocasionado la desviación patriotera y racista de los incapaces regímenes militares que se suceden en Nuakchot desde la década de los setenta, por una parte, y el intento de recuperación de este conflicto con la proclamación de la unidad nacional en torno al gobierno de Senegal, por la otra.
Ni qué decir tiene que, para nosotros, los métodos con los que todos los regímenes de esta región del mundo árabe y del mundo negroafricano han tratado el conjunto de las contradicciones propias tanto de sus sociedades como de sus relaciones de vecindad son inadecuados e inaceptables desde el punto de vista de los intereses de las clases populares de estos países. Ya se trate de "problemas internos" (el de los beréberes en el Magreb, el de los tuaregs en Mali y en Niger, etc.), del régimen político de Chad o de problemas de dimensión regional (el trazado de fronteras, la situación de las tierras del valle del Senegal, etc.), no hay solución adecuada que no descanse en el respeto íntegro de la diversidad y de los derechos de los individuos y de las comunidades, del que sólo una democracia real puede ser garante. La mediocridad de los bloques compradores dirigentes, y no el atavismo de las comunidades o de los intereses que serían fundamentalmente conflictivos, es la única responsable de las políticas desastrosas, cuyo único beneficiario es, finalmente, el Occidente dominador. Se volverá a encontrar esta conclusión en otras partes, por supuesto, tanto en los demás países árabes como en los del Cuerno de África (los problemas internos de Etiopía, por ejemplo), así como en sus relaciones recíprocas.
Desde que el desarrollo de la tecnología permitió la construcción de grandes embalses, de canales y de vastas redes de irrigación, la supervivencia de Egipto ya no depende sólo de los azares de la naturaleza, sino también de los trabajos emprendidos río arriba del Nilo. Por eso, la diplomacia egipcia se caracteriza aquí por la persecución perseverante de objetivos permanentes, cualquiera que sea el régimen político de El Cairo: el respeto de la ley internacional que prohíbe a los países situados río arriba reducir con su acción unilateral las cantidades de agua puestas a disposición de los países de río abajo; la garantía de un acuerdo global entre todos los países de la cuenca que permita el aprovechamiento común del Nilo en beneficio de todos; la búsqueda de la paz en la cuenca mediante la solución negociada de los conflictos; el despliegue de relaciones de buena vecindad, que excluyen el sometimiento de los socios a las eventuales intrigas de enemigos y de las potencias exteriores.
En este marco, la diplomacia naseriana había roto con uno de los principios sacrosantos del movimiento nacional egipcio--el de la unidad de Egipto y Sudán--y aceptado la independencia de Sudán desde 1956, optando por eso mismo en favor del principio democrático de que la construcción de esta unidad--como de la de la nación árabe en general--debía ser producto de la lucha de los pueblos interesados. En este sentido, siempre adoptó una actitud reservada con respecto a los conflictos del Sudán meridional y los conflictos etíopes y ofreció su mediación para soluciones pacíficas negociadas. Asimismo permanece vigilante con respecto a las intervenciones israelíes, que no ocultan su objetivo, que es, precisamente, impedir que la cuenca del Nilo sea administrada sin conflictos sólo por los pueblos que la constituyen.
Si la situación en la cuenca sigue siendo preocupante, la culpa de ello incumbe principalmente a los poderes establecidos en Jartum desde hace una veintena de años. Empeñados en repetidos intentos de imponer a los pueblos no árabes y no musulmanes del Sudán meridional el centralismo de Jartum y, más recientemente, la aplicación de la ley islámica, estos regímenes han dado a Israel la ocasión de asentar una presencia activa en la región. La tardanza en los trabajos de acondicionamiento del canal de Jonglei es el resultado más dramático de ello.
La autocracia de los sucesivos regímenes en el poder en Addis Abeba constituye, igualmente, un motivo de preocupación. Incapaces de solucionar correctamente el problema de la unidad etíope y, por eso mismo, obligados a recurrir a potencias exteriores (Estados Unidos, URSS y/o Israel), estos regímenes siempre hacen correr a Egipto el riesgo de una acción unilateral inaceptable para la supervivencia de Egipto. Los proyectos de embalses en el Nilo Azul--fomentados por Israel y, en ciertas ocasiones, por Estados Unidos--forman parte de estas amenazas. Sin embargo existen soluciones técnicas para el desarrollo de la irrigación en Etiopía sin amenaza para los países de río abajo, que han sido objeto de estudios serios (como la de los egipcios Ruchdi Saíd, Mustafá Gabali, Abdalah Ibrahim o el informe Mac Donald, financiado por el PNUD en 1986). Aquí, la diplomacia egipcia se ha apartado muchas veces de las diplomacias de otros países árabes, tan diversos como Libia, Argelia, Siria, Iraq, Arabia Saudí y Yemen, y hasta está en abierta contradicción con ellas, las cuales, alternativamente, han apoyado o combatido a tal o cual régimen etíope, a tal o cual movimiento de liberación, entre otros, al eritreo.
