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Tras varias décadas de crecimiento sostenido, incrementado considerablemente por la exportación petrolera, la economía venezolana experimentó en los años ochenta un proceso de crisis e inestabilidad. Contribuyó a ello un conjunto de factores, en buena medida característicos de la crisis que afectó la región ese decenio, pero el elemento fundamental fue el deterioro de la base misma del modelo: la persistente disminución de los ingresos provenientes de la exportación de petróleo, que se redujeron a la mitad entre 1981 y 1989.
Esta contracción del flujo petrolero y las políticas de ajuste parcial utilizadas por las autoridades para compensarla, produjeron depresiones en la producción interna y, de forma general, en el ingreso de los venezolanos, cuyo valor por persona era al concluir la década un 20% menos que en su inicio. Este empobrecimiento general del país afectó sobre todo a los sectores populares, que sufrieron en los ochenta una elevada tasa de desempleo y una persistente baja de los salarios. Proceso que contribuyó progresivamente a un deterioro de la estabilidad política: así, al final del decenio se establecía un cuadro marcado por explosiones sociales y frecuente ruido de sables militares, que acabó afectando el funcionamiento del sistema político.
Durante el decenio, las reacciones de las autoridades económicas ante la crisis del modelo petrolero no persiguieron abiertamente el cambio de tal modelo, sino más bien que su crisis no se tradujera en un desequilibrio macroeconómico generalizado. De hecho, la diversificación de la producción fue escasa, de tal modo que cuando concluía el decenio el país todavía continuaba dependiendo básicamente de las exportaciones petroleras, permaneciendo altamente vulnerable a las fluctuaciones de este producto en el mercado mundial.
Sólo cuando terminaba la década los ajustes parciales fueron sustituidos por un ajuste global y una política de apertura económica generalizada. Ello produjo la agudización de las tensiones sociales y políticas, pero también un cuadro de mayores expectativas para los inversores en los años iniciales de la década de los noventa. Por otra parte, la situación general también se vio favorecida coyunturalmente por el aumento de las exportaciones petroleras que produjo la guerra del Golfo Pérsico. Así, el Producto Interno Bruto (PIB) de Venezuela presentó en 1991 una de las mayores tasas de crecimiento de América Latina, sobre el 10% (aunque parte de ese crecimiento anual se dio como efecto de recuperación de la fuerte crisis de 1989). Está dinámica alcista, sin embargo, no continuó el siguiente año, cuando la crisis política introdujo un considerable factor de incertidumbre económica. La sustitución presidencial ocurrida a mediados de 1993 parece haber eliminado en buena medida dicha incertidumbre. Ahora bien, el plan general de ajuste y apertura todavía está en una fase intermedia, sin que pueda medirse sus efectos internos y externos de forma amplia, y, sobre todo, sin que pueda asegurarse si la dependencia venezolana del modelo petrolero va a reducirse sustantivamente.