1. La hegemonía de Estados Unidos implica necesariamente el ejercicio de su dominación sobre el conjunto del Tercer Mundo. Sin duda, el conflicto Este-Oeste ocultó parcialmente, durante cuarenta años, este conflicto fundamental que lleva a los pueblos del Tercer Mundo a rebelarse regularmente contra la periferización que les impone el capitalismo y, por eso mismo, a entrar en conflicto con las metrópolis del centro y, fatalmente, en primer lugar, con la potencia hegemónica. Es verdad que la URSS constituía (y constituye todavía) el único reto militar a Estados Unidos y que, además, el "socialismo realmente existente", cualesquiera que hayan sido su contenido social real y sus límites, que lo han conducido al colapso, parecía ofrecer una alternativa real para los pueblos del Tercer Mundo. El apoyo político (y a veces militar) de Moscú a los movimientos de liberación nacional reforzaba esta opinión. Todos los centros capitalistas desarrollados son, para los pueblos de la periferia, adversarios "naturales". Por eso, la competencia que estos centros se hacen entre ellos en el mercado mundial no borra su alianza fundamental contra cualquier rebelión "peligrosa" de los pueblos de la periferia, porque ésta pone en tela de juicio el orden capitalista. Tanto más aquí cuanto que el conflicto Este-Oeste apiñaba al Occidente europeo y a Japón detrás de Estados Unidos.

    Para Estados Unidos, por lo demás, el Tercer Mundo es, qué duda cabe, la "zona de tempestades". Tempestades que, evidentemente, no son permanentes, que estallan tal vez agrupadas en el tiempo, pero que amenazan casi siempre ese orden capitalista mundial del que Estados Unidos se considera el garante supremo. Europa y Japón son, en definitiva, aliados fundamentales que comparten la misma preocupación de garantizar el orden capitalista. Su conflicto con Estados Unidos permanece, pues, circunscrito a los estrechos límites de la competencia mercantil. En cambio, los conflictos Norte-Sur revisten siempre una dimensión política, muchas veces violenta. Por esta razón, las intervenciones de Washington en el Tercer Mundo ya no se cuentan; no hay una sola región, ni siquiera un solo país de América, África y Asia en que Estados Unidos no haya intervenido por medio de la subversión, el golpe de Estado, las presiones económicas y financieras (aplicadas por las instituciones "internacionales" que dirige: el Banco Mundial y el FMI) y la intervención militar directa o indirecta. Nunca hasta ahora se han atrevido los europeos y los japoneses a ir hasta tomar posición abiertamente contra estas intervenciones; casi siempre se han adherido a ellas y, sobre todo, nunca han utilizado su voz en el FMI y en el Banco Mundial para oponerse a los caprichos de Washington; incluso han alineado la política de la CEE con la de estas instituciones en África.

    Sin embargo se dice, el Tercer Mundo es cada vez más "marginal" en el sistema mundial, sea como proveedor de materias primas, sea como mercado para las exportaciones de los centros y la inversión de sus capitales. Sin duda, la evolución de las tecnologías, por una parte, y la importancia de los recursos minerales de los continentes norteamericano y australiano, por la otra, han disminuido provisionalmente la importancia de las aportaciones del Tercer Mundo. Con todo, de ello no se puede deducir que éste sea en adelante "marginal". Esta idea a la moda es simplemente falsa. En primer lugar, porque la disminución relativa de la contribución del Tercer Mundo se debe ampliamente a la coyuntura de depresión, dominante desde 1970, pero debería de volver a ocupar un lugar decisivo en la hipótesis de una nueva expansión sostenida y larga. Y si--gracias, entre otras cosas, a las gigantescas reservas estratégicas de materias primas constituidas por Estados Unidos--no hay peligro de grave penuria en caso de conflicto localizado, no se puede asegurar que será posible mantener esta situación cuando una nueva expansión fuerte haya comenzado. Lo más probable es que la carrera de materias primas recobre entonces toda su virulencia. Tanto más cuanto que estos recursos corren peligro de enrarecerse, no sólo por el "cáncer" exponencial del derroche del consumo occidental, sino también por el desarrollo de la nueva industrialización de las periferias. Los conflictos por el acceso a estos recursos están pues lejos de haber perdido su razón de ser.

    Ahora bien, desde el punto de vista de este control global de los recursos del planeta, Estados Unidos dispone de una ventaja decisiva frente a Europa y Japón. No sólo porque es la única potencia militar mundial, como ya se ha visto, y, por lo tanto, ninguna intervención fuerte en el Tercer Mundo puede llevarse a cabo sin Estados Unidos, sino también porque tanto Europa (excluida la URSS) como Japón están desprovistos de los recursos esenciales para la supervivencia de su economía. Por ejemplo, su dependencia en el terreno energético, sobre todo su dependencia petrolera con respecto al Golfo, es y seguirá siendo durante mucho tiempo considerable, aunque hubiera de disminuir en términos relativos. Al adueñarse--militarmente--del control de esta región por la guerra del Golfo, Estados Unidos demostró que era perfectamente consciente de la utilidad de este medio de presión de que dispone con respecto a sus aliados-competidores. El poder soviético también había comprendido esta vulnerabilidad de Europa y Japón y no está excluido pensar que--como he dicho en anteriores escritos--ciertas intervenciones soviéticas en el Tercer Mundo hayan tenido por objeto recordar a los europeos y a los japoneses esta vulnerabilidad con objeto de inducirlos a negociar en otros terrenos. Evidentemente, las deficiencias de Europa y Japón podrían compensarse en la hipótesis de un acercamiento serio Europa-URSS (la "casa común", que uno se la encuentra por todas partes). Esta es la razón por la que el peligro de esta construcción de Eurasia es vivido como una pesadilla por Washington.

    La opción estratégica estadounidense, que, contrariamente a los escritos periodísticos de moda, hace hincapié en la importancia vital de mantener y reforzar en todo el Tercer Mundo un "ambiente político favorable a la libre empresa", refleja una conciencia lúcida de que el Tercer Mundo no es en modo alguno marginal. Al contrario, a medida que el conflicto Este-Oeste se difumina (por lo menos en su dimensión de peligro militar), y mientras el conflicto intra-Oeste siga estando administrado sólo por los medios de la competencia económica que acepten las "reglas del juego" (lealmente o menos ...) y no corra peligro de patinar hacia enfrentamientos políticos violentos (si no militares, como sucedió en toda la historia del capitalismo hasta 1945), el conflicto Estados Unidos/Tercer Mundo se torna completamente primordial. Las evoluciones fatales en este terreno incluso han de agravar los motivos de enfrentamiento, no sólo debido a la industrialización del Tercer Mundo, sino además por el hecho de que, en lo sucesivo, potencias medianas pueden volverse militarmente "peligrosas", es decir, capaces de poner en peligro las vías de comunicaciones marítimas y aéreas que garantizan la hegemonía mundial de Estados Unidos. Parece que Iraq estaba en ello; y que este argumento convenció al Pentágono mucho antes de la invasión a Kuwait el 2 de agosto de 1990 de que había que destruir el potencial militar e industrial de ese país. ¿Qué va a hacer Estados Unidos en el futuro con respecto a Irán, por ejemplo, y a tantos otros países del Tercer Mundo en situación semejante?

    Ciertamente, la amenaza no es a corto plazo. Precisamente porque la hegemonía estadounidense, y, detrás de ella, la de todos los centros capitalistas, actúa por medio de alianzas sociales y políticas con las clases dirigentes en el poder en el Tercer Mundo. En la coyuntura actual, esta "compradorización"política es casi general, y los Estados que resisten a ella se cuentan con los dedos (Cuba, Vietnam ...).

    En una visión amplia, Estados Unidos considera que América Latina en conjunto no pondrá en tela de juicio el orden mundial porque las clases dirigentes burguesas locales son suficientemente poderosas como para contener eventuales explosiones populares y son plenamente conscientes del interés común que comparten con el capitalismo mundialmente dominante. La fragilidad de estas burguesías en Centroamérica (Nicaragua, El Salvador, Panamá) y en el Caribe (Jamaica, Trinidad), así como el caso cubano, no son más que excepciones de la regla general, visiblemente válida por lo menos para los grandes países (México, Brasil, Argentina, Chile) y tal vez incluso para las regiones andinas, a pesar de su aparente inestabilidad (Colombia, Bolivia y, sobre todo, Perú). Se observará, a este respecto, que las guerrillas guevaristas no modificaron, en su época, esta apreciación estratégica estadounidense.

