

CULTURA PARA LA ESPERANZA número 33. Otoño 1998
APOSTAR POR LA DIGNIDAD DEL MUNDO DEL TRABAJO
Macrofusiones, desregularización,
flexibilidad del mercado laboral, crisis del sindicalismo, nuevas tecnologías,
competitividad, reducción de costes... Detrás de toda esta
maraña de términos, tendencias y objetivos se esconde un
proceso de deshumanización creciente de la economía y por
supuesto del mundo laboral.
Hace poco más de 2 semanas, al salir un día del trabajo, nos enteramos de que el "mercado" había decidido que la empresa valía un 38% menos que cuando habíamos comenzado la jornada ese mismo día. La causa de esta debacle dicen que era la crisis asiática y unas declaraciones que hizo el presidente de la compañía esa misma mañana de las que se desprendía que el beneficio operativo esperado para el primer semestre del 98 se reducía quedando cercano a los 2.300 millones de francos franceses. Hicimos unos cuantos chistes sobre la cuestión, pero no todo eran buenas caras, algunos se acababan de enterar de que habían perdido buena parte de sus ahorros en Bolsa; otros se preocupaban por si nos absorbía alguna otra empresa aprovechando el bajo precio de las acciones, ya que por experiencia hemos aprendido que eso es sinónimo de despidos masivos; a otros nos quedaban por dentro preguntas de no fácil respuesta ¿cómo es posible que esta economía de casino pueda campear a sus anchas ante el silencio de los trabajadores? ¿qué pintamos los trabajadores? ¿dónde está hoy la dignidad del mundo del trabajo?.
El embrutecimiento que vivimos en el mundo del trabajo, desde el punto de vista de valores solidarios, es tremendo y ha llegado a un punto en el que hay que decir que tan importante o más que el reivindicar una serie de derechos y condiciones mínimas para el mundo del trabajo es trabajar para que éste recupere el sentido profundo de su dignidad, y digo esto convencido de que lo demás vendrá por añadidura. Si no se trabaja seriamente en esta línea las movilizaciones no pasarán de ser simple agitación y aquellos que tenemos un trabajo remunerado nos iremos convirtiendo cada vez más en los opresores de aquellos a quienes se les niega el trabajo, el salario o se les somete a la precariedad como modo de subsistencia.
El fenómeno del trabajo se puede analizar desde diversos puntos de vista pero para hablar de dignidad he escogido 2 referencias: la Doctrina Social y la visión del Movimiento Obrero de Jacinto Martín. Aunque en algunos momentos pueda parecer que nos referimos sólo aquellos que tienen un trabajo remunerado quiero tener presente a todos aquellos que con su actividad desempeñan un servicio a la sociedad sin derecho a remuneración y por supuesto a aquellos a los que se les niega el trabajo sabiendo que con ello se les niega algo más que un salario: "El trabajo para el hombre es un bien, ya que no sólo transforma la naturaleza adaptándola a sus propias necesidades sino que se realiza como hombre".
CONCEPCIÓN DEL TRABAJO: VISIÓN OBJETIVA - SUBJETIVA
A grandes rasgos el mundo del trabajo tiene 2 dimensiones una que podríamos llamar objetiva y otra subjetiva. El sentido objetivo hace referencia a las diferentes técnicas de transformación, producción, a los instrumentos que se utilizan para ejercer el desarrollo de la capacidad creativa y transformadora del hombre. En este sentido la tecnología ha dado pasos gigantescos que multiplican las posibilidades del mundo del trabajo desde un punto de vista objetivo.
Sin embargo, el sentido subjetivo nos hace reflexionar sobre qué es lo esencial en el mundo del trabajo, a saber, la persona que trabaja. "Las acciones pertenecientes al mundo del trabajo, independientemente de su sentido objetivo, han de servir todas ellas a la realización de su humanidad (la del trabajador o trabajadora), al perfeccionamiento de esa vocación de persona que tiene en virtud de su misma humanidad". "La fuente de la dignidad del trabajo hay que buscarla no en su dimensión objetiva sino en su dimensión subjetiva".