Etiopía y Somalia están amenazadas por la desintegración. No que, en virtud de una ley de la historia, los tres pueblos que constituyen el 90 por ciento de la población de Etiopía (los Tigré, entre los cuales los "eritreos", los Amhara y los Oromo) o las tribus y clanes somalíes estén condenados a vivir separadamente, ni que la efímera colonización italiana de Eritrea, tomada a la Abisinia de esa época, legitime un particular "derecho" a la independencia. Tanto en esta región como en otras partes de África y del Tercer Mundo, la fragmentación de los Estados _que podría no tener límite alguno_ no sirve al interés de los pueblos, sino al de la dominación imperialista. La experiencia muestra que los poderes en los países resultantes de esta fragmentación no se portan mejor que los de los Estados de los que son herederos; y los movimientos separatistas no son muchas veces más que la expresión de luchas en el seno del bloque de las clases privilegiadas locales divididas en su carrera del poder. Más frágiles y vulnerables por definición, los Estados pequeños reducen las posibilidades históricas de salir de los atolladeros de los poderes compradores. Por eso, la respuesta progresista a los retos de la diversidad--étnica, religiosa u otra--ha de ser buscada en una lucha popular común, atenta a preservar la unidad de Estados lo más grandes posible y capaz de imponer soluciones democráticas respetuosas de la diversidad aludida. Este no ha sido el caso, desgraciadamente, ni con el régimen imperial en Etiopía, ni con sus sucesores militares, ni con la dictadura de Siad Barre en Somalia.
Las cancillerías de los Estados de la región y de las potencias exteriores tienen otras preocupaciones que las de la liberación y la unidad de los pueblos. El Cuerno de África es, para ellas, el cerrojo que controla la salida del Mar Rojo, el complemento de Suez y de Ormuz, es decir, una vía de agua esencial, sobre todo para el transporte del petróleo de Oriente Medio. Las potencias hegemónicas siempre dieron la prioridad a esta preocupación: Inglaterra, en el siglo XIX, con el control de Egipto, de Adén y de Omán; Estados Unidos, hoy. Los imperialismos secundarios--Francia e Italia en el siglo pasado, la Europa comunitaria en nuestros días--han aceptado esta situación de hecho y se han situado en la línea de la estrategia dominante. En cambio, las potencias que impugnaban la hegemonía del momento procuraron hacer añicos su control sobre la región. Este fue el caso, ayer, con Alemania, apoyándose en el Imperio Otomano; este fue el caso, en la segunda posguerra mundial, con la URSS. La intervención de ésta se sitúa, por lo tanto, en su estrategia defensiva, que, con Bréchnev, apuntaba a contrarrestar el control militar de la región por Estados Unidos y, simultáneamente, a ejercer una presión sobre Europa al demostrar la vulnerabilidad de su opción política seguidista de Estados Unidos. Esta intervención tuvo sus momentos de éxito al aliarse con los nacionalismos radicales de Somalia, primero, y de Etiopía y de Yemen del Sur, después. Pero, al mismo tiempo, los límites propios a la vez del sistema soviético y de los de sus aliados establecidos en la región redujeron las posibilidades de soluciones democráticas a los problemas locales. El desmoronamiento de este sistema regional, hoy consumado con el repliegue soviético, es el producto de estos límites.
Las cancillerías occidentales, y en particular el State Department, han reaccionado a los acontecimientos en la región de una manera pragmática guiados por su único afán de mantener--o de recuperar--el control dei Mar Rojo. Como en otras regiones y campos, los "principios"--como el del derecho de los pueblos o el de la democracia--no fueron invocados más que cuando podían favorecer al objetivo geopolítico. Hoy, Estados Unidos parece no haber optado todavía entre la reconquista del control global de Etiopía (del que sacaba provecho en la época imperial) y el apoyo a los separatismos, principalmente el eritreo, en la perspectiva de subordinarlos.
