![]()
La situación educacional de las uruguayas, que ha sido tradicionalmente una de las más avanzadas de América Latina, cobró nuevo impulso en las pasadas dos décadas, especialmente en cuanto a los estudios medios y universitarios, lo que hace que hoy las mujeres sean en Uruguay claramente mayoritarias en las matrículas de esos niveles de estudio.
La tradición educativa de Uruguay es de antigua data y desde la Reforma Escolar de José Pedro Varela, en 1875, el Estado fue extendiendo la escolarización al conjunto de la sociedad uruguaya, proceso del cual participaron progresivamente la mujeres hasta que sus niveles educativos se hicieron similares a los de los varones, situación alcanzada hacia mediados de este siglo.
Como producto de este temprano desarrollo, el problema del analfabetismo se redujo pronto a una proporción mínima, que hacia mediados de siglo apenas superaba el 10% de la población. En 1985 sólo un 5% de los consultados por el Censo declaraba no saber leer y escribir. Es probable que el analfabetismo funcional, del cual no hay datos oficiales, eleve en alguna medida esa cifra. Ciertamente, las tasas de analfabetismo son el doble en las zonas rurales, pero el hecho de que desde 1950 más del 75% de los uruguayos residan en las ciudades hace que el peso del analafabetismo rural sea menor en el contexto nacional. Las mujeres presentaban tasas de analfabetismo algo superiores a los hombres, hasta los años sesenta, en que se hicieron similares.
Este desarrollo educativo fue conformando, no obstante, una población adulta con una marcada estratificación socioeducativa, que al llegar los años ochenta estaba formada por una ancha base de quienes no habían superado la primaria, cerca del 60%, un tronco compuesto por el tercio de la población que no había sobrepasado los estudios secundarios y una reducida cúspide del 5% que había accedido a los estudios universitarios. En este contexto, las mujeres fueron superando a los hombres hasta el nivel secundario y aproximándose mucho a éstos en la adquisición de estudios universitarios.
Sin embargo, lo anterior es válido sólo al examinar la población femenina en todas las edades, porque las mujeres menores de 35 años presentan ya niveles educativos bastante más avanzados, dado el nuevo impulso que cobró la participación femenina en los niveles medio y universitario durante los años setenta y ochenta.
En efecto, la notable expansión que tuvieron las matrículas media y universitaria en las dos décadas pasadas, doblándose práctivamente en cifras absolutas, tuvo como protagonista principal a las mujeres, las cuales durante los años ochenta constituyeron el 60% de los alumnos de segundo nivel y el 55% de los de tercero. La feminización actual de la matrícula de enseñanza media y universitaria supondrá en el inmediato futuro que el nivel promedio de la población femenina sea claramente superior al de la masculina.
Sin embargo, la condición educacional de las uruguayas muestra aún lagunas importantes. Por una parte, queda mucho camino que recorrer en cuanto a la reducción de la segmentación sexual existente al elegir carrera o especialidad. Las mujeres en Uruguay siguen siendo claramente mayoritarias en las carreras tradicionalmente consideradas femeninas y minoritarias en las convencionalmente entendidas como masculinas. A fines de los años ochenta eran el 27% de los estudiantes de agronomía, el 37% de los de ingeniería y el 34% de los de medicina; en tanto eran el 94% de la matrícula de enfermería, el 84% de la de bibliotecología y el 70% de Bellas Artes.
Ciertamente, la presencia de las uruguayas ha avanzado bastante en las áreas tradicionalmente masculinas, especialmente si se las compara con las mujeres de otros países de América Latina: hoy son prácticamente paritarias en carreras como derecho o arquitectura, y ser más de un tercio de la matrícula de ingeniería tampoco es algo frecuente en la región. Pero, de todos modos, la segmentación como fenómeno general continúa existiendo y ello tiene consecuencias al momento de acceder al mercado de trabajo.
Por otra parte, y relacionado con lo anterior, las mujeres adquieren una educación técnica mucho menor que los hombres. En 1985 la proporción de varones que pasó por la Universidad del Trabajo de Uruguay (UTU) se acerca al 12%, mientras esa cifra es del 6% en el caso de la población femenina. Además, las mujeres adquieren formación técnica en profesiones también tradicionalmente femeninas.
Es decir, existe todavía una diferencia educacional por sexo que está referida a los papeles que tradicionalmente se le asignan a la mujer. Ello no guarda relación con obstáculos en el acceso a las carreras propiamente tales, sino más bien con los procesos de socialización de niños, niñas y jóvenes, donde se reproduce el reparto de funciones sexuales. Existen estudios que muestran en qué medida esto tiene lugar al interior del propio sistema educativo. Un análisis de textos de educación primaria y secundaria, evidencia que las imágenes segregan la presencia de las mujeres. Estas son apenas un 15% de las escenas de protagonismo individual y casi no existen en las escenas de actuación colectiva. Tal situación refleja que el nivel de educación formal ya no es buen indicador de las dificultades que la mujer encuentra en su formación para la vida social y productiva, y que por ahora se trata de examinar los contenidos de la educación en sus niveles primarios y secundarios, además del proceso de socialización como una totalidad.