MUJERES EN PERÚ

Trazar un perfil de las mujeres peruanas significa enfrentar, simultáneamente, la diversidad y la semejanza. Si por un lado, las diferencias de clase y raza especifican la vivencia de la condición femenina, por otro, la asimetría de la relación entre hombres y mujeres está presente en todo el ordenamiento social y de la vida cotidiana. Al mismo tiempo, la diversidad geográfica y étnica dan origen a una gran heterogeneidad de situaciones y de acceso a los recursos económicos, sociales y políticos.

A través de la historia, importantes sectores de mujeres han irrumpido en el escenario social, sin que su acción tuviera consecuencias y se tradujera en un mejoramiento de su condición de subordinación. De hecho, recién en 1955 obtuvieron el derecho a voto, cuando casi todos los países de la región ya lo habían reconocido. Sin embargo, las propias condiciones de pobreza y la incapacidad estructural del país de encontrar un camino al desarrollo han llevado masivamente a las mujeres a actuar en el escenario nacional a partir de las necesidades más básicas de supervivencia. Más que en ningún otro país de la región, a excepción de Nicaragua y El Salvador, son las mujeres quienes han soportado, por más de una década, el peso de la crisis económica y política. Este hecho ha revestido características dramáticas al trasladar Sendero Luminoso sus acciones a los barrios populares de Lima. La defensa que han hecho las mujeres de sus organizaciones ha costado la vida a numerosas dirigentas, particularmente a la Teniente Alcaldesa María Elena Moyano, ex-presidenta de la Federación Popular de Mujeres de Villa El Salvador.

Desde mediados de siglo las mujeres peruanas han modificado en forma apreciable sus características sociodemográficas, si bien esa modificación ha presentado ritmos muy diversos, especialmente entre la costa urbana y otras regiones del país. Con todo, en cifras promedio, ya residen principalmente en las ciudades, son menos jóvenes y han reducido a la mitad el número de hijos que tenían durante su vida fértil hace cuatro décadas. Tales cifras promedio son útiles, sobre todo para establecer comparaciones con la población masculina, pero es necesario subrayar que, en términos globales, la transicición demográfica en la costa urbana está notablemente más avanzada que en regiones como la sierra, la selva y el sur altiplánico.

En el período mencionado, ha tenido lugar un fuerte crecimiento de la participación laboral femenina, lo que a comienzos de los años noventa significa que en torno al 40% de la Población Económicamente Activa del país esté compuesta por mujeres. No obstante, esta participación presenta una gran segmentación por sexo: las mujeres se concentran en la rama de servicios, principalmente como empleadas del comercio y oficinas, y en calidad de empleadas de hogar, si bien, como sucede en el resto de América Latina, hay una proporción apreciable de técnicas y profesionales.

Las condiciones educativas y sanitarias de las peruanas también han mejorado desde los años cincuenta, aunque dado que entonces eran extremadamente deficientes, todavía presentan indicadores bastante deprimidos en el contexto latinoamericano. De hecho, las diferencias educativas con los varones, así como entre los distintos segmentos de la población femenina, son más altas en Perú que en la mayoría de los países de la región. En el plano de la salud, las condiciones deficitarias de las regiones más deprimidas hacen que las cifras promedio peruanas se sitúen entre las más bajas de la región. Así sucede con las tasas de mortalidad general y otras específicas, como es el caso de la infantil y la materna.

La incorporación de las peruanas a posiciones de poder ha sido notablemente lenta en comparación con el resto de América Latina. Sólo en 1987 una mujer ocupó una cartera ministerial y recién una mujer fue designada vocal en la Corte Suprema y otra en la Fiscalía de la República. Es cierto que ha existido por largos años una preocupación gubernamental por la situación de esta mitad de la población, pero no se ha logrado constituir una institucionalidad eficaz y con suficiente poder político que conduzca y coordine las políticas públicas hacia las mujeres. De hecho son ellas las principales ejecutoras de los programas destinados a los sectores de extrema pobreza. Su presencia en partidos políticos y organizaciones tradicionales ha sido escasa. No sucede así en el ámbito urbano popular y campesino, donde las mujeres juegan un rol central en el tejido social que permite sobrevivir a amplios sectores a pesar de las crisis sucesivas.

Por otra parte, el movimiento social de mujeres recreado a partir de fines de los años 70 forma parte activa de la sociedad civil y ha buscado caminos para resolver la crisis. Cuenta con importantes grupos feministas que han consolidado un liderazgo en toda la región, promoviendo el debate en los Encuentros Feministas Latinoamericanos y del Caribe desde una particular sensibilidad popular.

En el Perú de los 90, sin embargo, este movimiento enfrenta complejos desafíos, considerando la extrema pauperización de los sectores populares, la desarticulación por el terror de cientos de organizaciones, la implantación del mercado como único asignador de recursos y el retiro del Estado de sus funciones sociales. El reto es, una vez más, coordinar esfuerzos para reconstruir un Estado que recoja la diversidad e integre en igualdad de condiciones a sus ciudadanos.

El proyecto de investigación Mujeres Latinoamericanas en Cifras fue desarrollado en Perú por Cecilia Blondet Montero, investigadora del Instituto de Estudios Peruanos, IEP. La presentación de resultados fue realizada por la Coordinación Regional del proyecto, atendiendo a las necesidades de comparación del caso peruano con el resto de los países de América Latina.