Las intervenciones de Israel en la región se sitúan en la misma lógica y completan las de Estados Unidos. Israel había seguido estando presente en Etiopía cuando Estados Unidos había sido eliminado de ahí, apoyando a Addis Abeba contra la insurrección eritrea (curiosamente, entonces, [exclamdown]en paralelo con el apoyo de la URSS!).
El apoyo de ciertos países árabes a la secesión eritrea (una vez más, curiosamente, el apoyo a la vez de Arabia Saudí, cliente de Estados Unidos, y de ciertos regímenes nacionalistas radicales) justificaba, para Addis Abeba, el recurso a los israelíes. Hoy, Israel no oculta su intención, en la hipótesis de una independencia de Eritrea, de adueñarse de las islas del Mar Rojo que le interesan desde el punto de vista estratégico, asociándose así a Estados Unidos y a su cliente saudí en el control de este mar.
Nunca ha habido, pues, una estrategia geopolítica árabe común con respecto al Cuerno de África y al Mar Rojo, ni siquiera geoestrategias coherentes y durables de los diferentes Estados árabes. Hoy parece obvio que el discurso que declara al Mar Rojo "lago árabe" (discurso saudí, en particular) no tiene ninguna consistencia. Es bien evidente que la expulsión de la presencia imperialista (y de su incondicional aliado sionista) del Mar Rojo pasa por la alianza de los pueblos de la región, árabes y etíopes, contra la potencia hegemónica y sus aliados exteriores e interiores. El juego de las cancillerías que se habían creído sutiles, se ha revelado un juego mediocre, destinado por las circunstancias al fracaso.
En el centro de los problemas de la región está aquí, por supuesto, la cuestión israelí. La implantación de esta colonia de población extranjera imaginada por Gran Bretaña en la época de su hegemonía (desde 1839) y puesta en práctica directamente por Londres gracias a su mandato sobre Palestina, fue heredada inmediatamente por el sucesor de Inglaterra en la hegemonía mundial: Estados Unidos. En la geopolítica de Estados Unidos, Israel es un instrumento destinado a reforzar su control sobre el Canal de Suez (con su prolongamiento del Mar Rojo) y sobre el petróleo de la región. Así pues, por las circunstancias, todas las fuerzas sociales que tienen como objetivo la liberación y el desarrollo de Egipto y de los países del Machreq son clasificadas como enemigos fundamentales por el sionismo. Más tarde volveremos a hablar de esta cuestión crucial, eje de la geopolítica en la región, así como volveremos a hablar de los prolongamientos directos de la cuestión palestina: la cuestión libanesa, la del retorno de Turquía al juego regional, la de los kurdos, etc. La guerra del Golfo, claro está, ilumina de nuevo el conjunto de estos problemas con una luz que desnuda sus funciones en la estrategia hegemónica de Estados Unidos y de sus socios europeos.
Los países de la península arábiga prolongan el Machreq y comparten el control del Mar Rojo y del Golfo con los del Cuerno de África e Irán. Pero, sobre todo, constituyen el centro de una producción petrolera indispensable para la supervivencia de Europa y de Japón. Por esta razón son considerados como una región "vital" ... para Estados Unidos. El directo control estadounidense sobre la región es, pues, al mismo tiempo, el obstáculo para un desarrollo al servicio de sus pueblos y un medio de asegurarse la obediencia de los aliados europeos y japoneses, vulnerabilizados y subalternizados por este medio.
Con todo, la península arábiga es heredera de una historia marcada por el contraste entre sus regiones meridionales yemeníes pobladas y las del desierto del Hiyaz y el Nayd. Conquistadas por la expansión wahhabí, estas dos últimas provincias de la Arabia histórica han conservado desde entonces un carácter arcaico sin igual no sólo en otras partes del mundo árabe sino tal vez incluso en todo nuestro planeta. A pesar de este carácter y dei fundamentalismo tradicionalista islámico en el que se expresa, la Arabia llamada en lo sucesivo saudí ha seguido siendo el cliente por excelencia del capitalismo estadounidense, instalado aquí con las primeras perforaciones petroleras. Prudente, el saudismo, en su conquista de la Arabia desierta y de los Santos Lugares, había tenido cuidado con la costa del Golfo, dominada entonces por los británicos por intermedio de jeques y emires y convertida con el petróleo, en los "Estados" de Kuwait, de Qatar, de los Emiratos y de Omán. No menos arcaicos, estos "Estados"--miembros de la ONU, por supuesto--son hoy sólidas murallas contra la unidad árabe. El llamamiento a los ejércitos estadounidenses para su protección, con motivo de la guerra del Golfo, ha puesto un punto final definitivo a su "legitimidad".
