CULTURA PARA LA ESPERANZA número 45. Otoño 2001.

Estados Unidos, primer enemigo de sí mismo

 

"Cuando tantos pueblos tienen hambre, cuando tantos hogares sufren la miseria, cuando tantos hombres viven sumergidos en la ignorancia, cuando aún quedan por construir tantas escuelas, hospitales, viviendas dignas de este nombre, todo derroche público o privado, todo gasto de ostentación nacional o personal, toda carrera de armamentos se convierte en un escándalo intolerable. Nos vemos obligados a denunciarlo. Quieran los responsables oirnos antes de que sea demasiado tarde. Está en juego la vida de los pueblos pobres, la paz civil de los países en vías de desarrollo y la paz del mundo".

"La prolongada avaricia de los ricos no hará más que suscitar el juicio de Dios y la cólera de los pobres, con imprevisibles consecuencias".

(Pablo VI, Populorum progressio, 1967, nº 49, 53 y 55. Editorial BAC. Madrid)

 

La tragedia de Washington y Nueva York, dentro del inmenso dolor que, como toda hecatombe humana, arrastra, ha tenido, sin duda, el efecto positivo de despertar muchas conciencias a la realidad de que vivimos en un mundo terriblemente conflictivo donde los efectos de la confrontación pueden golpear en el sitio más impensado; de que las injustas desigualdades de todo tipo existentes entre pueblos y naciones han levantado enormes montañas de odio, en gran parte suscitadas por la imposibilidad de los débiles en cualquier orden para hacerse oir y que se les haga justicia; de que nadie, por muy poderoso que sea, posee los medios suficientes para que las consecuencias del odio no lo alcancen; de que la lucha por la hegemonía mundial, en una sociedad universal con conciencia de la igual dignidad de personas, pueblos y naciones, conlleva el rechazo y la animadversión de quienes se sienten sometidos o vejados en cualquier rincón del planeta.

Como nunca, han salido a la luz o se han puesto sobre el candelero, numerosos artículos y publicaciones de los más diversos pensadores, analizando las causas del hecho, y, en gran parte, con actitud crítica hacia la política exterior norteamericana y hacia el tipo de civilización que tratan de exportar e imponer en todas partes, civilización concretada en lo que hoy se entiende por neoliberalismo (del que en esta revista se habla y se critica con asiduidad).

Si la crítica suscitada sirviera para rectificar malos caminos andados, podríamos decir que estas muertes engendrarán vida.

Sin embargo, nadie deduzca por lo que vamos diciendo que tratamos el dolor con asepsia, como si no nos afectara. Nada más lejos de nuestra forma de pensar. Cuantos nos leen saben que nosotros –en pensamiento, palabra y obra- estamos en la línea de Gandhi, de Luther King, de Oscar Romero, etc.; es decir, instalados en la no-violencia activa, sabedores de que la violencia engendra violencia en espiral hasta capacitarse para la destrucción de todos los contendientes, y hasta el riesgo de suprimir sin más la vida sobre la tierra.

Para nosotros toda muerte humana por manos humanas es un crimen, y el dolor nos llega hasta lo más íntimo de nuestro ser, porque somos conscientes de la profunda comunión vital de todos los humanos y de la dignidad de toda vida, por oscurecida que por sus hechos pueda parecer.

Por eso, con el dolor, sincero y auténtico, por estas víctimas, sentimos la indignación por el olvido y desprecio de otras muchas a lo largo del tiempo y del espacio. ¿Quién, por ejemplo, en Occidente, lloró por el millón y medio de víctimas del genocidio perpetrado contra Armenia a principio del siglo XX? ¿Quién, en Occidente y en Estados Unidos, movilizó a la opinión pública por los más de siete mil muertos de Sabra y Chatila?

No puede haber víctimas de primera y de segunda, máxime cuando a los acusados como responsables de las muertes los hemos formado, entrenado y armado nosotros.

Nuestro dolor es inmenso porque las víctimas lo son, y nos postramos confundidos, pero esperanzados ante el insondable misterio de la muerte de los inocentes, del Inocente.

Creemos, sinceramente, que Estados Unidos ha perdido el sentido histórico para desgracia propia y del mundo (y entendemos ahora Estados Unidos no como pueblo, donde nos consta la existencia de muchos grupos y asociaciones críticas y alternativas, sino como sistema político y económico incluido sus dirigentes, responsables y grupos de presión que lo encarnan y gobiernan).

A la caída de la URSS y de los regímenes del llamado socialismo real, Estados Unidos tuvo una oportunidad de oro para implantar, si hubiese querido, un orden mundial basado en la igualdad, la justicia y la solidaridad entre pueblos y naciones, estructurado en torno a Naciones Unidas y sus organismos, debidamente reforzadas en su funcionamiento democrático y en la eliminación de privilegios. Prefirió el imperialismo de única superpotencia: dominar el mundo económica, política y militarmente, subordinando a sus intereses aun a sus propios aliados más fieles, Europa especialmente.