    Del mismo modo, Estados Unidos considera que los Estados del Africa subsahariana son demasiado débiles como para que, a pesar de su inestabilidad, puedan elevarse a ese nivel de "potencias medianas" potencialmente peligrosas. No parece que su juicio sobre Sudáfrica después del "apartbeid" haya modificado esta visión general de la región.

    En cambio, los países árabes e Irán son considerados "forzosamente" peligrosos debido a la virulencia de su nacionalismo antioccidental y a la incapacidad de las burguesías locales--no obstante, amigas--de superar esos sentimientos populares, lo que les obliga ya a una retórica nacionalista permanente, ya incluso a patinazos demagógicos incontrolables. Sólo escapan a esta regla los regímenes arcaicos de la península arábiga (Arabia Saudí, Kuwait y los Emiratos). Recuerdo que la caída del Shah de Irán sigue siendo, en la memoria política estadounidense, una lección capital. Esta opinión estadounidense (y occidental) referente a los Estados árabes y a Irán no es un producto artificial, pues corresponde a una realidad efectiva. Sin duda, el sionismo explota a fondo esta situación para intentar crear un ambiente de verdadero odio de los occidentales con respecto a los árabes y a los musulmanes en general.

    Estados Unidos sigue siendo "desconfiado" con respecto a los otros pueblos "orientales", los del subcontinente indio, del Asia sudoriental y de la oriental. Sin embargo, aquí, las burguesías locales parecen controlar perfectamente las situaciones a medio plazo, a pesar del fracaso en Sri Lanka (abandonado a la guerra civil?, de los irredentismos que emergen en India (el asunto de los Sijs es, a este respecto, revelador), del levantamiento democrático en Corea y de la guerra de guerrillas permanente en Filipinas. El éxito económico a pesar de sus límites--en el marco del capitalismo periférico--da cierta estabilidad a los sistemas de los poderes establecidos. No obstante, Estados Unidos nunca ha depositado su confianza más que a medias en sus aliados locales, de quienes a menudo sospecha que, en el fondo de su alma, siguen siendo nacionalistas "antioccidentales", tanto más cuanto que el islam domina en algunos de los países de la región y que todas las culturas de ésta son fuertes y resisten a la occidentalización. Ese es un factor cultural, sin duda, pero se cometería un error en desdeñar la importancia que tiene en las percepciones estratégicas: los pueblos orientales siempre pueden ser tratados como enemigos. En esto, Estados Unidos es heredero de la vieja visión eurocéntrica del "Oriente despótico, de dos caras, etc.".

    La importancia del Tercer Mundo en la estrategia de hegemonía estadounidense es la causa de una reflexión militar permanente sobre los 'medios de intervención apropiados". Estados Unidos tiene ahora una larga experiencia de cuarenta años de intervenciones permanentes en diversas formas. Ahora bien, los resultados de éstas son mixtos. La intervención ha sido un éxito indiscutible cada vez que sólo se trató de organizar un golpe de Estado o una operación militar rápida contra un país pequeño. La lista de los golpes de Estado ya no se cuenta (desde la restauración del Shah de Irán en 1952 y el derrocamiento del gobierno de Arbenz en Guatemala, en 1954) y, entre las últimas intervenciones militares de este tipo hay que recordar las llevadas a cabo en Granada (1983) y Panamá (1989). El éxito de los golpes de Estado fue tanto más fácil cuanto que algunos de los regímenes que fueron víctimas de ello nunca habían gozado de un verdadero apoyo popular o éste se había debilitado a medida que el populismo en el que se basaban había agotado su potencial (Indonesia en 1966, Ghana en 1966, Egipto en 1970, etc.). La guerra del Golfo demuestra que el éxito también es relativamente fácil (incluso si la operación se vuelve financieramente costosa) mientras el conflicto se quede encerrado dentro de los límites de la guerra "clásica" (ejército contra ejército, sin movilización popular en la lucha). En cambio, los desenlaces de las intervenciones resultaron un empate cuando el conflicto fue integrado en el enfrentamiento Este-Oeste. Aquí es ejemplar el caso de la guerra de Corea. Sin embargo, cada vez que el poder en el país del Tercer Mundo víctima de la agresión estadounidense (o, en general, occidental) gozaba de legitimidad nacional y popular, la intervención no dio resultados brillantes para Estados Unidos. Evidentemente, el ejemplar caso de Vietnam marcó tan profundamente la conciencia estadounidense que se granjeó ese sintomático nombre de "síndrome de Vietnam, y las primeras palabras de Bush, inmediatamente después de su victoria contra Iraq, fueron dedicadas a ese tema ([exclamdown]declaró: por fin nos hemos liberado del síndrome de Vietnam!). Pero también lo hizo el caso de Cuba (la vergonzosa retirada de playa Girón en 1961), de la operación de rescate de la embajada llevada a cabo en Irán en 1979 y de la intervención en Líbano el mismo año. Y también el caso de Afganistán, cuyo régimen--a pesar de la suspensión de la ayuda soviética--se reveló capaz de repeler solo a los "muyahidin " islamistas organizados por la CIA. E incluso, hasta cierto punto, los casos de Nicaragua, El Salvador, Angola y Mozambique, a pesar de la derrota electoral de los sandinistas y del desgaste del MPLA y del FRELIMO, pues estos enemigos señalados de Estados Unidos no están derrotados definitivamente y sus adversarios reaccionarios a sueldo de Washington (Savimbi y RENAMO, entre otros) no han conquistado un mínimo de legitimidad.

    Estados Unidos no es, pues, "invencible" y la resistencia de los pueblos del Tercer Mundo a su hegemonía es su talón de Aquiles.

    La reflexión militar en Estados Unidos siempre ha estado preocupada por este problema a decir verdad sin solución para el imperialismo: cómo combatir eficazmente la rebelión de los pueblos de la periferia contra ese sistema, forzosamente inaceptable para ellos. La lección de los fracasos--en Vietnam, en primer lugar, ciertamente, pero también en otras partes--parece haber convencido a los estrategas políticos de que lo mejor es golpear bastante pronto, antes de que una alternativa popular haya tenido tiempo de cristalizar. Desde luego, la actual coyuntura política e ideológica no es amenazadora, el agotamiento del nacionalismo populista radical de la década de los sesenta y el colapso del "socialismo realmente existente" no han dado lugar a una nueva alternativa nacional popular que responda a los desafíos de nuestra época, sino, al contrario, han dado paso a movimientos retrógrados (los fundamentalismos religiosos, los etnocentrismos patrioteros, etc.) que debilitan las potencialidades de la mayoría de la humanidad que los pueblos del Tercer Mundo representan. De ahí la impresión de "marginación" de su papel histórico, de la que beben las ideologías anti-Tercer Mundo de moda. Esta es también la razón que ha conducido al Pentágono a poner en pie su teoría llamada de "los conflictos de baja intensidad" (low intensity wars). Se trata de prolongar el actual estado de debilidad del Tercer Mundo instigando los movimientos retrógrados aludidos y alimentando los conflictos regionales en los que puedan meterse para "dejar que las situaciones se pudran" el mayor tiempo posible. Así se comprende el juego de Arabia Saudí--fiel aliado de Washington--financiando los movimientos islamistas presentados por los medios de comunicación occidentales como [exclamdown]adversarios "fundamentales" de Occidente! Las instigaciones de Occidente al apoyar la guerra de Iraq contra Irán también deben ser incluidas en esta sección. La estrategia de la gestión de los conflictos de baja intensidad también fue aplicada para desestabilizar a los regímenes progresistas--en grados diversos, evidentemente-- en Nicaragua, Angola, Mozambique y Etiopía. Aquí, el procedimiento fue el apoyo dado a los adversarios de estos regímenes: los "contras", UNITA, RENAMO y los secesionistas eritreos y tigré. Hay que reconocer que esta estrategia ha dado resultados y podrá seguir dándolos mientras las fuerzas nacionales populares sigan estando limitadas por la imprecisión de su propio proyecto y la confusión ideológica. Pero ¿qué ocurrirá el día en que precisamente esos límites sean superados aquí o allí, sobre todo si eso sucede en un país de unas dimensiones respetables? Hasta ahora, el Pentágono no ha tenido presente la posibilidad ("técnica") de intervenciones militares de larga duración más que para dos países: México y Filipinas. En cualquier otra parte, el espectro de una "guerra sucia" difícil de hacer aceptar políticamente parece paralizar la decisión estadounidense. Sin embargo, la guerra convencional--como la del Golfo--ya no es un "conflicto de baja intensidad", y demuestra que Estados Unidos puede muy bien salir de los límites del esquema en cuya dirección se había lanzado su reflexión. Esta opción corre peligro de resbalar rápidamente hacia el genocidio. Como lo mostró la guerra del Golfo, el deseo de evitar a los ejércitos estadounidenses el enfrentamiento en tierra conduce directamente a una concepción de la guerra que implica la destrucción total del país contrario y de su población, aunque éste sea incapaz de poner en peligro la seguridad de Estados Unidos. [exclamdown]Del equilibrio del terror que instituía la disuasión nuclear se pasa a la movilización sistemática del desequilibrio! En el Tercer Mundo se cometería un error en subestimar ese peligro y en excluir la opción del genocidio, del que, por desgracia, la historia de Occidente ofrece numerosos ejemplos. Agregaré que poderosos grupos de presión operan en Estados Unidos en favor de la opción favorable a las "guerras convencionales", defendiendo el abandono de lo que consideran ser la ilusión de la gestión de las guerras de "baja intensidad". Los intereses económicos y financieros del complejo militar-industrial necesitan que se dé preferencia al armamento sofisticado, mientras que la guerra de baja intensidad exigiría la reconstrucción de fuerzas armadas rústicas.

