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Las mujeres de Guatemala han participado en el desarrollo socioeconómico del país de diversas formas, siendo las dos fundamentales el trabajo doméstico y el empleo en actividades del mercado económico. Por cierto que, en un país rural y de alta composición indígena, la separación de ambos ámbitos es hoy todavía difícil de establecer. De hecho, esa es una de las razones por las que las mujeres no urbanas declaren (en los Censos y Encuestas) que realizar ciertas tareas agrícolas -incluso directamente dirigidas al mercado- no son sino parte natural de sus labores domésticas.
En realidad, resulta una enorme paradoja observar la cantidad de trabajo que realizan las mujeres indígenas en Guatemala y luego leer en los registros estadísticos que sólo trabajan económicamente un 19% de las que están en edad de hacerlo. Esto, junto al hecho de que la edad mínima para trabajar sea 10 años, hace que las guatemaltecas presenten una de las tasas de participación laboral más bajas de América Latina; o dicho correctamente, que el aporte de las mujeres de Guatemala al desarrollo socioeconómico presente una invisibilidad notable.
Ello es también una consecuencia de que, como se sabe, sólo las actividades convencionalmente consideradas económicas se integran en las cuentas nacionales. Es verdad que los esfuerzos por medir la contribución del trabajo doméstico a la economía nacional todavía no han modificado las convenciones (ni agotado la discusión sobre si podría ser remunerado o incluso si ello mejoraría la condición de las mujeres). Pero no es menos cierto que se está ante un problema de registro estadístico y no ante mujeres que apenas hayan participado en el desarrollo socioeconómico nacional.
La visibilidad de esa participación ha ido aumentando conforme las mujeres se ocupaban como asalariadas y también de acuerdo al incremento de sus actividades mercantiles no asalariadas, tanto en el campo como en la ciudad. Sin embargo, factores culturales están presentes de nuevo, cuando las mujeres que venden productos en el mercado declaran más abiertamente que trabajan, en las ciudades que en las zonas rurales, y entre la población femenina ladina que entre las mujeres indígenas.
Dado que ese problema de subregistro era menos grave en los años cuarenta que en los sesenta, es posible deducir que con el proceso de modernización se profundizó la cultura que establece una cierta división sexual del trabajo, según la cual las mujeres deben desempeñarse en el ámbito reproductivo-doméstico y los hombres en el productivo-económico. Ello influyó -y aún influye- en las declaraciones de las propias mujeres ante los registros de Censos y Encuestas.
Sin embargo, la progresiva separación de ambos ámbitos, impulsada por la propia modernización, ha hecho más patente en las décadas siguientes que una parte considerable de guatemaltecas participa también en las actividades consideradas económicas. En la última Encuesta Sociodemográfica (1989) aparecen registradas un cuarto de las que están en edad de hacerlo.
Y ello, en general, sin que dejen de ser consideradas responsables de las tareas domésticas. Porque si es un dato estadístico el que las mujeres aparecen cada vez más integradas en el mercado laboral, también lo es que no se dé un movimiento contrario en los hombres hacia una mayor responsabilidad en el ámbito doméstico. Al menos, los hombres guatemaltecos -independientemente de su participación o no en el mercado de trabajo- rechazan registrarse como dedicados a las labores domésticas cuando se les consulta en Censos y Encuestas.
Esa división sexual del trabajo también opera cuando las mujeres se integran en el propio mercado laboral. Las guatemaltecas se ocupan sobre todo como empleadas, vendedoras y en servicios personales, y ello principalmente en la rama de actividad económica denominada de servicios (donde se emplea más de la mitad de las mujeres ocupadas).
La crisis económica de los años ochenta aumentó las malas condiciones en que las mujeres tienen acceso al mercado de trabajo, tanto por la reducción de la cantidad de puestos laborales, como por el empeoramiento de las condiciones salariales, de estabilidad, etc., de los trabajos mismos. Pero al mismo tiempo empujó a muchas mujeres a buscar ingresos fuera del hogar o a lograrlos desde el mismo. En esta situación, ha aumentado notablemente la participación de las guatemaltecas en el sector informal y en fórmulas ocupacionales como la maquila. No obstante, los fuertes condicionamientos culturales existentes en Guatemala hacen que ese trabajo femenino sea considerado en términos sociales como un trabajo esencialmente secundario, que complementa la tarea fundamental atribuida al género masculino, es decir, las actividades públicas y económicas.