"El hombre está llamado al trabajo, pero ante todo, el trabajo está en función del hombre y no el hombre en función del trabajo".
"Algunos trabajos realizados por los hombres pueden tener un valor objetivo más o menos grande, sin embargo queremos poner en evidencia que cada uno de ellos se mide sobre todo con el metro de la dignidad del sujeto mismo del trabajo, o sea de la persona, del hombre que lo realiza"..."La finalidad del trabajo, de cualquier trabajo realizado por el hombre -aunque fuera el trabajo "más corriente", más monótono en la escala del modo común de valorar, e incluso el que más margina- permanece siempre en el hombre mismo".
Esta visión se contrapone a las diversas corrientes de pensamiento materialista y economicista que consideran el trabajo y al trabajador como una mercancía o como una fuerza anónima necesaria para la producción. En definitiva, esas corrientes priorizan la dimensión objetiva del mundo del trabajo mientras la subjetiva queda en un segundo plano.
"Precisamente esta inversión de orden, prescindiendo del programa y de la denominación según la cual se realiza merecería el nombre de capitalismo". Este es nuestro enemigo aunque adopte pelajes que vayan desde el neoliberalismo al capitalismo de Estado.
EL MOVIMIENTO OBRERO Y SU VISIÓN DEL TRABAJO
Sintetizar en unas líneas lo que supuso el M.O desde el punto de vista de la dignidad del trabajo es imposible pero ahí van algunas citas de Jacinto Martín para situarnos:
"El M.O. tiende a configurarse como un poder de promoción integral y colectiva de los trabajadores frente al poder opresor del sistema capitalista".
"El impulso que anima al M.O. no proviene de un estado de ánimo emotivo; quiero decir, de una trama de sentimientos espontáneos y fluctuantes, sino de una conciencia que hunde sus raíces en un suelo mollar de convicciones, nacidas del conocimiento que los trabajadores adquieren sobre su condición y circunstancias, a lo largo de su vida laboral... Es un espíritu que, a través de un lento proceso de germinación, crecimiento y maduración de una necesidad vital, les lanza a la conquista de su dignidad."
Cuando la lucha por la dignidad personal se abandona, cuando dimitimos de ella nos integramos en lo que Ortega llama la masa: "La masa es el hombre medio, lo mostrenco social; hombres boga que van a la deriva; hombres herméticos, que no están de verdad abiertos a ninguna instancia superior; hombres incapaces de experiencia decantada gota a gota; hombres que se niegan a ser lo que tienen que ser". Mientras aceptemos ser masa los fuertes seguirán imponiendo su forma de entender este mundo, esto es, perpetuando la desigualdad en vez de abrir nuevos caminos de fraternidad. "El débil luchando por su dignidad empuja la Historia hacia adelante, mientras que el fuerte, defendiendo sus intereses materiales, la inmoviliza o desvía". No es verdad aquello que se decía en la Junta de accionistas del Banesto en el 78: "Los débiles tienen problemas, los fuertes tienen soluciones".
El M.O. entendió como nadie eso de la dimensión subjetiva del mundo trabajo y quiso cogerla en sus manos, protagonizarla, encarnarla, vivirla. Aquí estuvo su grandeza y lo realmente imperecedero del M.O. Sus estrategias, sus medios, su creatividad fueron testimoniales aunque en otras condiciones a las actuales. Su derrota ha sido esgrimida por muchos para aparcarlo en el olvido pero el objetivo a conquistar sigue delante de nosotros.
¿Quién quiere coger hoy el testigo al M.O.? La respuesta no es el silencio, allí donde se lleva acabo una labor promocionante, y la promoción es enemiga del paternalismo, allí hay un germen vivo. Lo profundo de nuestro quehacer no se puede medir tomando como referencia su impacto en los medios de comunicación o por la dimensión de la "movida" que se organiza, hay que medir su eficacia por la capacidad de promoción que es capaz de generar.