    De todos modos, mientras los conflictos en el Tercer Mundo sigan siendo lo que son, desestabilizadores desde luego, pero no realmente amenazadores, la hegemonía de Estados Unidos no se sentirá puesta en duda por ese lado. Como han dicho politólogos norteamericanos: "El desorden es molesto, pero no constituye una amenaza".

  2. Las incertidumbres que marcan las opciones de estrategia política y militar de Estados Unidos con respecto al Tercer Mundo remiten al permanente debate en el seno del "establishment"estadounidense entre partidarios de la opción llamada "maritimista" y de aquella otra llamada "coalicionista". Como se ha visto, esta distinción no coincide con la oposición de las corrientes que demasiado rápidamente son calificadas de "aislacionista" y "universalista", pues unos y otros--maritimistas y coalicionistas--se sitúan en la perspectiva de una política de hegemonía mundial. Pero los primeros piensan que el control de los mares y de los aires basta para garantizarla y para eliminar el peligro de su propia impugnación sea por la sublevación de países del Tercer Mundo, sea por su único adversario planetario da URSS).

    El tema del papel de los aliados en las alianzas que Estados Unidos ha tejido para velar por su hegemonía mundial se plantea, en efecto, en términos muy diferentes según que se trate de los aliados occidentales (europeos y japoneses) o de regímenes del Tercer Mundo. Los aliados occidentales son fundamentales y estables. A decir verdad, la hegemonía mundial de Estados Unidos no habría podido ser establecida sin el consentimiento de éstos. La supuesta amenaza soviética ha sido el pretexto para justificar esta alianza: la alianza atlántica (OTAN) y el tratado Estados Unidos-Japón. De hecho, esta amenaza nunca ha existido realmente: en 1945, Stalin había renunciado desde hacía tiempo a intentar exportar la "revolución" más allá de la explanada defensiva--en las visiones estratégicas de esa época--que constituía Europa Oriental, explanada que, por lo demás, había sido negociada y aceptada por los socios occidentales en Yalta; nunca hubo ni sombra de la idea de "invadir" Europa Occidental o Japón. Como ahora se sabe, la iniciativa de la estrategia de la guerra fría la tomó Washington. La estrategia soviética de Stalin había seguido siendo estrictamente defensiva, y su sucesor Bréchnev (después del intermedio jruschoviano) prosiguió esta línea general, aun cuando, en lo sucesivo, la URSS hubo recuperado, en la carrera de armamentos nucleares y balísticos, su retraso respecto a Estados Unidos--tardíamente, tal vez sólo alrededor de 197~ a costa de un ahogo de su desarrollo económico, y aunque, en respuesta al atlantismo europeo, inconmovible a pesar de todo, la política brechneviana hubiera jugado la carta de la "presión" sobre Europa con la inauguración de alianzas militares con ciertos países del Tercer Mundo, para advertir de ese modo a los europeos que eran "vulnerables", pues su abastecimiento de petróleo de Oriente Próximo podría eventualmente ser cortado ... Después del fracaso de las sonrisas de Jruschov, esta opción perseguía siempre el mismo objetivo: separar a Europa del atlantismo para quebrar el hegemonismo de Estados Unidos. No se proponía nada más, y, desde luego, no la anexión de Europa Occidental al imperio del Kremlin ... Hay que reconocer que no se alcanzó ese objetivo, que los dos intentos soviéticos--por la sonrisa o por el palo--fracasaron y que el atlantismo europeo siguió siendo inconmovible. Queda por replantear la cuestión de saber por qué razones este atlantismo sobrevivió contra vientos y mareas, y parece que aún ha de sobrevivir, a pesar del retorno, con Gorbachov, a la política de la sonrisa. No hay explicación convincente para este hecho, salvo que se hagan intervenir las aberraciones ideológicas propias de las burguesías europeas y, detrás de éstas, de las opiniones públicas ampliamente mayoritarias que ellas moldean. El miedo al "bolchevique con el cuchillo entre los dientes" es todavía una imagen viva que sólo tiene como equivalente el miedo a la Francia revolucionaria, que sobrevivió medio siglo, a pesar de la restauración monárquica.

    La alianza Estados Unidos-Europa-Japón, que constituye la base fundamental de la hegemonía mundial de Estados Unidos, durará, pues, mientras dure el prejuicio antimoscovita de los aliados subalternos de Washington. El "bloque euroasiático" (Europa-URSS-China) es, en efecto, la pesadilla permanente de Estados Unidos. Inteligentemente, Estados Unidos ha comprendido que si la URSS renunciase a la retórica "socialista", ese prejuicio debería normalmente desgastarse con el tiempo. Le es preciso, pues, sustituirlo por otra legitimación de la alianza, que ha hallado en la amenaza que representaría el Tercer Mundo. Los temas de la "democracia", de los "derechos de las minorías", etc.--en las modalidades manipuladas de que son objeto--cumplen esta función, al parecer con éxito, hasta ahora por lo menos.

    La alianza fundamental Estados Unidos-Europa-Japón implica una estrategia "coalicionista" y de todas formas margina las teorías maritimistas. Los "expertos" justifican esta opción con el recuerdo de las lecciones de la historia. La hegemonía británica mundial había sido maritimista en sus concepciones fundamentales y le repelía la idea misma de una intervención del ejército inglés en el continente europeo, y había manejado a éste sólo con la diplomacia del "equilibrio europeo". Ahora bien, la historia mostró a posterion que esta estrategia marítima sin prolongamiento continental sólo dio resulta dos mientras el equilibrio europeo se mantuvo. Desde el momento en que el ejército del Imperio alemán pudo amenazar a Rusia y a Francia, el equilibrio estuvo roto. La guerra de 1914-1918 hubo de demostrar entonces que la teoría maritimista de los ingleses ("Britain nale the waves') había perdido su validez. A mi entender, sin embargo, estos argumentos--por más válidos que pudieran ser--no han sido decisivos. El esfuerzo de Europa Occidental, nostálgica de su pasado, que, después de 1945, se dedicó a reconstruir ejércitos modernizados, ha contribuido a imponer esta estrategia coalicionista. Francia y Gran Bretaña, y luego Alemania Occidental, una vez liberada de su "complejo de vencido", se sucedieron en este esfuerzo.

    La URSS se ha "adaptado" constantemente a estas evoluciones del atlantismo. En una primera época--durante Stalin--se limitó al repliegue, concentrando sus esfuerzos en la creación de una réplica del nuevo armamento nuclear del arte militar. En una segunda época juzgó poder desafiar al poder hegemonista de Estados Unidos con un despliegue militar planetario, esencialmente marítimo, apoyado por alguna que otra alianza frágil aquí o allí, donde le parecía posible, en el Tercer Mundo. Pero, lejos de convencer a Europa de lo absurdo de su opción atlantista, esta opción de los militares soviéticos sirvió, por lo contrario, para perpetuar la imagen de la amenaza.

