PARTICIPACIÓN SOCIOPOLÍTICA

Con miles de años de poblamiento humano, el territorio del actual México -Estados Unidos Mexicanos, según su denominación oficial- fue escenario del desarrollo de avanzadas civilizaciones como la olmeca, la teotihuacana, la maya y la mexica (azteca), con complejas formas de organización política y social que alcanzaron considerables logros en las artes, la ciencia y la técnica.

A la llegada de los españoles, a comienzos del siglo XVI, gobernaba sobre el rico y extenso imperio azteca Moctezuma II. La conquista se consumó, en gran medida, gracias a la habilidad de Hernán Cortés para aprovechar las tensiones internas del imperio, poniendo en contra de los aztecas a los pueblos que pagaban tributo y sometiendo, finalmente, a todos.

Tras tres siglos de dominación colonial, a la lucha por la independencia, liderada principalmente por criollos, se sumaron indios y mestizos, transformándose ésta en causa popular y nacional. Lograda la independencia en 1810, se abrió un largo período de inestabilidad. La naciente república sufrió las agresiones de España, Francia y Estados Unidos. La guerra y la invasión por parte de este último le significaron a México la pérdida de gran parte de su territorio y la profundización de la anarquía interna.

A mediados del siglo XIX, el triunfo de los liberales consolidó la república y sentó las bases de una reforma liberal. La oposición de los conservadores, apoyados por la Iglesia se tradujo en otra guerra, llamada de Reforma. Luego de derrocar en 1867 a Maximiliano de Habsburgo, quien con el apoyo de los franceses había instaurado un nuevo imperio en México, Benito Juárez restableció la unidad nacional, recuperando el poder que legítimamente le correspondía desde 1861. En 1876 tomó el poder Porfirio Díaz, quien gobernó durante los 35 años siguientes. Bajo su dictadura se modernizó la economía del país y se abrió a capitales extranjeros, al tiempo que se agudizaban las desigualdades sociales, generándose fuertes tensiones.

Estas tensiones culminaron en 1910 con el estallido de la revolución bajo el liderazgo de Francisco Madero y de líderes campesinos como Emiliano Zapata y Pancho Villa. Los principios de esta "revolución mexicana" quedaron plasmados en la Constitución de 1917, muy avanzada para su época. Posteriormente dominaron las luchas entre las distintas fracciones revolucionarias, durante las cuales murieron sus principales caudillos.

Este clima de conflicto se prolongó hasta fines de los años veinte, culminando con el asesinato del presidente electo, General Alvaro Obregón. En este contexto, el presidente saliente Plutarco Elías Calles creó el Partido Nacional Revolucionario, PNR (1929), con las fuerzas identificadas con la revolución, antecesor del actual Partido Revolucionario Institucional, PRI. La llegada al poder de Lázaro Cárdenas en 1934 marcó el inicio de una estabilidad política única en la región. Durante su gobierno se realizó la reforma agraria, se nacionalizó el petróleo, se expropiaron los bienes de las empresas petroleras extranjeras y se consolidó un sistema educativo universal, siguiendo los compromisos revolucionarios con las bases populares. Desde entonces la vida política en México ha estado marcada por el liderazgo del PRI y un monopartidismo de hecho.

Sin embargo, bajo la superficie calma de estabilidad política y logros económicos, la historia mexicana de los últimos cuarenta años no ha estado libre de conflictos. Estos apuntan a modificar el centralismo político, la concentración del poder en el PRI, y en su interior, en la cúpula conocida como "familia revolucionaria", así como a eliminar las profundas desigualdades económicas, sociales y culturales que revelan que los beneficios del desarrollo no han alcanzado a toda la población. El país vivió grandes huelgas, acciones guerrilleras y ocupaciones de tierras en los años 50 y disturbios estudiantiles durante la década del sesenta, los que culminaron en 1968 con el asesinato de cientos de manifestantes en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Cada una de estas crisis ha provocado modificaciones o aperturas -aunque limitadas- en el sistema político. La elevada abstención y las reiteradas acusaciones de fraude electoral -especialmente en 1988- han hecho evidente la crisis de representación del sistema político mexicano, a pesar del clientelismo. Las concesiones a los partidos y a la prensa no han conseguido democratizar dicho sistema y el PRI ha sido acusado reiteradamente de represión y corrupción. De hecho, una gran parte de la población está excluida de la política o no se interesa por ella.

Durante la década del noventa, a pesar del éxito obtenido con la incorporación al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, la crisis política se ha agudizado, alcanzando su punto máximo con la rebelión armada del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas, en enero de 1994, y el posterior asesinato del candidato oficial a la Presidencia de la República, Luis Donaldo Colosio.

A lo largo de este proceso la participación de las mujeres mexicanas se caracteriza por su ausencia en la institucionalidad política. Como ya han sido caricaturizadas, las mujeres son en la historia como un muro de arena, entran y salen del espacio público sin dejar rastro, borradas las huellas; entran y salen de la escena sin que quede registro y sin pedir que se les dé algo a cambio.

No se trata de falta de involucramiento en la acción colectiva, porque sobran los hechos en la historia mexicana que la desmienten. Desde la lucha por la independencia, su presencia en la revolución de 1910, junto a Emiliano Zapata, o su acción en Yucatán (1915-1924), en especial bajo el gobierno de Felipe Carrillo Puerto, hasta su participación en el desarrollo del país, en los momentos de bonanza y particularmente en los de crisis. En años recientes, con la creación del Frente en Defensa del Voto Popular, el Frente de Mujeres en Lucha por la Democracia y la Convención Nacional de Mujeres por la Democracia, creados tras la grave crisis de credibilidad abierta en las elecciones presidenciales de 1988.

De hecho, no existe aún una simbología propia que represente el esfuerzo político de las mujeres. Pues ellas no andan a caballo sino a pie, no toman la palabra sino que se dejan oír en otras voces, no suben a los estrados porque consideran que desde el llano las cosas valen igual y no exigen pagos (simbólicos) porque el trabajo gratis les es habitual y la voluntad de servicio, reconocida como valor social en el mundo político, se traslapa con su antiguo sentimiento de ser para otros. Es así que recién en 1953 obtuvieron el derecho a voto y que, a pesar de las contribuciones de millones de ellas en el quehacer social cotidiano, su presencia en los cargos de decisión aún hoy día es escasa.

La ausencia de las mujeres del espacio público es una expresión más de la incomunicación cultural-política y la exclusión de intereses y grupos que, según algunos analistas, han llevado en México a la "estatización" de la vida pública.