SALUD

La situación de salud de las mujeres uruguayas ha mejorado de forma moderada durante las últimas décadas, por cuanto el cambio fundamental del cuadro epidemiológico -que tuvo lugar efectivamente en casi toda América Latina desde los años cincuenta- se había producido en Uruguay hacia mitad del siglo.

En los años cincuenta habían cambiado ya los tres factores que influyen principalmente en el estado nacional de salud: la situación demográfica, las condiciones básicas sanitarias y el sistema de salud. En primer lugar, Uruguay había iniciado desde las primeras décadas del siglo su transición demográfica, por lo que en los años cincuenta ya poseía una población relativamente envejecida y de bajo crecimiento, lo que significa una estructura de la mortalidad referida sobre todo a los sectores adulto y mayor de la población y un cuadro epidemiológico donde las enfermedades de estos grupos etarios cobran relevancia.

En segundo lugar, las condiciones básicas de salud (habitacionales, alimentarias, de servicios sanitarios, etc.) se encontraban a considerable distancia del promedio latinoamericano, debido al avance de factores de referencia fundamentales, como el nivel educativo de la población, el grado de urbanización, etc., además del escenario favorable que significaba un desarrollo económico notable y unos servicios públicos generales que hacían que el Estado uruguayo pudiera ser calificado de bienestar.

En este contexto, el sistema de salud de amplia cobertura ya estaba prácticamente establecido a mediados de siglo, dirigido a resolver los problemas tradicionales, en especial los materno-infantiles. Con un sistema público que se extendió al interior del país y una seguridad social desarrollada, dicho sistema aceleró la mejoría de las condiciones de salud de la población.

La coincidencia de este conjunto de factores favorables permitió que en los años cincuenta Uruguay mostrara los indicadores globales más avanzados de la región, con apreciable diferencia. Uno de los más gruesos, la esperanza de vida, se situaba sobre los 66 años a mediado de siglo (seguido de Argentina con 60 años), mientras la mayoría de los países se situaba entre los 50 y los 55 años.

Desde los años sesenta la orientación general de las autoridades sanitarias ha sido mantener ese sistema ya constituido y esperar el consiguiente avance de las condiciones sanitarias. Para ello no fue necesario un esfuerzo fiscal extraordinario sino más bien estable, que no sufrió un fuerte deterioro con la crisis de los años ochenta, como sucedió en otros países de la región.

Los especialistas hacen dos observaciones sobre la evolución del sistema en las últimas décadas. En primer lugar, el incremento de las Instituciones de Asistencia Médica Colectivizada (IAMC), basadas en cuotas y que arriendan servicios al sector privado, con un nivel de calidad algo más alto. Tal sector forma parte del subsistema mixto con el conjunto de instituciones de seguridad social. Al llegar a los años ochenta, el sector plenamente público compartía con el sector mixto en partes iguales la totalidad del sistema de salud. La crisis de los años ochenta provocó que una parte de los afiliados a las IAMC retornaran a los servicios estatales, produciendo la sobrecarga en los mismos.

En segundo lugar, el mantenimiento del robusto sistema de salud tuvo lugar sin que se modificara su orientación al mismo ritmo que experimentaba la transformación del cuadro epidemiológico general, producido principalmente por el gran avance de la transición demográfica en Uruguay. De esta forma, los servicios se han ido adaptando sólo muy lentamente a las necesidades derivadas del cuadro de enfermedades correspondientes a una población adulta y mayor.

Al iniciarse los años noventa es probable que este cuadro sufra un impacto de consideración, dada la decisión de las autoridades uruguayas de producir un ajuste y una apertura económicos en profundidad. Un elemento principal de tal ajuste consiste en recortar notablemente el gasto público, lo que afectará al sistema público y a la seguridad social, la cual ya ha empezado a enfrentar un proceso de reforma.

La evolución del cuadro sanitario general ha afectado de forma distinta a hombres y mujeres. La mortalidad ha disminuido más en las mujeres que en los hombres, especialmente por causa de los accidentes y otras muertes por violencia en los varones, que han sido el principal factor sobre el que ha operado el aumento de la diferencia de esperanza de vida favorable a las mujeres. Por otra parte, la predominancia de las enfermedades referidas a personas adultas y mayores, y en especial los tumores malignos, guarda relación con un aumento considerable de las muertes por cáncer en el aparato reproductivo de la mujer, muchas de las cuales son evitables mediante una mejor medicina preventiva.

En todo caso, el hecho de que el cuadro epidemiológico esté sobredeterminado por las enfermedades propias de una población envejecida hace que las diferencias por sexo sean en Uruguay bastante menores que en otros países de América Latina. Ello es especialmente cierto cuando se examina la población en todos sus grupos etarios, ya que si se observa dicha población entre los 15 y los 45 años, esas diferencias por sexo se hacen más evidentes.