    En el terreno interno de la alianza, la opción "coalicionista" implicaba una respuesta al problema del "sbaring" (para emplear el término que se estila), es decir, la cuestión del "reparto de la carga" de la "defensa" de Europa ... que no está realmente amenazada. Estados Unidos estima, en efecto, que esta "defensa", aun cuando fuera imaginaria, implica una participación financiera de los aliados. Esta participación fue solicitada formalmente en numerosas ocasiones, pero sólo a nivel del discurso. Sin embargo, hecho importante, fue verdaderamente solicitada por primera vez en dinero contante y sonante con motivo de la guerra del Golfo. En ello se puede ver una señal del debilitamiento de la posición estadounidense, víctima de la crisis general. Pero en ello también se puede ver una muestra de su inteligente explotación del atlantismo europeo, ganado contra el adversario eventual del Tercer Mundo.

    El problema de la estrategia político-militar de apoyo a la hegemonía de Estados Unidos con respecto a los Países del Tercer Mundo se plantea en términos diferentes. Aquí, la opción estadounidense es antes maritimista que coalicionista. Sin duda, los prolongamientos continentales de fuerzas militares aliadas con Estados Unidos en el Tercer Mundo existen e incluso son importantes desde un punto de vista formal, en la medida en que los gobiernos de muchos de estos países son fieles aliados y en calidad de ello reciben un apoyo a su armamento. Pero tres límites reducen el alcance de estos prolongamientos, excepto para Israel, Turquía, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda, de los que se volverá a hablar más tarde. El primero de estos límites está constituido por la fragilidad de todos los regímenes del Tercer Mundo y por su inestabilidad. Una vez más, el ejemplo de la caída del régimen del Irán del Shah, potencia militar de primer orden en Oriente Medio, atormenta a los estrategas del Pentágono. El segundo está constituido por los conflictos regionales, a los que los gobiernos tienden a dar preferencia por diversas razones: percepción de una amenaza real que representaría un vecino, herencia de reivindicaciones territoriales no resueltas, o pura y simple demagogia nacionalista destinada a compensar los fracasos del desarrollo, en perjuicio de la lógica de la solidaridad antisoviética y antichina. El conflicto indo-pakistaní es un buen ejemplo de este tipo de situación. El apoyo de Estados Unidos a los sucesivos regímenes militares de Pakistán nunca ha fallado, desde luego; incluso ha sido un importante elemento de la intervención occidental en Afganistán. Pero no ha impedido la negativa de Pakistán a participar en el cerco a China, aun en las épocas anteriores al acercamiento entre Washington y Pekín a partir de la década de los setenta. Desde este punto de vista, Pakistán daba preferencia a su conflicto con India, la cual, a su vez, estaba en situación de rivalidad con China desde los años sesenta a propósito de Tibet y de la frontera himalaya. La tercera y principal razón es que la opinión pública en el Tercer Mundo ha impuesto de manera general un "neutralismo" más o menos activo y real en el conflicto Este-Oeste. Desde la Conferencia de Bandung (1955), los Estados de Asia y de África han adoptado en este terreno una posición de principio, que casi no ha variado. Los proyectos de cerco a la URSS y a China con una serie de tratados militares regionales que prolongaban la OTAN--CENTO para Oriente Medio (en diversas formas: proyecto de Pacto de Bagdad, declaración tripartita financiada por Eisenhower en 1950, etc.), ASEAN para el Asia sudoriental--no han dado todos los frutos que Washington esperaba de ellos. Unos han tenido que ser pura y simplemente abandonados, especialmente los proyectos referentes a Oriente Medio, al menos por un tiempo, puesto que desde la guerra del Golfo han recuperado su sitio en los proyectos de la estrategia político-militar estadounidense. Asimismo, Estados Unidos se ha visto obligado a aceptar el neutralismo indio. Otros proyectos, como la ASEAN, no han asumido todos los objetivos que Washington deseaba verles alcanzar. La ASEAN ha servido--y todavía sirve--de apoyo al orden interno reaccionario de sus miembros; incluso ha contribuido durante algún tiempo al cerco a Vietnam (Tailandia y Filipinas fueron bases importantes para el apoyo a la intervención estadounidense en la guerra de Vietnam), pero no ha impedido la derrota estadounidense en Vietnam, ni la extensión de la revolución antiimperialista a Camboya y Laos, ni siquiera la expansión vietnamita en estos dos países. La ASEAN ha evolucionado, pues, después de la victoria de Hanoi y, en las nuevas condiciones de la situación en la región, ha cobrado un carácter incierto y ambiguo (¿expulsar a Vietnam de Kampuchea? ¿aislarlo? o ¿absorberlo en el sistema regional?) Por último, la ASEAN permanece formalmente independiente de los aliados incondicionales de Washington en la región, Australia y Nueva Zelanda.

    En el Tercer Mundo, por lo tanto, la estrategia político-militar de Estados Unidos sigue estando basada en su presencia marítima, masiva y móvil, apoyada por una red de bases, como la de Diego García, situadas lejos de las zonas de población intensa. Como se ha visto, esta estrategia, eficaz en la hipótesis de una "intervención rápida" (la guerra del Golfo lo ha demostrado), no estaría necesariamente a la altura de las exigencias de una intervención que se eternizaría. Desde la guerra del Golfo, el Pentágono evoluciona en este aspecto hacia una concepción del genocidio por bombardeos masivos sin intervención en el sitio mismo.

    La URSS había, pues, comprendido perfectamente que, para la hegemonía estadounidense, el Tercer Mundo constituía una larga cadena de eslabones débiles. Así pues, en respuesta a la estrategia maritimista a la que Estados Unidos estaba aquí forzado, los soviéticos desplegaron una contraestrategia igualmente maritimista, encaminada a neutralizar la presencia estadounidense en los océanos con una presencia del mismo tipo, apoyada también en bases o facilidades portuarias (Nha Trang en Vietnam, las bases de Etiopía, de Somalia, de Madagascar, de Angola), obtenidas con el apoyo diplomático a los Estados nacionalistas del Tercer Mundo que estaban en conflicto con las potencias occidentales.

III. La región Mediterráneo-Golfo en la estrategia de hegemonía de Estados Unidos y el conflicto Este-Oeste

  1. La geoestrategia sitúa al mundo árabe en el flanco sur de Europa, y a Oriente Medio, en el de la URSS. Por eso mismo, la región Mediterráneo Golfo constituye, como Centroamérica, una región "vital" para la estrategia político-militar global de hegemonía de Estados Unidos. Como se ha visto, la alianza fundamental norteamericano-europea que representa la OTAN actúa en la región con una combinación estratégica maritimista-coalicionista específica. La presencia de las fuerzas armadas estadounidenses y europeas en Europa Occidental, haciendo frente a la URSS--prolongada hasta 1990 por su explanada europeo-oriental--, está robustecida por la doble y masiva presencia marítima de Estados Unidos en, por una parte, el Atlántico norte Mar del Norte y, por la otra, en el Mediterráneo. Este doble despliegue marítimo cumple una función esencial: la de completar y proteger sus fuerzas armadas continentales, a las que rodea en tenaza. Por eso, en respuesta a este despliegue, los militares soviéticos optaron también por completar y proteger sus fuerzas desplegadas en su eventual frente oeste con una doble presencia marítima en el Atlántico y en el Mediterráneo, encargada de neutralizar a la de Estados Unidos.

    Sin embargo, el acceso al mar de las fuerzas occidentales y de las de la Unión Soviética no presenta simetría: el Atlántico está abierto, mientras que el Báltico--salvo el acceso soviético por la península de Kola, situada lejos, en el Norte ártico--y el Mar Negro pueden ser vigilados muy de cerca por los estrechos que los separan del Mar del Norte y del Mediterráneo. Este mar mismo está relativamente más abierto a Estados Unidos por el Atlántico-- debido a la alianza española y a la debilidad de Marruecos--que a la Unión Soviética, que depende del control de Turquía--miembro de la OTAN--sobre los estrechos.