Yemen tiene una historia muy diferente. Coherente, poblado, Yemen resistió, en su conjunto, a la agresión occidental, precoz aquí, puesto que el establecimiento de los ingleses en Adén se remonta a 1839--fecha de la derrota de Muhammad Alí y de la primera expresión del proyecto de colonización europea de Palestina--, "retirándose a sus montañas". Como lo había hecho Etiopía dos siglos antes, Yemen sobrevivió como Estado independiente gracias a esta opción. Por eso mismo, por más arcaico que haya podido parecer, nunca compartió el oportunismo saudiano, que concilia sin dificultad el islam wahhabí, la coca-cola y las bases USA. Además, la fuerza de la comunidad yemení condenó la colonización inglesa del Yemen meridional a un rotundo fracaso, desembocando, en 1968-1970, en el nacionalismo más radical del mundo árabe. Las viscisitudes del régimen popular, desgarrado por intensas luchas internas que enfrentaron a prosoviéticos--que, ingenuamente, no veían que Gorbachov se perfilaba detrás de Bréchnev, cuya era pensaban que era eterna--y maoístas--que, también ingenuamente, interpretaban el pensamiento de Mao como un llamamiento a la revolución inmediata y final-- están hoy superadas por los acontecimientos. La reciente reunificación de Yemen da paso, en estas condiciones, a una posibilidad histórica no despreciable: la de un renacimiento popular progresista, del que los señores de Riad tienen un miedo atávico, que no ha sido secundario en su enloquecido llamamiento a las tropas estadounidenses con motivo de la guerra del Golfo.
La criminal guerra llevada a cabo durante el decenio de los años ochenta por el Iraq de Saddam Husein contra el Irán del ayatolah Jomeini ha suscitado una plétora de discursos patrioteros, interpretados en Occidente como la expresión del choque de dos nacionalismos irreconciliables, el árabe y el persa, confundidos a menudo con los del islam sunní y del chiísmo. Pero aquí tampoco ni la arabidad y la iranidad, ni el sunnismo y el chiísmo, constituyeron en el pasado--siempre vivo en esta región del mundo--serios y duraderos motivos de enfrentamiento entre los pueblos. Las feodalidades regionales que durante siglos se disputaron la herencia del califato transgredieron, aquí como en otras partes, esas fronteras sin significación para ellas. Ni el Irán moderno, ni los Estados árabes herederos del Imperio Otomano tampoco siguieron en este terreno el modelo de la patriotería nacionalista culturalista de la Turquía kemalista, inspirada en la de la Europa del siglo XIX.
A decir verdad, el conflicto entre los Estados de la región tiene su lógica en las aspiraciones al control del Golfo, por cuenta del sistema hegemónico a escala mundial, por los sucesivos candidatos al papel de "subimperialismos", instigados por Washington y sus aliados europeos. Ayer fue el Sbah de Irán, convertido, durante una época, en principal potencia militar del Golfo. La revolución iraní desestabilizó a la región durante un tiempo, y, más allá de ella, al mundo musulmán en su conjunto. Pues esta revolución desarrolló pretensiones a una respuesta universalista al reto que representa el Occidente capitalista para el conjunto de los pueblos del Tercer Mundo. El fundamentalismo islámico revolucionario pudo entonces desafiar a su rival conservador y proimperialista, defendido por Arabia Saudí. No obstante, en mi opinión, esta pretensión universalista no podía dejar de desgastarse con extrema rapidez, a medida que fue demostrando la incapacidad de la ideología retrógrada en la que se funda de dar respuestas originales y eficaces a los problemas sociales fundamentales. Con todo, en respuesta al peligro de desestabilización que representaba el Irán jomeinista, las potencias occidentales instigaron a Iraq en su aventura militar, halagando las ambiciones de sus dirigentes, que creyeron poder imponerse en el Golfo como su interlocutor privilegiado. Detrás de la guerra iraquí-iraní se perfilaba, en realidad, la guerra del Golfo.
Afganistán y Pakistán se perfilan detrás de Irán y, por eso mismo, ocupan posiciones geoestratégicas de varias vocaciones desde el punto de vista del hegemonismo estadounidense: prolongamiento de las bases turcas en el cerco a la URSS, vigilancia de Oriente Medio y del Golfo, y presión sobre la India neutralista.
