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La situación educacional de las mujeres ecuatorianas ha mejorado apreciablemente en las últimas décadas, participando en la expansión del sistema educativo del país y alcanzando una posición paritaria respecto de los hombres en los niveles básico y medio. No obstante, sufren de las deficiencias que aún presenta la educación ecuatoriana, especialmente en las zonas rurales, así como mantienen los mayores problemas educativos que arrastran las mujeres adultas y mayores.
Desde fines de los años sesenta, y en mayor medida con el impulso económico producido por la comercialización del petróleo durante los setenta, el sector público ecuatoriano realizó un esfuerzo financiero notable para expandir la educación. Así, al llegar los años ochenta, un cuarto del presupuesto del gobierno central se destinaba a esta cartera. Ese impulso se debilitó con la crisis de los años ochenta, aunque no en la medida que ello tuvo lugar en otros países latinoamericanos (en 1989 todavía se empleaba en educación un quinto del presupuesto).
De esta forma, se ampliaron las matrículas en todos los niveles educativos, especialmente en la educación media y universitaria, donde tuvo lugar en los años setenta una extraordinaria extensión del número de estudiantes, en buena medida como producto de reformas democratizadoras.
A pesar de esta ampliación del sistema, restan todavía en Ecuador grandes lagunas educativas: en el área rural, casi un quinto de los habitantes era analfabeto en 1990, y a fines de los años ochenta cerca de un cuarto de los niños rurales no estaba cubierto por el sistema educativo.
Como producto de antiguas deficiencias en este campo y de las diferencias de nivel económico que existen en la sociedad ecuatoriana, ésta presenta una apreciable estratificación socioeducativa: en 1990, un 12% de los mayores de 15 años había accedido a los estudios superiores, un 31% tenía algún grado de secundaria y el 57% restante no había superado la enseñanza primaria. Esta pirámide educacional presenta esa inequidad por el peso que tiene todavía la situación en el campo, donde únicamente un 3,2% había llegado a los estudios superiores ese año.
En este contexto general, las mujeres han aumentado notablemente su participación en las matrículas de todos los niveles. Pero el cambio de los últimos decenios ha introducido fuertes brechas entre las mujeres jóvenes y las más adultas y mayores, así como se mantienen distancias considerables entre la población femenina rural y la urbana.
En suma, las mujeres ecuatorianas han progresado apreciablemente en el terreno de la educación, presentando hoy dos tipos de problemas en este ámbito: los heredados del pasado, que se manifiestan sobre todo en las mujeres de más edad, y los nuevos problemas que se hacen visibles en las generaciones jóvenes, relativos a cuestiones de orientación y socialización.
En efecto, los problemas que enfrentan las ecuatorianas menores de treinta años se refieren cada vez menos a la educación formal adquirida, aunque como sucede con el conjunto de la sociedad, todavía siguen llegando muy pocas a los estudios universitarios. Los obstáculos guardan relación progresivamente con la orientación que tienen en el momento de elegir especialidad en la secundaria, en la capacitación profesional y entre las carreras universitarias.
Ciertamente, esa orientación procede de inclinaciones culturales que parten de una socialización que segmenta claramente los papeles sexuales: los hombres son responsables de la vida pública y las mujeres del cuidado del hogar.
El problema reside en que esta socialización no tiene lugar solamente desde el exterior al sistema educativo, sino que se reproduce en los niveles básicos del sistema, tanto en los educadores como en los propios textos escolares. Estudios realizados en distintos países de América Latina muestran que las mujeres apenas son visibles en dichos textos y cuando lo son, aparecen en el ámbito tradicionalmente femenino.
De esta forma, aunque las nuevas generaciones de mujeres participen en la matrícula del sistema en semejante medida que lo hacen los hombres, seguirán padeciendo segregación social y laboral en tanto se socialicen dentro y fuera del aparato educativo de acuerdo a un papel de género estereotipado.