    Simultáneamente, la presencia de la OTAN en el Mediterráneo constituye una cadena de medios de intervención en el mundo árabe, reforzada a su vez por la alianza estratégica fundamental occidental-israelí. Más hacia el este, Turquía, Irán, Afganistán y Pakistán completan el cerco a la URSS por el sur, al mismo tiempo que estos países ocupan una posición clave en la vigilancia del acceso al petróleo del Golfo. Pero aquí, los éxitos diplomáticos de Estados Unidos en su tentativa de dominio de la región siguieron siendo modestos hasta la guerra del Golfo y fueron atenuados por los éxitos simétricos de la diplomacia soviética. Aquí, el único aliado estable de Estados Unidos es Turquía, pues Pakistán siempre es frágil. En cuanto a Irán, con la revolución islamista salió de la alianza anterior que el Sbah había forjado con Estados Unidos contra la URSS. Afganistán, neutralizado y luego ocupado durante la década de los ochenta por los ejércitos soviéticos, tal vez está en vías de recuperar su tradicional neutralidad. Detrás de esta primera línea de Estados fronterizos con la URSS se sitúan el mundo árabe oriental y los países del Cuerno de África. Ahora bien, aquí, los éxitos diplomáticos soviéticos prevalecieron durante mucho tiempo sobre el adversario occidental: el apoyo al nacionalismo radical árabe y etíope había arrancado la amistad de los Estados de la región, poco ha íntegramente dominada por clientes de las potencias occidentales (Gran Bretaña, relevada por Estados Unidos). Estos éxitos pertenecen desde ahora al pasado y la guerra del Golfo es quizá el preludio de un regreso violento y potente a la dominación estadounidense directa sobre toda la región.

  2. Las coacciones de la geotopología indujeron a la Unión Soviética-- como antes a la Rusia imperial--a procurar obtener un acceso al mar, mientras que sus adversarios, por su parte, siempre trataron de impedírselo. La situación de los estrechos y la opción política de Turquía constituyen, por eso mismo, importantes elementos del expediente del conflicto que puso frente a frente--y sigue haciéndolo--a Rusia (y luego a la URSS) y a las potencias hegemónicas mundiales del momento.

    Cuando Gran Bretaña ejerció esa hegemonía, en el siglo XIX, el Mediterráneo y el Mar Rojo se habían convertido para ella en un eje de circulación tan esencial--la ruta de las Indias--que se esforzó no sólo por estar allí presente, sino también por impedir su acceso a sus potenciales adversarios, es decir, prácticamente a todas las demás potencias de la época, incluida Rusia. La estrategia maritimista de Inglaterra se apoyaba en el control de Gibraltar, Malta, Chipre (después de haber estado en Corfú), Adén y Suez (con la ocupación de Egipto y luego de Palestina). Los pertrechos de esa época imponían, por otra parte, que este dominio de los mares estuviese apoyado por bases costeras relativamente cercanas. Esto ya no es así y las flotas modernas --de Estados Unidos y de la URSS--presentes en el Mediterráneo y en el océano Indico pueden contentarse hoy con bases flotantes. Con todo, el cierre del Mediterráneo y del Mar Rojo sigue siendo, por supuesto, de capital interés estratégico.

    Por eso, en lo que se refiere precisamente a los estrechos, Gran Bretaña se había aplicado a cerrar su acceso a los rusos con el doble recurso de una alianza anglo-otomana--que constituía uno de los principios mayores de la diplomacia de Londres desde la aventura de Bonaparte en Egipto--y de una conveniente situación legal de los estrechos. Desde 1841, Gran Bretaña, después de haber quebrado la ascendente potencia egipcia de Muhammad Alí, prohibió, con el convenio de Constantinopla, el paso por los estrechos a cualquier buque de guerra, aun en tiempo de paz. Después de la derrota rusa en la guerra de Crimea, esta situación fue confirmada por el Congreso de París (1854). Pero, a partir de 1870, Rusia, al haber restablecido su soberanía, procuró quebrar esta coacción que le cerraba el acceso al Mediterráneo. No lo consiguió, puesto que la Conferencia de Londres de 1871 mantuvo el principio del cierre de los estrechos. En 1936, el convenio de Montreux permitió a la URSS apuntarse algunos tantos: en adelante, el paso de sus buques de guerra era posible, aunque sometido a complejas reglas, que imponían un aviso previo a las autoridades turcas. Después de la segunda guerra mundial, Estados Unidos opuso un rotundo rechazo a la ampliación de esta concesión en beneficio de la URSS y aprovechó la ocasión para poner a Turquía en su campo. Sin duda alguna, la evolución de los pertrechos marítimos ha vuelto ampliamente obsoletas las complejas reglas del convenio de Montreux y la presencia de la flota soviética en el Mediterráneo ya no sufre esa desventaja jurídica, eludida de hecho con un juego de repetidos avisos previos. Sin embargo, en caso de conflicto, la flota soviética en el Mediterráneo se vería cortada de sus bases traseras, salvo conquista terrestre de la región del Bósforo, lo que no se puede tener presente más que en el marco de un conflicto global.

  3. Durante todo el período de la guerra fría y hasta hoy, el Mediterráneo se ha encontrado, pues, contaminado por una masiva doble presencia marítima estadounidense y soviética. Un alto porcentaje--aunque desconocido--de las 15.000 a 16.000 cabezas nucleares que se pasean por lo océanos se concentra en el Mediterráneo, donde se contarían 48 cabezas nucleares perdidas y 110 accidentes marítimos (o sea, el 9 por ciento del total de accidentes marítimos). La densidad de esta presencia contaminante es, en opinión de todos los expertos, considerablemente más alta en el Mediterráneo que en los demás océanos y mares. La exigüidad del mar y la proximidad de las costas habitadas hacen, pues, mucho más peligrosa esta presencia, tanto desde el punto de vista ecológico como político.

    Sin embargo, Estados Unidos es responsable de esta situación en primer lugar. Pues su presencia en este mar es anterior a la de los soviéticos, llegados más tarde, en el marco de una estrategia de neutralización del adversario. Además, Estados Unidos se ha negado a integrar en las discusiones de desarme con la URSS (los acuerdos START) cualquier discusión referente a su presencia marítima nuclear en la región.

    Aquí también las responsabilidades de Europa Occidental no son desdeñables. En efecto, la presencia marítima de Estados Unidos se sitúa en el marco de la lógica estratégica de la OTAN. Y aunque el "peligro" de una agresión soviética--si algún día existió--debería parecer hoy descartado, Europa Occidental no ha dado ninguna señal que permita pensar que podría orientarse hacia un desarme (o, al menos, una desnuclearización) en el Mediterráneo. Todo ocurre como si Europa deseara que continúe la hegemonía mundial de Estados Unidos y aceptara la legitimación de ésta con el "peligro" que representaría eventualmente la evolución de los ribereños árabes del Mediterráneo, del Mar Rojo y del Golfo.

    La evolución de las situaciones políticas y diplomáticas, así como la de los armamentos mismos, es, desde este punto de vista, portadora de interpretaciones conflictivas y/o, al menos, de ambigüedades referentes al futuro.

    En las percepciones occidentales, el mundo árabe sigue siendo, como todo el Tercer Mundo, una amenaza potencial real, aunque parezca insignificante para la reflexión. Los Estados árabes podrían tal vez, tarde o temprano, estar en posesión de armas sofisticadas: misiles de crucero de alcance medio y quizá de largo alcance, armas químicas y tal vez nucleares. La diplomacia occidental se esfuerza por impedir que así sea. El discurso "anti-armas químicas"--desplegado con estruendo con motivo de la guerra del Golfo, después de las campañas llevadas a cabo contra Libia (y la agresión aérea contra este país, en tiempo de paz, sin que esto hubiese dado lugar a la menor reacción fuerte de las opiniones públicas, el apoyo al pertrechamiento nuclear de lsrael, que hay que comparar con la "denuncia" del peligro de que una ayuda china permita a Argelia equiparse a su vez con medios de respuesta, deben incluirse en este capítulo de la opción anti-Tercer Mundo del conjunto de las potencias occidentales.

    Sin embargo es casi evidente que la idea misma de que un país árabe pueda pensar en una "agresión" contra Europa debería ser signo de una imaginación poco realista. Más plausible, desgraciadamente, sería la hipótesis de que la carrera de armamentos, tanto aquí como en otras partes en el Tercer Mundo, es capaz de alimentar más tiempo el pudrimiento de conflictos locales y regionales.