Ahora bien, si el problema palestino no ha hallado solución no es, precisamente, en modo alguno por el azar de la evolución de los acontecimientos del día, sino debido a la conjunción de la voluntad del sionismo, por una parte, y de Estados Unidos y de Europa, por la otra, de no darle solución.
El elemento dominante en esta alianza estratégica lo constituye la posición de Estados Unidos. He recordado en otra parte (ver La Méditetranée dans le systeme mondial) que Inglaterra, y detrás de ella Europa, se había dado cuenta, desde la época de Muhammad Alí, del "peligro" que podía representar la unidad árabe (incluso reducida a Egipto y al Machreq) y su modernización. La coalición formada contra Egipto, el tratado de Londres que desmantelaba los esfuerzos de modernización (capitalista) de este país, y la misma idea de constituir una colonia de población europea en Palestina (anterior, en varios decenios, al proyecto sionista) se remontan a esa época, es decir, a los años 1838-1840. Ese objetivo permanente de la geopolítica de la potencia hegemónica del siglo XIX (Gran Bretaña) ha sido legado tal cual a Estados Unidos, que también hizo de él un dogma absoluto. La "transición" entre el hundimiento de Gran Bretaña y su desaparición de la región y su relevo por Estados Unidos ocupa el decenio de 1948 a 1958. Desde 1947, Washington apuntala el proyecto del Estado israelí, cuyas bases había sentado el mandatario británico; desde 1950, por voz de Eisenhower, Estados Unidos asocia a Inglaterra y Francia a su declaración según la cual se arroga el "derecho" de intervenir en la región. Y si, en 1956, crispado por las actitudes provocantes, ineficaces y arcaicas de los paleocolonialistas Anthony Eden y Guy Mollet, Estados Unidos parece salir en defensa de Náser, dos años más tarde solamente define claramente su intención dominadora con su primera intervención (aun cuando fuera desafortunada en esa época) en Líbano. El precoz fracaso de la unidad Egipto-Siria y de su extensión a Iraq no es, ciertamente, producto de intrigas extranjeras, sino de los estrechos límites históricos de las concepciones nacionalistas naserianas y baazistas. Aún así Estados Unidos reaccionó a la radicalización reinante en Egipto después de este fracaso, a partir de 1961, con la decisión de hacer añicos ese "peligro" mediante la guerra. Así es como la agresión israelí de 1967 fue planificada en el Pentágono en 1965. La descomposición del nacionalismo árabe radical a partir de la derrota de 1967, a pesar de la corrección parcial del desequilibrio con la guerra de 1973, reforzada por las ilusiones compradoras generadas por la nueva riqueza financiera de los Estados petroleros del Golfo (a partir de la recuperación del precio del petróleo, hecho posible gracias a la acción militar de Egipto y Siria en 1973), a la que la guerra del Golfo ha dado por terminada definitivamente, no incitó a Estados Unidos a disminuir su esfuerzo, sino, al contrario, lo convenció de intensificar su presión sobre los árabes y su alianza con Israel. Después de haberse aprovechado del oportunismo sadatiano y haber hecho aceptar a Egipto la paz con Israel (1977), Estados Unidos renunció a continuar la presión sobre Israel, con la que había seducido, y aplazó para el día del juicio final la autodeterminación de los palestinos. Finalmente, a comienzos de la década de los ochenta, transformó su amistad con Israel en una alianza estratégica fundamental, que prácticamente anexiona el Estado hebreo al State Department.
Las mismas razones que habían conducido a la Europa del siglo XIX a seguir a Gran Bretaña en su política árabe reproducen la subordinación de la Europa contemporánea a los imperativos de la estrategia de Estados Unidos. Europa había aceptado la idea de que un mundo árabe modernizado (una vez más, aunque fuese en el marco capitalista) constituía un "peligro". Incluso Francia, que durante mucho tiempo había mirado con simpatía los esfuerzos de Egipto, había terminado por aceptar que la página de su competencia con Inglaterra había sido pasada y que tenía que replegarse a una posición de segunda fila, obteniendo el derecho de instalarse en el Magreb con su apoyo a la dominación inglesa en Suez, el Mar Rojo y Oriente Medio. La Europa comunitaria reproduce la misma actitud [exclamdown]incluso hasta en el detalle! Acepta--la guerra del Golfo lo ha mostrado claramente--la hegemonía de Estados Unidos en Oriente Medio y, en cambio, persigue el objetivo (insensato) de conservar el Magreb en su campo de influencia particular.
