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La forma en que la economía mexicana salió de la crisis de los años ochenta ha sido frecuentemente señalada como un ejemplo de transformación positiva sobre la base de un ajuste interior y una dependencia externa adecuadamente controlados. Cuando las deficiencias económicas internas comenzaron a deteriorar ese modelo -al inicio de los años noventa-, las autoridades mexicanas pusieron sus esperanzas en un salto cualitativo en la misma dirección: su integración en un área de libre comercio junto a Estados Unidos y Canadá.
La puesta en marcha del Tratado de Libre Comercio (TLC) el primer día de 1994 aumentó notablemente las expectativas económicas y la consiguiente llegada de capitales externos. Sin embargo, cuando todo apuntaba a una nueva recuperación económica, 1994 se cierra con una fuerte oscilación financiera, que deshace las previsiones del nuevo gobierno de lograr que el siguiente sea el año del despegue económico. Existe consenso en que en 1995 tendrá lugar un estancamiento productivo, aunque ese acuerdo es mucho menor acerca de si tal estancamiento será solamente coyuntural o de larga duración.
Desde luego, la década de los ochenta encontró a México en una particular condición, que marcó incluso el tipo de crisis que atravesó el país desde 1981: su conversión -en la segunda mitad de los setenta- en una nación petrolera. En efecto, el descubrimiento de vastos yacimientos de este recurso energético transformó el cuadro macroeconómico mexicano. Entre 1977 y 1982 los ingresos procedentes del petróleo se emplearon en políticas económicas y fiscales de tipo expansivo, que resultaron insostenibles al momento de enfrentar la crisis internacional de los primeros años ochenta.
En 1982 la crisis tuvo que ser enfrentada abiertamente por la nueva administración con un plan de estabilización (denominado Programa Inmediato de Reordenación Económica). Este programa fue continuado en 1987 mediante un pacto de lucha contra la inflación (Pacto para la Estabilidad y el Crecimiento Económico), basado en la concertación de precios, salarios y tipo cambiario. Paulatinamente, este disciplinamiento económico fue dando resultados, si bien apoyado en el factor petrolero y a cuenta de un apreciable endeudamiento externo, que sólo comenzó a descender a partir de 1987.
El repunte de la economía (en 1990 el PIB creció al 4,4%) mostró, sin embargo, las debilidades del aparato productivo interno para atender el crecimiento de la demanda: en una economía progresivamente abierta resultó no competitivo frente a la oferta exterior. Así comenzó, desde 1991, la denominada desaceleración económica, que redujo gradualmente el crecimiento nacional, hasta caer al 1,5% en 1993.El funcionamiento del TLC desde el inicio de 1994 pareció confirmar la idea de que la recuperación económica vendría de la integración comercial con Estados Unidos y Canadá. En el primer semestre de ese año se produjo una actividad expansiva y, sobre todo, un fuerte ingreso de capitales externos. Ahora bien, el aumento del déficit comercial que provocó esa expansión, junto a factores no previstos de inestabilidad política (asesinato del candidato presidencial y otros políticos, así como el estallido guerrillero en Chiapas), mostraron la hipersensibilidad de los capitales internos y externos, que abandonaron rápidamente el país. En dos meses las reservas nacionales se redujeron a un tercio. En este contexto, el nuevo gobierno decidió no sostener más un peso artificialmente sobre evaluado, el cual, al quedar flotante, dismi-nuyó su valor a la mitad en una semana. Esta fuerte oscilación ha producido una inmediata desactivación económica que, en todo caso, echa por tierra las previsiones gubernamentales de crecimiento económico, al menos a corto plazo.