EL RETO SIGUE EN PIE: NECESIDAD MATERIAL-DIGNIDAD
La lucha del M.O. podrá leerse de distintas formas histórica y sociológicamente, poniendo acentos aquí o allá, personalmente la resumiría en el esfuerzo solidario por afirmar la dignidad por encima de la necesidad material. Desde este punto de vista es un ejemplo profundamente humanizador que aunque puede parecernos lejano, sigue vivo. ¿Quién se libra hoy en día de afrontar la batalla entre la necesidad y la dignidad en un sistema que ha olvidado eso de la vocación, que genera diferencias sociales tremendas y que sólo entiende de productividad y rentabilidad?. Nuestras formas de vida ponen de manifiesto a menudo nuestras respuestas, y si bien no se nos puede exigir vencer sí se nos debe exigir luchar y eso parece que no lo hacemos.
El sistema capitalista, profundo conocedor de los resortes del hombre, ha ido desgastando poco a poco las resistencias que se le han ido presentado, creando nuevas necesidades, ofertando un bienestar material reducido a unos pocos, los suficientes para que su desarrollo productivo no se vea paralizado por la falta de consumidores. Así, poco a poco, intentando reducir la dignidad a la disponibilidad de cierta cantidad de recursos materiales, el neoliberalismo va callando bocas y conciencias.
Cuando decimos que el M.O. ha sido derrotado no es algo histórico, lejano, estamos diciendo que los trabajadores somos derrotados ya que todos estamos llamados a afirmar nuestra dignidad en nuestros trabajos y a luchar por la de aquellos a quienes se les niega sean trabajadores o no.
Es curioso cómo a veces guardamos distancias demasiado amplias entre lo que ocurre en la sociedad o en la historia y nuestro discurrir personal, distancias que en muchos casos sólo son reflejo de nuestra falta de compromiso en ella y de nuestra falta de apasionamiento por el mundo que nos ha tocado vivir. A modo de ejemplo nos podemos acercar al mundo de los sindicatos. Salvando alguna excepción y simplificando me atrevería a sintetizar su trayectoria en cuatro términos: revolucionarios (la historia de los hechos del 1 de Mayo son un buen ejemplo donde se pedían 8h de trabajo, 8h de descanso y 8h de formación), reivindicativos (hoy los más arriesgados piden 7h de trabajo pero no se atreven a reivindicar ni una sola hora diaria de formación para los trabajadores, olvidando que el sistema organiza el ocio como nadie), de concertación (es todo el mundo del subsidio incluyendo el salario social cuando se desvincula de la lucha porque todo el mundo pueda trabajar dignamente, ganando su pan en función del servicio social realizado) y de participación (el gobierno ya no necesita enfrentarse a los trabajadores para reducir sus condiciones laborales, los sindicatos mayoritarios y los empresarios ya lo acuerdan sin que el gobierno se tenga que manchar las manos). Pero no basta con decir que los sindicatos están como están, hay que preguntarse y yo ¿qué soy, un trabajador revolucionario, reivindicativo, de concertación o de participación? ¿se puede hablar de dignidad sin ser revolucionario? ¿qué razones tenemos para no ser revolucionarios?, y después afrontar las consecuencias de nuestra respuesta.
HACERNOS DIGNOS DE NUESTRA DIGNIDAD
Quizá conviene aclarar algo eso de la dignidad. No me refiero a ella sólo desde un planteamiento antropológico en el que la persona constitutivamente tiene una dignidad personal que lo hace único, imprescindible, sagrado. De todo don se desprende una tarea y con la dignidad ocurre igual, tenemos por delante el reto vital, siempre inacabado, de intentar hacernos, día a día, cada vez más dignos de nuestra dignidad humana. Y, ¿por dónde apunta esto en la práctica?, pues algunos rasgos serían:
- Aspirar a ser protagonistas de la propia vida, no esperar a que venga el líder de turno, el partido de turno, el Estado de turno a resolver nuestras dificultades. La libertad hay que hacerla liberación. Si en algo distan el campo sociopolítico y el del pensamiento, aunque ambos se necesitan mutuamente, es que en el primero, en el sociopolítico, los valores, los conceptos abstractos están vivos y se convierten en camino, en reto cotidiano.
