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Las mujeres cubanas, que representan la mitad de la población nacional (el 49,7% en 1990), han modificado apreciablemente sus rasgos demográficos en las últimas décadas. Actualmente, son fundamentalmente urbanas, con una composición alta de adultas y mayores, y han reducido drásticamente el número de hijos que tienen durante su vida fértil. En general, su ciclo de vida ha sufrido cambios importantes, especialmente si se examina en el contexto latinoamericano.
Entre 1950 y 1990 Cuba duplicó prácticamente su cantidad de habitantes, pasando de cinco millones ochocientos mil a más de diez millones y medio. En este período la composición por sexo ha variado lentamente, en el sentido de ir aumentando ligeramente la proporción de mujeres, que en 1950 era de 47,8%.
El crecimiento poblacional de Cuba ha atravesado por dos fases principales desde 1950: la correspondiente al crecimiento moderado (en torno al 2%) de las décadas de los cincuenta y sesenta, y la referida a la fuerte caída de dicho crecimiento (hasta el 1% o menos) de los años setenta y ochenta. Esta tendencia está relacionada con el brusco descenso de la fecundidad (en 1965 cada mujer tenía un promedio de 4 hijos y en 1990 esa cifra era de 1,8) y a un flujo emigratorio considerable (según el Centro Latinoamericano de Demografía, CELADE, emigró cerca de un millón de personas en las últimas tres décadas).
Este cambio se ve acompañado por una modificación considerable de la estructura etaria del país: en 1950 una proporción importante de la población tenía menos de 15 años (36%), mientras en 1990 esa cifra era mucho menor (22%). Por el contrario, ha aumentado la cantidad de personas mayores de 60 años (en 1950 era el 7% y en 1990 el 12%). En este ámbito existen diferencias entre hombres y mujeres: dado que éstas son más longevas, la proporción de personas mayores es más alta en la población femenina que en la masculina.
En otras palabras, Cuba presenta una transición demográfica avanzada, en el sentido de haber pasado de una población joven y de alto crecimiento a otra relativamente envejecida y de crecimiento menor. Ello sitúa a este país en el grupo de transición más avanzada de América Latina, junto a Uruguay y Argentina. No obstante, Cuba presenta diferencias con estos dos países, que subrayan su particular situación demográfica.
Por un lado, aunque Cuba mostraba ya en los años cincuenta haber iniciado su transición demográfica, especialmente si se comparaba con la gran mayoría de los países latinoamericanos, la información indica que Argentina y Uruguay la iniciaron antes.
Es decir, la acumulación de personas mayores ya era mayor en estos dos países. Por otro lado, sin embargo, la caída tan brusca de la fecundidad sucedida en Cuba desde fines de los años sesenta, ha significado que se haya reducido rápidamente la cantidad de menores de 15 años, incluso por debajo de la que tienen hoy Uruguay y Argentina. El hecho resultante, la reducción de los extremos de la estructura etaria, que son los que presentan la mayor mortalidad, hace que Cuba -junto al mejoramiento de sus condiciones sanitarias- tenga una mortalidad general apreciablemente más baja que Argentina y Uruguay, además de una proporción más alta de personas en edad productiva y reproductiva.
Esta última circunstancia significa una inercia demográfica que podría permitir a Cuba sostener un ritmo moderado de crecimiento poblacional. Ahora bien, ello tendría efectivamente lugar siempre y cuando la fecundidad promedio se mantuviera por encima de límites mínimos. Es difícil saber cómo está afectando a la fecundidad el período crítico que atraviesa el país desde 1990. Pero CELADE estimaba en 1992 que la tasa global de fecundidad (número promedio de hijos que tendría una mujer durante su vida fértil) se mantenía en 1,8 hijos por mujer. Con esta situación Cuba empezaría a no poder reemplazar su población y pronto comenzaría a presentar un crecimiento natural negativo, apoyado por el fuerte flujo emigratorio, si éste también se mantiene.
La variación de la fecundidad se asocia normalmente a la exposición al riesgo de embarazo que tengan las mujeres, dependiendo ello principalmente de dos factores, el emparejamiento y el control voluntario de la natalidad. El examen de la situación de emparejamiento de las mujeres cubanas muestra rasgos definidos: aunque su movilidad conyugal sea alta (número elevado de matrimonios y divorcios), el hecho es que una elevada proporción de ellas se encuentra emparejada (los dos tercios de la población femenina mayor de 14 años). Así, pues, parece que el factor que más está influyendo en la fecundidad de las cubanas es su decisión de tener un número reducido de hijos: para ello se está apoyando en el uso de métodos anticonceptivos eficaces y en el acceso a la interrupción del embarazo en condiciones sanitarias satisfactorias. Es decir, todo indica que el principal parámetro reproductivo de las mujeres cubanas es muy semejante al de sus congéneres en los países desarrollados del hemisferio Norte.
Por otra parte, una proporción importante de mujeres mayores de 15 años dirige el hogar en Cuba. Según el último Censo disponible (1981), un 28% del total de hogares cubanos tenía como jefe a una mujer, esto es, algo más de 664 mil hogares. Es muy probable que, como sucede en el resto de América latina, la cantidad real de hogares dirigidos por mujeres sea mayor, por cuanto existe la inclinación cultural a asociar la idea de jefatura con el sexo masculino.