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La acción colectiva de las mujeres mexicanas se remonta a fines del siglo pasado, a aquellas primeras organizaciones de corte feminista surgidas al calor de la polémica del acceso de las mujeres a la educación. Entre ellas estuvieron sociedades como La Siempreviva, creada en 1870 en el Estado de Yucatán y dirigida por la maestra Rita Cetina Gutiérrez, quien llegó a editar un periódico y a formar una escuela secundaria para mujeres.
Tras un primer Congreso Feminista en Tabasco (1915), en 1916 se realizaron otros dos Congresos, uno de ellos en Yucatán, donde los temas centrales fueron la educación de las mujeres y la igualdad salarial, sin atreverse a exigir el derecho a sufragio. Una de sus organizadoras, Hermila Galindo, presentó ante el Congreso Constituyente de 1916-1917 la demanda de voto femenino, petición denegada casi sin discusión. Durante cuatro años (1915-1919) dirigió el semanario feminista "La Mujer Moderna" y continuó luchando por la igualdad de derechos políticos de las mujeres. Yucatán fue el centro de la movilización feminista, con importantes lazos con el socialismo. Nacieron de esa articulación las Ligas Feministas, donde se encontraban obreras, campesinas y mujeres de clase media.
El año 1919 vio nacer el Consejo Feminista, que luchó por la emancipación de las mujeres. Este organizó, en 1922, el Primer Congreso Nacional Feminista, que exigió con fuerza el derecho a voto.En 1935 diversos grupos de mujeres crearon el Frente Unico Pro Derechos de la Mujer, FUPDM, cuando proliferaban los frentes amplios a nivel mundial. Este llegó a contar entre sus filas a más de 50.000 afiliadas de 25 organismos obreros y regionales de todo el país. Esta instancia fue limitando su acción en torno a la demanda del sufragio femenino, con la consiguiente protesta de las feministas que aspiraban a una lucha más amplia por la igualdad entre los géneros. Esto llevó a un quiebre del Frente, el que desapareció antes de la obtención del voto femenino.
Las organizaciones de feministas de la primera mitad de este siglo dejaron de existir como tales en la década de los cincuenta y muchas de las mujeres o intereses que éstas defendían fueron integrados, de alguna manera, en instituciones sociales y políticas, tales como patidos, sindicatos, organismos de gobierno e instituciones de educación.
En el contexto de los sucesos de 1968, que culminaron trágicamente con la matanza de cientos de jóvenes en la plaza Tlatelolco, y que significaron la exigencia por parte de la ciudadanía de una apertura en el sitema político y mayores canales de participación, resurgió un nuevo feminismo, característico de los años setenta. Este reunió a mujeres de clase media, con estudios universitarios y cercanas a posturas de izquierda. La realización en México de la Primera Conferencia Mundial de Naciones Unidas sobre la Mujer, bajo el lema "Igualdad, desarrollo y paz", fortaleció este movimiento de mujeres.
Hacia fines de los años setenta y comienzos de los ochenta, eran muchas las mujeres que, bajo diferentes banderas, se organizaban: obreras y trabajadoras, políticas, campesinas, las de las colonias populares y las madres de desaparecidos y presos políticos. Desde el trabajo de las mujeres en esos años se fortaleció considerablemente el movimiento urbano popular, creándose en 1981 la Coordinadora Nacional del Movimiento Urbano Popular, CONAMUP, desde cuyo seno surgió la Regional de Mujeres del Valle de México.
Durante ese período se vivió también un auge del movimiento feminista, traducido en numerosas iniciativas, entre las que se cuenta la presentación del primer proyecto de ley sobre maternidad voluntaria, el inicio de la primera cátedra sobre la condición de las mujeres, las primeras publicaciones y programas radiales feministas. En este contexto, se crearon varios organismos no gubernamentales, como Comunicación, Intercambio y Desarrollo Humano en América Latina, CIDHAL, que apoyaron el trabajo de distintas organizaciones femeninas y a mujeres de las colonias populares, fortaleciendo el interés por la temática de género y por la creación de espacios propios de las mujeres.
Por otra parte, la crisis en el agro ha significado una incorporación masiva de mujeres y niños al mercado laboral y ha tenido como resultado la creciente organización de campesinas y su participación en el movimiento social. Encuentros, talleres y cursos han alimentado estas organizaciones, generando condiciones para el intercambio de experiencias y la constitución de una identidad colectiva.
Primero el terremoto (1985) y después la crisis económica, la situación política del país y la disminución del gasto público producto de las políticas neoliberales implementadas obligaron a las mujeres a desarrollar estrategias de sobrevivencia: las mujeres del movimiento urbano popular exigieron subsidios de consumo, las campesinas apoyo del Estado a proyectos productivos y la creación de unidades agrícolas de la mujer. También abordaron otros temas, como la lucha contra la violencia hacia las mujeres, que fue el eje aglutinador de los distintos grupos femeninos. La maternidad voluntaria y la despenalización del aborto también han sido banderas que han ido uniendo a las mujeres de diferentes sectores.
A partir de 1988, y previo a las elecciones presidenciales, se sumó a la lucha por reivindicaciones económico-sociales de las mujeres la lucha por reivindicaciones ciudadanas, concretamente por la democracia y, en lo inmediato, por la transparencia en las elecciones. En julio de ese año, mujeres feministas, estudiantes, de sindicatos, representantes de colonias y de organizaciones políticas formaron el Frente de Mujeres en Defensa del Voto Popular. En pos de estos mismos objetivos, posteriormente se creó el Frente de Mujeres en Lucha por la Democracia, la Coordinadora Benita Galeana, y la Coordinadora Feminista. En 1991 mujeres de diversos partidos políticos, organizaciones sindicales y feministas conformaron la Convención Nacional de Mujeres por la Democracia para participar, de este modo, de una nueva manera en las elecciones de ese año, presentando precandidatas a diputadas.
Así, el movimiento amplio de mujeres ha ligado en el debate los temas del feminismo y la democracia. El peso social del movimiento ha permitido influir en la perspectiva estatal sobre la mujer, lo que se ha concretado especialmente en el área referida al tema de la violencia hacia la mujer, sugiriendo el diseño y puesta en práctica de servicios de apoyo legal, médico y psicológico para las víctimas de violencia.
La explosión, en enero de 1994, de la insurrección y el malestar campesino e indígena en Chiapas, cuya población sufre aguda pobreza y marginalidad y la sistemática violación de sus derechos humanos, no ha dejado indiferentes a las mujeres organizadas. Así como mujeres indígenas se incorporan al ejército en busca de dignidad y esperanza, cientos de defensoras de los derechos humanos, feministas, intelectuales, militantes de organizaciones populares participaron en Aguascalientes, Chiapas, en agosto de 1994, en la Convención Nacional Democrática. Apoyan a las primeras en su demanda de paz, alimentos y un gobierno más justo e igualitario, menos racista y sexista.