- Buscar la liberación no sólo para uno mismo y para los nuestros sino para todos los hombres del planeta. La dignidad es universal, no corporativa.
- Anteponer el ideal de justicia por encima de los intereses particulares. (¡Lo que le ha costado el haber olvidado esto al PSOE!).
- Hacer propio el sufrimiento de los otros, el sufrimiento de las víctimas de este sistema en que vivimos. Esto nos lleva a situarnos ante la injusticia de forma distinta, cuando se vive así uno no vive instalado plácidamente sin urgencia alguna para que esto cambie.
- Se tiene un espíritu de lucha que es capaz de encajar y aceptar el fracaso como parte del camino a andar, pero siempre en la disposición de empezar de nuevo.
- Descubrir la necesidad del quehacer compartido, organizado con otros, en solidaridad con otros, aunque no sean perfectos como los ángeles.
- En último término pasar del "homo sapiens" al "homo amans", ya que donde hay capacidad para amar o para ser amado allí hay una persona. Un amor que no es paternalismo, un amor que es ternura y profetismo al tiempo, un amor que se hace comunión.
Se pueden ampliar estas notas pero creo que son suficientes para entendernos con lo que quiero decir con eso de hacernos dignos de nuestra dignidad.
UN COMBATE DESIGUAL
La realidad de nuestras sociedades muestran como los instrumentos de lucha son muy desiguales, crecientemente desiguales, por un lado el sistema controla el comercio internacional, el sistema financiero, los mass media, las organizaciones internacionales, las multinacionales y por supuesto, los instrumentos de represión correspondientes para asegurar que el correcto funcionamiento de toda su maquinaria.
Frente a esto, resquicios sociales y sindicales, a menudo inconexos, son las realidades de oposición en este Norte rico que ubica las causas últimas de la situación actual. El sindicato, instrumento tradicional de lucha organizada de los trabajadores, va viendo cómo se desgastan los 3 instrumentos que proporcionaba a los trabajadores :
- Una estructura ideológica: creencias y criterios de conducta (hoy no forman sólo informan).
- Una estructura organizativa: unidad y articulación de esfuerzos, acción programada (la burocracia crece y se olvida que el sindicato no es el continente, sino el contenido, sus militantes).
- Una estructura de solidaridad: Intercambio de ideas, responsabilidad compartida en la acción, apoyo mutuo en la lucha, en los riesgos que se corren cuando se va hacia la coherencia (hoy el coorporativismo jerarquizado se va extendiendo cada vez más y se sigue centrados en el mundo del trabajo remunerado cuando la solidaridad pide a gritos abrir campos nuevos).
En los últimos años se han puesto verdaderas bombas de relojería en los cimientos del sindicalismo como tradicionalmente se ha concebido, algunas de ellas son las Empresas de Trabajo Temporal (ETTs), la posibilidad de imponer la negociación individual sobre la de Convenio, el teletrabajo, las subvenciones... Pero ese no es el peor mal, el peor mal es que no se esfuerzan por hacer de sus afiliados militantes.
Con todo esto delante el análisis puede ser aplastante pero nunca desesperanzado. Lo que ocurre es que hay que empezar desde abajo, desde muy abajo y siempre está la tentación del atajo, una tentación a la que siempre hay que mirar desde la referencia de la promoción.