    Sin duda, la geografía impone reflexionar a más largo plazo sobre los peligros que representan para todos los pueblos de la región estas presencias militares densas y sobreequipadas. El Mediterráneo ya no es el foso protector que era antaño: aviones y misiles pueden atraversarlo de parte a parte en menos de una hora, a veces, incluso en unos cuantos minutos. Por eso mismo, el Mediterráneo ya no puede ser administrado estratégicamente sólo con los recursos del "dominio marítimo" (el Sea Power), como en el siglo XIX británico.

    La cuestión es pues saber si los ribereños del mar y de sus prolongamientos--europeos, árabes, turcos, iraníes, países del Cuerno de África--se orientarán o no hacia una idea de su seguridad que se diferencie de la que está gobernada por la primacía de la salvaguardia de la hegemonía mundial estadounidense, moderada o no por una presencia militar soviética. La razón pura debería empujar en esta dirección. Pero hasta hoy, Europa no ha dado ninguna señal que vaya en este sentido. Una de las razones que explican tal vez, en parte, la inercia europea es que los intereses de los socios de la CEE, si no son divergentes, por lo menos están cargados con un coeficiente de prioridad relativa muy diferente de un país a otro. La costa mediterránea no es central en las polarizaciones industriales del capitalismo desarrollado: las costas del Mar del Norte, del nordeste atlántico americano y del Japón central son de una densidad sin comparación. Para los nórdicos de Europa-- Alemania y Gran Bretaña--, y con mayor razón para Estados Unidos y Japón, el peligro de la contaminación militar en el Mediterráneo no tiene la gravedad que debería tener para los italianos, los españoles y los franceses.

IV Europa frente a su Sur mediterráneo y árabe

  1. Las diferentes potencias europeas tuvieron, hasta 1945, políticas mediterráneas propias cada una de ellas, por lo demás conflictivas la mayoría de las veces. Desde la segunda guerra mundial, los Estados de Europa Occidental ya no tienen prácticamente otra política mediterránea y árabe, ni particular de cada uno de ellos ni común, que la que implica el alineamiento con Estados Unidos. Con todo, incluso en este marco, Gran Bretaña y Francia, que tenían posiciones coloniales en la región, llevaron a cabo batallas de retaguardia para conservar sus ventajas. Gran Bretaña renunció a ello en lo que concierne a Egipto y Sudán desde 1954, y, después del fracaso de la aventura de la agresión tripartita de 1956, procedió a un viraje desgarrador "al oeste de Adén" y, finalmente, abandonó incluso, a fines de la década de los sesenta, su influencia particular en los países ribereños del Golfo. Francia, eliminada de Siria desde 1945, aceptó finalmente la independencia de Argelia en 1962, pero conservó cierta nostalgia de su influencia en el Magreb y en Líbano, incitada por lo demás por las clases dirigentes locales, por lo menos en Marruecos, Túnez y Líbano.

    Paralelamente, la construcción europea no sustituyó la retirada de las potencias coloniales por una política común en este terreno. Recuérdese que, cuando los precios del petróleo fueron reajustados como consecuencia de la guerra árabe-israelí de 1973, la Europa comunitaria, sorprendida en su sueño, descubrió entonces que tenía "intereses" en la región. Pero ese despertar no suscitó ninguna iniciativa importante de su parte, por ejemplo referente al problema palestino. En este campo como en muchos otros, Europa siguió siendo veleidosa y finalmente inconsistente. Con todo, durante la década de los setenta se registraron algunos progresos en la dirección de una autonomía con respecto a Estados Unidos, que culminaron en la cumbre de Venecia (1980); pero estos progresos no se consolidaron y más bien se desgastaron con el tiempo durante la década de los ochenta para finalmente desaparecer con el alineamiento con Washington adoptado en la crisis del Golfo. Por eso, las percepciones europeas relativas al futuro de las relaciones Europa-mundo árabe e iraní deben ser estudiadas a partir de análisis propios de cada uno de los Estados europeos.

  2. Gran Bretaña ya no tiene una política mediterránea y árabe que le sea específica. En este campo como en los demás, la sociedad británica en todas sus expresiones políticas (desde los conservadores hasta los laboristas) ha optado por un alineamiento incondicional con Estados Unidos. Se trata de una opción histórica fundamental, que supera con mucho las circunstancias coyunturales. A corto plazo implica la constitución de un bloque anglófono de pueblos (Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda), que no sólo comparten una adhesión sin reservas a los valores del capitalismo y de la democracia burguesa que le está asociada, sino también se sienten profundamente solidarios frente a todas las demás culturas del planeta. De Gaulle fue el único político europeo que comprendió que al ser esta opción fundamental en realidad incompatible con un proyecto europeo autónomo no había que buscar la adhesión formal de Londres a éste. Eso no ocurrió y hoy la guerra del Golfo lo ha ilustrado perfectamente, por desgracia: la participación de Gran Bretaña en las instituciones europeas refuerza considerablemente la subordinación de Europa a las exigencias de la estrategia estadounidense.

    Por razones diferentes, Alemania tampoco tiene una política árabe y mediterránea específica y probablemente no se esforzará por desarrollarla en el futuro visible. Disminuida por su división y su situación, la RFA había dedicado todos sus esfuerzos a su desarrollo económico, aceptando tener un bajo perfil político al seguir las huellas simultáneas y ambiguas de Estados Unidos y de la "europeidad" de la CEE. La reciente reunificación de Alemania y su reconquista de una plena soberanía internacional no están destinadas a modificar este comportamiento, sino, por lo contrario, a acentuar sus expresiones. La razón de ello es que la absorción económica y social de los alemanes de la ex-RDA, financieramente costosa, seguirá siendo el objetivo preferente de los esfuerzos alemanes durante algunos años por lo menos. Más allá, incluso las fuerzas políticas dominantes (conservadoras, liberales y socialdemócratas) han optado por dar la preferencia a la expansión del capitalismo germánico en Europa central y oriental, reduciendo tanto más la importancia relativa de una estrategia europea común, tanto desde el punto de vista político como del de la integración económica.

    Las posiciones de Francia son menos tajantes y más matizadas. País a la vez atlántico y mediterráneo, heredero de un imperio colonial, clasificado entre los vencedores de la segunda guerra mundial, Francia no ha renunciado a expresarse como una potencia, aun cuando la realidad económica y financiera no le confieren realmente esa condición.

    Durante el primer decenio de la posguerra, los sucesivos gobiernos franceses intentaron preservar las posiciones coloniales de su país, principalmente en el norte de África y en el África subsahariana (y también en Indochina) por medio de una demagogia atlantista anticomunista y antisoviética. Sin embargo, no se granjearon sinceramente el apoyo de Washington, como lo demostró la actitud de Estados Unidos durante la agresión tripartita contra Egipto en 1956. La política mediterránea y árabe de Francia era entonces, por las circunstancias, simplemente retrógrada.

    De Gaulle rompió con esas ilusiones a la vez paleocoloniales y proestadounidenses. Entonces concibió el triple proyecto ambicioso de modernizar la economía francesa, de llevar a cabo un proceso de descolonización que permitiera sustituir las antiguas fórmulas ya superadas por un neocolonialismo flexible y de compensar las debilidades intrínsecas a cualquier país mediano como Francia con la integración europea. En esta última perspectiva, De Gaulle concebía una Europa capaz de autonomizarse respecto a Estados Unidos no sólo en el terreno económico y financiero, sino también político e incluso, a corto plazo, militar, así como concebía, también a corto plazo, la asociación de la URSS a la construcción europea ("la Europa desde el Atlántico hasta los Urales"). Con una lucidez segura preveía la flexibilización progresiva del sistema soviético -la "convergencia de los sistemas"-, no parecía pues del todo convencido de que la "satanización" de la URSS fuera honesta y mas bien veía en ello el medio por el que Estados Unidos afianzaba su hegemonismo, subordinando a una Europa Occidental amedrentada. Esta concepción geoestratégica de la construcción de una Eurasia frente al continente norteamericano--que no era del agrado de Washington, puesto que Eurasia es para ellos la pesadilla que marcaría el fin de su hegemonía--implicaba una política árabe de Francia que guardara sus distancias tanto con respecto de la lógica estrictamente militar del papel de la región Mediterráneo-Golfo en la estrategia de la OTAN como con respecto de Israel, utilizado por Estados Unidos en el marco de esta estrategia militar.