Para ello le ha sido necesario a lo largo de los últimos años enfrentarse a la opinión pública mundial. Ninguneó a la UNESCO cuando se puso del lado de los pobres; boicoteó a la ONU no pagando las cuotas que le correspondían y permitiendo que Israel incumpliese sistemáticamente todas sus resoluciones; no firmó el tratado de las minas anti-personales ni la convención de Kioto sobre reducción de gases contaminantes; no firma el acuerdo sobre la constitución de un tribunal penal internacional y amenaza a todo tribunal que intente juzgar por crímenes contra la humanidad a sus súbditos; se ausentó de la convención de Durban donde habían de condenarse el racismo y la esclavitud; no respeta los acuerdos sobre no-proliferación de armas atómicas, levantando las sanciones que por este motivo se habían impuesto a la India y a Pakistán; doblega a Rusia, Europa y China para llevar a cabo su proyecto anti-misiles; contribuye especialmente a sacar los problemas del comercio mundial –y en general, los económicos- de la competencia de Naciones Unidas a través de la OMC, del Banco Mundial, del FMI y del sistema financiero que aprisiona a los pobres en las deudas y en los ajustes estructurales; se enajena a los pueblos islámicos con su evidente parcialidad en el problema de Palestina; etc., etc.

En modo alguno se percibe –ni puede percibirse- a Estados Unidos del lado de los pobres y oprimidos. ¿Qué tiene por tanto de extraño que sea por ellos visto como enemigo?

Si quiere seguir como país hegemónico necesita invertir en seguridad, vigilancia y armamento astronómicas cantidades de esfuerzos, bienes y dineros, suyos y ajenos, que repercutirán inevitablemente en los pobres de dentro y de fuera y en la falta de libertad de todos; lo que, cual infernal círculo vicioso impondrá, para evitar nuevas y más amplias rebeliones, nuevos gastos en seguridad, vigilancia y armamento, y, así, hasta que los recursos se agoten, los propios, los de los aliados, los de sus enemigos y, con gran probabilidad, los de la naturaleza, tal vez irremediablemente ya dañada.

Los imperios han caído siempre por agotamiento y por el empuje de sus enemigos. Y no vale querer introyectar para evitarlo los propios valores a través de la gigantesca publicidad. La verdad siempre emerge, pues nunca es posible apagar del todo la luz en el espíritu humano.

La llamada civilización occidental, que ellos lideran, ha demostrado ser agresiva por su afán de poseer y dominar, traicionando los valores de la religión que afirman les sirve y sirvió de base. Realmente, el individualismo, la competitividad, la avaricia, el orgullo y la revancha, la exclusión y la explotación, valores en curso en esta civilización, están en los antípodas del cristianismo que es comunión, servicio y anchura de corazón (por aquí podríamos extendernos en la animosidad del Islam contra esta cultura occidental, pero nos llevaría más allá de nuestro actual propósito. De todas maneras, ¡cuanta tensión se rebajaría si un mismo tribunal juzgase a Bin Laden por las muertes de las torres de Nueva York y a Ariel Sharón por las de Sabra y Chatila).

Para que Estados Unidos no se haga daño a sí mismo, a sus aliados y al mundo entero, necesita, como le ha recomendado Juan Pablo II, magnanimidad, es decir, grandeza de ánimo, altura de miras, ensanche de corazón, capacidad de comprensión para pedir perdón y para otorgarlo. Con el ojo por ojo, como diría Gandhi, todos quedaremos ciegos.

Todos los que se dicen sus amigos deberían, más que ponerse servilmente a su disposición, abrirles los ojos para que comprendan el mundo no como un campo de batalla sino como una gran familia donde se goza compartiendo.

Volver al seno de la comunidad internacional aceptando como iguales a los pueblos y naciones pobres y excluidas. Saber renunciar a sus privilegios antes que derrochar vidas por mantenerlos. Ahora, de veras, en esta encrucijada, tiene la oportunidad de demostrar ser un gran pueblo dueño de sí mismo y no arrastrado por sus pasiones.

En el último canto de La Iliada, el griego Aquiles, destrozado su corazón por la muerte de su íntimo Patroclo, y el troyano Príamo, anciano desvalido por la muerte por Aquiles de su hijo Héctor, se encuentran cara a cara cuando Príamo acude ante Aquiles a rescatar el cadáver de su hijo. Y entonces, el inmenso dolor de ambos, mutuamente contrastado, los humaniza, y el hosco y fiero Aquiles cede ante Príamo que reconoce a su vez la legitimidad de su dolor. El dolor los ha reconciliado, ha fundido sus almas, y comienza a germinar la paz. Eso es magnanimidad. Hay que dar la razón a Homero frente a Aristóteles.

Juntemos los muertos de todas las guerras y de todas las violencias. Todo dolor es legítimo y de todos. Los muertos nos gritan por la paz para encontrar descanso. Toda venganza es inhumana.

Apenas terminado el presente artículo comienza el ataque de Estados Unidos contra Akganistán, aumentando la tragedia del mundo.

Únicamente recordar la sabia sentencia del Derecho Romano: Summum ius, summa iniuria (la suma justicia equivale a la suma injusticia).

Dios salve al mundo, especialmente de redentores que necesitan destruir a quienes afirman querer salvar.

Fedro Galindo Tapias

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