PROPUESTAS
La pasividad sostiene lo establecido y lo establecido es un proceso creciente, expansionista del poder neoliberal, que va aumentando la precariedad y la exclusión social, que va fragmentando el mundo que nos ha tocado vivir y que nos va fragmentando internamente. Hoy no hay lugar para la neutralidad, a poco que abramos los ojos veremos como la realidad así nos lo repite una y otra vez. Hay que ir transformando aquello que esté en nuestra mano y eso hay que ir haciéndolo en los 3 planos: personal, social e institucional.
1.- Descubrir que el enemigo va dentro de nosotros, el neoliberalismo no es sólo un agente externo, lo llevamos dentro. Hay que descubrir ese frente de lucha y forjar una identidad personal con unos valores desde los que situarnos en caminos de mayor fraternidad.
Hay que formar militantes porque con cimientos de arena no se construye nada duradero. El mundo de trabajo está viviendo una gran paradoja ya que al posponer su dignidad ante otras ofertas de menor valía, el trabajador se convierte en enemigo de su propio proceso emancipador. El hecho de ser trabajador no da ningún título de calidad humana especial, sólo da unas circunstancias concretas desde las que apoyarse para responder. Los mitos y la verdad nunca han sido buenos compañeros de viaje.
2.- El mundo de los ambientes es un mundo especialmente importante cuando decimos que hay que cambiar comportamientos, conductas sociales, mentalidades.
Una de las primeras labores que hay que ir haciendo es la de desenmascarar la gran mentira en que vivimos, desmontando los mensajes que nos hacen llegar justificando la iniquidad existente. Con los más débiles como referencia hay que decir que las cifras macroeconómicas y el día a día no son la misma cosa, que el egoísmo individual no es el motor del desarrollo, que la competitividad es un cáncer, que el fin de la Historia es para aquellos que nada esperan. Para hacer bien esta labor hay que estudiar, hay que debatir, hay que formarse y al tiempo hay que estar también en la calle con otros, colaborando, trabajando juntos hasta donde se pueda porque la esperanza, que es espera activa, se hace más rica cuando es compartida.
Hay que ser conscientes de que el testimonio es imprescindible y en eso hay que reconocer un reto: la transformación de nuestra realidad pide autenticidad, radicalidad y sobre todo creer en la importancia de aquello por lo que se lucha. La gente sabe captar el entusiasmo en los otros sobre todo por el compromiso que llevan a cabo.
3.- En lo institucional el mundo del trabajo tiene que recuperar su planteamiento internacionalista, para que no le pase lo del sindicalista aquel que decía que los centros de poder de las empresas con implantación en varios países se volvían virtuales.
Hay que escuchar y abrir puertas al Sur. El mundo del trabajo no puede configurarse como un Norte privilegiado, corporativo, que convive internamente con una realidad creciente de marginación, y un Sur que a fuerza de precarizar sus condiciones de vida consigue que las multinacionales vayan desplazando allí parte de su producción. La solidaridad organizada debe romper con la competitividad a ultranza.
Hay que releer permanentemente el mundo del trabajo desde la visión subjetiva, no sólo desde la objetiva, hay que buscar la promoción y eso no se consigue por hacer muchas cosas sino por hacer las que haya que hacer con sentido. Esto en el campo institucional se debe corresponder con unas organizaciones que vayan más allá del ámbito laboral para entrar más de lleno en lo social. Si los sindicatos no quieren entrar por este planteamiento acabarán convertidos en meros gestores de subvenciones y en instrumentos de control social.
Por último, frente al modelo de globalización neoliberal que nos ha tocado vivir, un modelo que día a día va encajonando más a los pueblos entre esas dos plagas de fin de milenio que son la especulación económica y la demagogia política, hay que recuperar la autogestión como modo de ir haciendo realidad eso de que la persona sea protagonista de su propia vida y desde ahí tener el campo abierto para ir haciéndonos cada día más dignos de nuestra dignidad.
JOAQUIN GARCIA
Bibliografía:
- Encíclica Laborem Exercens. Juan Pablo II.
- El movimiento obrero. Reflexiones de un jubilado. Jacinto Martín. Ed. Acción Cultural Cristiana.