La inserción del sionismo y de Israel en la geopolítica de Oriente Medio no es el primer producto de una fuerza exterior autónoma, como la ideología del sionismo quiere hacer creer. Sin su alianza estratégica con Gran Bretaña, y luego con Estados Unidos, Israel nunca habría existido. Desde luego, el sionismo sabe explotar con talento el complejo que el Occidente democrático ha desarrollado a su respecto. La ignominia antisemita, que es un producto "occidental"--el cual culminó, por cierto, en el genocidio hitleriano, pero no se reduce a éste (numerosos son los europeos que no tienen la conciencia limpia en este asunto}, halló así su "solución normal" en la utilización por los occidentales de los hijos de sus víctimas para perseguir sus propios objetivos imperialistas contra los pueblos del Tercer Mundo. Al haber optado Estados Unidos, y detrás suyo Europa, por una geopolítica que excluye la unidad y la modernización árabes, Israel no sólo puede desplegar sus ambiciones expansionistas, sino que es invitado a hacerlo.
En su estudio, Beit Hallahmi demuestra que la estrategia de Israel se basa en esta perspectiva de expansión continua, que por principio excluye cualquier paz verdadera, la cual es reducida a la dimensión de un armisticio provisional. El cerco al mundo árabe y las instigaciones provocadoras a la hostilidad de Turquía, de Irán, de Etiopía, de las minorías del Sudán meridional y de Kurdistán, que son movilizadas cada vez que lo permiten las circunstancias, tienen su lugar en esta estrategia de rechazo de la paz, sea la responsabilidad de la situación obra de los regímenes árabes o de los otros Estados de la región. La alianza estratégica con Estados Unidos, que permite a Israel gozar de una superioridad militar absoluta y lo ha dotado de armamentos nucleares prohibidos a los demás países de la región, cumple una función axial en la geopolítica del hegemonismo estadounidense. Esta alianza estuvo, por lo demás, sobredeterminada y sobrelegitimada en su momento por el antisovietismo. El mundo árabe era presentado como el juguete de Moscú, cuando, como lo muestra Hassan Nafaa, la opción de Náser y del nacionalismo radical árabe, al aceptar las ofertas de apoyo de la URSS, no era resultado de principios relativos a la perspectiva de desarrollo social, sino, al contrario, se derivaba del problema israelí. Se trataba de poner límites al expansionismo sionista, nada más. Por eso, cuando simultáneamente aparecieron los límites de este apoyo soviético--con la distensión y aun antes de que la URSS inicie el reflujo de su poderío a partir de 1985--y el nacionalismo radical árabe mismo llegó a los límites de sus posibilidades fue considerado fácil por los' ideólogos de los poderes árabes en vías de compradorización invertir las alianzas. Sadat, al afirmar que ya que las "cartas" estaban en las manos de Washington había que aliarse con él, inauguró esta inversión de las políticas árabes desde 1977. Con Egipto, que estuvo aislado durante algunos años, se juntaron progresivamente en esta opción los otros Estados árabes, y la guerra del Golfo ha consumado la evolución en este sentido. Sin embargo, contrariamente a las expectativas de los poderes árabes llamados "moderados", su nueva política no parece tener que ser rentable. Al contrario, la debilidad del mundo árabe, de la que son responsables, constituye una incitación suplementaria para Israel a continuar su expansión.
Los guiones referentes al futuro, esbozados por Mohamed Sid Ahmed antes de la guerra del Golfo, tienen que ser leídos en esta perspectiva. La perspectiva de una "paz de los pueblos", única forma de paz duradera, no es para mañana. Después de la guerra del Golfo, que ha establecido una hegemonía estadounidense-israelí que permanecerá indiscutida durante algún tiempo, esta perspectiva está más lejana que nunca. Pues la paz de los pueblos implica que Israel renuncie a su superioridad militar absoluta y acepte la desnuclearización de la región. Poner punto final a la carrera de armamentos y proteger las fronteras de Israel y de un Estado palestino con acuerdos de garantía internacional no sería teóricamente imposible. Excepto que Israel no lo quiere, porque eso sería renunciar a sus ambiciones expansionistas ilimitadas. Y que, por otro lado, una paz de este tipo constituiría un factor favorable a una evolución del mundo árabe en el sentido de una construcción nacional popular unitaria, de la que Estados Unidos y Europa no quieren ni oír. Las diplomacias occidentales no prevén, pues, en el mejor de los casos, más que una "paz de los Estados", que, como lo dice Sid Ahmed, sólo es aceptada por los pueblos como una situación provisional, en espera de una mejor relación de fuerzas local e internacional. Es la forma de paz que convendría a Estados Unidos porque implica su presencia y su intervención continua para "garantizar" su mantenimiento. ¿Tiene esta paz, accesoria de la compradonzación general de la región, posibilidades reales? Lo dudo, pues implicaría, a pesar de todo, una forma de Estado palestino, y los sionistas estiman que esta concesión no es necesaria, pudiendo prolongarse la situación de "ni guerra, ni paz" en beneficio de sus proyectos de expansión.
