DEMOGRAFÍA

Las mujeres ecuatorianas, que representan la mitad de la población nacional (el 49,7% en 1990), han modificado de manera moderada sus rasgos demográficos en las últimas cuatro décadas. Ya son mayoritariamente urbanas, pero continúan siendo apreciablemente jóvenes y tienen todavía más de cuatro hijos promedio por cada mujer. Así, su ciclo de vida presenta modificaciones, pero en términos globales, aún no ha cambiado radicalmente, como ha sucedido en otros países de la región.

En los últimos 40 años, la población se ha triplicado: en 1950, Ecuador tenía más de tres millones de habitantes y en 1990 se situaba alrededor de los diez millones. En este período, su composición por sexo ha variado ligeramente a favor de la población masculina: en 1950 las mujeres eran el 50,4% del total de habitantes y en 1980 eran el 49,7% de ese conjunto, aunque los resultados del Censo de 1990 indican que podría haber cambiado ligeramente esa tendencia. Este crecimiento poblacional mantuvo un fuerte ritmo hasta comienzos de los años setenta, superando ligeramente el 3% anual, para luego ir descendiendo hasta situarse alrededor del 2,6% en la actualidad.

Este menor ritmo de crecimiento demográfico está referido tanto a la baja de la fecundidad como al mantenimiento de una mortalidad todavía apreciable. Ecuador ha iniciado ya su transición demográfica, entendiendo por ello el paso de ser un país de población joven con alto crecimiento, a otro de bajo crecimiento y población relativamente envejecida, como ya lo son por ejemplo, Argentina y Uruguay.

Sin embargo, en el contexto latinoamericano, Ecuador se sitúa entre los países que, si bien atraviesan la mencionada transición, combinan una fecundidad todavía alta con una mortalidad de nivel intermedio. Comparten esas mismas características Perú y Brasil, mientras que el resto de los países que están en transición presentan ya una mortalidad mucho más controlada (hay pocos países que no iniciaron esa transición o que apenas lo están haciendo). De esta forma, aun si tiene lugar durante los noventa un descenso de la fecundidad, es probable que el crecimiento poblacional se mantenga, debido a una también probable disminución de la mortalidad.

El desarrollo demográfico ecuatoriano ha producido considerables oscilaciones en la composición etaria del país. En relación con el mayor ritmo del crecimiento poblacional, los grupos jóvenes aumentaron entre 1950 y 1970: en aquel año el 41% tenía menos de 15 años y en 1970 ese porcentaje ascendía al 45%. El movimiento contrario producido en los siguientes veinte años hizo descender, para 1990, al 39% la proporción de menores de 15 años.

La migración hacia las ciudades ha sido lenta pero sostenida. En 1950, eran urbanos alrededor de un cuarto de sus habitantes, en 1970 lo eran el 40% y en 1990 esa proporción aumentó al 56%. Como en otros países de América Latina, las mujeres han participado más abundantemente que los hombres de ese movimiento migratorio, aunque haya al respecto marcadas diferencias regionales dentro del país. Así, en 1990 eran urbanas el 57,2% de las mujeres, mientras lo eran el 55,4% de los hombres.

Una proporción apreciable de la población ecuatoriana es indígena. Es difícil, sin embargo, obtener datos precisos al respecto, entre otras razones porque censos y encuestas no recogen este tipo de información. Diversas fuentes estiman que la población indígena representaría alrededor de un quinto de la nacional. Las investigaciones sobre población que habla quichua señalan que emplearía esta lengua cerca del 9% de los habitantes del país.

Algo más de la mitad de la población mayor de 12 años se encuentra emparejada, y una cantidad apreciable de uniones (14%) son consensuales. El estado conyugal de las mujeres ecuatorianas, como sucede en el resto de América Latina, presenta diferencias respecto del de los varones: se encuentran en menor proporción solteras y en mayor medida divorciadas, separadas o viudas. Además de los problemas de declaración y registro, tales diferencias están referidas al hecho de que las mujeres comienzan a emparejarse a edades más tempranas que los hombres, se mantienen separadas durante más tiempo y son más longevas que éstos. En las últimas décadas se evidencia un aumento del número de divorcios frente al de matrimonios.

Una cantidad apreciable de hogares urbanos (234 mil en 1989) se declaran encabezados por una mujer. Ello representa en torno al 18% del total de dichos hogares. No hay información actualizada sobre las jefaturas de hogar en las zonas rurales. Es probable que, como sucede en toda la región, los datos existentes sobre este asunto subestimen -en la ciudad y en el campo- la cantidad real de hogares que están dirigidos por una mujer, ya que su designación se hace a partir de cada declaración y en la cultura latina se tiende a identificar jefatura con género masculino.