MUJERES EN MÉXICO

Las mujeres mexicanas encarnan la tensión y el encuentro entre dos culturas, la indígena –de extraordinaria riqueza– y la española. Con un mestizaje aún en proceso, insuficientemente integrado por el país, soportan el racismo, así como grandes desigualdades económicas, sociales, políticas y culturales.

Su presencia en las luchas por la independencia, en la construcción de la nación, en la Revolución de 1910 y en los momentos de crisis no ha dejado huella y escandaliza su ausencia en la institucionalidad política. Sólo tras una lucha de varias décadas obtuvieron el derecho a voto a nivel nacional, siendo México uno de los últimos países de la región en reconocerlo.

Con una Iglesia Católica muy influyente, valores marcadamente tradicionales con respecto a los roles femeninos, un sistema político altamente excluyente y una cultura política autoritaria, el camino de las mujeres ha sido difícil, con logros parciales e intermitentes. No obstante, el movimiento de mujeres, que renace en vísperas de las realización de la I Conferencia Mundial de la Mujer en ciudad de México (1975), ha madurado políticamente, gestando un discurso propio y articulando a diversos sectores sociales. Anfitrión en el IV Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe (Taxco, 1987), a partir de 1988 ha ligado en el debate los temas del feminismo y la democracia e influido en la acción estatal hacia la mujer, en especial en el ámbito de la violencia sexual e intrafamiliar. Sin embargo, México es el único país de la región que no cuenta con un mecanismo nacional para el adelanto de la mujer, según lo establecido por Naciones Unidas.

En los cuatro últimos decenios los rasgos vitales de las mexicanas han cambiado apreciablemente. Su perfil demográfico ha variado en el sentido de ser ya mayoritariamente urbanas y principalmente adultas jóvenes (y no fundamentalmente jóvenes como en 1950). Uno de los cambios más evidentes ha sido su menor fecundidad, que ha pasado de un promedio de siete hijos por mujer en edad fértil al comienzo de los cincuenta a unos tres hijos cuando se inician los noventa. Como sucede en otros aspectos, se evidencia una gran diferencia entre las mujeres rurales y pobres –donde hay un peso apreciable de mujeres indígenas– y las mujeres urbanas de clase media.

También en los últimos decenios ha crecido el número de mujeres que se registran participando en el mercado laboral, debido tanto al aumento efectivo de esta participación femenina, como al mejor registro estadístico del fenómeno. Según la Encuesta Nacional de Empleo de 1991, cerca de un tercio de la Población Económicamente Activa del país estaba compuesto por mujeres.

Las condiciones de vida de las mexicanas también han ido mejorando desde los años cincuenta, si bien la crisis de los ochenta detuvo ese avance en ciertos planos e incluso produjo algunos retrocesos parciales. Uno de los cambios más fuertes se refiere al aumento en el nivel educativo de las mujeres, las cuales alcanzaron a los hombres en casi todos los ámbitos de la educación formal. No obstante, sigue manifestándose una segmentación por sexo en cuanto a la elección de especialidad en la enseñanza media y de carrera universitaria, así como una tremenda deficiencia en la capacitación profesional.

Han mejorado, asimismo, las condiciones de salud de las mexicanas, aunque todavía se manifiestan deficiencias apreciables y, sobre todo, unas diferencias según zona de residencia, nivel socioeconómico y grupo étnico, que se encuentran entre las más graves de América Latina. Estas diferencias se agudizan por la distribución tan desigual de los servicios de salud, los cuales se concentran en las principales ciudades, produciendo incluso una falta de control y registro de las enfermedades en las zonas más postergadas del país. Puede así hablarse de dos dinámicas epidemiológicas coexistiendo en el territorio nacional.

La incorporación de las mexicanas a posiciones de poder ha sido particularmente lenta y escasa en comparación con el resto de América Latina. Tras la obtención del voto (en 1953) lograron un 2,5% de presencia en la Cámara de Diputados y cuarenta años después ocupaban sólo el 9,2% de los escaños. Recién en 1981 una mujer ocupó una cartera ministerial y sólo tres mujeres lo han hecho hasta hoy. En 1992 ejercían apenas el 2,8% de las presidencias municipales.

El movimiento amplio de mujeres integra hoy día a feministas, trabajadoras, campesinas y mujeres populares. Cuenta con numerosas organizaciones, programas académicos, ONG de acción social, organizaciones políticas y sindicales. Si bien el mayor número se concentra en el Distrito Federal, diversos Estados han desarrollado valiosas experiencias e iniciativas y desde los comienzos de los 80 han realizado numerosos encuentros, nacionales y sectoriales.

La estabilidad económica y la concentración de la riqueza, por una parte, y la marginación de los grupos más pobres, los pueblos indígenas y campesinos de la población, por otra, han ocultado una sociedad marcada por las desigualdades y la corrupción. El estallido de Chiapas y los asesinatos de figuras políticas ponen el dedo en la llaga y representan un desafío para la efectiva democratización del país. Corresponde a las mujeres ser parte activa en esta transformación.

El proyecto de investigación Mujeres Latinoamericanas en Cifras fue desarrollado y coordinado en México por Alicia I. Martínez, profesora–investigadora de FLACSO–México. La presentación de resultados fue realizada por la Coordinación Regional, atendiendo a las necesidades de comparación del caso mexicano con el resto de los países de América Latina.