La "cuestión libanesa", cuyas etapas de desarrollo son descritas en la contribución de Fahima Charaf El Dine, no es producto ni de una hostilidad fundamental de las comunidades que componen el mosaico libanés, ni, por más que se lo diga, de la ambición de Siria de anexionar el país. Después de todo, estas comunidades han vivido juntas sin graves problemas durante siglos y luego, en el marco del Líbano independiente, durante decenas de años.
Lo que se puso en tela de juicio, a partir de 1958, en el marco del flujo ascendente del nacionalismo árabe radical, fue el orden comprador interno y regional en el que Líbano estaba insertado. Rápidamente defraudados por Náser, importante actor del frente neutralista inaugurado por la Conferencia de Bandung (1955), Estados Unidos y sus aliados europeos (después de la tentativa desafortunada de éstos en la guerra de Suez, en 1956) estaban decididos a quebrar la unidad de Egipto y de Siria. Ahora bien, sus intrigas coinciden con el despertar de las reivindicaciones sociales de la mayoría del pueblo libanés--todas sus comunidades confundidas--, sacrificada por la dominación del "maronismo político", en el que se fundaba el viejo orden comprador. Respondiendo al llamamiento enloquecido del presidente Camille Chamoun, que no concebía la reforma de este sistema, los marines USA tuvieron su primera experiencia libanesa, con este motivo, en 1959. Al no haber podido esta intervención salvar a Chamoun de la tempestad popular, la retirada estadounidense abrió las puertas al reformismo modernizador de Fuad Chehab, aceptado (e incluso apoyado) por Siria y Egipto. Factor favorable suplementario, el nuevo equilibrio interno que establecían las reformas de Chehab coincidía con el despliegue del gaullismo, que se negaba a situar la política de Francia bajo el alero de Washington. Durante algún tiempo, Estados Unidos se vio obligado a renunciar a su proyecto de imponer en Oriente Medio un pacto militar de apariencia "antisoviético" (el CENTO), destinado en realidad a garantizarle la hegemonía que no obtendrá sino como consecuencia de la guerra del Golfo, cuando, al haber dejado de existir el gaullismo, Europa habrá regresado a la tradición de su sometimiento de la posguerra.
El colapso del proyecto del nacionalismo árabe radical en 1967 colocó brutalmente en la delantera del escenario libanés al expansionismo sionista. El primer objetivo del Estado israelí era entonces destruir la OLP renaciente de las cenizas de 1967 e imponer un regreso al Líbano pre-Chehab, que podría entonces convertirse en un Estado cliente de Tel Aviv. Las intervenciones militares de Israel, en 1978, luego en 1982 y desde entonces de manera continua, favorecen este objetivo. Simultáneamente, los propios progresos de la sociedad libanesa, realizados durante la presidencia de Chehab (educación, industrialización, etc.) imponían un ahondamiento de la reforma. El frente constituido por la izquierda libanesa, entonces poderosa y multiconfesional, y la OLP, que coincidía con el rechazo a la política inaugurada por Sadat (los acuerdos de Camp David, en 1977), apareció entonces peligroso tanto para los sionistas como para los occidentales. En cuanto a las intervenciones sirias, éstas deben su ambigüedad al propio carácter del poder establecido en Damasco. Pues la primera de estas intervenciones, en 1975, aconteció en auxilio del maronismo político, amenazado por el ascenso de la izquierda libanesa. La segunda, posterior a los acuerdos de Camp David, restableció un acercamiento entre Siria, la OLP y la izquierda libanesa. Pero, entre tanto, esta diplomacia--cuyo objeto es mantener a Líbano en su estado "tradicional"--había aportado su contribución a la fragmentación del frente popular y al deslizamiento a una guerra civil a partir de 1975, que degeneró rápidamente en una guerra de las comunidades.
