ESPERANZA DE VIDA

CELADE estima que, al comienzo de los años noventa, la población guatemalteca tiene una esperanza de vida al nacer que rodea los 62 años. Ello significa un aumento apreciable desde los años cincuenta (cuando apenas superaba los 40 años), pero representa una de las esperanzas de vida más bajas de América Latina. Por otra parte, ese incremento tuvo lugar principalmente durante los años sesenta y primeros setenta, para crecer más lentamente durante los ochenta, como producto de la crisis económica y la violencia política que vive el país.

Las mujeres han aumentado más rápidamente su esperanza de vida que los hombres: en los cincuenta las diferencias eran mínimas entre ambos sexos y a fines de los ochenta había casi cinco años de diferencia a favor de las mujeres. Este cambio procede de varias causas: por un lado, la población femenina es más sensible al lento avance del sistema sanitario, especialmente en cuanto al mejoramiento de sus condiciones obstétricas; por el otro, la modernización agrega un riesgo (accidentes industriales, de tráfico, etc.) a los que sufre la población masculina, además de los efectos que tiene sobre ésta el conflicto político-militar.

Ciertamente, estas observaciones se refieren a promedios nacionales, que necesitan ser desagregados según factores diferenciales, tales como nivel socioeconómico, área de residencia y, sobre todo, grupo étnico. Las personas con mayor nivel económico, urbanas y ladinas, adquieren una esperanza de vida mayor que las pobres, rurales e indígenas. Las autoridades sanitarias estimaban hacia 1987 que la esperanza de vida de la población indígena no alcanzaba los 45 años.