![]()
Las mujeres han contribuido al desarrollo socioeconómico de Venezuela de diversas formas, siendo las dos principales el trabajo en el ámbito doméstico y el empleo en actividades del mercado económico. Esa participación femenina ha estado condicionada por las peculiares características del desarrollo venezolano y por su condición general de género.
Pero, como sucede en el resto de América Latina, la cuestión es que, por diversas razones, tal contribución de las mujeres es sólo parcialmente visible. Ante todo, porque únicamente las actividades convencionalmente consideradas como económicas forman parte de las cuentas nacionales. Los intentos realizados para medir el aporte del trabajo doméstico a la economía nacional no han conseguido modificar las convenciones vigentes. Por otra parte, no es fácil saber si ese trabajo podría ser de alguna forma retribuido, al igual que tampoco ha concluido la discusión sobre si con ello se mejoraría la condición de las mujeres.
Así, la participación de las venezolanas en el desarrollo del país adquiere visibilidad fundamentalmente cuando puede ser medida en términos de actividad económica. Ahora bien, distinguir este tipo de actividades de las referidas al trabajo doméstico no siempre es sencillo, especialmente en las zonas rurales. Con mucha frecuencia las propias mujeres y los medios de encuesta consideran que los trabajos que ellas realizan (como cría de animales, cuidado de huertas, etc.) son parte de las labores cotidianas domésticas, con lo que tienden a registrarse como amas de casa, es decir, como no pertenecientes a la Población Económicamente Activa (PEA).
Esta inclinación procede de antiguos patrones culturales que establecen una división social del trabajo, según la cual corresponde a las mujeres la responsabilidad del cuidado del hogar y a los hombres el desempeño de actividades propiamente económicas y, en general, públicas. Y aunque esta división se ha flexibilizado bastante, todavía se supone que la responsabilidad de los quehaceres domésticos sigue siendo fundamentalmente de las mujeres, independientemente de si éstas participan o no en el mercado laboral.
En realidad, una proporción de la población femenina ha trabajado siempre en Venezuela en actividades del mercado económico. En las últimas cuatro décadas esta circunstancia se ha ido haciendo cada vez más visible, conforme las mujeres se han ido ocupando como asalariadas o han aumentado su presencia en la actividad directamente mercantil. También ha contribuido a hacer más visible la participación económica femenina el cambio cultural que permite que las declaraciones de las mujeres y los registros estadísticos reflejen más claramente la participación real.
De esta forma, se estima que cerca de un tercio de la fuerza laboral venezolana estaba compuesta por mujeres al comienzo de los años noventa. Es decir, examinada esa participación desde el conjunto de la población femenina, un 35,6% de las mujeres mayores de 15 años forma parte de la PEA. Ciertamente, estas cifras distan todavía bastante de las que presentan los hombres: la tasa de participación masculina era del 80,6% en 1990.
Sin embargo, es importante señalar que dados los problemas de registro antes mencionados existe coincidencia respecto de que la proporción de mujeres trabajando está subestimada, especialmente en el sector informal y en el agrícola. Ese subregistro se manifiesta más en los Censos que en las Encuestas de Hogar, aunque las diferencias entre ambos medios no sean en Venezuela tan altas como en otros países latinoamericanos. Una de las razones para que esto sea así es la gran concentración urbana que presenta la PEA venezolana. En 1990 un 86% de ella residía en las ciudades.
La alta concentración urbana se relaciona también con el impresionante crecimiento de la PEA venezolana en los últimos veinte años, sobre todo en el caso de las mujeres. La PEA femenina creció un 205,5% entre 1970 y 1990 y la masculina un 105,0% en igual período. Todo ese proceso es el resultado del desarrollo económico impulsado por la explotación y comercialización del petróleo, principalmente durante la década de los años setenta.
En todo caso, es conveniente destacar que la PEA femenina ha continuado creciendo aceleradamente durante los años ochenta, en medio de la crisis económica, mientras el crecimiento de la PEA masculina aminoraba su ritmo en ese decenio de dificultades.
Por diversas razones, muchas de ellas referidas a los patrones culturales antes referidos, la ocupación de las mujeres tiene lugar principalmente en el ámbito de los servicios: en 1990 un 81,7% de la PEA femenina se ocupaba en esa rama. La gran mayoría (un 77%) lo hace como asalariada, y en calidad de empleadas de oficina y comercio o como empleadas de los servicios sociales y personales. Una parte considerable de esta PEA se emplea en la administración pública (un 42% en 1990).
Es destacable, sin embargo, la gran cantidad de técnicas y profesionales que compone la PEA femenina: un 22,3% en 1990, cifra que sólo es un 7,8% en la PEA masculina. Esta diferencia es bastante notable, incluso en el contexto latinoamericano, y es reflejo de la considerable elevación del nivel educativo que han adquirido las venezolanas en los últimos treinta años. No obstante, esta cualificación de la PEA femenina ocurre sin que la segmentación por sexo del tipo de empleos cambie a la misma velocidad: las mujeres profesionales siguen concentrándose todavía en docentes, enfermeras y otras profesiones tradicionalmente femeninas, si bien ya han incursionado en forma apreciable en las profesiones convencionalmente masculinas.
Por otra parte, esta mayor cualificación tampoco ha eliminado la situación de que las mujeres obtienen un ingreso promedio inferior al de los hombres. Esta diferencia se refiere tanto al hecho de que las mujeres acceden difícilmente a los puestos de mayor remuneración, como a que todavía existe discriminación salarial por trabajo de igual rango. Pero todo ello también se relaciona con los patrones tradicionales que consideran el trabajo económico de la mujer como "secundario" y complementario respecto del que ejercen los hombres.