    Pero el gaullismo no sobrevivió a su fundador y, a partir de 1968, las fuerzas políticas francesas, tanto de la derecha clásica--incluso en sus componentes presuntamente "gaullistas"--como de la izquierda socialista -heredera, entre otras cosas, del proatlantismo y del prosionismo de la antigua SFIO-, regresaron progresivamente a las actitudes anteriores a la crisis de 1958. Su visión de la construcción europea se limitó a la dimensión del "mercado común", al cara a cara Francia-Alemania Federal (al punto que cuando la unificación alemana se realizó, en París estuvieron algo sorprendidos y preocupados) y a la apremiante invitación hecha a Gran Bretaña para que se uniera a la CEE (olvidando que Inglaterra sería el caballo de Troya de Estados Unidos en Europa). Naturalmente, este deslizamiento implicaba el abandono de cualquier política árabe digna de ese nombre propia de Francia, es decir, de cualquier política que fuera mas allá de la simple defensa de intereses mercantiles neocoloniales inmediatos heredados tanto en el África del Norte como en el África subsahariana, aun cuando estuvieran adornados con el discurso cultural de la "francofonía". Desde el punto de vista político Francia actúa tanto en el mundo árabe como en el África subsahariana como fuerza complementaria de la estrategia de hegemonía estadounidense. Es en este contexto donde hay que volver a colocar el nuevo discurso mediterráneo de París, cuyo objetivo es asociar a los países del Magreb al carro europeo (al estilo de como está asociada Turquía), con objeto de quebrar la perspectiva de un acercamiento unitario árabe, dejando al Machreq abandonado a la intervención israelí-estadounidense. Sin duda, las clases dirigentes magrebíes son responsables de las simpatías que han pregonado por este proyecto. Sin embargo, la crisis del Golfo ha perjudicado seriamente este proyecto al haber proclamado en voz alta las masas populares de África del Norte, con este motivo, su arabidad y su solidaridad con el Machreq, como era de prever.

  3. Italia es, por su misma situación geográfica, forzosamente sensible a los problemas mediterráneos. Esto no significa que, por eso mismo, tenga una política mediterránea y árabe real y, menos aún, eficaz o autónoma.

    Marginada durante mucho tiempo en el desarrollo capitalista europeo, Italia se vio forzada a situar sus ambiciones mediterráneas bajo el alero de una alianza obligada con otras potencias europeas, más decisivas. Desde la realización de su unidad, a mediados del siglo pasado, hasta la caída de Mussolini, en 1943, siempre vaciló entre la alianza con los dueños del Mediterráneo -es decir, Gran Bretaña y, detrás de ella, por lo menos desde la Entente Cordial (1904), Francia- o con quienes podían impugnar las posiciones anglo-francesas, es decir, Alemania y, detrás de ella, Austria-Hungría.

    Pero la Italia de hoy ya no es la Italia del período 1860-1945. Italia ha sido, con Japón, la sede del mayor "milagro" del desarrollo capitalista central de nuestra posguerra. Ahora es un país europeo completamente desarrollado, que incluso garantiza a sus ciudadanos niveles de vida iguales o superiores a los de la Inglaterra decadente, capaz de competencia eficaz -aun cuando fuera selectiva- en el mercado mundial. Podría, pues, desarrollar una política árabe propia y/o influir en el equilibrio europeo en el sentido de una política común autónoma con respecto a las preocupaciones hegemonistas estadounidenses. No lo ha hecho hasta ahora.

    Como lo recuerda Salvatore Palidda, Italia no ha reconquistado su soberanía en materia de defensa y acepta el trato de base sur de la OTAN, sin contrapartidas ni condiciones. No ha intentado reconstruir una fuerza militar modernizada, como lo han hecho Gran Bretaña, Francia y Alemania. En este terreno ha reducido sus fuerzas de defensa a un mínimo tan estricto que le ha impedido obtener cualquier capacidad operativa autónoma. Para ciertos analistas, esta opción pacifista es uno de los factores de su asombroso éxito económico. Pero, por mi parte, pienso que esta tesis sigue siendo discutible, porque ciertos gastos militares cumplen en otras partes funciones importantes en la innovación tecnológica y, por consiguiente, en la competitividad en los sectores de punta.

    Respecto a las opciones de estrategia política a largo plazo, la opinión pública italiana sigue siendo, no obstante, considerablemente menos monolítica que la de los demás países europeos. Aquí, Salvatore Palidda propone una reclasificación de las divergencias en cuatro tendencias: el atlantismo, el universalismo, el "mittel" europeísmo y el mediterraneísmo.

    El atlantismo, que en Italia se ejerce en una visión que implica un perfil político exterior bajo en la línea de Estados Unidos, ha dominado la acción y las opciones de los gobiernos demócrata-cristianos desde 1947. También es dominante, en una visión más ideologizada aún en ciertos sectores de la burguesía laica (los republicanos y los liberales, ciertos socialistas). Pues entre los demócrata-cristianos está moderado por la presión del universalismo de la tradición católica. Es característico que, por eso mismo, el Papado haya tomado muchas veces posiciones con respecto a los pueblos árabes (sobre todo, en la cuestión palestina) y a los del Tercer Mundo menos retrógradas que las de numerosos gobiernos italianos y occidentales en general. El deslizamiento a la izquierda de una parte de la Iglesia católica, bajo la influencia de la teología de la liberación de América Latina, refuerza hoy ese universalismo, del cual se encuentran versiones laicas en los movimientos pacifistas, ecologistas y tercermundistas.

    La corriente "mittel" europeísta hunde sus raíces en el siglo XIX italiano y el corte norte-sur que la unidad italiana no ha superado. Realista, aferrada a los intereses del gran capital milanés, esta corriente propone dar preferencia a la expansión económica de Italia hacia el Este europeo en estrecha asociación con Alemania. En este marco, los objetivos inmediatos de las políticas preconizadas son Yugoslavia y Hungría, a tal punto que ciertos analistas ven aquí intenciones "expansionistas" italianas en dirección de Dalmacia. Por supuesto, esta opción implicaría que Italia, lo mismo que Alemania, prosiga la tradición de su perfil internacional bajo y, sobre todo, margine sus relaciones con los ribereños del sur del Mediterráneo. La opción está, pues, encaminada a reducir el alcance de la construcción europea sin ponerla en tela de juicio formalmente. Una opción paralela de España -de la que volveremos a hablar más tarde- aislaría aún más a Francia en el concierto europeo, cuyo alcance reduciría a su más bajo denominador común.

    La corriente mediterránea, que siempre es débil, a pesar de la aportación que podría hacerle el universalismo, se ha expresado, por esta razón, en una versión que Palidda califica de "levantina": se trata de "hacer algún que otro negocio" aquí o allí, sin preocuparse del marco de estrategia política en el que se sitúa. Para cobrar otra consistencia, más noble, que asocie. aperturas económicas a Italia, situadas en una perspectiva de refuerzo de su autonomía y de la de sus socios árabes, sería necesaria una convergencia entre este proyecto y los ideales universalistas, sobre todo de una parte de la izquierda italiana, comunista y cristiana.

  4. España y Portugal ocupan un lugar importante en la geoestrategia de hegemonía mundial de Estados Unidos. En efecto, el Pentágono considera que el eje Azores-Canarias-Gibraltar-Baleares es esencial para la vigilancia del Atlántico norte y sur y para el bloqueo de la entrada en el Mediterráneo. Así pues, Estados Unidos forjó su alianza con estos dos países inmediatamente después de la segunda guerra mundial, sin sentir la menor incomodidad debido a su carácter fascista. Al contrario, hasta el furioso anticomunismo de las dictaduras de Salazar y Franco servía bien a la causa hegemonista de Estados Unidos, permitiendo que se hiciera admitir a Portugal en la OTAN y se establecieran en suelo español bases estadounidenses de primera importancia. En cambio, Estados Unidos y sus aliados europeos apoyaron sin reserva al colonialismo portugués hasta el término de su derrota en su guerra contra los movimientos de liberación de Angola, Mozambique, Guinea-Bissau y Cabo Verde.

