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Las mujeres han participado en el desarrollo socioeconómico de Paraguay de distintas formas, siendo las dos principales el trabajo doméstico y las actividades dedicadas al mercado económico. A su vez, dicha participación ha estado condicionada por las características y los cambios del sistema productivo nacional, así como por su particular condición de género.
Como sucede en toda América Latina, el problema es que, por distintas razones, esa contribución femenina al desarrollo resulta sólo parcialmente visible. Ante todo, porque únicamente las actividades convencionalmente consideradas económicas son integradas en las cuentas nacionales. Las tentativas realizadas para medir el aporte del trabajo doméstico a la economía nacional no han modificado las convenciones vigentes; como tampoco ha concluido la discusión sobre si ese trabajo podría ser de alguna forma retribuido y si con ello mejoraría la condición general de las mujeres.
Así, la participación de las mujeres en el proceso de desarrollo adquiere visibilidad fundamentalmente cuando puede medirse como actividad propiamente económica. Ello resulta un problema cuando en ciertos espacios, como el agrícola, las tareas domésticas y las dirigidas al mercado no pueden distinguirse tan fácilmente. Con frecuencia, los medios de encuesta y las propias mujeres se inclinan a considerar que su trabajo forma parte de las tareas del hogar y por tanto que son solamente dueñas de casa. Este tipo de registro se acentúa cuando el cuestionario sobre empleo, como sucede en los censos, es reducido y apenas indaga sobre el destino de las labores de las mujeres en el campo.
La tendencia general a considerar a las mujeres como económicamente inactivas procede de antiguas razones culturales, que afirmaron una división sexual del trabajo, según la cual se atribuye a ellas la responsabilidad del trabajo doméstico y a los hombres la actividad pública y económica. Y aunque esa división del trabajo se ha flexibilizado, todavía se considera socialmente que las mujeres tienen la responsabilidad fundamental de realizar las tareas domésticas, participen o no en el mercado laboral.
En todo caso, una proporción importante de población femenina ha trabajado siempre para el mercado económico. La visibilidad de esta situación ha ido aumentando en Paraguay conforme las mujeres se han ido ocupando como asalariadas y han incrementado su actividad mercantil no asalariada, tanto en las zonas urbanas como en las rurales.
Se estima que sobre un tercio de la fuerza laboral paraguaya está formada por mujeres. Sin embargo, la proporción precisa es difícil de establecer, por cuanto el registro más específico sobre empleo lo realizan las Encuestas de Hogar y éstas sólo son aplicadas regularmente en Paraguay sobre el Area Metropolitana. Los datos censales, que tienen cobertura nacional, presentan el problema ya referido de subestimación de la participación femenina, además de que, hasta que no se concluya el procesamiento del Censo de 1992, la última referencia censal es de 1982, con lo que la información queda desactualizada. La diferencia al respecto entre los datos censales y de Encuestas puede apreciarse al observar que la tasa de participación femenina obtenida mediante el Censo de 1982 para el Area Metropolitana era del 30% y la obtenida por la Encuesta para el año siguiente superaba el 40%. Así, pues, estimando que en el área urbana la tasa de participación femenina rodea el 40% y que los estudios realizados en el área rural señalan que una alta proporción de mujeres (que oscila entre el 40% y el 60% de las entrevistadas) realiza tareas agrícolas, tanto dentro como fuera del hogar, puede afirmarse que no menos de un tercio de la PEA paraguaya está compuesta por mujeres (ver capítulo Observaciones Metodológicas).
Por causas referidas a la tradicional división sexual del trabajo las mujeres tienden a ejercer ocupaciones segmentadas respecto de las ejercidas por los hombres. Ellas se ocupan principalmente en el sector servicios, fundamentalmente como empleadas domésticas, oficinistas y vendedoras, mientras los hombres se reparten de forma más regular por los distintos sectores (agrario, industrial y de servicios) del aparato productivo. Sin embargo, destaca -como sucede en toda América Latina- la alta proporción de técnicas y profesionales de la PEA femenina, que supera la de la PEA masculina. Ahora bien, como en otros ámbitos de la vida social, ello no significa que ocupen cargos de dirección y poder empresarial, donde siguen siendo reducida minoría.
Aunque las mujeres paraguayas han mejorado su nivel educativo hasta aproximarse al poseído por los hombres, en especial las que forman parte de la PEA, aún sufren condiciones de trabajo notablemente peores que los hombres y reciben menores ingresos en especial en los niveles de alta cualificación. Todo indica, pues, que los obstáculos que enfrentan las paraguayas para situarse mejor en el mercado laboral se refieren cada vez menos a su educación formal y más a su carencia de capacitación adecuada, así como a la segmentación en que caen al elegir profesión, además de la discriminación general -sobre todo salarial- que sufren en el mercado laboral. Todo ello se relaciona con la determinación cultural establecida que tiende a identificar la participación económica femenina como secundaria y complementaria respecto de la masculina.