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Las condiciones de salud de las mujeres ecuatorianas han mejorado lentamente en las últimas décadas, lo que se traduce en que todavía enfrentan problemas de distinto orden, que además se agravaron con la crisis socioeconómica de los años ochenta.
Las principales necesidades de salud están referidas tanto a la estructura sociodemográfica y a las condiciones generales de vida (sanidad habitacional, nutrición, educación, etc.), como a las propias deficiencias del sistema de salud ecuatoriano. Ahora bien, la forma de padecer y enfrentar esas dificultades guarda relación con los patrones de género que establece la cultura en hombres y mujeres.
Al analizar cómo Ecuador ha comenzado a avanzar en su transición demográfica, sobresalen algunos factores que contribuyen a determinar el contexto epidemiológico del país. Ante todo, el hecho de que la población sea todavía relativamente joven, la fecundidad moderadamente alta (más de cuatro hijos por mujer en edad fértil) y la mitad de la población habite en zonas rurales, significa que probablemente -como sucede, de hecho- habrá amplias necesidades que satisfacer en cuanto a la salud maternoinfantil.
Por otra parte, la fuerte aceleración industrial impulsada por la extracción y comercialización del petróleo ha inducido un incremento notable en la mortalidad masculina. Estos dos factores -el mantenimiento de tasas elevadas de mortalidad materna e infantil y la sobremortalidad masculina- hacen que el nivel general de la mortalidad en Ecuador sea todavía alto, algo que, como se destacó en el capítulo de población, lo distingue -junto a Perú y Brasil- del resto de los países latinoamericanos que avanzan en su transición demográfica.
Estos elementos demográficos se entrelazan con las condiciones generales de vida de un país que aún es mitad rural, aunque ha sufrido un fuerte proceso de transformación estructural, donde más de la mitad de la población está bajo la línea de pobreza. Es decir, donde existen todavía deficiencias sanitarias habitacionales, nutricionales, etc., que afectan especialmente a mujeres y niños. Tales condiciones de vida se hicieron más precarias con la crisis económica de los años ochenta, existiendo coincidencia entre los especialistas acerca de la mayor carga de trabajo que ello ha supuesto para las mujeres.
Junto a los factores mencionados, los problemas del propio sistema de salud operan también sobre las condiciones sanitarias. En Ecuador, ese sistema era precario y muy reducido hace treinta años. Durante los setenta, el Estado -apoyado en el auge petrolero- mejoró y amplió el sistema público, pero con la crisis económica de los ochenta, ese esfuerzo perdió buena parte de su impulso. De esta forma, a comienzos de los noventa dicho sistema no satisface aún las necesidades de buena parte de la población.
En la estructura sanitaria ecuatoriana puede identificarse tres subconjuntos: el sector público, el sector privado (con y sin fines de lucro) y el sistema tradicional, también llamado no formal. El primero, formado por el Ministerio de Salud Pública, el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social y otras entidades menores, cubre teóricamente el 70% de la población. El 30% restante es atendido por el sector privado con fines de lucro y el asistencial, como Cruz Roja, la Sociedad de Lucha contra el Cáncer y distintas misiones religiosas y de cooperación internacional que trabajan en el país. El sector no formal asiste a sectores importantes de población, especialmente en las zonas rurales y los sectores urbanos marginales donde el sistema público tiene además muy escasa cobertura. Este sector está integrado por agentes de salud de las medicinas de carácter indígena y/o religioso.
Ahora bien, estimaciones recientes del Banco Mundial y el Ministerio de Salud, señalan que, en realidad, la cobertura efectiva del Ministerio es de un 30% de la población, la del Instituto de Seguridad Social un 10%, y un 9% otras entidades públicas, cubriendo un 10% la práctica privada. Todo lo cual significa que más del 40% de los habitantes de Ecuador queda fuera del sistema formal de atención sanitaria.
Ciertamente, esta falta de cobertura afecta sobre todo a las zonas rurales del país y especialmente aquellas que no tienen vinculación con la industria petrolera. Estimaciones oficiales indican que mientras la disponibilidad de camas era de 3,5 por cada mil habitantes en la zona petrolera, ésta era solamente de 0,7 camas por mil habitantes en la Sierra. Como se sabe, el número de médicos aumentó considerablemente por razones de la fuerte apertura del sistema universitario (en el que se eliminó el control de ingreso), pero dada la carencia de infraestructura, se agudiza en Ecuador la tendencia a la concentración urbana del cuerpo médico.
Estas deficiencias afectan y son enfrentadas por hombres y mujeres de acuerdo a los patrones de género de la cultura ecuatoriana. Respecto de las mujeres, se implementa sobre todo programas de salud maternoinfantil, que sin duda son aún necesarios, pero se las protege menos como personas y se considera "natural" que se hagan cargo de servicios que el Estado deja de prestar por falta de recursos o por decisiones administrativas. En cuanto a la sobremortalidad masculina de las dos últimas décadas, que indica que más de la mitad de los decesos de hombres adultos son por traumatismos externos (accidentes, violencia, etc.), parece considerarse como algo inherente a su masculinidad.