La intervención israelí de 1982 resultó sólo un semifracaso para Tel Aviv. Sin duda, los sionistas tuvieron que renunciar al proyecto inicial de un Líbano cliente (el presidente Gemayel no pudo dar curso al acuerdo del 17 de mayo de 1982, que establecía el protectorado israelí sobre todo Líbano), pero fueron capaces de proseguir el proyecto alternativo de alimentar la destrucción de Líbano, su fragmentación en micro-Estados cantonales, la ocupación militar de su parte meridional y el desvío, en beneficio de ellos, de las aguas del Litani y del Jordán (un desastre ecológico sobre el que las almas sensibles a este tipo de problemas en Europa están totalmente mudas). Es verdad que la descomposición de la sociedad libanesa podía incitar a Tel Aviv, la desmoralización y la confusión ideológica propias de nuestro período de reflujo de las fuerzas progresistas desempeñaron en Líbano, lo mismo que en otras partes del mundo árabe y en todo el Tercer Mundo, su papel negativo. El temporal ascenso del movimiento islamista Hizbulab, fomentado por el Irán jomeinista, no tiene otra explicación. En estas condiciones, Siria, en la defensiva en una coyuntura desfavorable en todos los aspectos, desfavorecida además por su alianza con Irán contra las ambiciones de Bagdad, se ha contentado con "controlar" vagamente las dos terceras partes de Líbano, dejando a Israel dueño del sur del país, dando incluso la impresión de una colusión entre ambas diplomacias.
La guerra del Golfo ha permitido a Damasco recuperar la ofensiva en Líbano, sofocando la secesión de los extremistas del maronismo político--el general Aún, en lo sucesivo apoyado por la Francia posgaullista, regresada a los viejos esquemas coloniales--y luego aprovechando la ocasión del restablecimiento de la legalidad libanesa, desde ahora apoyada por el conjunto de las comunidades, que han experimentado amargamente la gestión de sus asuntos por milicias manipuladas por todos los actores exteriores posibles e imaginables y han sacado conclusiones de ello, para ofrecer un apoyo a esta legalidad con el tratado de alianza de 1991.
La dimensión geopolítica siempre está presente en las cuestiones de Oriente Medio, incluso en las más "internas" y específicas en apariencia, por lo "vital" que es la región para la estrategia hegemonista occidental-sionista. Un convincente ejemplo de ello es el problema kurdo.
El pueblo kurdo ocupa, como se sabe, un territorio entre Turquía, Irán e Iraq, más algunos pueblos en Siria y en el Cáucaso, sin salida marítima. En el marco de los imperios tradicionales califal, otomano y persa, los campesinos kurdos _la región figuraba entonces entre las menos afectadas por el desarrollo de la época_ eran tratados como todos los demás: brutalmente, sin duda; pero la "feudalidad" kurda (o las jefaturas de tribu) participaba en el bloque de las clases hegemónicas y aportó, lo mismo que los otros segmentos de este bloque, su lote de dirigentes imperiales e incluso de dinastías. El concepto moderno de "nación" le era ajeno. La modernización--del todo reciente, muy posterior a 1945--dio una nueva dimensión al problema con el simple hecho de la escolarización en una de las tres lenguas extranjeras para los kurdos (el turco, el persa y el árabe), convertida en la condición de una movilidad social en los centros urbanos en expansión. Ahora bien, los poderes de los Estados modernos se niegan a reconocer que allí hay un problema que debe ser solucionado con la democracia y la autonomía. El más salvaje de estos poderes a este respecto es el de Ankara, cuya patriotería turca no conoce concesiones y llega hasta reprimir duramente [exclamdown]incluso el uso oral de la lengua! Pero la Turquía moderna es un valioso aliado de Occidente y, por añadidura, los kurdos ocupan la tercera parte de Anatolia, y, especialmente, las regiones orientales fronterizas con la URSS, donde se instalaron en las tierras desalojadas de sus armenios por el genocidio de 1915. Plantear la cuestión kurda vendría a ser aquí liquidar la existencia misma de la Turquía miembro de la OTAN. Irán e Iraq no siempre se han negado a hacer algunas concesiones a la autonomía kurda en el terreno lingüístico y cultural, aunque estas concesiones casi nunca han integrado una práctica política democrática, negada por lo demás al conjunto de los pueblos de Irán y de Iraq. La URSS había impuesto a Irán, durante su ocupación del norte del país en la segunda guerra mundial, una "República autónoma kurda".