    El bloqueo de la entrada en el Mediterráneo se completa con la actitud de comprensión amistosa de Marruecos con respecto a Estados Unidos. Esta comprensión está reforzada desde el acuerdo concertado entre Marruecos y Estados Unidos en 1982, que da a las fuerzas militares estadounidenses facilidades instaladas en suelo marroquí (radares y otras), que les permiten completar su derecho de fiscalización del eje Azores-Canarias-Baleares. En cambio, los occidentales adoptaron en la disputa entre Marruecos y Argelia relativa a su frontera y el Sahara occidental una actitud más bien favorable a Rabat, bloqueando de ese modo la posibilidad de resoluciones firmes de Naciones Unidas, conformes a los deseos de la Organización de Unidad Africana. Marruecos, es verdad, también se beneficiaba en este terreno con la neutralización de la Liga de Estados Arabes, a su vez dividida por la actitud amistosa de Arabia Saudí con respecto a Rabat.

    Con todo, el control del estrecho de Gibraltar es objeto de una doble impugnación: de parte de los españoles, que han renovado su reivindicación sobre la base inglesa de Gibraltar, y de la de Marruecos, que nunca renunció a recuperar su soberanía sobre los presidios españoles de Ceuta y Melilla.

    La evolución democrática de España después de la muerte de Franco no fue motivo de un replantamiento de la integración del país en el sistema militar estadounidense-occidental. Al contrario, incluso la incorporación formal de España en la OTAN (mayo de 1982) fue objeto de un verdadero chantaje electoral dejando entender que la participación en la CEE exigía esa incorporación, que la mayoría de la opinión pública no deseaba. La URSS previno en esa época (en 1982) a Madrid contra esa incorporación e incluso amenazó con compensar ese refuerzo de la OTAN autorizándose de antemano a negociar con Yugoslavia y Libia la concesión de bases en el territorio de estos dos países. Ni que decir tiene que esta página ya ha sido pasada. Desde entonces, el alineamiento de Madrid con las posiciones de Washington es sin reserva. En cambio, Estados Unidos habría intervenido, al parecer, para "moderar" las reivindicaciones marroquíes e incluso para intentar convencer a Gran Bretaña sobre el tema de Gibraltar. En este último aspecto se puede dudar de la eficacia de esa intervención habida cuenta de la amistad especial y profunda que vincula a Estados Unidos y Gran Bretaña. Por otro lado, Marruecos, por más moderado que sea, no puede abandonar definitivamente sus reivindicaciones sobre las ciudades marroquíes de Ceuta y Melilla. Apoyado en éstas por unanimidad por el Tercer Mundo, y especialmente tanto por la Liga Árabe como por la OUA, Marruecos se beneficia, además, con el acercamiento de Argelia y Mauritania, miembros de la Unión del Magreb Árabe (Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Mauritania), creada en 1988. Lo cierto es que el alineamiento atlantista reforzado de Madrid se ha reflejado en cambios radicales en la organización de las fuerzas armadas españolas, calificadas por los analistas de ésta (entre otros, Mariano Aguirre, Roberto Montoya y Alberto Santos) de "balanceo hacia el Sur". En la tradición española, en efecto, el ejército estaba diseminado por todo el territorio del país. Concebido, además--desde Franco de un modo evidente--, más como una fuerza de policía interior que como una fuerza de disuasión dirigida contra el exterior, el ejército español había seguido siendo rústico y, a pesar de la señalada atención dirigida por el poder supremo de Madrid al cuerpo de generales y oficiales, no había sido objeto de una verdadera modernización, a semejanza de los ejércitos de Francia, Gran Bretaña y Alemania.

    El nuevo gobierno socialista español de Felipe González procedió, pues, a un redespliegue de las fuerzas españolas para hacer frente a un eventual "frente sur", así como se comprometió en un programa de modernización del ejército de tierra, de la aviación y de la marina. Este balanceo, exigido por Washington y la OTAN, es una de las numerosas manifestaciones de la nueva estrategia hegemonista estadounidense que sustituye al Este por el Sur en la "defensa" de Occidente. Está acompañado, en España, por un nuevo discurso, que pone por delante un "hipotético enemigo que viene del Sur", cuya identificación, por más ambigua e imprecisa que sea en la forma, no deja sospecha alguna. Curiosamente, ese discurso de los círculos democráticos (y socialistas) españoles se alimenta de la vieja tradición de la Reconquista, popular en los círculos del ejército "católico". El balanceo de las fuerzas armadas españolas es, pues, la señal de una determinación de España de desempeñar un papel activo en el seno de la OTAN, en el marco de la reorientación de las estrategias occidentales en previsión de intervenciones enérgicas en el Tercer Mundo. Ya, por lo demás, la península ibérica constituye el primer relevo del eje Washington-Tel Aviv, la principal cabeza de puente europea de la Rapid Deployment Force estadounidense (que desempeñó un papel decisivo en la guerra del Golfo), completado por las bases de Sicilia (las cuales, tampoco, nunca sirvieron hasta ahora más que para operaciones dirigidas contra el mundo árabe: Libia, bombardeo israelí contra Túnez) y, curiosamente, por las facilidades otorgadas por Marruecos. Por supuesto, esta opción occidental vacía el discurso "euro-árabe" de cualquier contenido serio. La nueva España democrática, que pretende activar una política de amistad en dirección de América Latina y del mundo árabe, ha iniciado más bien su movimiento en un sentido en realidad inverso a las exigencias de sus proclamaciones de principio.

    Valiéndose de su adhesión atlantista incondicional, Madrid esperaba desempeñar un papel rentable, al menos en términos de prestigio. Pero aquí España se enfrenta con las reticencias tradicionales de Portugal, que rechazó las proposiciones de Madrid con vistas a constituir un mando ibérico unificado. Al mismo tiempo, el contencioso luso-español sobre los derechos de pesca está todavía sin solución. En cuanto a la modernización del ejército, sigue estando dificultada por el retraso tecnológico español, juzgado por los expertos responsable de la incapacidad del país de acceder, en la actual situación, a la propiedad de tecnologías que estén a la altura de sus responsabilidades militares. Por esta razón, mientras tanto, Estados Unidos asume directamente la responsabilidad del control del eje estratégico Canarias-Gibraltar-Baleares.

    En el marco europeo, España no ha escogido, pues, unirse al campo eventual de una autonomía con respecto a Estados Unidos. Todavía más que Italia, se niega a capitalizar su posición mediterránea a favor de una nueva política europea en dirección del mundo árabe, África y el Tercer Mundo, guardando distancias con respecto a las exigencias del hegemonismo estadounidense. Por eso mismo, la idea francesa de un grupo "mediterráneo" en el seno de la Comunidad Europea sigue estando suspendida en el aire, sin punto de apoyo serio. Por otra parte, en el terreno económico, el capital español, heredero aquí de la tradición franquista, ha puesto sus principales esperanzas de expansión en el desarrollo de acuerdos con Alemania y Japón, invitados a participar en la modernización de Cataluña.

  5. Mientras existió, la línea de enfrentamiento Este-Oeste pasaba a lo ancho de los Balcanes. La adhesión obligada de los Estados de la región sea a Moscú, sea a Washington--la única excepción había sido la de Yugoslavia, desde 1948, y luego la de Albania, a partir de 196W había entonces puesto sordina a los conflictos nacionalistas locales, que habían hecho de los Balcanes un polvorín europeo.

    Turquía se había situado por sí misma en el campo de Occidente desde 1945, después de haber dado apresuradamente por terminada su neutralidad más bien condescendiente con respecto a la Alemania hitleriana. Las reivindicaciones soviéticas sobre Kars y Ardahan, en el Cáucaso, y relativas al derecho de paso en los estrechos, formuladas por Stalin inmediatamente después de la victoria, sólo fueron rechazadas por Ankara gracias al apoyo decidido de Washington. En cambio, Turquía, miembro de la OTAN, también a pesar de su sistema político poco democrático, acogió las bases estadounidenses más cercanas a la URSS. Con todo es verdad que la sociedad turca sigue siendo una sociedad del Tercer Mundo, aun cuando, desde Ataturk, las clases dirigentes de este país proclamen la europeidad de la nueva Turquía, llamando a la puerta de la CEE, que no la quiere. Fiel aliada de Estados Unidos y de sus socios europeos en la guerra del Golfo, ¿desea Turquía volver a su pasado y desempeñar un papel activo en Oriente Medio, haciendo pagar a Occidente los servicios que podría prestarle en esta región?