DEMOGRAFÍA

Las mujeres nicaragüenses, que representan en 1995 el 51,2% de la población total del país, han modificado de manera moderada sus características demográficas en las últimas décadas. Ya son mayoritariamente urbanas, pero siguen teniendo una estructura por edad eminentemente joven, y el promedio de hijos procreados durante su vida fértil continúa siendo alto.

En los últimos cuarenta años Nicaragua casi ha cuadruplicado el volumen de su población: en 1950 apenas sobrepasaba el millón de habitantes y en 1993 ya superaba los cuatro millones. En este período, su composición por sexo ha variado en favor de la población femenina: en 1950 las mujeres representaban el 50,3% de la población. Durante la crisis económica y militar de los años ochenta tuvo lugar una reducción apreciable de la proporción de varones, con lo que las mujeres pasaron de representar un 50,2% en 1980 a un 52,2% en 1990.

El crecimiento poblacional ha mantenido un fuerte ritmo, con algunas oscilaciones alrededor de una tasa de nivel todavía elevado (3% anual). Siendo Nicaragua un país de alta fecundidad, el crecimiento de la población es producto fundamentalmente de la natalidad, dado que la mortalidad, manteniéndose a un nivel intermedio, ha contribuido moderadamente. El crecimiento sólo ha sido frenado por la tendencia emigratoria, que aumentó notablemente durante los años ochenta.

La fecundidad ha descendido un poco más de lo previsto, según lo registrado por las últimas encuestas. En 1992 una encuesta de PROFAMILIA indicaba un promedio de 4,5 hijos por mujer, lo que se asemeja más a la hipótesis baja de fecundidad estimada por el Centro Latinoamericano de Demografía, CELADE, y no a la media que había venido dándose en el caso de Nicaragua.

La población continúa presentando una alta composición de jóvenes: en 1990 un 48% de los habitantes tenía menos de 15 años. Sin embargo, la evolución de las tasas de crecimiento de los grandes grupos de edades presenta rasgos de cierto envejecimiento, como es la tendencia al descenso para los grupos más jóvenes de la población y al aumento en los grupos de adultos y viejos. Las diferencias más importantes entre las composiciones por edades de los hombres y las de las mujeres en los últimos quinquenios son en gran medida producto directo o indirecto del fenómeno bélico.

La tendencia hacia la urbanización ha sido importante en la población nicaragüense, aunque más tardía que en los países más urbanizados del continente. En 1950 la proporción urbana ascendía al 35% y en 1990 al 55%. La situación de guerra y los proyectos rurales de la década de los ochenta afectaron enormemente la vida en la zona rural, tanto positiva como negativamente, provocando flujos y reflujos que cambiaron coyunturalmente las corrientes migratorias históricas del campo a la ciudad. Como en los otros países de América Latina, la proporción de mujeres que habita áreas urbanas (56%) es superior a la de los hombres (54%).

La mayor parte de la población nicaragüense es mestiza y blanca, teniendo sólo algunos núcleos minoritarios de población indígena y negra, que se localizan principalmente en la zona atlántica del país. Según estimaciones fragmentarias realizadas por el Centro de Investigaciones de la Costa Atlántica en 1992-1993, la población negra e indígena representaba un 3% del total de la población del país, de la cual el 2% estaba constituido por indios miskitos.

La proporción de mujeres emparejadas ascendía en 1992 al 62% de todas las mujeres mayores de 15 años, teniendo las unidas mayor peso que las casadas. Estas habían aumentado su proporción desde 1971, lo mismo que las separadas y divorciadas. Las mujeres en general presentan proporciones menores de soltería que los hombres y mayores de separación y de viudez, debido a que comienzan a emparejarse antes que los hombres, pero se mantienen separadas más tiempo y son más longevas que ellos (sin olvidar los problemas de declaración sobre el verdadero estado conyugal). Los cambios socio-culturales y los eventos bélicos han debido también afectar, en cierta forma, la situación conyugal de la población nicaragüense.

Como en otros países de la región, se manifiesta en Nicaragua que la tendencia al matrimonio es descendente y la del divorcio ascendente. La legalización del divorcio unilateral, a finales de los ochenta, incrementó la legalización de las separaciones conyugales, aumentando la tasa de divorcialidad y haciendo que entre 1985 y 1989 se pasara de 9 a 20 divorcios por cada cien matrimonios.

Casi el 30% de los hogares nicaragüenses declaraba tener como jefe a una mujer en 1992, siendo esta proporción aún superior en el área urbana. Ahora bien, como sucede en toda América Latina, se sabe que hay problemas de declaración, por cuanto existe la tendencia cultural a considerar la idea de jefatura como algo asociado al sexo masculino. De hecho, las mujeres se declaran jefas de hogar principalmente cuando no tienen pareja conviviente.