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Las condiciones de salud de las mujeres venezolanas han mejorado apreciablemente en las últimas décadas, si bien presentan todavía diversas deficiencias, muchas de las cuales se han incrementado con el deterioro de la calidad de vida producido por la crisis económica de los años ochenta.
Los factores que han intervenido en este cambio sanitario son los referidos tanto a las mutaciones demográficas del país, como a las condiciones generales de vida (habitacionales, nutricionales, educativas, etc.), así como al desarrollo del propio sistema de salud. Ahora bien, la forma de encarar los problemas de salud y su solución ha guardado estrecha relación con los patrones de género que establece la cultura en mujeres y hombres.
El particular curso de la transición demográfica en Venezuela ha tenido consecuencias en el plano epidemiológico. El sentido general de esa transición se orienta hacia una disminución de la proporción de menores y un aumento de la de personas mayores. Así, en el cuadro de afecciones destacan más las enfermedades tumorales, cardiovasculares, los accidentes laborales y de tránsito. Ahora bien, en Venezuela se ha producido un crecimiento adicional de personas en edad productiva y reproductiva, como consecuencia de la inmigración, que ha hecho que las enfermedades de ese tipo aparezcan un tanto anticipadamente (en especial los traumatismos externos), antes de que decaiga de forma natural el peso de las enfermedades infantiles. Por otra parte, el mantenimiento de un ritmo alto de crecimiento poblacional general hace que las necesidades sanitarias aumenten más rápidamente que la cobertura del sistema, a pesar del apreciable gasto en salud que presenta el país.
Estos elementos demográficos se combinan con los cambios en las condiciones generales de vida, que mejoraron fuertemente durante la expansión petrolera de los años setenta y se frenaron e incluso deterioraron durante la crisis de los ochenta. En efecto, durante los años de la expansión económica se redujo el grado de pobreza y sus secuelas: la proporción de hogares pobres bajó del 25% al 22% entre 1970 y 1980. Pero la crisis de los ochenta hizo que esa proporción se elevara al 34%, deteriorando también el desarrollo de la infraestructura sanitaria básica: al concluir la década había una proporción más alta de hogares sin esos servicios sanitarios (agua potable y eliminación de excretas) que al iniciarse el decenio.
El otro factor que determina las condiciones de salud, el propio sistema clínico, tuvo un desarrollo considerable en las últimas décadas, sobre la base de un gasto notable. Sin embargo, este desarrollo cubrió las necesidades de la población de una forma desigual. Si bien el número de médicos por cada diez mil habitantes creció en forma apreciable, no sucedió así con los servicios hospitalarios: en 1990 había menos camas por cada mil habitantes que en 1980.
Uno de los problemas que presentaba este sistema era precisamente su desarticulación en subsectores poco coordinados entre sí. Para resolver esta situación, el Congreso de la República dictó en 1987 la Ley Orgánica del Sistema Nacional de Salud, la cual dispone la integración de todos los servicios destinados a promover la salud en el territorio nacional, bajo la dirección y administración del Poder Ejecutivo, a través del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social. De igual manera, esta ley establece la función normativa que regulará las actividades del subsector privado de la salud. El plazo dado para la integración de todo el sistema de salud pública es de diez años, determinándose un proceso por etapas.
Entre las estrategias que persigue el desarrollo del Sistema Nacional de Salud está el impulso a la atención primaria, con el proyecto de que la comunidad se incorpore en el cuidado de su salud. El proceso de integración general tendrá lugar mientras se produce una descentralización administrativa, con un aumento de competencias a nivel de los Estados.
Al iniciarse los años noventa el nivel de mortalidad se ha reducido apreciablemente en relación con el que existía al comienzo de los años setenta. Como en toda la región, las tasas de mortalidad femenina son menores que las que presentan los varones: en 1989 dicha tasa era 4,6 por mil entre ellas y de 6,2 por mil entre los hombres.
Al observar la composición por sexo de los decesos en cada grupo etario, puede comprobarse que el peso de la mortalidad masculina se da sobre todo en las edades productivas y reproductivas: si a comienzos de los años cincuenta las muertes masculinas eran algo más de la mitad de las totales entre los 20 y los 50 años, al concluir los ochenta eran casi los dos tercios de ese grupo etario.
Sin embargo, la composición etaria de la mortalidad no habría variado con igual fuerza, según las estimaciones realizadas por CELADE. En efecto, a fines de los años ochenta todavía un cuarto del total de decesos provendría de niños menores de cinco años.
Esta composición no parece ser consistente con las cifras de mortalidad infantil disponibles, ni con el cuadro general de causas de muerte. Sí parece serlo, en cambio, con otros indicadores: la composición interna de la propia mortalidad infantil, donde el peso de las muertes sucedidas en el período postnatal es considerable (en torno a la mitad del total de muertes infantiles). Una explicación plausible, además de la posibilidad de errores de registro estadístico, puede encontrarse en ese solapamiento ya indicado entre el fuerte crecimiento de los grupos etarios intermedios y el mantenimiento de la presencia de enfermedades infantiles.
En edades adultas, las diferencias entre hombres y mujeres son más visibles: éstas mueren más de tumores y aún están presentes las causas obstétricas, en tanto los decesos masculinos están referidos sobre todo a los accidentes y a las afecciones cardiovasculares.
Resulta mucho más difícil realizar el análisis de la morbilidad venezolana desagregada por sexo. Puede afirmarse que existe al respecto una deficiencia notable en el sistema sanitario: desde 1980 la información es fragmentaria y/o no se publica desagregada por sexo. Por ello, en esta oportunidad ha debido usarse datos de comienzos de la década de los ochenta, los cuales indican un uso del sistema hospitalario bastante similar al del resto de la región: las mujeres presentan un número de egresos que es el doble del de los hombres, debido a que la mitad de tales egresos femeninos corresponde a causas obstétricas.