DEMOGRAFÍA

Las características demográficas de las mujeres guatemaltecas han experimentado una de las modificaciones menos pronunciada de América Latina en los últimos cuarenta años. Estas mujeres siguen siendo fundamentalmente jóvenes, de temprano emparejamiento y elevado número de hijos durante su vida fértil. Asimismo, continúan habitando mayoritariamente las zonas rurales, aun cuando ese aspecto sea uno de los que más se ha modificado: en 1950, el 26% de las mujeres era urbano y en 1990 lo era el 39% de las mismas.

En esas cuatro décadas la población de Guatemala se triplicó, pasando de casi tres millones en 1950 a poco más de nueve millones en 1990, pero durante ese tiempo su composición por sexo ha mostrado leves modificaciones: las mujeres representaban en 1950 el 50,4% de la población total y en 1990 el 49,5% de la misma.

Este crecimiento poblacional ha sido bastante uniforme, en torno al 2,9% anual, y aunque sufrió un ligero descenso durante los años setenta, vuelve a recuperar esas cifras en la década siguiente, estimándose que tal ritmo apenas tendrá escasas variaciones hacia el año 2000. La razón principal de la mantención de ese crecimiento es que las mujeres continúan teniendo una alta tasa de fecundidad, que supera los 5 hijos como promedio. Este conjunto de características hacen de Guatemala un país que está iniciando su transición demográfica, en el sentido de los países latinoamericanos que pasaron de tener un alto crecimiento demográfico y una población joven con alta tasa de fecundidad, a experimentar un reducido crecimiento, con una fecundidad baja en una población relativamente envejecida, como lo es ya Uruguay, por ejemplo.

El hecho de haber iniciado esa transición demográfica significa que Guatemala combina una alta natalidad con una mortalidad moderada, lo que implica que su esperanza de vida ha comenzado a elevarse, aunque lo haga todavía lentamente. Los países que apenas han comenzado esa transición, como Haití y Bolivia, presentan una combinación distinta: niveles altos de natalidad y de mortalidad.

Todo indica que el avance de Guatemala en su transición demográfica será lento, entre otras razones, por el considerable volumen de población joven acumulado: en 1990, más de un 45% de la población guatemalteca tenía menos de 15 años y lo previsible es que en el año 2000 aún los dos tercios de esa población tenga menos de 25 años. De esta forma, aunque se produzca una caída importante de la natalidad en el futuro próximo, todavía habrá un volumen considerable de población en edad reproductiva, que postergará el descenso pronunciado del crecimiento poblacional.

Esa reducción de la natalidad sería más probable en las zonas urbanas, las cuales siguen concentrando un porción minoritaria de la población, situación que no parece vaya a evolucionar muy bruscamente. El Centro Latinoamericano de Demografía (CELADE) estima que en el año 2000 vivirán en las zonas rurales alrededor del 60% de los habitantes de Guatemala.

Una característica fundamental de la población guatemalteca es su alta proporción de indígenas, estimada por Censos de población y Encuestas sociodemográficas en torno al 40% de la misma. Sin embargo, diversas instituciones públicas consideran que esa cifra no refleja correctamente la realidad, indicando que la proporción real podría ascender al 60% del total nacional.

El otro aspecto que define a las mujeres de Guatemala es la formación de familias a edades tempranas: la población femenina con quince o más años presenta cifras bajas de soltería (23,6%) y altas de emparejamiento (61,8%), una buena parte del cual se realiza mediante uniones consensuales.

Una cantidad apreciable de los hogares que se constituyen tienen como jefa a una mujer. Según la Encuesta Sociodemográfica de 1989, el 17% de dichos hogares. Con todo, existe el consenso entre los organismos especializados del país acerca de que la cifra está subestimada, dado que se obtiene mediante declaración de los encuestados, y en la cultura nacional se tiende a identificar la jefatura con el sexo masculino, especialmente entre la población rural e indígena. Las cifras indican que las mujeres se reconocen jefas de hogar fundamentalmente cuando están solas.