MUJERES EN REPÚBLICA DOMINICANA

Las mujeres dominicanas presentan una realidad particularmente heterogénea, que tiene sus raíces en la forma específica que adoptó el mestizaje tras la llegada de Colón a la isla La Española en 1492 y en la importación masiva de esclavos y esclavas africanos/as en los siglos XVI y XVII. A estas diferencias de raza se unen las de clase en el contexto de una pobreza muy extendida.

Históricamente, la acción colectiva de mujeres ha estado limitada por las invasiones, dictaduras, revoluciones y gobiernos autoritarios que ha sufrido el país desde su independencia. Así es como la lucha por el voto femenino, que contó con una organización importante, la Acción Feminista Dominicana, se dio bajo la dictadura de Trujillo, sin que la obtención del mismo, en 1942, significara la ciudadanía plena. El Estado ha desarrollado por años prácticas clientelistas hacia las mujeres, especialmente de sectores pobres urbanos y rurales, creando mecanismos de cooptación que han dificultado enormemente el desarrollo de reivindicaciones específicas. Sin embargo, desde los años 70, en el marco de las actividades del Decenio de Naciones Unidas para la Mujer, han surgido grupos y organizaciones que, desde diferentes vertientes, han ido conformando un movimiento social. La prolongada crisis económica y sus secuelas de pobreza ha dado a muchas organizaciones femeninas una peculiar sensibilidad frente a los apremiantes problemas sociales de los sectores populares urbanos y rurales, constituyendo un desafío la incorporación de reivindicaciones específicas de género.

En las últimas décadas las mujeres dominicanas han modificado en forma notable sus rasgos sociodemográficos. En cifras promedio, son ya mayoritariamente urbanas, principalmente jóvenes adultas (y no fundamentalmente jóvenes como hace sólo veinte años) y han reducido a más de la mitad la cantidad de hijos que tienen durante su vida fértil. Sin embargo, dada la heterogeneidad existente en la población femenina, tales cifras promedio se desagregan ampliamente según ciertos factores: zona de residencia y nivel socioeconómico, sobre todo. Así, la mujeres rurales y las de estratos bajos tienen aún en torno a cinco hijos en su vida fértil, mientras las urbanas y de estratos medios y altos no llegan a tres hijos.

La participación de las mujeres en el mundo laboral también ha crecido considerablemente, de acuerdo a todas las fuentes disponibles. Se estima que, al iniciarse los noventa, cerca del 40% de la fuerza de trabajo nacional está compuesta por mujeres, proporción que presenta un incremento continuo.

Otra de las transformaciones importantes se refiere al aumento del nivel educativo de las dominicanas. Es cierto que todavía sufren notables deficiencias educacionales, especialmente en las zonas rurales, pero en cifras promedio alcanzaron y superaron a los varones en las dos últimas décadas: en 1991 la proporción de personas que poseía estudios secundarios y universitarios era mayor en la población femenina que en la masculina.

También han mejorado sus condiciones de salud desde mediados del presente siglo, pero dado lo extremadamente deficientes que eran entonces esas condiciones, hasta hoy presentan dificultades considerables, que se agravaron en diversos aspectos con la fuerte crisis económica que azotó el país durante los años ochenta.

La incorporación de dominicanas a posiciones de poder -ejecutivo, legislativo y judicial- ha sido lenta y con altibajos. Nunca una mujer ha ocupado un cargo de jueza en la Suprema Corte de Justicia. Sin embargo, sus reivindicaciones se han legitimado progresivamente a partir de la acción concertada de mujeres de organizaciones sociales y políticas. Una expresión de ello fue la incorporación de demandas femeninas en los programas de gobierno de todos los candidatos a la Presidencia de la República en las elecciones de 1990. Paralelamente el movimiento de mujeres formuló su Programa Mínimo Feminista para evaluar las propuestas de los partidos.

En el ámbito de la acción social colectiva de mujeres, República Dominicana cuenta actualmente con organizaciones y grupos, organismos no gubernamentales de investigación y acción social, organizaciones políticas y asociaciones gremiales y profesionales. Con una Coordinadora de Organizaciones No Gubernamentales del Area de la Mujer ha logrado articular demandas, movilizarse por cambios legislativos y elaborar planes de acción por el mejoramiento de su condición. En vísperas de elecciones generales las mujeres organizadas buscan nuevamente la interlocución con los partidos políticos con el objeto de mejorar su participación en cargos de representación y en el futuro gobierno.

El proyecto de investigación Mujeres Latinoamericanas en Cifras fue desarrollado en República Dominicana por Gisela Quiterio Benítez y Elizabeth Ferreras Blanco. La presentación de resultados fue realizada por la Coordinación Regional, atendiendo a las necesidades de comparación del caso dominicano con el resto de los países de América Latina.