IDENTIFICACIÓN SOCIOECONÓMICA DEL PAÍS

Tras una década de crecimiento económico como fue la de los años setenta, especialmente durante su segundo quinquenio, el sistema productivo paraguayo enfrentó una crisis (1982-1983) que, aunque no presentó la dureza que en otros países latinoamericanos, supuso un quiebre importante en cuanto al desarrollo interno: Paraguay no padecía una recesión propiamente tal desde hacía más de treinta años.

La economía paraguaya se ha basado fundamentalmente en la explotación y exportación de productos primarios, principalmente agrícolas y ganaderos, a la que se agregó posteriormente el aprovechamiento del extraordinario potencial hidroeléctrico del río Paraná y un nuevo impulso de la frontera agrícola, en especial al Este del río Paraguay, coincidente con la diversificación de sus productos (soja y algodón). Puede afirmarse que el proceso de sustitución de importación de manufacturas apenas tenía peso en Paraguay, hasta que en los años setenta el subsector de la construcción comenzó a dinamizar el conjunto del sector industrial, con las obras de construcción de la gran represa de Itaipú.

Así, en 1970 el sistema productivo era todavía principalmente agrícola: dicho sector generaba un tercio del PIB, mientras el sector industrial -incluyendo la construcción- apenas inducía el 19% de ese PIB. Con el desarrollo de las grandes obras hidráulicas esta composición fue variando a favor de la industria, la que en 1980 generaba el 23% del PIB.

Este modelo económico vio quebrarse sus dos pilares fundamentales al comienzo del decenio de los ochenta: la contracción del mercado mundial golpeó -como en casi todos los países latinoamericanos- el mecanismo exportador, al mismo tiempo que concluían las obras de Itaipú y se demoraba el inicio de la ejecución de las de Yacyretá, lo que deprimió la demanda interna, no sólo por la caída de los salarios y el aumento del desempleo, sino también por el retroceso en la formación de capital fijo, tanto público como privado. De esta forma, en 1982 el PIB decreció un 1%, debido sobre todo a la contracción del subsector construcción, pero también de las manufacturas, la agricultura y el comercio. Sobre este cuadro depresivo se produjeron en 1983 las inundaciones masivas, que colocaron al sector agropecuario en situación calamitosa, provocando que el decrecimiento del PIB alcanzara ese año el 3%. Esta coyuntura de crisis desestabilizó el sistema financiero, introduciendo alteraciones cambiarias: el sistema múltiple de cambios que implantaron las autoridades no aligeró el impulso del mercado paralelo, que se articuló rápidamente con un salto hacia la informalidad económica. La fragilización del Banco Central que supuso todo esto, no fue remontada en el resto de la década.

La recuperación económica que tuvo lugar desde 1984 no se dio sobre la base de una modificación sustantiva del modelo anterior, sino a partir de la reposición -debilitada- de sus dos pilares: la mejor absorción de productos primarios por el mercado mundial y el relanzamiento de las obras hidroeléctricas. Hacia finales del decenio, la crisis del sistema político del general Stroessner ofreció la coyuntura para intentar una reordenación económica, sobre la base de un proceso de estabilización y reconversión productiva. Tal proceso significó una moderación del crecimiento y una reducción del salario real que, si bien favorecen los equilibrios macroeconómicos, han tendido -como suele suceder- a empeorar las condiciones socioeconómicas de la población.